Lunes, 10 de septiembre de 2012

Los colonos que arrebataron Palestina comenzaron a ejercer este rol semi-imperial, cuando se convirtieron en un aparato militar victorioso, con capacidad de acción sobre toda la región.

Los ocupantes sionistas vetaron primero el retorno a su tierra de los pobladores originarios, que escaparon de la guerra perpetrada en 1947-49.

Ese despojo fue posible por el clima de reparación internacional hacia los judíos que sucedió al holocausto.

Pero la confiscación por éxodo forzado de la población no pudo repetirse en 1967, cuando los habitantes aprendieron la lección de los refugiados y se quedaron en sus hogares.

Esa permanencia determinó el comienzo de una resistencia, que Israel ha respondido con mayor anexionismo.

La lógica de genocidio que impone el sionismo tiene poca viabilidad, en una era de descolonización.

Ya no es factible repetir el exterminio que sufrieron los amerindios, la esclavización que padecieron los africanos o el destierro que predominaba en la Antigüedad.

Frente a esta imposibilidad rige un dispositivo que reemplaza a la población local por inmigrantes seleccionados con criterios étnicos.

Esta política imposibilita la coexistencia de las distintas comunidades.

La anexión se implementa con un ropaje de negociaciones de paz que en los papeles promueve la consolidación de dos estados y en los hechos obstruye ese objetivo.

El futuro de Jerusalén, los derechos de los refugiados y el fin de los asentamientos quedan fuera de las tratativas, mientras que la implantación de nuevos colonos anula la eventual formación de un estado palestino real.

La expropiación de tierras, el robo del agua, la creación de rutas exclusivas y la erección de muros separando a las ciudades bloquean esa posibilidad.

Los Bantustán que el Apartheid diseñó en Sudáfrica han resucitado.

Cisjordania ha quedado convertida en una prisión gigantesca, que obliga a los palestinos a elegir entre la emigración y la supervivencia en cantones aislados.

Israel sostiene esta política de ocupación con atroces campañas militares.

La masacre de Gaza (2009) incluyó bombardeos a refugios de la ONU, ataques con fósforo blanco y demolición de escuelas, mezquitas y hospitales.

Esta masacre fue perpetrada con el pretexto de eliminar cohetes de fabricación casera, que ni siquiera rasguñaron la fortaleza israelí.

El ocupante mantiene un cerco sobre un millón y medio de personas en Gaza, que sobreviven entre la basura, la oscuridad y las aguas servidas.

Como la anexión de este minúsculo territorio superpoblado se tornó inviable, hubo retiro de colonos y reforzamiento del terror.

Israel repite el libreto de todos los colonialistas.

Porta la bandera de la civilización y esgrime derechos de defensa para ocultar su dominación.

Pondera su “democracia moderna” y descalifica las costumbres de los pueblos árabes.

Pero omite, por ejemplo, que la invasión a Gaza se concretó para desconocer un resultado electoral de Hamas, avalado por todos los observadores internacionales.

Las libertades públicas que enaltecen los sionistas, sólo rigen para discutir la mejor forma de vulnerar los derechos en los territorios ocupados.

Quiénes exaltan la tolerancia religiosa del estado hebreo suelen olvidar el carácter confesional de esa institución.

También omiten el fundamento bíblico utilizado para justificar ampliaciones territoriales inspiradas en los sagrados límites de Samaria y Judea.

El alcance de las restricciones islámicas impuestas por los palestinos constituye un misterio, puesto que las bombas han impedido conocer esas limitaciones.

En la región no impera un conflicto entre “extremistas de los dos bandos”.

Con ese criterio de neutralidad habría que equiparar a los marines con los vietnamitas, a los paracaidistas franceses con la resistencia argelina y a los realistas españoles con los criollos americanos.

En las situaciones coloniales hay victimarios y víctimas.

El doloroso legado del holocausto es frecuentemente utilizado para acallar la denuncia de un estado opresor.

Esta censura se ejerce identificando al judaísmo con el sionismo e Israel y catalogando cualquier crítica como un acto de antisemitismo.

Se olvida que esos tres conceptos difieren significativamente.

El judaísmo es una religión, una cultura o una tradición de un pueblo diseminado por muchos países.

Israel es un estado construido con la explícita preeminencia de los hebreos, pero actualmente incluye varios grupos desconectados de ese origen.

El sionismo es una ideología de apropiación colonial con ropaje milenario.

Es indispensable partir de esa caracterización para distinguir las posturas anti-judías, anti-sionistas y anti-israelíes.

La primera actitud es racista, la segunda anticolonialista y la tercera no presenta un significado nítido (al igual que el antinorteamericanismo expresa un genérico rechazo al imperialismo).

Israel necesita redoblar la apuesta bélica para perpetuar el colonialismo.

Cada cese de hostilidades es utilizado para preparar nuevas incursiones, como lo demuestra la secuencia de Beirut (1982), Ramalá (2002) y el Líbano (2006).

Estas agresiones han creado en el país una mentalidad de resentimiento, que es utilizado para justificar cualquier atrocidad frente a un mundo hostil.

Con esos mensajes se busca sofocar las demandas de las solución pacifica que emergieron durante los años 80.

Este belicismo también socava convicciones de una sociedad que debe escuchar dolorosas comparaciones con el salvajismo de los nazis.

En el país se ha institucionalizado la tortura y un despliegue de terrorismo de estado, centrado en asesinatos selectivos de militantes y ataques a flotillas humanitarias de solidaridad con los palestinos.

Pero lo central es registrar que Israel no actúa solo.

Opera en función de las prioridades geopolíticas de Estados Unidos, que transfirió al país centenares de bombas atómicas, sin ninguna exigencia de inspección o suscripción de tratados de no proliferación.

El ejército sionista cumple el mandato norteamericano de intimidar a los gobiernos árabes, para que refuercen su colaboración con la opresión que sufren los palestinos.

Especialmente la monarquía jordana, los jeques sauditas y las autocracias egipcias han combinado el prudente silencio con la explícita complicidad.

Complementan en el plano diplomático la acción armada de Israel.

La lucha de los palestinos ha sido durante décadas una pesadilla mayúscula para las clases dominantes árabes.

Temen la convergencia de ese combate con las demandas sociales de todos los oprimidos de Medio Oriente.

Cada acción de Israel recalienta el polvorín regional y afectan los equilibrios que su mandante norteamericano ha gestado con los gobiernos árabes pro-occidentales.

El imperialismo sostiene a ambas partes mediante un tipo de duplicidades, que se extiende también a Turquía.

Este país participa de la OTAN y alberga bases norteamericanas, pero tiene un gobierno islámico y enfrenta serios roces con el estado sionista.

El Departamento de Estado hace malabarismos para apadrinar a todos sus socios, pero privilegia a Israel, a través de un lobby que opera como una fuerza interior del sistema político norteamericano.

Este grupo de presión no expresa a la colectividad judía, sino al aparato industrial-militar del establishment.

Esta profunda integración diferencia a Israel del Apartheid y torna improbable la repetición del proceso que condujo al desmonte de la estructura racista sudafricana.

Israel tiene garantizada la protección diplomática de Estados Unidos en las Naciones Unidas.

También cuenta con la cobertura de los grandes medios de comunicación, que mantienen un doble patrón de cobertura de los fallecimientos.

Arden ante cualquier víctima israelí y no se perturban por el asesinato de miles de palestinos.

Pero la heroica resistencia de este pueblo ha puesto sus demandas sobre el tapete.

No recuperaron sus tierras, ni construyeron su estado, pero ya nadie puede borrarlos del escenario internacional.

Pero en los primeros meses del 2011 toda la política imperial en Medio Oriente ha quedado sacudida por una revuelta democrática generalizada, que conmueve al mundo árabe.

Este levantamiento se propaga de país en país, reflejando la similitud de condiciones políticas imperante en toda la región.

Todavía es muy prematuro evaluar los resultados de la sublevación, pero ya se registraron triunfos populares en Egipto y Túnez, prosiguen las movilizaciones en Yemen, se extienden los levantamientos a Barheim, Siria, Marruecos o Jordania y ha estallado una seria confrontación armada en Libia.

La OTAN ha comenzado a intervenir con bombardeos selectivos para iniciar un contraataque y dejar establecido un precedente de acciones militares.

Como ya es habitual vuelven a utilizar el pretexto de la “intervención humanitaria”, olvidando el desastre apocalíptico de Irak y el infierno que padece Afganistán.

Los bombardeos no protegen a la población civil y destruyen la infraestructura del país atacado.

Apuntan exclusivamente contra los gobiernos poco confiables y jamás afectan a los monarcas y tiranos subordinados a Occidente.

Esta duplicidad alcanza proporciones escandalosas en Medio Oriente.

Los ataques virulentos contra los adversarios circunstanciales contrastan con el encubrimiento de los crímenes que perpetran socios de las grandes potencias.

La sublevación árabe impone limitaciones a las incursiones imperiales que no existían durante la década pasada.

El levantamiento se desenvuelve en una zona geopolítica vital para los intereses norteamericanos, creando una situación muy distinta a la predominante en Europa del Este después de 1989.

Además, el nuevo protagonismo de los jóvenes y las mujeres introduce un distanciamiento potencial con el fundamentalismo islámico, reforzado por la centralidad de las banderas democráticas que encabezan todas las protestas.

Hay muchos indicios del comienzo de un giro histórico por la irrupción de las masas.

Este dato modifica el escenario futuro de Medio Oriente.

FUENTE : http://www.bajandolineas.com.ar/2011/07/palestina/


Publicado por NataliaEsVedra @ 19:30
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