Martes, 31 de diciembre de 2013

El caso Ibercorp saltó a la arena política en marzo de 1992 y provocó un seísmo en el interior del PSOE. La primera pieza abatida fue Mariano Rubio, entonces gobernador del Banco de España. Después hubo más y se abrió la caja de Pandora, que llevó a los socialistas a vivir una era de escándalos que acabarían minando el Gobierno de Felipe González. Tras aquella refriega estaba la lucha entre la llamada ‘gente guapa’ del poder y los seguidores de Alfonso Guerra

TEXTO: XAVIER NAVAZA. FOTOS: R. PASCUAL

Miguel Boyer e Isabel Preysler
Miguel Boyer e Isabel Preysler
Cuando era poderoso, muy poderoso, y ostentaba la vicepresidencia en los primeros gobiernos de Felipe González, Alfonso Guerra se fabricó un enemigo hecho a su medida. Creó y difundió el mito de la beautiful people para luego destruirlo. Aunque la jugada no le salió como él pensaba, fueron otros los que culminaron su obra. Y el linchamiento moral de Mariano Rubio, quien a la sazón era gobernador del Banco de España, abrió la caja de Pandora: "Al fondo se oyen los fragores de la gran batalla, es la lucha final", ironizaba el periodista Jesús Rivasés en el semanario Tiempo a comienzos de aquel marzo de 1992, poblado de idus que acabarían minando la trayectoria de Felipe González y de su particular era en el poder.

En una serie de reportajes a fondo que indagaban en los interiores del socialismo español, Tiempo se remontaba a los orígenes de aquella sorda guerra que la llegada al poder provocó entre las dos grandes facciones del PSOE, el guerrismo y el felipismo: "Alfonso Guerra, el gran hermano, el vicepresidente oyente y todopoderoso, estaba indignado. Era 1985 y más de dos años y medio antes, en 1982, el PSOE había obtenido los añorados diez millones de votos que llevaron a Felipe González a La Moncloa. Tenían todo el poder, pero Alfonso Guerra pensaba que todavía les faltaba algo: el Banco de España".Miguel Boyer –primer

superministro de Economía de González– y Mariano Rubio, presidente de la entidad emisora de España, se lo ponían muy difícil: "Tiene cojones que la plusvalía de la victoria electoral la cobren los de la beautiful", dijo Guerra en presencia de varios periodistas para que todos le oyesen con claridad.

Y en una discusión con altos cargo del ministerio de Boyer, todos tuvieron ocasión de tomar nota de su pensamiento: "¿Me queréis decir que un gobierno que ha ganado las elecciones con diez millones de votos no tiene un control absoluto sobre el Banco de España?", fueron sus palabras. Ignoraba que, por ley, el Banco de España disfruta de autonomía y libertad de acción respecto al Gobierno. Creía que diez millones de votos le daban derecho a manejar el Banco emisor a su antojo.

Rubio
Rubio 

La caída en desgracia de Rubio, años después, le vino como anillo al dedo para que se cumpliesen sus ansias de venganza contra la gente guapa del PSOE, para entonces fielmente representada por Boyer tras su matrimonio con Isabel Preysler, rutilante estrella de la prensa del corazón y del papel cuché.

El delito de Mariano Rubio venía por ser amigo de Manuel de la Concha, presidente de Ibercorp, una firma especializada en movimientos sobre el parqué de la Bolsa española y en una época en que otro ministro de Economía, Carlos Solchaga, se permitía el sarcasmo de chulearse ante el Congreso de los Diputados con una frase preñada de lujuria monetaria: "España es, hoy por hoy, el país de Occidente donde un empresario con buenas ideas puede hacerse más rico en menos tiempo que en ninguna otra parte".

En 1965, en pleno franquismo, Rubio le había encomendado a De la Concha –entonces agente de cambio y bolsa y luego síndico de la Bolsa de Madrid– la gestión de su exigua cartera de valores. Casi tres décadas después, en 1992, una irregularidad de De la Concha en el manejo de los valores de sus clientes y amigos, puso a Rubio a los pies de los caballos. Las acusaciones contra Ibercorp y, por extensión contra De la Concha y Rubio, destapadas por el entonces muy joven diario El Mundo, eran graves: haber facilitado la venta de acciones de Sistemas Financieros, una empresa propiedad del propio grupo Ibercorp, a determinados accionistas poco antes de que se hundiera la cotización de sus títulos en la Bolsa.

Se trataba, pues, del uso de información privilegiada y tráfico de influencias, todo un mundo de sombras y añagazas financieras que acabarían desembocando en una sucesión de escándalos por corrupción y enriquecimientos –tan espectaculares como en ocasiones ilegales– que acabarían segándole la yerba al Gabinete González y poniendo a José María Aznar en la recta que acabaría llevándole a La Moncloa en la primavera de 1996.

De la Concha
De la Concha

Entre los beneficiados por aquella operación, según la lista que recibió la Comisión Nacional del Mercado de Valores, estaban tres figuras aparentemente desconocidas para la opinión pública española: M. Jiménez, M. Salvador y María Isabel Arrastia. Es decir, Miguel Boyer, Mariano Rubio e Isabel Preysler, que se identificaron utilizando sólo su segundo apellido. ¿A quién pretendían engañar? Por si fuese poco, Ibercorp atravesaba una mala racha y el Banco de España se había visto obligado a facilitarle a diario la financiación que De la Concha no obtenía a través del mercado interbancario. El asunto, pues, no era baladí. Y Rubio fue la víctima que desencadenó la guerra contra la beautiful: "Me voy a mi casa y me dedico a leer, pero que me dejen en paz", le dijo el gobernador del Banco de España a Felipe González. Pero el presidente del Gobierno y su ministro de Economía, Solchaga, no quisieron oír hablar de dimisión, alargando y profundizando en un escándalo que dinamitaría las bases del socialismo español.

Chantajes, libelos y lucha de clanes

En menos de un mes, el caso Ibercorp se extendió como una maraña por el laberinto político español. Con ramificaciones cada vez más extensas, enseguida se convirtió en una escalada de revanchas: panfletos, libelos indemostrables y chantajes de unos contra otros surgieron por todas partes. Los dosieres circulaban por todas partes y aquello no parecía tener fin.

"Esto se ha convertido", editorializaba el semanario Tiempo, "en una guerra de clanes". Y el Gobierno central, es decir, el inquilino de La Moncloa, Felipe González, comenzó a sopesar la idea de que tras aquella marejada se ocultaba una conspiración contra los socialistas.

En los ambientes políticos y económicos de Madrid flotaba el mito de los dosieres comprometedores, armas de destrucción masiva que –si se hiciesen públicos– echarían abajo las más altas torres de las finanzas y del poder ejecutivo. Al final, aquellos informes secretos no se publicaron, como si se hubiese establecido un pacto de no difusión para evitar lo que podría haber sido una guerra total en la que habría víctimas en todos los bandos enfrentados: "Los dosieres existen, están ahí", escribía el periodista Jesús Rivasés.

"Los ha habido siempre, por lo menos desde hace cuatro o cinco años. Redactores de esta revista los han visto y los han tenido en sus manos. No son una leyenda. Existen. Son documentos morbosos, unas veces bien hechos; otras, tan burdos que provocan sonrisas. Cuentan cosas terribles que hasta ahora no han podido ser confirmadas y, por tanto, publicadas. Describen complejas operaciones político-financieras, citan cuentas secretas, ilegales y numeradas en bancos suizos".

 

Como si un volcán hubiese entrado en erupción, aquello era un magma de lava incandescente. Se trataba, concluían las investigaciones periodísticas que los principales diarios y semanarios españoles realizaron por aquellos días, de una explosión de toda la literatura clandestina que en los últimos años –desde la llegada del PSOE a La Moncloa– han generado las batallas bancarias, políticas y económicas, aparentemente épicas, casi siempre rastreras, que trajo consigo la alternancia en el poder.

Aquellos documentos, que visitaban las redacciones de los medios de comunicación pero que no acababan por ver la luz del día, habían sido realizados por encargo por expertos en seguridad: antiguos policías, detectives a sueldo de sus clientes, agentes de los servicios de información que ahora ejercían por libre, algunos con conexiones en Londres y Tel Aviv y cuyas relaciones llegaban hasta el viejo Irán del Sah. Por supuesto, se podía leer en algún medio, la CIA también estaba en el ajo.

Los dosieres hablaban de todos: de Mario Conde, entonces en ascensión; de Mariano Rubio y del ex todopoderoso ministro de Economía del Gabinete González, Miguel Boyer; de Javier de la Rosa, de los consejeros de los principales bancos del país, de los Albertos, incluso del entonces ministro Carlos Solchaga, que había sucedido a Boyer... y en general de la gente guapa del PSOE o de sus aledaños.

Sin embargo, aquellos papeles no tenían padre. Al menos, nadie admitió jamás su paternidad y, según corría de boca en boca, estaban agazapados en los cajones de los despachos presidenciales y en las cajas fuertes de la élite. Tal vez esperando el momento para saltar: "Ha habido muchas conspiraciones, pero luego no han tenido éxito. Yo mismo he participado en alguna", reconocía Pedro Schwartz, publicista y liberal con una abigarrada agenda de contactos en la cúpula política y económica del país.

Los detractores de la beautiful people socialista, es decir, los seguidores de Alfonso Guerra, situaban el nacimiento de aquella marea en el tardofranquismo, a finales de los años sesenta. Así apuntalaban la idea de una conspiración a gran escala, llevada a cabo por infiltrados del antiguo régimen. Se hablaba de una finca castellana, La Dehesilla, punto de origen histórico de la gente guapa y que era propiedad de aquel republicano ilustrado y señor que se llamaba Justino de Azcárate, padre de Isabel, la primera esposa de Mariano Rubio.

Otros buscaban un origen más remoto, con procedencia en el norte de Galicia. En Ribadeo, concretamente, con la tía Carlota –Carlota Bustelo– como reina madre de algo que nunca llegaría a ver y que probablemente nunca imaginó que sucedería jamás.

En la casa de los Bustelo, vinculada a Leopoldo Calvo Sotelo, sucesor de Adolfo Suárez en la presidencia del Gobierno central, se 
reunían en verano algunos de los principales integrantes de aquella maraña que conmovió el ruedo ibérico en la primavera de 1992. Además de Rubio y su esposa Isabel Azcárate, Manuel de la Concha, Carlos Bustelo, Juan Antonio García Díez y Juan Antonio Ruiz de Alda, con sonoros apellidos falangistas. También Miguel Boyer, Claudio Boada, Rafael del Pino, José María López de Letona, José Manuel Kindelán, Pedro Schwartz, José Lladó y Luis Solana, relacionado con los Bustelo por su matrimonio con Leonor Pérez Pita.

La leyenda decía que todos ellos habían diseñado un fantástico plan para hacerse con el poder político y económico y controlar el país. Todos lo negaron y algunos, como Claudio Boada, feo, católico y sentimental, quien durante muchos años gobernó el Instituto Nacional de Industria (antecedente de la actual SEPI), decían que no había más que mirarle para descubrir que él jamás podría militar en la cofradía de la gente guapa. Boyer, por su parte, siempre sostuvo que aquello de la beautiful people no había sido más que una invención de los periodistas. Fuera como fuese, Alfonso Guerra consiguió entonces lo que quería. Aunque otros fueron los que le hicieron el trabajo.

FUENTE : http://www.elcorreogallego.es/indexSuplementos.php?idMenu=15&idNoticia=140335&idEdicion=450

 

Publicado por NataliaEsVedra @ 12:03
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