Viernes, 19 de septiembre de 2008
La religión de los hombres libres
(Extraído de ''religiosidad indoeuropea'')

Hans F.K. Günther

Tomemos en primer lugar algunos ejemplos al contrario para enseñar cómo no se expresa nunca la religiosidad indoeuropea, con objeto de poder reconocer ulteriormente cómo se expresa específicamente ella, de la manera más pura y más indeterminada. Intentaré, dentro de lo posible, hacer abstraccion del contenido de la religión de cada pueblo indoeuropeo tomado en particular y describir sólo los sentimientos característicos comunes que presiden al encuentro cara-a-cara del homo indo-europeanus con la divinidad, cualquiera que sea la forma en la que imagina esta divinidad. Si fuera necesario describir eso por las palabras, diría que no es tanto la religión o las religiones de los indoeuropeos lo que me interesa, sino su religiosidad; ésta es la que me esforzaré en delimitar.
Antes que nada, es conveniente saber que la religiosidad de los indoeuropeos no deriva de ninguna especie de miedo, que sea el miedo de la divinidad o el miedo de la muerte. Las palabras de un poeta romano del Bajo-imperio, señalando que antiguamente el miedo fue la matriz de los dioses Statius, Thebais III, 661 : primus in orbe fecit deos timor), no revelan de modo alguno la sensibilidad religiosa indoeuropea. El "miedo del Señor", (cf. Proverbios, Salomón, IX, 10; Salmo, 111, 30), no han constituido nunca el comienzo de la sabiduría o de la fe, en los países donde se ha desplegado libremente la religiosidad indoeuropea.

Tal miedo, generatriz de religiosidad, no podía sobrevenir en los indoeuropeos pues éstos no se percibían como las "criaturas" de una divinidad y no concebían el mundo como una "creación", como la obra de un dios creador, empezada en un comienzo hipotético de los tiempos. Para el indoeuropeo, el mundo es más un "orden intemporal" en que tanto los dioses como los hombres tienen su lugar, su tiempo y su función. La idea de creación es oriental, principalmente babilonia, tal como la idea de un "fin del mundo", llegada de Irán, claro que no del espíritu indo-iraní, con un "juicio" que inaugura un Reino de Dios, al curso del cual todo será transformado de arriba abajo. Los indoeuropeos creían, adivinando así por adelantado los conocimientos y los presupuestos de la física y de la astronomía modernas, en una sucesión sin comienzo ni fin de nacimientos y de decadencias de mundos, de crepúsculos de dioses seguidos de renovaciones de mundos y de panteones; el Edda y el Völuspa describen este sentimiento de manera particularmente punzante. Los indoeuropeos creían pues en los sucesivos cataclismos, (tal como los denominaban los Helenos), que serían seguidos por nuevos dioses y nuevos mundos. En Irán, bajo la influencia de las creencias cercano-orientales, nació, desde la idea de sucesión de nacimientos y de decadencias de mundos, la representación de un único fin del mundo a venir; de un fin del mundo que sería precedido por la llegada de un "Salvador" (Saoshyant) y acompañada de un "juicio." Venida de Irán, esta visión religiosa se habría implantado en el mundo judaico en decadencia. En las esferas de las civilizaciones donde el hombre no percibe al mundo como una creación, (es el caso en los indoeuropeos), y no concibe a Dios como un creador, el sentimiento de ser una criatura, atada y determinada por la voluntad de un creador, no podría marcar de ningún modo la religiosidad e impregnar esencialmente la piedad.

Por esto, no podía manifestarse aquí ninguna religiosidad que habría percibido al hombre como un esclavo sumiso a un Dios absoluto. La sumisión servil del hombre a Dios es una característica de los pueblos de lenguas semíticas. Los nombres de Baal, Adon, Melech (Moloch), Rabbat y otros designan los avatares de un Dios absoluto delante del que debian prosternarse, la frente pegada al suelo, los hombre-esclavos: sus criaturas. Para el indoeuropeo por contra, honrar a Dios, rezar a una divinidad, es alentar y cultivar todos los impulsos nobles del hombre: el romano utilizará el verbo cólera, y el griego el verbo therapeuein. En las lenguas semíticas, el término "rezar" deriva de la raíz abad que significa "ser esclavo." Hanna (1. Samuel, 1, 11), ora a Yahvé, a la sazón dios de la tribu de los Hebreos, para ofrecerle a un hijo, de ella, como su esclavo; David se define a si mismo (2. Samuel), 7, 18, como un siervo de su Dios, igual que Salomón (2. Reyes, 3, 6). Es el miedo, el terror, lo que constituye la esencia de Yahvé, (cf. 2. Moisés, 23, 27; Isaías, 8, 13). Los indoeuropeos no han percibido nunca sus dioses de este modo. Los Himnos a Zeus del estoico Cléanthe de Assos (331-233), del que Pablo de Tarso se ha inspirado para adaptarse a la mentalidad helénica, contradicen radicalmente la religiosidad expresada especialmente en el Salmo 90.

En el cristianismo igualmente, la actitud del creyente delante de Dios es designada muy a menudo por el adjetivo humilis, mostrando con ello que la humildad, el sentimiento de servilismo constituye el núcleo último de esta religiosidad. Tal actitud no es en nada indoeuropea; deriva de una religiosidad oriental. Puesto que no es un "siervo" o "esclavo" de un Dios celoso y absoluto, el indoeuropeo generalmente no reza de rodillas o doblado en dirección de la tierra, sino de pie con la mirada tornada hacia lo alto, los brazos tensos hacia el cielo.

Como un hombre total, con el honor intacto, el indoeuropeo honrado (honestus): hombre de rectitud en latín, se sostiene de pie delante de su Dios o sus dioses. Todas las religiosidades que querrían quitar alguna cosa al hombre, para disminuirlo respecto a una divinidad vuelta todopoderosa y opresiva, son no-indo-europeas. Toda religiosidad que considera una u otra parte del mundo o del hombre como desprovista de valor, como inferior o "terrenal", toda religiosidad que trata de "rescatar" al hombre y a prepararlo para los valores "supra-terrenales" o "supra-humanos" no es auténticamente indoeuropea. Cada vez que "este mundo" se ve desacralizado al provecho de "Otro Mundo", que supuestamente contiene lo "Verdaderamente eterno", dejamos el dominio de la religiosidad indoeuropea. La religiosidad indoeuropea es en consecuencia una religiosidad "en este mundo" de la inmanencia. Todas las formas en que se expresa la atestiguan.

Éste es el por qué nos es muy difícil comprender correctamente el tamaño de la religiosidad indoeuropea, pues estamos acostumbrados a medir toda religiosidad respecto a los valores y formas de expresion de religiosidades esencialmente no-indo-europeas. La mayoría de los criterios por los cuales juzgamos las religiosidades proceden de universos mentales extranjeros al indo-europeo, generalmente orientales; es sobre todo el cristianismo primitivo y medieval quien preside nuestras aproximaciones a las otras religiosidades. Nuestra evaluación de la religiosidad indoeuropea sufre ipso facto de ello; es en efecto como si intentásemos explicar la estructura lingüística de las lenguas indoeuropeas por medio los mismos elementos que se han revelado aplicables para explicar las estructuras lingüísticas de las lenguas semíticas. Así estamos acostumbrados a no ver verdadera religiosidad mas que en una religiosidad del 'más allá' y a considerar toda religiosidad del más-acá, (de la inmanencia), como algo incompleto o subdesarrollado o de ver alli sólo una etapa en dirección de alguna cosa más acabada.

Las representaciones de esencia judeocristiana, impuestas a nuestros pueblos, nos impiden consecuentemente poder reconocer el tamaño y la nobleza de la religiosidad indoeuropea. Este handicap es tan pronunciado que incluso en los trabajos científicos que tienen por objeto comparar las religiones, las concepciones religiosas indoeuropeas son consideradas como inferiores en importancia porque el autor, generalmente, utiliza criterios de comparación calcados de los valores orientales. Esta observación vale particularmente para un texto de Rudolf Otto, Das Heilige. El tamaño y la plenitud del mundo espiritual indoeuropeo quedan pues ampliamente desconocidas. Quienquiera trate de medir cualquier religiosidad respecto al grado de disminución que se inflige al hombre delante de la divinidad; quienquiera que desee valorar una religiosidad cualquiera en la manera que juzga cuán problemático "este mundo" debe aparecer para el hombre, [un mundo] desprovisto de valor o "manchado" frente al "otro mundo"; quienquiera tienda a juzgar una religiosidad cualquiera por el modo en que ella pone esencialmente al hombre como "dividido" entre un cuerpo perecedero y un alma indestructible, entre la carne (sarx), y el espíritu (pneuma), encontrará en efecto que la religiosidad de los indoeuropeos es pobre y elemental.

Los dioses por un lado, y los hombres por otra parte, no son, en los indoeuropeos, seres incomparables, alejados unos de los otros. Y ciertamente no en los Helenos. Los dioses aparecen alli como hombres inmortales, de "grandes almas", (cf. Aristóteles, Metafísica, III, 2, 997b), y los hombres, si son descendientes nacidos de tribus nobles e ilustres, poseen en ellos algo de divino y pueden pretender representar, con su familia y tribu, una parte de la divinidad: "Agamenón, parecido a los dioses". En la naturaleza misma del hombre - la divinidad asi lo quiere - residen las potencialidades que le permiten a veces aparecer como diogenes, es decir nacido de los dioses. Éste es el por qué todos los pueblos indoeuropeos han intentado, literalmente, de encarnar los valores aristocráticos y populares en sus familias; es lo que los griegos llamaban el kalokagathia.

La religiosidad indoeuropea no es para nada servidumbre; no implica para nada los llantos del esclavo abatido a los pies delante de su amo inaccesible y despiadado, sino mas bien el logro en la confianza de una comunidad real que engloba a los dioses y los hombres. Platón habla en su Banquete (188c) de una "comunidad (philia) recíproca entre los hombres y los dioses". El germano, sabía que una amistad lo ligaba a su dios, su fulltrui, (aquel en que él tenía plena confianza). En los griegos de la odisea (24, 514), se encuentra también la confiada certidumbre en la expresion theoi philoi (dios-amigo). En el Baghavad-Gita de los indios (IV, 3, el dios Krishna llama al hombre Arjuna su amigo. La más alta divinidad es homenajeada, como Zeus, en tanto que "padre de los dioses y de los hombres", como padre según la imagen del dueño de casa en las grandes granjas; tal es Zeus Herkeios. Nada semejante, pues, a un Dios único, celoso y absoluto. El mismo nombre del dios expresa este estado: en los indios es Dyaus-pitar ["Padre de los Cielos"], y en los romanos es Júpiter.



Este texto constituye el Capítulo II del libro de Hans F.K. Günther, Frömmigkeit nordischer Artung, 1934 (traducción francesa),: Religiosidad indoeuropea, Pardès 1987. El título de este texto es editorial.  

 


Tags: religión, espíritus libres

Publicado por cultural-thule @ 11:55
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