Lunes, 07 de mayo de 2012
Los judíos europeos acogieron pues la rebelión protestante contra la Iglesia con indisimulado júbilo. Las razones para ello eran muchas y de calado. Como ya hemos visto, los judíos consideraron a la religión cristiana, desde el principio, como una odiosa secta herética. Cuando fueron más fuertes, la intentaron exterminar con saña y, cuando la correlación de fuerzas se invirtió, adoptaron una hipócrita sumisión que nunca les impidió revolverse contra los cristianos cuando las circunstancias se tornaban propicias, como ocurrió en España en el 711, por ejemplo. La creciente expansión del cristianismo romano y germánico, cada vez más europeo y menos semítico, supuso un molesto freno a la prosperidad de las comunidades judías. La aparición de las órdenes de frailes mendicantes que denunciaban la complicidad de los nobles cristianos con los turbios negocios usurarios de los judíos contribuyó todavía más al declive de la riqueza de las aljamas. Ya vimos como durante la Edad Media, la presión de las masas cristianas más pobres fue obligando a reyes y príncipes a expulsar a los judíos de sus posesiones y como este período histórico llega a su fin con el acontecimiento de la expulsión - precedida por una multitudinaria conversión - de la comunidad judía de España.
La quiebra de la unidad de la cristiandad a comienzos del siglo XVI fue una de las razones por la que los judíos acogieron esperanzados la Reforma. Lutero, al comienzo de su misión secesionista, halagó a los judíos confiando ingenuamente en que la nueva teología que él había inventado los impulsaría a abandonar la fe mosaica y abrazar el cristianismo reformado. Naturalmente, no fue así y Lutero, decepcionado, la emprendió con los judíos. No obstante, éstos prefirieron ignorar las diatribas del hereje alemán y colaborar activamente en el proceso de ruptura de la cristiandad, que además les ofrecía una oportunidad magnífica para socavar el poder de la monarquía española, que desde el primer momento se puso al frente de la defensa de la Fe Católica. La deriva fundamentalista del luteranismo liderada por Calvino y reconciliada con el espíritu semítico del Antiguo Testamento, como ya vimos, facilitó aún más el apoyo judío a la reforma. Salvador de Madariaga lo manifestó con claridad,
“Su actividad se polarizó contra España en los dos campos más importantes de la vida española: el religioso y el imperial. Fueron los judíos asiduos diseminadores de la Reforma; no tanto por sincero interés en la Reforma en sí como porque implicaba cisma y división en la fe rival.
[…] Desterrados o perseguidos, los judíos se disfrazaron de cristianos pero siguieron fieles a la fe de su pueblo con admirable constancia. La Reforma fue para ellos maná del cielo. La fomentaron porque al hacerlo quebrantaban la fortaleza cristiana entre cuyos muros habían padecido tanto.”
“Los conversos portugueses de Amberes dieron poderoso estímulo al luteranismo desde sus primeros días. Aunque Lutero no correspondió a sus favores y fue tan antisemita como cualquier alemán, los conversos continuaron a fomentar la Reforma con todas sus fuerzas. En julio de 1521 tenían ya un fondo para imprimir las obras de Lutero en castellano.”[1]
En este contexto histórico, los judíos expulsados de España primero y Portugal después, y sus descendientes, lejos de sentir ese amor hacia Sefarad del que nos hablan siempre, lejos de atesorar un amor no correspondido que entristecía sus corazones, se dedicaron, casi como un solo hombre y en cuerpo y alma, a procurar la ruina de España. Para ello no dudaron en acudir, con el poder de su riqueza dispersa, siempre en auxilio de los enemigos de la monarquía Católica española; hoy el rebelde holandés, mañana el turco, pasado mañana el corsario inglés... Cito de nuevo a Madiaraga,
“Este secreto y disimulo de hombres que se sabían siempre vigilados, esta movilidad, esta capacidad para arraigar en todas las fronteras, y su superioridad sobre todos sus correligionarios amén de muchos cristianos también, hizo de los judíos españoles los enemigos más peligrosos, pertinaces e inteligentes del Imperio Español.”
Efectivamente, España no tuvo durante siglos peores enemigos que los judíos expulsados y sus descendientes, que guardaron, atesoraron y traspasaron de generación en generación, un frío, calculado e inextinguible odio, que aún perdura en el siglo XXI.
El antropólogo Julio Caro Baroja afirma sin titubeos:
Y puede decirse que de las (familias judías españolas y portuguesas) que se afincaron en Holanda, Inglaterra y otras partes, de mediados del siglo XVII a mediados del XVIII, surgió, en gran parte, el cuerpo de doctrina que en punto a la Inquisición, la monarquía española, etc, se admitió como bueno en la Europa protestante hasta nuestros días: el “marrano” tomó fuerte y justificada venganza de su país de origen en cuantas ocasiones pudo.
Si los judíos fueron aliados de los árabes contra los visigodos, sus descendientes lo fueron contra la monarquía española, ora de los turcos, ora de los holandeses, ora de los ingleses y aun en tiempo de Richelieu, de manera más privada, de los franceses. Los hechos son conocidos y no hay que recurrir a los textos hostiles, ni a las justificaciones de los apologistas de Israel para conocerlos en toda su extensión. Ya se ha indicado antes que en ciertas combinaciones diplomáticas de los turcos contra España intervinieron judíos escapados de la Península a mediados del siglo XVI. Posteriormente, los conversos del Brasil, en relación con los judíos asentados en Ámsterdam secundaron los planes de los holandeses en sus ataques a los puertos de aquel país defendidos por portugueses y españoles. Se saben incluso los nombres de los que actuaron como espías y expertos cuando el ataque de Bahía (1623), la toma de Pernambuco, etc.[2]
Los judíos “portugueses” afincados primero en Amberes y después en Amsterdam, enviaron a vástagos de sus familias, camuflados como cristianos, a las colonias españolas y portuguesas de América. Estos criptojudíos nominalmente cristianos y súbditos de la corona de España - durante un tiempo unida a la de Portugal con Felipe II - actuaban realmente como puente con sus hermanos de los Países Bajos protestantes y desviaban cuanta riqueza podían del comercio marítimo hacia las naciones enemigas de España. Por ejemplo, y siguiendo de nuevo a Madariaga;
“Al lado de los Méndez, otra familia sefardita trabajaba en Flandes contra España con no menos persistencia; la de los Pérez, judíos portugueses de Amberes, luteranos primero, más tarde calvinistas, lo que les valió no poca popularidad en las provincias de los Países Bajos. Ya entonces era el jefe de la casa Marco Pérez, probable pariente del famoso Antonio Pérez que tantos quebraderos de cabeza dio a Felipe II. Era Marco Pérez rico y poderoso, y en 1566 llegó a presidir el Consistorio calvinista de Amberes. Su mujer era íntima de la de Guillermo de Orange. Marco Pérez era el centro de un círculo de información e influencia política, y puede considerársele como uno de los causantes de la guerra de ochenta años entre los Países Bajos y España. A su impulso se debió la impresión de 30.000 ejemplares de la “Institución de la Religión Cristiana” de Calvino en castellano, y su introducción de contrabando en España dentro de barriles que venían también forrados con otros impresos de propaganda protestante. También fomentó la impresión de biblias, catecismos y otros libros calvinistas en castellano para la exportación, y mandó a España predicadores calvinistas. Estaba en correspondencia con William Cecil, el poderoso Ministro de la reina Isabel, y en contacto estrecho con Thomas Gresham, el agente de Cecil en Amberes.”[3]
Resulta evidente cómo los judíos expulsados de España intentaron sembrar en nuestra patria el factor disolvente del protestantismo para debilitar su fuerza, su unidad y su cohesión social y religiosa. De no haber sido por la labor de la Inquisición, tal vez en España habría acabado germinando la semilla de la herejía judeocalvinista y probablemente hubiésemos conocido los horrores de las guerras de religión que asolaron buena parte de Europa en los siglos XVI y XVII.
El profesor norteamericano Philip W. Powell escribió una obra interesantísima sobre el origen de la visión tan tremendamente negativa de España y de su Historia que aún persiste en los Estados Unidos. Powell dedica una parte de su obra a señalar la parte de responsabilidad, no escasa, de los judíos en la propagación y mantenimiento de esta visión. En concreto, afirma
“Al salir de España, muchos judíos se fueron a Italia, los dominios musulmanes, los Países Bajos, Alemania y Francia, lugares donde iba aumentando la receptividad a la propaganda y acción antiespañola. En sus nuevos lares, los judíos hicieron afanosamente cuanto estuvo a su alcance para dañar el comercio español, y dieron ayuda a los proyectos musulmanes de desquite por la derrota de Granada. Y la erudición judía y dialéctica reconocida en materias teológicas, fueron puestas a veces al servicio de la Revolución Protestante, que proporcionó a España tanta angustia”.
“Una extensión de este espionaje fue la estrecha relación entre los sefarditas holandeses y el establecimiento de su gente en Inglaterra, hacia mediados de siglo (XVII) y en vísperas de la ofensiva cromwelliana contra las Indias Occidentales españolas. Cromwell supo aprovechar, como en la época isabelina lo hiciera Cecil, los servicios de espías judíos que conocían las lenguas y tenían contactos secretos tan valiosos para hacer efectivos los ataques”.
“Antes de finales del siglo XVII, la acción hebrea contra España se había proyectado a lo largo de tres líneas principales:
1. Extensa y muy influyente actividad por medio de publicaciones con fuertes características antiespañolas.
2. Acción en el comercio y en el espionaje para ayudar a los enemigos de España en la guerra y en la diplomacia.
3.Intensiva promoción de la mezcla de anti-Roma con anti-España, para hacer sinónimos ambos canales de concepto y acción. Esta última faceta no fue un monopolio judío en modo alguno, pero el sefardita tenía especiales fundamentos para ello, y la fusión del odio papista y el odio español, en la atmósfera anglo-holandesa, fue altamente atractiva para los judíos.[4]


[1] Salvador de Madariaga, El auge y el ocaso del Imperio Español en América, Espasa-Calpe, 1977, pp. 564-565.
[2] Julio Caro Baroja,  Los judíos en la España Moderna y Contemporánea, Istmo, 1986
[3] Salvador de Madariaga, Op. Cit., Espasa-Calpe, 1977, p. 566.
[4]  Philip W. Powell, Árbol de odio. La Leyenda Negra y sus consecuencias en las relaciones entre Estados Unidos y el Mundo Hispánico. Iris de Paz. 1991. Existe una doble reedición de esta obra con el título "La Leyenda Negra, un invento contra España", debida a Áltera, en 2005 y 2008.

LOS JUDÍOS EN EUROPA OCCIDENTAL, EN LAS COLONIAS Y EN EL IMPERIO OTOMANO.
LA VENGANZA CONTRA ESPAÑA II

Publicado por NataliaEsVedra @ 17:18
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