Lunes, 03 de agosto de 2009

No creemos que la realidad sea así, sino todo lo contrario; sin que ello implique reflotar perimidas teorías deterministas de la historia que desde el racionalismo materialista de izquierda hasta el conservadurismo miope de derecha han pretendido acomodar el devenir histórico para que encuadre dentro de supuestas “leyes de la historia”.  No creemos que existan tales leyes.  Lo que existe son las características y tendencias psicológicas del hombre que hacen que, individual o colectivamente, se susciten y repitan determinados patrones de comportamiento.  Esto nos puede servir para comprender mejor los procesos históricos del pasado, y el desarrollo político, social y económico del presente, con lo que estaremos mejor preparados para entrever su devenir futuro.

            De manera que si a primera vista, los hechos que ocurren a diario en el mundo se manifiestan como mayormente espontáneos - y de hecho, muchos de ellos realmente lo son -  las corrientes políticas, sociales e históricas que se conforman a través del tiempo obedecen a factores determinantes que les imprime un alto grado de causalidad y direccionalidad.    La idea de la causalidad se refiere a cierto impulso ordenador que se verifica en las grandes corrientes del devenir social, político y económico, mientras que la de la direccionalidad, señala el accionar de una voluntad externa a estas corrientes que las dirige hacia determinadas metas. 

            Si sólo observamos los aconteceres diarios, sin considerarlos dentro de un marco ordenador más amplio en relación a su evolución histórica, entonces la mayoría de éstos se nos presentan como caóticos y, a menudo, carentes de todo orden y sentido, lo que genera ansiedad y confusión en la sociedad.  Así nos pueden parecer las guerras que se desatan en diversas partes del mundo, la contaminación ambiental descontrolada, la banalidad cultural, la pobreza e indigencia desesperante de vastos sectores de la población o la generalizada decadencia moral.   En sus manifestaciones superficiales, este mar de acontecimientos contemporáneos tan sólo nos revela la violencia de sus olas y el caos de sus torbellinos.   Pero, si analizamos los grandes cambios contemporáneos, tanto aquellos que producen efectos positivos como los que resultan negativos, podemos identificar poderosas corrientes cargadas de significado y causalidad.  

            Entonces, comenzamos a comprender que este amplio mar de los acontecimientos contemporáneos resulta muy profundo, lo que nos obliga a bucear en sus oscuras aguas.  Así se comprueba que, debajo de esas olas y espuma, fluyen grandes corrientes y mareas que, aunque no inmediatamente visibles, resultan sin embargo, de fundamental importancia.  Más aún, a través del tiempo estas corrientes profundas resultan ser lo único importante y capaz de generar cambios perdurables.

            La moda intelectual hace que se hable de “olas” civilizadoras, como propone el norteamericano Alvin Toffler[1] e incluso de “olas” de democratización como sugiere más recientemente otro estudioso estadounidense, Samuel Huntington[2].  La metáfora sólo es parcialmente válida ya que, al igual que el mar, son las mareas las que silenciosamente suben e inundan playas y tierras modificando el paisaje por largo tiempo, mientras que olas y espuma, aunque más visibles y espectaculares, son eventos momentáneos de menor trascendencia.  Por ello, más sirve comprender la dinámica más sutil de las corrientes y mareas que limitarse a observar las más visibles olas.

            De manera que este libro no pretende tanto informar, sino ayudar a comprender; a desentrañar aunque sea una punta del hilo de la compleja madeja del acontecer actual.  Apunta a señalar diversos hechos y datos fácilmente comprobables, para luego atarlos o conjugarlos de una manera distinta a la acostumbrada.  Se pretende brindar una o varias claves que permitan reinterpretar hechos, eventos y procesos históricos, sociales y políticos, lo que permite una nueva visión del mundo actual y - más importante aún - una nueva visión del mundo futuro.  Para ello, no hace falta valerse de ningún archivo secreto ni revelar informaciones top secret de alguna agencia de inteligencia.  Aunque valoramos lo innegablemente interesante y esclarecedor que resultaría acceder a información y documentación de este tipo que se mantiene a buen resguardo en archivos secretos y confidenciales en Washington, Londres, París o el Vaticano, o incluso en los archivos de importantes entidades privadas en esas y otras capitales del mundo. 

            Pero este tipo de información le está vedado al ciudadano común, por lo que debemos conformarnos con aquella información pública y de fácil acceso para inferir cuál es la imagen real del mundo, ya que esta información común lleva el sello y la marca del fuerte direccionamiento que determinadas voluntades  le imprimen.   

            Por eso, priorizamos la necesidad de comprender, más que el mero “estar informados”.   En la actualidad, a menudo el exceso de información genera cierta falta de comprensión en el hombre y ello afecta, no tan sólo a los sectores de menor nivel educacional, sino a todo el mundo en general.   La dura realidad señala que en todas partes los estamentos de menor nivel de educación y capacitación se encuentran demasiado abrumados y absorbidos por la urgente tarea de sobrevivir y satisfacer sus necesidades mínimas de techo, comida y vestimenta para sus familias como para interesarse o siquiera sentir la necesidad de estar mayormente informados, ni mucho menos, de realizar el importante esfuerzo intelectual y moral que significa acceder aunque sea a un nivel primario de comprensión sobre el mundo y de los hechos que en él acontecen. 

            Para estos cientos de millones de seres humanos, existe un amplísimo abanico de entretenimientos, diversiones y pasatiempos que estructuran todo el tiempo libre o semi-libre del que disponen, permitiéndoles descargar emociones, anhelos y frustraciones por medio de experiencias sustitutas ingeniosamente programadas y propagadas por la prensa, la televisión, y demás medios de comunicación social.  Así se explica la gran importancia que ha cobrado en la vida social las competencias deportivas de toda índole, que canalizan una parte de la agresividad del hombre por la vía de la identificación con entidades que trascienden al individuo, como puede ser, por ejemplo, un club deportivo.  Al mismo orden de fenómenos psicológicos pertenece el proceso de identificación entre las generaciones más jóvenes con figuras-héroe de la música rock y del cine que plasman en nuevas e insólitas formas la necesidad primordial de contar con modelos míticos y canalizar los impulsos de rebeldía propios de adolescentes o de personas desorientadas.  Este panorama del pannem et circensses moderno se complementa con una verdadera artillería de juegos de azar, loterías y bingos que ayudan a mantener una necesaria cuota de optimismo y expectativa colectivos. 

            En verdad, seguramente se generarían situaciones de peligrosa volatilidad social si las mayorías conocieran los orígenes ulteriores de muchos de los acontecimientos que conforman su destino, por lo que surge la necesidad de contar con verdaderas industrias de entretenimientos, pasatiempos y diversiones coordinados a nivel mundial.  Las propias palabras utilizadas para describir estos procesos son, en sí mismas, señales elocuentes de que se procura conformar y estructurar el tiempo libre de las mayorías.   Así, por entretenimiento, se sugiere la necesidad de demorar y detener - "entretener" - la atención del espectador; por pasatiempo, se le propone "pasar el tiempo", implícitamente con un bajo o nulo nivel de esfuerzo mental, y por diversión - se entiende la conveniencia de "divertir", o sea, "redirigir" su atención intelectual.   Al impulsar estos fenómenos comparables a “cortinas de humo” que enmascaran la realidad, el mundo sigue su curso mientras que las mayorías se preparan para la siguiente jornada laboral.  

            Pero esta tendencia hacia la masificación cultural también puede observase entre gente de mayor nivel educacional en todo el mundo, por más que en su desempeño laboral y profesional, este estamento acceda a un cúmulo más amplio y complejo de información y teorías, las que conforman su visión del mundo.  Ello les permite convertirse en profundos conocedores - a menudo expertos - en tan sólo un tema o disciplina o, a lo sumo, en un compacto conjunto de ellos.  Con esta formación intelectual focalizada en una profesión o especialización, el ritmo de los cambios y adelantos obliga al profesional a realizar ingentes esfuerzos para mantenerse adecuadamente actualizado sobre todo nuevo producto, método, información, proceso o desarrollo que afecte a sus actividades.  Ello se torna imprescindible para que pueda desempeñar eficientemente sus tareas en un medio crecientemente competitivo.  

            Esta situación le permite disponer de cada vez menos tiempo libre para profundizar en el análisis de otros temas que no se relacionen, en alguna manera, con sus actividades.  Enfatizamos la importancia de usar acertadamente la información, por cuanto hoy en día, la misma se ha transformado en verdadera base de poder, a condición de que se la utilice acertadamente.  En la política, la economía y la sociología el uso acertado de la información se torna esencial para el logro de una correcta comprensión de los procesos que afectan al mundo.  

            Por ello, este libro se focaliza en la evaluación de la compleja problemática relacionada al  poder, diferenciando para ello el poder formal - que es aquél que resulta fácilmente visible y comprobable por su alto perfil - del poder real que, precisamente por ser concreto, suele a veces mimetizarse y mantener un perfil bajo y discreto.   A su vez, señalaremos algunas de las organizaciones discretas a través de los cuales el poder real se coordina y manifiesta, lo que conduce a evaluar la relación transitoriamente conflictiva existente entre el poder público, hoy crecientemente limitado al ejercicio del poder formal y el poder privado, que se transforma en aglutinador del poder real en el planeta.    Insistimos: este proceso en la evolución de la política y de las estructuras sociales es comprobable a través de la reinterpretación de un amplio conjunto de hechos y procesos del mundo contemporáneo, por más que a primera vista, los mismos resulten muy diversos y hasta inconexos.

            Cuando hablamos de política, a su vez, lo hacemos en la acepción tradicional del vocablo que abarca a la totalidad de las actividades y hechos relacionados con la sociedad. Así definida, la política no puede desentenderse de ninguna actividad desarrollada en el seno de la comunidad: desde las más positivas y constructivas que deben aprovecharse en su beneficio, hasta las más nocivas y negativas que deben neutralizarse aún a costa de grandes sacrificios.   Este es el ámbito de la política, que se manifiesta detentando el poder real, a través de estructuras acordes, que durante varios siglos las conformó el Estado-nación soberano.   El mundo se encuentra actualmente transitando por un cambio fundamental en la naturaleza de las estructuras a través de las cuales se ejerce el poder político, que se alejan del esquema del Estado-nación a medida que se plasman en nuevas instituciones aún embrionarias.   

            Diversas razones han determinado que este complejo proceso no se manifieste con toda nitidez y claridad hasta tanto no haya madurado lo suficiente, lo que actualmente inhibe su fácil y rápida comprensión.  Se trata de un proceso dinámico, en pleno desarrollo y evolución que está transformando al mundo de una manera tan profunda y completa que, como actores obligados en este drama contemporáneo, no alcanzamos a visualizar esas nuevas formas globales dentro de las cuales vivimos.  Como el proverbial árbol que no permitió ver al bosque, quedamos confundidos por el cúmulo de impresiones superficiales que deben ser superadas si hemos de profundizar en esta compleja y novedosa problemática.   Vemos las olas momentáneas del cambio pero aún no comprendemos que son las corrientes y mareas las que modifican en forma permanente el entorno.

            De manera que el devenir contemporáneo cobra una faceta de direccionamiento que no resulta fortuita sino que refleja el rumbo que le imprimen las voluntades de personas con ideas, intereses y proyectos concretos que ejercitan el poder real.   Este poder lo detentan grupos de hombres y mujeres con profundo conocimiento no solo de como se lo ejerce y consolida en un espacio político determinado, de manera que abarque la mayor extensión y cantidad de actividades posibles, sino también en el tiempo, para que su control se propague hacia el futuro.   Estos grupos dirigentes incluyen también a estudiosos de la historia de la que sacan las conclusiones necesarias a fin de evitar repetir los errores del pasado   

            Hoy en día, han quedado superados aquellos sistemas políticos en los que el poder real lo detentaba un solo hombre.  Si bien el rey, el caudillo o el líder han signado la historia de imperios, naciones y países, conformando el sello y estilo de distintas eras y épocas a través de siglos y milenios, el mundo actual se ha vuelto demasiado complejo y los resortes del poder real demasiado poderosos como para confiarlos a un hombre.  La historia misma nos demuestra que cuando todo depende de un hombre - Alejandro en Grecia, Carlomagno en Europa, Napoleón en Francia o Stalin en Rusia - la volatilidad de su voluntad, a menudo mareada por un poder casi absoluto como así también la fatalidad de su inevitable desaparición física, han hecho que imperios y naciones centrados en hombres providenciales terminaran convirtiéndose en entidades inestables y fácilmente fracturables. 

            Estos proyectos reales e imperiales de mon-arquía - el gobierno de un hombre - aún a pesar de determinados esquemas de traspaso de poder por herencia - biológica dentro de una dinastía o ideológica dentro de la nomenklatura de un partido - jamás lograron brindar consistencia y estabilidad a la necesaria continuidad en el tiempo que todo proyecto imperial presupone.  El resultado final siempre condujo al desmembramiento o desaparición de los imperios y estados gobernados de esta manera puesto que, a pesar de lograr gran poder en un determinado espacio con regímenes altamente centralizados y a menudo simbolizados por un solo hombre, el costo ha sido su gran debilidad a través del tiempo.

            Hoy en día comprobamos la existencia de conjuntos de hombres - bastante numerosos - que únicamente dentro del ámbito de esos mismos conjuntos o grupos, detentan poder real para orientar, dirigir e impulsar políticas de alcance mundial.   Estos conjuntos de hombres adoptan mecanismos para que ninguno de sus miembros cobre excesiva relevancia o detente demasiada autonomía en su accionar.   Se prioriza permanentemente la consolidación y crecimiento de su poder en el tiempo por encima de consideraciones transitorias de centralización en el espacio.   Su estrategia es flexible y moderadamente descentralizada y aunque los países del primer mundo conforman las regiones desde dónde se ejerce el poder real sobre el planeta sería erróneo interpretar que exista una "sede" o "centro" geográfico como tal.   No la tiene por que no la necesita, pues ello iría en contra de su estrategia de dispersión y globalización del poder que, gracias a las tecnologías modernas, se ha instaurado como novedoso esquema.   Las telecomunicaciones y las redes informáticas permiten rediseñar totalmente la manera en que el poder político se administra.

            Sería ocioso pretender determinar cuantos hombres y mujeres detentan el poder real en el mundo actual.  Muy pocas personas deben conocer esto con precisión.   Si tuviéramos que arriesgar una cifra, diríamos que se trata de "varios miles” de personas que ejercen influencia ocupando, la mayoría de ellas, puestos de relativamente baja notoriedad, dentro de estructuras de gran poder y de alta continuidad en el tiempo.  Esto último es de determinante importancia pues todo proyecto con metas a mediano y largo plazo necesita como conditio sine qua non que sus miembros ejerzan sus funciones a largo plazo y que sus reemplazos sólo se produzcan cuando se torne necesario para el correcto desenvolvimiento de esas funciones.  En tales casos, esos reemplazos sólo se realizan con personas muy cuidadosamente seleccionadas para tal fin.  

            Esta probada metodología, bien conocida y aplicada, por ejemplo, en toda empresa moderna también ha regido desde hace muchos siglos a cuerpos tradicionales como son las fuerzas armadas de casi todos los países u organizaciones religiosas como la Iglesia Católica.  Una destacable excepción, sin embargo, es su casi nula aplicación en los mecanismos de acceso al poder en el Estado-nación moderno.

            Los aproximadamente ciento ochenta países que hoy comparten el planeta han adoptado sistemas de gobierno nominalmente democráticos o cuasi-democráticos.  Ello condiciona la manera en que los estados modernos evolucionan, ya que al basarse en esquemas de alternancia y discontinuidad en el ejercicio del poder propios de la democracia, no logran desarrollar sólidos planes de gobierno a mediano y largo plazos necesarios para conducir los procesos políticos, económicos y sociales que el ejercicio del poder real exige. 

            Así, se permite el acceso transitorio de personalidades de la política a las estructuras de poder formal de los Estados-nación modernos, pero ello sólo después de transitar por costosas y desgastantes campañas políticas universalmente necesarias para captar la, a menudo, caprichosa y volátil voluntad del electorado.   Esta así-llamada voluntad popular, como ya señalamos, adolece de gran parte de la información y, más importante aún, de una adecuada comprensión de los hechos condicionantes y de las complejas medidas que deben implementarse desde los distintos niveles y áreas de gobierno para conformar un futuro deseable para cada país, cada región y para el mundo entero.

            Regir los destinos de una nación implica una enorme y compleja tarea que requiere de medidas y decisiones de alto calibre cualitativo pero que hoy en día indefectiblemente queda subordinada a los resultados cuantitativos de variados procesos electorales.   Este panorama se torna particularmente complejo y crecientemente inoperante cuando comprobamos que, al poco tiempo de acceder a las estructuras del  poder formal, los gobernantes en países nominalmente democráticos deben invertir gran parte de su tiempo - a veces todo su tiempo - en mantener sus ratings de popularidad y preparar campañas reelectorales, lo que les inhibe volcar la dedicación, el tiempo y la voluntad imprescindibles para llevar a cabo las tareas de gobierno para las que fueron elegidos. 

            Con el tiempo, este fenómeno ha generado cierta unilateralidad en la configuración psicológica de buena parte de las dirigencias políticas en todo el mundo.  En la actualidad, el tipo de hombre y mujer que se fija como meta acceder a un puesto relevante en cualquier área de gobierno, a menudo refleja un perfil psicológico que lo torna ética y profesionalmente poco apto para ejercerlo.   Una causa fundamental de ello radica en el hecho de que el principal, sino único, vehículo de militancia política en los países democráticos lo conforma los partidos políticos y éstos mantienen una dependencia casi total sobre lo económico.   Dentro de las estructuras de los partidos políticos ello ha generado crecientes niveles de corrupción que luego se transfieren al estado cuando éstos partidos y sus dirigencias ganan elecciones.  Destacamos esta fenómeno no tanto por la manera negativa en que ello afecta a las dirigencias políticas, sino más bien porque el mismo genera el creciente desprestigio del estado moderno, ya que la opinión pública identifica al estado como principal causante de muchos de los males sociales, económicos y políticos que la afligen, cuando en realidad, esos males no son necesariamente ocasionados por el estado en sí sino, más bien, obedecen a fallas en los mecanismos a través de los cuales las dirigencias políticas acceden a cargos de gobierno dentro del estado.  

            Los estamentos que detentan el poder real comprueban que a raíz de este fenómeno de desprestigio del estado el poder de éste se torna crecientemente formal, por lo que de manera alguna resulta un canal idóneo para planificar, organizar, ensayar, impulsar y dirigir amplios procesos políticos, económicos y sociales que abarquen décadas enteras.   No obstante ello, y como reflejo de sus estrategias, muchos miembros del estamento que detenta el  poder real acceden a determinados puestos clave en las estructuras de los Estados-nación, especialmente en el mundo industrializado, ya que ello conforma un canal que permite instrumentar medidas transitorias, necesarias para la efectiva consolidación de las estructuras embrionarias del nuevo orden mundial, coincidan aquellas o no con las conveniencias del estado que gobiernan.

            El mundo actual brinda la posibilidad sin precedentes históricos, de que el ejercicio del poder real no quede circundado a un determinado país, región o imperio sino que abarque a la totalidad del planeta.   Como todo poder político, el que impulsa este nuevo orden mundial no puede desentenderse de ningún aspecto que haga al quehacer humano, por lo que solo podrá verse sólidamente consolidado una vez que logre abarcar, controlar y supervisar todas las actividades humanas.  No tanto porque desee hacerlo, sino más bien porque cualquier actividad u organización no supervisada podría evolucionar hacia formas que representen desafíos y amenazas directas o indirectas a su futuro ejercicio del poder mundial.

            La evolución del poder ha sido evaluada por pensadores contemporáneos como Zbigniew Brzezinski y Alvin Toffler quienes enseñan que si bien en la antigüedad y hasta el fin de la Edad Media, la base del poder real se sustentó sobre la propiedad y el control territorial - siendo el terrateniente el símbolo del poder real - en la Era Moderna, como consecuencia de las concentraciones industriales en grandes centros urbanos, el poder real quedó en manos de hombres, grupos e intereses que controlan el capital y cuyos conocimientos dominan los procesos industriales.  El gran motor dinamizador en lo económico, lo social y lo cultural en el mundo moderno han sido las grandes concentraciones de capital requeridos por el industrialismo que en su evolución durante el siglo XIX y, principalmente, el siglo XX brindó a la humanidad algunos de sus más maravillosos logros científicos y tecnológicos que derivaron en mejoras materiales y sociales para el hombre. pero que al mismo tiempo han sido causa de guerras y graves injusticias.  

            Indiscutiblemente, en el mundo moderno gran parte del poder real se ha concentrado alrededor del capital, el cuál en el inicio de su desarrollo a veces generó condiciones laborales y sociales inicuas en los países industrializados.  Como reacción a ello, a principios de siglo muchos millones de personas creyeron ver en el marxismo una alternativa distinta al capitalismo, sin comprender que se seguía manteniendo la sacrosantidad del poder real del capital - ahora en manos del estado - aunque dentro de un sistema mucho más inicuo e ineficiente y significativamente menos creativo.

            Con el ocaso definitivo del antagonismo económico entre capitalismo y marxismo que marcó buena parte del siglo XX, el mundo se enfrenta hoy a una situación novedosa, consecuencia directa de la globalización del poder real: la migración del poder hacia estructuras eminentemente privadas (o, al menos, no-públicas) que se plasma en instituciones totalmente nuevas.   Aunque lo económico siga siendo motor casi único para el moderno homo economicus de fines del siglo XX,  los pensadores del siglo XXI ya propagan un nuevo conjunto de paradigmas que señalan que el poder real se sustenta no tan sólo sobre el capital sino sobre la información y el conocimiento.  Claramente, esta es la más importante de las nuevas reglas de juego para la Era Post-moderna: la Información es Poder

            La gran transformación que hoy comprobamos en las economías de escala, es, en gran medida, la transformación de las estructuras económicas privadas del planeta que buscan readecuarse y reagruparse para operar dentro del nuevo y dinámico marco de la economía globalizada.  De ahí el énfasis sobre enfoques empresarios dinámicos como la  reingeniería con el que se procura rediagramar y replanificar a la empresa moderna, el down-sizing, mediante el cual se procura determinar el tamaño ideal de las organizaciones económicas, algunas de las cuales resultan demasiado rígidas y burocratizadas, y más importante aún, la eficientización de todos los procesos industriales.  Estas son sólo algunas de las técnicas, métodos y pautas del management empresarial, cuyo principal fin es lograr clases gerenciales más y más capacitadas, ágiles y permeables, listas a reaccionar rápidamente ante cambios profundos y repentinos.  Estos conceptos también tienen su reflejo sobre las estructuras del Estado-nación aunque aquí su principal efecto consiste en reducir y limitar el tamaño y alcance del estado.   Los Estados Unidos, por ejemplo, se encuentran inmersos en el programa del Vice-Presidente, Al Gore, de “ReGo” - Reinventing Government, con el cual se pretende adecuar a ese importante estado a las exigencias del nuevo orden mundial, reduciendo su tradicional tendencia hacia el big government que desde épocas de Woodrow Wilson  y Franklin D Roosevelt fuera tan importante motor de crecimiento.

            Las herramientas para lograr esta transformación se encuentran crecientemente al alcance de los estamentos dirigenciales en la forma de capacitación, computadoras, redes informáticas y acceso a bancos de datos de todo tipo.  Los medios de comunicación social complementan este proceso educativo tendiente a crear en las áreas regidoras del planeta un nutrido estamento dirigencial selectiva y altamente informado, capacitado y muy eficiente.      La pregunta planteada, sin embargo, sigue en pié: ¿se comprende hacia dónde evoluciona todo este proceso mundial?  

            A decir verdad, raramente se necesita comprender el entorno macro en el que se está inserto para desarrollar funciones operativas puntuales con éxito, seguridad y eficacia, puesto que la mayoría de ellas son puntuales y, para la mayoría de nosotros, microeconómicas.  O sea, quedan circunscriptas a una organización empresaria o profesión, por lo que resulta suficiente con estar informados y capacitados acerca de esa empresa o profesión. 

            Ya hemos dicho que todo profesional o gerente de empresa realiza grandes esfuerzos para mantenerse bien informado por lo que dispone de poco tiempo para la más compleja problemática de comprender la evolución de estos procesos macro en pleno desarrollo, muchos de los cuales aún se encuentran a varias décadas de consumarse.  Este estamento dirigencial se halla demasiado sumido en la problemática del hoy como para preocuparse sobre el mañana.   Como lo manifestara uno de los máximos exponentes del management moderno, el austríaco Peter Drucker durante un seminario realizado en Buenos Aires a mediados de 1994, la exigencia de estar informados ha determinado que al gerente o directivo empresario actual se le haya terminado, quizás para siempre, la posibilidad del ocio y tiempo libre. 

            Y si recordamos que ese poco tiempo de ocio del que se dispone hoy en día se encuentra pre-estructurado a través de patrones de conducta inducidos socio-culturalmente, entonces la necesaria claridad con la que se debería enfrentar esta futura evolución del mundo se ve desdibujada. 

            Sin embargo, existe creciente concientización acerca de la conveniencia y necesidad de invertir más tiempo y esfuerzo en inferir y, luego, prevenir los problemas del mañana  ya que, en un mundo que evoluciona hacia creciente interdependencia e integración global, todo lo que ocurra en las antípodas, tarde o temprano, nos afecta.  Esta interdependencia suele considerarse como un fenómeno solamente espacial:  una brusca caída del dólar en Londres, una guerra en el Medio Oriente o una grave crisis político-económica en Méjico nos afectará a todos directa o indirectamente.  Lo que resulta tan o más importante es que también consideremos a esta interdependencia en su proyección en el tiempo.  

            Todo los hechos buenos o malos que ocurren hoy, tendrán sus efectos - también buenos o malos - en el futuro.  A ello cabe agregar el efecto multiplicador que la evolución tecnológica conlleva, lo que hace que estos efectos futuros se potencien en forma exponencial, de manera que podemos redefinir esta pauta diciendo que todos los hechos y tendencias buenos o malos que acontezcan hoy tendrán, correlativamente, efectos muy buenos o muy malos para el mundo del mañana.

            Complementariamente, el mundo de hoy, en vías de globalización, es el resultado de hechos, procesos, iniciativas y voluntades que han operado en décadas y siglos pasadas.   Esta idea, que hoy en día la recogemos con creciente claridad, por ejemplo, en lo relacionado al medio ambiente y a la ecología, parecería que aún no ha sido asumida en toda su dimensión en otros rubros igualmente vitales aunque menos visualizables como son la política, la economía y la sociología.   Posiblemente, ello sea así debido a que los daños ecológicos y sus efectos nocivos para el medioambiente se manifiestan con dramática y visible claridad ante nuestros ojos en lo que se refiere a sus causas y efectos inmediatos, mientras que todo cambio político, social o cultural de signo negativo resulta más vago y difícil de identificar y comprender, especialmente cuando procuramos relacionar sus efectos con sus probables causas. 

            Más sutil aún, sin embargo, resulta verificar estos fenómenos en la conformación psicológica, en la ética, la estética y la moral entre las comunidades del mundo y que surgen como consecuencia de distintos esquemas políticos, sociales y económicos.  Lo bueno y útil que producen y crean los hombres, nadie lo cuestiona: los avances en la medicina, las comunicaciones, los servicios sociales y la educación son patrimonio común de gran parte de la humanidad, por lo que se deben hacer esfuerzos para mejorarlos y propagarlos entre la mayor cantidad posible de hombres en todo el mundo.  Sin embargo, lo destructivo y nocivo que produce el hombre resulta más difícil de evaluar.  Las injusticias sociales, las guerras, las crisis económicas, el crimen, la droga los conocemos mayormente como efectos, desentrañando con mucha menor nitidez sus causas determinantes.  A menudo, la creciente relativización en la moral y la ética transforma cualquier análisis tendiente a descubrir esas causas en discusiones interminables; a menudo poco racionales.

            Debido a lo amplio del espectro de las actividades humanas, tanto las buenas y constructivas como las decididamente negativas y destructivas, la comprensión de todos estos procesos hacen al ámbito de la política.  La capacidad de influir, conformar, impulsar, neutralizar y, en términos generales, controlar estas actividades hacen, a su vez, al ejercicio del poder real dentro del ámbito de la política.   Esto resulta importante para el hombre actual, particularmente para aquellos que desempeñan funciones directivas en puestos claves dentro de las organizaciones formadoras y conformadoras de procesos de integración mundial. Ellos son los más indicados para iniciar el complejo camino que presupone comprender las causas que originan los procesos políticos, sociales y económicos en la actualidad.  No nos referimos a los mecanismos de las estructuras modernas: sus procesos, flujos, engranajes y sistemas pues ya ha sido estudiados minuciosamente.  Nos referimos a sus fundamentos; a aquello que les da razón de ser y les presta legitimidad.

            De ahí la necesidad de desdoblarnos, por decirlo de alguna manera, en hombres y mujeres que no sólo operamos eficiente y cualitativamente dentro de nuestras profesiones, sino también en hábiles previsores de futuros peligros y potenciales amenazas, que por aún no estar sobre el horizonte de los acontecimientos inmediatamente visibles, no significa que no existan y sean reales.

            Partimos del supuesto de que el futuro de dentro de diez, veinte y cincuenta años será necesariamente diferente en sus aspectos fundamentales del mundo actual.  La gran incógnita; el punto vital que resta dilucidar consiste en saber si cualitativamente esa diferencia lo transformará en un mundo mejor, igual o peor que el mundo actual en relación al desarrollo material, intelectual y espiritual del hombre.

            Siendo que el management empresario ha cobrado tanta popularidad entre los profesionales actuales, podemos describir este proceso más amplio relacionado con la comprensión del devenir histórico contemporáneo como una suerte de Future Management.   Ello significa desarrollar las ideas, teorías y herramientas que permitan un correcto diagnóstico y previsión del entorno macro que nos depara el futuro, y la correspondiente planificación para administrar las consecuencias de ese futuro.   Presupone saber que dentro de diez, veinte o cincuenta años nosotros y nuestros hijos estaremos haciendo cosas diferentes de las que hacemos hoy, con herramientas distintas y dentro de un orden económico, social y político diferente al actual.  Si dudamos que ello sea así, sólo necesitamos recordar cuales eran nuestras actividades, nuestros estilos de vida, nuestras herramientas de trabajo e incluso nuestras ideas y opiniones “de actualidad”  de hace diez, veinte o cincuenta años.  Esos cambios tan grandes que comprobamos cuando hacemos un repaso hacia atrás, se producirán, pero en forma potenciada, cuando pretendemos entrever idénticos plazos pero mirando hacia el futuro. 

            La tarea dirigencial de los años noventa es aprender a Administrar el Futuro, lo que significa comprender el presente, diagnosticar su problemática, prever la dirección y tendencias que  perfilan el futuro y, finalmente, elaborar planes y estrategias para administrar ese futuro previsible.   Ello implica observar nuestras actividades específicas y especializadas en su inserción e inmersión como procesos dentro del amplio marco de la dinámica evolutiva política, económica y social.  Significa desentrañar el significado de los eventos actuales a pesar de lo novedoso y sin precedentes de muchos de ellos.

            En gran medida, implica repensar las cosas en forma creativa, evitando el aparentemente más fácil camino al que nos hemos ido acostumbrando de asumir como propias aquellas ideas, análisis y doctrinas que, en alguna medida, nos son presentadas “pre-elaboradas”, sea por su convocante popularidad o por conformar la moda intelectual del momento.   Implica, desde luego, pensar con mayor independencia y con la mente y creatividad propias, no asumiendo sin un análisis crítico previo ideas y patrones intelectuales ajenas. 

            Este ejercicio en Future Management, por describirlo de alguna forma, conformaría una manera de abarcar y comprender los factores dinámicos que marcan la evolución del mundo actual y que, en términos generales, nos permitiría prever las consecuencias finales que esos factores dinámicos conllevan.  Ello presupone identificar peligros y amenazas para luego prever esquemas para neutralizarlos.  

            Cada rubro, cada área, cada disciplina tiene su conjunto de oportunidades y amenazas, su propia dinámica y su propio peso relativo dentro de la conformación del mundo de mañana.   Hoy en día existen intelectuales e instituciones abocadas a algunos de los aspectos que hacen al Future Management pero en la mayoría de los casos tienen una fuerte orientación hacia la economía, las finanzas, la informática y la administración empresaria.  Ello los transforma más bien en analistas de las herramientas y estructuras que dinamizan el futuro y no tanto de las corrientes que hoy van conformando ese futuro. 

            Estas disciplinas tienen una fuerte orientación hacia la información relacionada con cuales tecnologías, capacidades de comunicación, características de computadoras o estructuras organizacionales regirán el mundo de dentro de diez, veinte o cincuenta años.  Por esa vía, aunque podamos prever las características tecnológicas de las organizaciones y de los macro y microprocesos del futuro, seguiremos sin comprender hacia donde nos dirigimos.  Por así decirlo, podremos prever todas las características técnicas y de rendimiento de las aeronaves comerciales del año 2010 o 2050; pero seguimos sin saber hacia dónde nos van a conducir.

            En el mundo de las finanzas existen, por ejemplo, empresas y organizaciones con modelos computarizados que permiten prever la evolución de mercados de capitales, paridades cambiarias, y de economías nacionales y regionales a mediano y, en algunos casos, a largo plazos.   Trabajan con modelos matemáticos y escenarios diversos para evaluar el impacto de distintos eventos y tendencias que se condicionan mutuamente dentro de complejas interrelaciones en una amplia gama de posibilidades.  Incluso, toman en cuenta factores psicológicos y actitudes hacia el riesgo, diagramando fórmulas no-lineales para incorporar estos factores psicológicos dentro de sus fórmulas, como atestiguan los interesantes trabajos de Amos Tversky de la Universidad de Stanford en los Estados Unidos.  Algo análogo se produce en la forma en que complejas estructuras reaccionan ante distintos escenarios políticos y sociales.

            Sin embargo, se torna necesario reinterpretar el marco político que hoy motoriza la globalización de la economía y todos los aspectos sociales de la humanidad.  Este marco político se focaliza en el surgimiento de lo que denominamos una tecno-estructura supra-nacional detentora de creciente poder real político y económico que migra desde estructuras eminentemente públicas hacia estructuras eminentemente privadas.  Esta nueva estructura crece, se retroalimenta y evoluciona con un alto grado de automaticidad.

            Resulta necesario comprender las implicancias y sacar las necesarias conclusiones acerca de este proceso geopolítico, macroeconómico y global a fin de poder insertarnos más adecuadamente dentro de sus corrientes constructivas y benéficas, mientras identificamos, evitamos y procuramos neutralizar sus carices negativos y destructivos.   Ello, en sí, representa un gran desafío para todo dirigente empresario y profesional por cuanto, este proceso mundial sufre importantes y a veces repentinas mutaciones que trastornan las reglas de juego y las pautas que rigen todas las actividades, que en poco tiempo pueden dejar de tener vigencia o resultar rápidamente superadas.  

            Aquí no se trata de emitir juicios de valor, sino de identificar oportunidades y amenazas, evaluando sus potenciales beneficios y pérdidas.   Ello conforma una matriz muy compleja ya que, por ejemplo, un hecho o circunstancia podría conformar un peligro para la comunidad pero una ventaja para determinadas organizaciones económicas y políticas que operan en su seno, mientras que, simétricamente, otros hechos o circunstancias que podrían ser beneficiosos para el entorno macroeconómico, bien podrán tener resultados negativos para tales organizaciones económicas.

            Resulta necesario evaluar estos fenómenos en toda su extensión y en sus ulteriores implicancias, utilizando herramientas y modelos interdisciplinarios idóneos para cada rubro, con espíritu creativo a fin de identificar estas tendencias futuras.  Ello requiere de una no despreciable dosis de firmeza intelectual y moral cuando algunas conclusiones señalen peligros o amenazas que pudieran poner en tela de juicio esquemas, sistemas, pautas o doctrinas que hoy se nos presenten como normales, inamovibles e, incluso, sacrosantas. 

            La historia reciente está repleta de sistemas, doctrinas, y dogmas por las que muchos hombres han luchado, incluso hasta la muerte.  Demasiadas guerras ideológicas y religiosas, conflictos mundiales, convulsiones sociales y negligencias de todo tipo han destruido a millones de vidas sopretexto de defender o imponer tal o cuál dogma, doctrina o conjunto de intereses.  La triste historia del comunismo en nuestro siglo es un claro ejemplo de ello.  Su irrupción en el escenario político mundial costó decenas de millones de vidas y decenas de millones de frustraciones.  Su dogmatismo no le permitió enfrentar las flagrantes contradicciones internas que finalmente, dejaron al desnudo un sistema viciado y falaz.  Sus propios dirigentes terminaron abjurando del credo socialista lanzando un patético mensaje ante la historia al confesar que, en rigor de verdad, todo había sido un grave error; una triste equivocación.  Entonces, la humanidad quedó perpleja ante el suicidio del sistema comunista, como a menudo queda perpleja hoy en día ante tantos otros hechos. 

            El mundo no puede darse el lujo de repetir tamaños errores.  Por eso, apoyados sobre el conocimiento del pasado y utilizando las herramientas del presente, es preciso comprender hacia qué futuro evoluciona el mundo para no convertirnos en sujetos pasivos arrastrados por las corrientes y olas del devenir histórico, sino en actores activos dispuestos a ser protagonistas en la formación de un futuro mejor.

            En 1989, al poco tiempo de caer el Muro de Berlín, un intelectual de las filas del nuevo orden mundial estimó llegado el momento de proclamar el supuesto “fin de la historia”, apoyando su tesis sobre el supuesto de que el sistema democrático liberal  aliado a la economía de mercado había ganado la Batalla del siglo XX.  Su mentor, el estadounidense, Francis Fukuyama, creyó ver en el colapso del imperio soviético el fin de la historia y el comienzo de un nuevo mundo feliz regido por la globalización de los mercados, el sufragio universal, los entretenimientos enlatados y la estandarización intelectual .   

 

Podeis descargar elñ libro completo  en    EL TRADUCTOR RADIAL

            Nada más lejos de la verdad: pues lo que se libra actualmente es una nueva batalla que determinará cuales sistemas regirán el mundo del siglo XXI, cómo se institucionalizarán y quienes detentarán el poder sobre los mismos.  Este nuevo capítulo de la historia universal, lejos de tocar su fin, apenas si acaba de comenzar. 

[1]   Alvin Toffler - The Third Wave - New York, 1980.  Toffler propone tres grandes olas civilizadoras que identifica con tres clases de organización social: las sociedades agrícolas y feudales de las Edad Media (Primera Ola); las sociedades industriales urbanizadas capitalistas (Segunda Ola); y la actual incipiente sociedad post-industrial altamente tecnificada y globalizadora (Tercera Ola).

[2] Samuel Huntington - The Third Wave of Democratisation - New York 1993.  En lo que va del siglo, identifica a tres grandes olas de democratización que, según el autor, fueron neutralizando esquemas de gobierno no-democráticos o totalitarios de distinto corte ideológico.


Tags: espíritus libres, Adrian Salbuchi, globalizacición, capitalismo, usura, esclavitud

Publicado por cultural-thule @ 10:15
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios