Viernes, 31 de agosto de 2012

Oana Frumuzache para TdE/

Un mundo que cada día se va degenerando más y más. La gente se vuelve más impermeable y menos sustancial. Incomoda mirar atrás y ver la integridad de cada persona luchando desde su impotencia por un ideal, un mundo mejor y su propio bienestar.

Cada día añadimos recortes innecesarios llamados “reformas imprescindibles” en un intento de “salvación” y “sanación económica” que tiene toda la emblema del fracaso pegado en la frente. Lo que me hizo reaccionar y reflexionar en unas cuantas líneas fue un comentario relativamente sencillo: << Floriano, del PP: “A veces los 400 euros iban a gente que vivía con sus padres y sin necesidad”. >>

Todo este tipo de afirmaciones absurdas no podrían salir de otra boca que no fueran de los que no lo necesitaron nunca, de los que se otorgan sueldos y prebendas y no hay quién los controle.

¿Cuándo empezamos realmente a conformarnos? Creo que ninguno lo sabemos ya… Hemos dejado hace ya demasiado tiempo de pensar las cosas y entender su esencia. Y como nos afecta y de qué manera podríamos cambiarlo. Ni somos cocientes de que podemos hacerlo. O no queremos. Es más fácil quedarse quieto y no hacer nada.

Pero lo más triste por ver es que la mente social multitudinaria se conforma. Con cualquier cosa y piensan erróneamente que al quejarse de las cosas es suficiente para estar mejor. Si todo el mundo permanecería permanentemente de brazos cruzados la sociedad nunca cambiaría y la ley será siempre del rico más rico y el pobre aún más desamparado. Para que unos poco estén en lo alto pisotean a unos muchos, que somos todos los demás. Una sociedad que ya ni tiene escrúpulos ni tiene nada. Hojas perdidas que se dejan llevar por el viento hasta que la tierra las cubre de polvo.

Necesitamos un despertar. Uno, solo uno. Pero magnitudinal. Político, social, moral, sentimental y filosófico… Creando ideales de nuevo. Pilares bases fuertes en nosotros mismo difícil de derrumbar por cualquier teoría apoteótica y sin demostrar, pero que suena despampanante. Y puede que lo hagamos. Reaccionaremos.

Pero no porque no nos quede más remedio, sino por ese instinto básico animálico que llevamos dentro y que activa la desesperación de la supervivencia. Pero es absurdo esperar hasta más no poder para actuar, aunque sea impulsivamente. Y también es decepcionante que se tenga que hacer desde esa perspectiva y no desde la conciencia.

FUENTE : http://www.tribunadeeuropa.com/?p=13306


Publicado por NataliaEsVedra @ 20:20
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