Jueves, 19 de abril de 2012

Grégor Puppinck.- Hace un año, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) emitía su fallo definitivo en el caso de los crucifijos, conocido como Lautsi. Este asunto ha marcado al Tribunal. Desde entonces, las relaciones entre derechos humanos y religiones han permanecido en el corazón de los debates europeos e internacionales.

En muchos países, los derechos humanos suministran el único discurso que permite reclamar más libertad religiosa. El principio de esta contribuye a la toma de conciencia de la que deben hacer gala las mayorías respecto de las minorías religiosas. Desgraciadamente, desde hace algunos años, el derecho internacional da la impresión de no conseguir progresos concretos en pro de la libertad religiosa. La opresión antirreligiosa de los comunistas no ha desaparecido (Corea del Norte, China, Vietnam); reincide incluso en América Latina (Venezuela). La opresión del islamismo radical crece de forma dramática con el paso de los años. Por último, en Occidente, la cultura posmoderna –y dominante desde un punto de vista mediático– es cada vez más agresiva, intolerante y radical con el paso de los años en su relativismo y secularismo respecto de las religiones y la moral. Por desgracia, hay que constatar en todo el mundo un retroceso de la libertad religiosa.

Este retroceso está vinculado al proceso de globalización que incrementa la competencia entre los modelos de civilización que tienen una ambición y una potencialidad universal. Dentro de esta competencia, las relaciones entre religiones son decisivas, pues estas, ya sean estrictamente religiosas o laicas (ideologías), son los vehículos de civilizaciones: determinan, expanden y transmiten sus componentes esenciales. De ahí que de la organización de las relaciones entre las religiones dependa en gran medida la configuración de la globalización en curso. La consecuencia es que el debate actual sobre las relaciones entre religión y derechos humanos –y muy particularmente sobre el contendido de libertad religiosa– ya es un desafío central, ya que tiende a definir no solamente la organización de las relaciones entre las diversas religiones e ideologías sino también a delimitar la influencia de las religiones en el seno de cada civilización.

En este contexto –y porque pretendía unir el secularismo con la democracia– el caso Lautsi ha permitido a la sociedad europea preguntarse abiertamente acerca del lugar del cristianismo en su proyecto de civilización. Desde un punto de vista político, la primera sentencia del caso Lautsi –la de 2009– propulsó al TEDH en una época nueva, desvinculada de la cultura democristiana que inspiró su creación. Al final, tal y como pidieron Italia y una veintena de países europeos, la sentencia definitiva del TEDH ha reafirmado, en sentido inverso, la legitimidad social del cristianismo. A partir de entonces, el TEDH ha adoptado una actitud más prudente que le ha llevado a distanciarse progresivamente de la ideología posmoderna; la tendencia es visible a través de una serie de fallos relativos al aborto, a la bioética o a la homosexualidad, si bien el debate no está cerrado.

Sin ir más lejos, el TEDH ha de pronunciarse próximamente sobre varios asuntos que cuestionan gravemente la libertad de los cristianos: apoyándose en la no discriminación, el Gobierno británico quiere forzar a los cristianos a celebrar uniones entre homosexuales; también pretende justificar, en nombre de la tolerancia, la prohibición a los trabajadores de lucir gargantillas con cruces. Asimismo, hay otros asuntos en los que está en juego el derecho a la objeción de conciencia de los médicos respecto del aborto o el derecho que tienen los padres y el Estado a proteger a los niños de discursos inmorales.

En muchos países, los derechos humanos ayudan a defender la libertad religiosa. Sería terrible –y el riesgo existe– que unos falsos derechos humanos -aborto, secularismo, matrimonio homosexual– se transformen en instrumentos de opresión de la conciencia de los cristianos. Para frenar esta amenaza, es preciso trabajar sin descanso para arraigar a los derechos humanos en una antropología sana, realista y cristiana.

*Grégor Puppinck es director de The European Center for Law and Justice. (Traducción de José María Ballester Esquivias).

http://www.alertadigital.com/2012/04/18/la-opresion-del-islamismo-radical-crece-en-europa-el-gobierno-britanico-quiere-prohibir-prohibir-a-los-trabajadores-que-luzcan-gargantillas-con-cruces/


Publicado por NataliaEsVedra @ 22:45
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