Viernes, 08 de noviembre de 2013
 “Los europeos constituimos una familia genética”, descubren ahora científicos occidentales mediante “una investigación realizada con ADN de más de 2.000 personas [lo cual] revela que todos los europeos tienen algún ancestro en común en los últimos 3.000 años.”
Nunca es tarde para reconocer nuestras características comunes. Vayamos ahora al texto de la investigación, comentada por el periodista Miguel G. Corral desde Madrid para EL MUNDO.1
“Europa parece compartir más en el ADN de sus habitantes que en las políticas de los países que componen el continente. En estos tiempos en que la Unión Europea necesita más que nunca asideros que avalen su unidad y fortalezcan una identidad común, una investigación realizada por investigadores de EEUU acaba de concluir que los ciudadanos europeos son una gran familia, al menos genéticamente hablando.
 Después de analizar muestras de ADN de más de 2.000 europeos, los científicos de la Universidad de California en Davis y de Southern de California llegaron a la conclusión de que incluso las dos personas más diferentes del continente han tenido algún ancestro común dentro de los últimos 3.000 años. «Lo más llamativo es cómo casi todo el mundo está relacionado con el resto en fechas sorprendentemente recientes», explica el investigador Graham Coop, profesor de Evolución y Ecología de la Universidad de California Davis. «A nivel genealógico, todo el mundo en Europa proviene del mismo pequeño conjunto de ancestros hace sólo 1.000 años», dice el autor.
La mayoría de nosotros conocemos quiénes fueron nuestros antepasados si nos vamos unas pocas generaciones atrás. Pero, ¿alguien sabe quién fue o dónde vivió el tatarabuelo de su abuelo? Y la cosa se complica si intentamos subir por el árbol genealógico hasta los dos o tres últimos milenios. Según la nueva investigación publicada hoy en PLOS Biology, si fuéramos capaces de llegar tan lejos podríamos comprobar que todos los europeos compartimos alguna rama de ese árbol con alguna persona del continente por lejos que viva y por diferente que sea de nosotros. «Incluso un británico y un turco, separados por más de 2.000 kilómetros, comparten un pedazo de ADN que los relaciona genealógicamente en los últimos 1.000 años en un 20% de los casos» asegura a EL MUNDO Peter Ralph, de la Universidad de Southern California y coautor del trabajo.”
Llegados a esta última reflexión del investigador, se hace aquí necesario un amplio inciso. Únicamente conocemos esta prometedora investigación sobre el ADN de los europeos por los comentarios de prensa que, además, recogen declaraciones de los investigadores, y por artículos publicados en otros medios sobre dicha investigación, deduciendo nosotros por la información recibida, que estos científicos universitarios norteamericanos han incluido a Turquía en el contexto europeo, ignorando por nuestra parte si esta inclusión abarca en exclusiva a la ‘Turquía europea’ o a toda la nación turca del Asia Menor ( (Anatolia y su prolongación). Como dice Joan Tejada: “…desde Turquía hasta el Reino Unido…”, entendiéndose por el contexto que inclusive. Llegados a este punto confesamos que no acertamos a comprender la relación genética existente entre un británico (noreuropeo) y un turco (elemento asiático) compartiendo ambos parte de su ADN, “las dos personas más diferentes del continente”, cuando el hilo de la investigación se centra en el parentesco de los pueblos europeos entre sí: “Los ciudadanos europeos son una gran familia, genéticamente hablando”, nos dicen. Por la misma regla de tres, Peter Ralph podría igualmente haber trazado similitudes (en base al ADN) entre un lituano y un magrebí, por ejemplo. Pero, repetimos, aquí de lo que se habla es de la relación entre los ciudadanos europeos.
No obstante, vamos a retomar la citada comparación de Ralph para analizar a esta pareja de individuos tan dispares y antagónicos: un británico y un turco.
El británico. Si se trata de un inglés, su origen es esencialmente anglosajón (dos componentes germánicos: los anglos, comunidad alemana procedente del norte de Alemania en la frontera con Dinamarca) y sajones (oriundos de la región de Sajonia, al este de Alemania, cuya capital actual es Dresde). Otro factor étnico en el británico es su herencia normanda, (normando: literalmente ’hombre del norte’, vikingo, procedentes, unos, vía Normandía, y otros, directamente de los países escandinavos, por lo que el normando es a su vez un elemento nórdico-germánico), sumando a todo esto la influencia céltica que reciben de los britones (o bretones). Pero si se trata de un británico de Gales, Escocia o del Ulster la influencia céltica sería mayor en detrimento de los otros componentes étnicos citados, siendo el celta uno de los elementos más genuinamente indoeuropeos.
El turco. Este pueblo posee todavía hoy en Europa, por conquista y desde 1453, una porción de la Tracia en su extremo sudoriental, con Constantinopla –Estambul para ellos- como capital, situada a orillas del mar de Mármara a la entrada del Bósforo. Pero tal conquista no hace europeos a los turcos que habitan en ese espacio greco-bizantino.
España posee, por conquista, Ceuta y Melilla, en África, pero esta situación geográfica no hace tampoco africanos a ceutíes y melillenses, que siguen siendo españoles y europeos a todos los efectos. Los únicos africanos en ambas plazas son los magrebíes asentados en ellas, posean documentación española o no. De la misma forma que los únicos europeos que habitan en Estambul son los greco-bizantinos ancestrales, eslavos y búlgaros que fueron asimilados por los turcos pacífica o forzadamente, junto con los occidentales que allí residen.
La Enciclopedia Larousse nos dice a propósito del conglomerado étnico turco que “es un grupo de pueblos asiáticos procedentes del mestizaje de gentes paleoeuropeoides y mongoloides […] Hablaban una lengua urano-altaica, el “turco”, que fue primeramente propia de una parte de la raza uránida.”
“…el elemento étnico turánido fue, en el transcurso de los siglos, fuertemente mestizado, sobre todo a causa del contacto con los pueblos mongoles.”
“¿De dónde salieron los turcos?” –se pregunta Carlos García Muñoz-: “El pueblo turco tiene su origen en los pueblos túrquicos de las estepas asiáticas, también antecesores de azerbaiyanos, kazajstanos, kirguis, tukmenos, uzbekos o uigures (éstos últimos habitan hoy la región autónoma uigur de Xinjiang, en China), entre otros. De esos pueblos túrquicos, y más concretamente de los turcos selyúcidas, surgió el Imperio Otomano, cuya existencia abarcó desde finales del siglo XIII a inicios del XX.” (2) En fin, nada que emparente en su ADN a un nórdico-británico con un tártaro-turco.
CÓMO LLEGARON LOS TURCOS A EUROPA.
“Todo arrancó hacia el siglo VII cuando los turcos Celestes crearon una base de poder en las proximidades del macizo de Altai, en el Asia profunda. Desde allí comienzan una carrera de conquista en dirección a Occidente.”
Luis Riestra
Los turcos eran un pueblo guerrero y nómada. A partir del siglo VII, la gran influencia que el islam terminó ejerciendo sobre las comunidades turcas y turcomanas, tanto espiritual como anímicamente, hace que estas se radicalicen y, más aún, al constituirse en Imperio Otomano, lo que supondría un gran peligro para Europa, al menos hasta 1918. Y si bien el ADN no entiende de religiones ni de geopolítica, es el carácter que imprime la etnia quien dicta las costumbres y las acciones, haciendo más incompatibles aun, por su propia idiosincrasia, a un turco de un occidental.
A mediados del siglo XIV, los turcos selyúcidas ocupan la península de Anatolia con núcleo central en Brusa y rechazan a los bizantinos hacia una exigua franja costera. La península quedará casi conquistada en 1080. Con vistas a su expansión por Occidente se hacen con una cabeza de puente en Europa, concretamente en la península de Gallípoli (la Tracia Jersónica), en la margen occidental del estrecho de los Dardanelos. Para entonces ya habrá sido constituido el Imperio Otomano.
Pese a la fuerte resistencia que encuentran y a las sonadas derrotas que sufren, sus victorias son más numerosas, por lo que a lo largo de los siglos siguientes lograrían conquistar Tasalia, Macedonia, Bulgaria, Constantinopla, Morea (y más tarde toda Grecia), Serbia, Albania y Herzegovina. Someten a vasallaje a Valaquia y Crimea y conquistan posteriormente Hungría, Transilvania, Moldavia, Besarabia y el Jerdisán. Los polacos mantendrán guerras con los turcos, y contra el mismo enemigo también las mantendrá Venecia en el Adriático y en el Egeo. Una coalición hispano-veneciana comandada por el Gran Capitán expulsa a los otomanos de Cefalia. Croacia caería en 1493, pero cien años después logra liberarse tras una sonada victoria. Los turcos conquistan Rodas pero sufren una descomunal derrota en Malta en 1565, isla defendida por 500 caballeros Hospitalarios de San Juan y 400 soldados españoles del Tercio de Sicilia, entre otras fuerzas, pese a que las tropas del bajá Mustafá son inmensamente superiores.
En 1629, los otomanos, flanqueados por los jenízaros, sus tropas de élite (3), asedian Viena, pero junto con la población, defienden la plaza 1.000 lansquenetes y 700 arcabuceros españoles del ejército de Carlos V. Sufren los atacantes musulmanes una gran derrota, y emprenden la retirada.
La victoria de la Liga Santa en la batalla de Lepanto, en la que se baten los Tercios junto a los venecianos bajo el caudillaje de don Juan de Austria, acaba con el predominio turco en el Mediterráneo y con el terror en sus costas europeas. En el siglo XIX se inicia el declive turco en Europa, así como en África y Medio Oriente; el Imperio se disgrega. Y en 1918, tras la derrota turca en la I G M, el Imperio Otomano deja de existir, reduciéndose el reducto turco en Europa a partir de entonces a la Tracia oriental, un territorio poco mayor que la Comunidad Valenciana, y que todavía mantienen en nuestro continente.
Parece más bien, después de estos siglos de permanencia y correrías por buena parte de Europa, destruyendo, saqueando, masacrando, orientalizando e islamizando regiones, que hubieran sido ellos los europeizados –como si se tratase de un experimento más de Kemal Atatürk en su afán de ‘occidentalizarlos’-, llegando éstos hasta el extremo, al parecer, de compartir parte de nuestro propio ADN y hacer de ellos unos vecinos más de Europa a la hora de llevar a cabo encuestas científicas.
Un botón de muestra de su ‘creatividad’ en nuestro continente es el siguiente: Sabido es que el Partenón es la construcción más emblemática de la Cultura Occidental, pues bien, estando los turcos de guarnición en Atenas y previendo posibles ataques, habían convertido este templo de la diosa Atenea en un polvorín. Durante un ataque veneciano, una granada perdida cae sobre el polvorín y este estalla, volando por los aires el monumento. Desde entonces, los visitantes occidentales hacen cola para contemplar sus ruinas; lo que queda en pie o ha vuelto a ser colocado en su sitio.
De la Anatolia sublime a la Anatolia turca
Anatolia, conocida desde antiguo como Asia Menor, en Oriente Próximo, ante de la llegada de los turcos era bizantina, por tanto cristiana, de cultura griega y griego su idioma, pasando a ser musulmana, de habla turca y cultura asiático-islámica. Es decir, Anatolia se transformó en un mundo distinto, apartado de Occidente.
En esta península del Asia Menor se había llevado a cabo la ‘revolución neolítica’; se dan en el Neolítico los primeros asentamientos humanos en el mundo, como el asentamiento de Troya. En ella nació y se desarrolló la agricultura, y los humanos domesticaron los primeros animales. Conocida también por ser cuna de la moneda como instrumento de cambio, que floreció durante la época griega y romana. Multitud de lenguas indoeuropeas se prodigaron en Anatolia (junto con otras inciertas). Allí se expandió el pueblo indoeuropeo de los hititas, entre los siglos XVI y XII a. C. Posteriormente los frígios, de igual estirpe indoeuropea. Sus sucesores más poderosos fueron los lídios y los lícios, que igualmente hablaban lenguas indoeuropeas, pero impregnadas de influencias hititas y helenísticas (de la misma familia indoeuropea). Esto llevó a muchos estudiosos a proponer que fuese Anatolia el hipotético centro a partir del cual se expandieran los indoeuropeos y sus lenguas, llegando en algún momento a la India. Toda la península de Asia Menor fue conquistada por los persas, constituidos en Imperio, durante los siglos VI y V a. C.; otra etnia de la misma estirpe. Luego los helenos y después los romanos. Estando bajo control romano, siguió fuertemente influenciada por la cultura helenística.
A lo largo del siglo V a. C. fue habitada por los griegos jónicos. En su costa occidental florecían ciudades griegas como Mileto, que era una de las doce ciudades jónicas del Asia Menor coaligadas de la Liga Jónica. Y fue allí donde iniciaron los griegos la filosofía occidental. Según afirma el catedrático de filosofía Manuel Mindán Manero, “en la ciudad de Mileto –una de las colonias jónicas del Asia Menor, a principios del siglo VI a. C.,- nacen la filosofía y la ciencia griegas y, por tanto, la filosofía y la ciencia europeas. (4) Es la cuna de Tales, pensador que encabeza la lista de los siete sabios de Grecia, y también la de Anaximandro, la de Anaxímenes y del historiador griego Hecateo de Mileto.
Mileto se levantaba en la costa occidental de Anatolia, cerca de la desembocadura del río Meandro. El diseño del trazado reticular de sus calles fue asimilado por los romanos y tenido como modelo para el trazado urbano de sus ciudades.
Conquistada en el siglo XII por los turcos, estos se limitarían a utilizar la ciudad como puerto comercial, pero al sedimentarse el puerto por los aluviones, la ciudad fue abandonada y pasó a la historia. Hoy solamente se visitan sus ruinas, ante la indiferencia turca.
Samos, isla que se localiza junto a la costa occidental de Anatolia, conquistada en el siglo XV por los otomanos, seguiría siendo griega y cristiana bajo el dominio turco. Junto con Mileto, era una de las doce ciudades que formaban la Docecápolis jónica. Pitágoras, igualmente jónico, había nacido en Samos. Y también tendría allí su cuna Hera, que se casaría con Zeus, según la mitología griega. La isla conseguiría su reincorporación a Grecia en 1913.
Halicarnaso. Tras la batalla de Manzinkert en 1071, los turcos selyúcidas avanzan a través de Anatolia y en 1080 queda casi conquistada. Pero ya para 1517, constituidos en Imperio Otomano, completan la conquista de la península con la toma de Halicarnaso (Bodrum, para los turcos), la ciudad de los Caballeros de San Juan. Ésta había formado parte de la hexápolis dórica y allí se levantaba el mundialmente famoso Mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravillas del mundo Antiguo (de ahí procede el término “mausoleo&rdquoGui?o. Parte de su estructura fue reutilizada por los turcos para la readaptación urbana de la ciudad, ahora Badrum, quedando del monumento actualmente en pie sólo sus ruinas.
Tras este largo inciso, volvemos al texto de la investigación científica:
“Para llegar a estas conclusiones –sigue documentándonos Miguel G. Corral-, los científicos utilizaron un método para calcular la cantidad esperada de ADN que comparte dos parientes dependiendo del grado de parentesco que tengan. Como es fácil saber cómo de largas son las secuencias que comparten dos primos carnales, que comparten abuelos, los investigadores establecieron un sistema para averiguar cuanto ADN compartían primos cada vez más lejanos y más separados por las generaciones. De este modo, podían adentrarse en el árbol familiar a través de la genética hasta varios miles de años atrás.
En el estudio, los investigadores aseguran que buena parte de la uniformidad genética se debe al mosaico de migraciones que componen la historia reciente de Europa. La invasión del reino alano –en la actual Rusia europea- por parte de los Hunos en el siglo IV motivó una oleada de migraciones hacia el suroeste de Europa que supuso el inicio del enorme grado de parentesco que hoy en día tienen los europeos del este, cuyos ciudadanos ocupan el primer puesto en la lista de países que comparten un mayor número de ancestros con el resto de los europeos.
Pero aquel no fue el único gran movimiento de población en el continente. Durante los siglos VI y X, las explosiones demográficas de los pueblos eslavos obligaron a estos a trasladarse por Europa, llegando a ocupar territorios desde las actuales Chequia y Eslovaquia hasta Rusia, Ucrania y Bielorrusia.
No obstante, las penínsulas del sur de Europa quedaron al margen de estos grandes movimientos de población [eslava] por el continente y, además, tanto la ibérica como la itálica estaban protegidas por abruptas cadenas montañosas que dificultan el flujo de población. Eso hace que, según el estudio, italianos, españoles y portugueses (por ese orden) sean los países que menos nivel de parentesco tienen con el resto de los europeos. «A pesar de estos datos, las diferencias son relativamente pequeñas», explica Ralph. «La tónica general es que todo el mundo está emparentado y sólo cuando atendemos al detalle vemos estas diferencias entre regiones», asegura el investigador.”
Los eslavos y las rutas pirenaicas
Leíamos anteriormente de estos investigadores del ADN compartido, que ante el empuje de los hunos, tanto los alanos como los eslavos se desplazaron masivamente hacia Europa durante los siglos VI y X, pero que las penínsulas del sur de Europa quedaron al margen de estos grandes movimientos de población por el continente y, además, “tanto Iberia como Itálica estaban protegidas por abruptas cadenas montañosas que dificultaban el flujo de población.”
En primer lugar, pensamos que este flujo eslavo difícilmente alcanzaría países como Britania; menos aún los turcos en fechas posteriores. En segundo lugar, Italia ha sido siempre un país de herencia indoeuropea. El norte italiano fue una prolongación de la Galia, un conglomerado celta y lo sigue siendo en sus orígenes. La República y el Imperio Romano llevaron la europeidad –la propia y la helenística- por el mundo. Y ni los Pirineos ni los Alpes les plantearon ningún problema. Tampoco estas cordilleras fueron obstáculos para que Aníbal Barca las atravesase con un imponente ejército que partió del Levante español, estando a punto de tomar Roma y acabar con el predominio de la República romana en el mundo.
Respecto a la cordillera pirenaica, que cubre el istmo de la península Ibérica, esta ha contado siempre con amplios pasos en el litoral, suficientemente suaves. Por la costa cantábrica (por Irún/Hendaya) y más amplia por El Porthus, entre la Junquera y el Rosellón, por donde atravesó precisamente Aníbal. Por esos accesos–y por otros secundarios- llegaron desde Europa a la península Ibérica en varias oleadas y también de forma intermitente, poblaciones celtas. Penetraron las legiones romanas en la Península por dichos pasos, haciéndolo durante siglos. Más tarde cruzaron por los mismos lugares los pueblos bárbaros germanos: suevos, vándalos y alanos. Los alanos, procedentes de los mismos territorios que los eslavos. Y a continuación hicieron acto de presencia en Hispania los godos, igualmente germánicos (su rama visigoda), invadiéndonos por idénticos lugares. Todo esto afectaría por igual a toda Hispania (es decir, a España y Portugal). ¿Qué los Pirineos fueron “una abrupta cadena montañosa que dificultaba el flujo der población”? Al parecer, no del todo.
En el 711 los musulmanes comienzan a desembarcar por el sur de España procedentes de las costas africanas y a ocupar su territorio. Pero se trata de un contingente de 12.000 bereberes y 27 árabes mandados por Tariq, jefe berebere, al que se unirá más tarde otro ejército de 18.000 árabes y bereberes, comandados por Muza, aguerridos y bien organizados, encontrándose con una España visigoda enfrentada y debilitada, conquistan en pocos años casi todo el país. (5) Sin embargo, en todos esos siglos de ocupación, el sustrato base de la población del Al Ándalus seguiría siendo hispanorromano-visigodo: los mozárabes y los muladíes, quienes hablaban preferentemente lenguas romances.
Con vistas a abastecer los harenes de los califas y emires, sus guardias y engrosar sus ejércitos, se establece un comercio de largo recorrido de esclavos/eslavos con establecimientos en los países del Este. Los mercaderes de Dinamarca tenían bases establecidas en la región del Volga y vendían esclavos a los mercaderes musulmanes. Durante los siglos VIII y IX, en la época del califato islámico, la mayoría de los esclavos de los musulmanes eran obtenidos principalmente a partir de los pueblos eslavos en la Europa Oriental (de donde deriva el término ‘eslavo’ en varios idiomas, asimilando esclavo con eslavo). Las columnas de esclavos/as destinados a los harenes y a las guardias de Córdoba, Sevilla y Granada eran organizadas por mercaderes judíos de los países germánicos y del norte de Europa. Estas columnas atravesaban el valle del Rin y luego las calzadas del Pirineo hasta territorio de Al Ándalus, que abarcaba en un principio casi toda la Península. Las esclavas eran muy valoradas en los harenes, incrementando los esclavos varones la guardia. En cambio, los eunucos eran de origen bizantino preferentemente procedentes del territorio búlgaro de Kazar. Debido a este concubinato de los harenes, un número importante de califas y emires como Abderramán II y III, Abd Allah, Hixen II, los hijos de éstos, hermanos y hermanastros, etc., tenían aspecto occidental. Son descritos por los cronistas de época, -entre ellos Kitab-al-Bayan-, como “de piel blanca, ojos azules y rubio […] Se teñía de negro…”. Los jerarcas andalusíes preferían tomar como esposas a mujeres eslavas, europeas o hispanas cristianas del norte. También asumían estos eslavos misiones importantes en el ejército andalusí, quienes conquistaron taifas al término de la guerra civil desencadenada entre los mismos musulmanes. Cuando en 854 los normandos remontando el Guadalquivir con sus ligeras embarcaciones toman y saquean Sevilla durante siete días, un ejército de Abderramán II comandado por el fata Nasr, un eslavo, los derrota en Tablada y apresa a los supervivientes. No era el único eslavo en aquel ejército.
Al ser conquistada Granada por los Reyes Católicos, en 1492, finalizando el predominio islámico en la Península, se decretan las expulsiones, pero sólo la de aquellos musulmanes y judíos que se negasen a abrazar el cristianismo. No era un problema racial sino profundamente confesional, al menos en lo que concierne a la población hispano-musulmana, dado que tanto esta población como la del norte cristiano seguían siendo eminentemente hispanorromanas-visigodas en sus orígenes. Y respecto a los eslavos y sus descendientes, es de suponer que no tuvieran ellos un apego excesivo hacia las costumbres y creencias de quienes los habían comprado en su día y mantenido como esclavos. Desde luego no tanto apego como para acompañarles por fidelidad y fe a un incierto exilio en África. La mayoría de estos eslavos, junto con el resto mayoritario de españoles de ambos territorios, constituirían la España unificada por Castilla y Aragón. Por tanto, suponemos que también hubo por parte del elemento eslavo su aportación genética minoritaria al colectivo hispánico. Etnia que, paradójicamente, nos llegó a través de los Pirineos, como ya vimos. ¿Pudieron parientes comunes afectar al ADN colectivo?
En época de Carlos III, tampoco el macizo de los Pirineos supuso un obstáculo para el trasiego de migraciones europeas, estando ya la red de caminos mejorada. Momento en que se llevó a cabo una importante repoblación de Andalucía con colonos procedentes de Austria y regiones germanas colindantes, con centro de distribución en La Carolina, creada para  tal fin. Los colonos germanos llegaron a fundar 50 ciudades en la región andaluza. Una de las primeras tal vez fuera Santa Elena, al norte de las Navas de Tolosa, levantada próxima al llano donde tuvo lugar la decisiva batalla de las Navas en 1212. La misma capital sevillana, que se había quedado muy despoblada, recibió también una buena aportación de colonos centroeuropeos, lo que todavía se puede apreciar en muchas de sus gentes.
En la costa de Cartagena y Águilas se asentó población italiana. La Mancha se repobló con franceses. Ya el Camino de Santiago, denominado el ‘Caminó Francés’, se repobló gracias a los asentamientos de centenares de peregrinos francos que se establecían a lo largo de esta ruta jacobea, siglo tras siglo, fundando algunas villas; entre ellas, Villafranca del Bierzo. En el siglo XI la ruta originaria de los peregrinos franceses y europeos pasaba en un principio a través de la calzada romana que cruza el Pirineo por el puerto oscense de Palo (en el Valle de Echo), pero más tarde entrarían por el puerto de Somport (Huesca) usando posteriormente el de Roncesvalles (Navarra). El Consejo de Europa dio al Camino el título honorífico de Calle Mayor de Europa. Otros franceses se asentarían en la comarca de la Peña de Francia y la Alberca. Y si de franceses se trata, poco nos extenderemos aquí contando el paso de un impresionante ejército imperial mandado por el propio Napoleón en 1807 que, partiendo de Bayona, penetró por Hendaya camino de Vitoria. Desde luego no venían a repoblar, pero el continuo flujo y reflujo de grandes ejércitos franceses a uno y otro lado de la frontera –y por mucho que hubiesen mejorado los rústicos y polvorientos caminos- demuestra lo ficticio de esa barrera pirenaica que dificultaba el flujo de población.
Entre los siglos V y VI emigran de las Islas Británicas grandes contingentes de población bretona (celta) huyendo de las invasiones anglosajonas, y se refugian buena parte de ellos en la Armórica francesa, territorio que terminaría denominándose Bretaña francesa (o Bretaña la menor). Pero otro núcleo importante de bretones opta por asentarse en la costa cantábrica de Galicia y Asturias. Los refugiados se desplazan bajo la autoridad de su propio obispo: Maeloc y sientan su diócesis en Bretoña, villa fundada por ellos en Galicia (que todavía existe como pueblo), lo que constituyó una nueva aportación céltica al conglomerado español.
Por todo ello, puede Peter Ralph finalizar su entrevista con todo acierto: “…Las diferencias [entre unos europeos y otros] son relativamente pequeñas. La tónica general es que todo el mundo está emparentado y sólo cuando atendemos al detalle vemos estas diferencias entre regiones.”
Notas
1- El Mundo, 8-V-13. p. 52. EL ÁRBOL GENEALÓGICO DEL CONTINENTE (El ADN común).
2- Carlos García Muñoz. ¡Turquía! (CAROLVS VNIVERSI - La Coctelera).
3- Los jenízaros. Niños raptados en los países cristianos conquistados y educados como guerreros expertos y  fanáticos, e islamizados.
4- Manuel Mindán Manero. Historia de la Filosofía y de las Letras. Ed. Anaya, 1964
5- La suma de estos dos contingentes musulmanes, fue la mayor aportación foránea a la Península. En el año 741 se producen revueltas bereberes y con su marcha hacia el sur, quedan despobladas muchas de las tierras que ocupaban entre la cordillera Cantábrica y el sistema Central. La hambruna que azota el país en 750 provoca la huida de la mayor parte de los bereberes que quedaban, regresando a su tierra.
Los almohades, que desembarcan en la Península en 1147, eran bereberes de Marrakech y del Atlas, no serán bien recibidos ni por los propios andalusíes, con los que mantendrán guerras. Con la victoria cristiana de las Navas de Tolosa, comienza su declive hasta su disgregación. Algunos contingentes almohades regresarán a África.
Enviado por J Hernansaez

Publicado por NataliaEsVedra @ 10:17
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