Domingo, 06 de julio de 2008
Plutocracia: controlar al Estado.
Durante la década 1986/1996 el sistema democrático se extendió con sorprendente velocidad por el
mundo entero. En ese período, el porcentaje de los países considerados democráticos creció de un
42% a un 61% . Hacia fines de la década del '90, 117 países — de un total de 191 — se consideraban
gobernados democráticamente.
Entre esas 117 democracias figuraban los 24 países de Europa Occidental y 31 de los 35 países de
América. En Europa Oriental y la ex­Unión Soviética había 19 democracias entre 27 países. En la
región asiática y la zona del Pacífico, aproximadamente el 50% de los 52 gobiernos existentes era
democrático. África, con 53 países y sólo 18 democracias ofrecía todavía la excepción a la regla. (1)
Sería realmente ingenuo — por decir lo menos — suponer que este fenómeno obedeció a una especie
de generación espontánea y que, debido a una tan misteriosa como inexplicable convergencia, de
pronto un vasto conjunto de países optó por un determinado sistema de gobierno — abandonando en
muchos casos décadas de tendencias antidemocráticas o, al menos, restringidamente democráticas.
Suponer  que  la   democratización  respondió   primariamente  a   los  procesos  internos  de  cada  país;
sustentar   la   tesis   de   que   las   influencias  externas   e   internacionales  jugaron   solamente  un   papel
secundario en el proceso; imaginar una especie de evolución natural hacia el "fin de la Historia" en
dónde la democracia capitalista es la etapa última del desarrollo político­social; todo ello podría ser
interesante material de especulación intelectual pero no se condice, en absoluto, con lo que la praxis
política y los datos de la realidad enseñan de un modo palmario. De hecho, lo primero que llama la
atención  es   que   esta   súbita   expansión   de   un   determinado   régimen   político   coincide,  en   líneas
generales, bastante bien con la no menos súbita propagación de la globalización y las privatizaciones.
La oleada democrática
Si se toman los 16 años que van de 1974 a 1990, se puede hacer una interesante cronología de la
oleada neoliberal o el "tsunami democrático" como lo llama Paul W. Drake quien ha estudiado el
fenómeno con bastante detalle (2). La oleada comienza en Europa, se extiende por América Latina y
termina en las playas de Rusia, aproximadamente en la siguiente secuencia:
 
   Año        Países involucrados
   1974       Grecia y Portugal
   1976       España
   1979       Ecuador
   1980       Perú
   1982       Honduras y Bolivia
   1983       Argentina, Turquía y Granada
   1984       El Salvador y Uruguay
   1985       Brasil y Guatemala
   1986       Filipinas
   1987       Corea del Sur
   1988       Paquistán
     1989        Paraguay, Taiwan, Polonia, Hungría, Alemania Oriental, Panamá, Checoslovaquia,
                 Bulgaria, Rumania y Albania
     1990        Yugoslavia, Rusia, Letonia, Estonia, Lituania, Mongolia, Chile, Nicaragua y Haití
 
La   lista   de   Drake,   por   supuesto,   no   es   perfecta   y   su   autor   tampoco   lo   niega.   De   hecho,   si   la
democratización de Nicaragua tuvo lugar en 1990 o ya en 1984 con el gobierno sandinista, es algo
sobre lo cual muchas personas todavía discuten. Faltan, además, los países africanos. Aun cuando
entre ellos sólo puedan hoy encontrarse 18 democracias entre 53 países, eso no quiere decir que el
continente africano ha quedado totalmente libre de la presión democratizadora. Así y todo, la tabla da
una muy buena idea de lo que sucedió y obliga a reflexionar seriamente acerca de las causas.
Analizando el proceso en detalle, se descubren muy pronto varias de ellas que, en conjunto, explican
bastante bien lo sucedido.
Causas económicas
Coincidiendo con los procesos de globalización y privatización, existen motivos económicos de peso
que han presionado hacia una paulatina liberalización. Entre las causas económicas más relevantes
pueden señalarse:
Crecimiento: el aumento de la población mundial y la progresiva complejidad de todo el
     ámbito económico general — desde las finanzas hasta los métodos de producción y distribución
     — generaron sociedades mucho más difíciles de controlar. Los típicos pequeños dictatorzuelos
     latinoamericanos, muchas veces sustentados solamente por una oligarquía local económicamente
     activa pero numéricamente muy poco significativa, no consiguieron generar alternativas políticas
     que permitiesen controlar la nueva situación. Recuérdese, por ejemplo, como en la Argentina
     todos los golpes militares terminaron, al final, en una "salida electoral" por la incapacidad de sus
     protagonistas   para   concretar   la   revolución   social   y   política   que,   originariamente,   los   había
     justificado.
 Tecnología: la dificultad de control se vio aumentada aún más por las posibilidades de las
     nuevas formas de comunicación. Empezando por el Fax, pasando por las posibilidades de las
     computadoras   personales   y   la   Internet,   para   terminar   en   el   llamado   "efecto   CNN";   las
     posibilidades de "adoctrinamiento" a gran escala y las influencias de la intelliguentsia neoliberal a
     nivel   internacional  aumentaron   de   un   modo   casi   exponencial.  Frente   a   ello,   los   regímenes
     antiliberales no desarrollaron respuestas adecuadas, ni supieron hacer tampoco un uso efectivo de
     las nuevas posibilidades
Crisis económicas: en un mundo en dónde casi siempre lo económico predomina sobre lo
     político, es inevitable que las crisis económicas arrastren consigo — al menos hasta cierto punto
     — a los regímenes políticos. El descontento generado en la población por los padecimientos que
     causa la crisis económica encuentra en el estamento político un chivo emisario bastante apropiado
     (y muchas veces merecido). De esta manera, en América Latina las crisis económicas impulsaron
     cambios institucionales en los cuales el régimen de turno resultaba suplantado por su versión
     opuesta   del   espectro   político:   después   de   la   crisis   de   1930   se   debilitaron   los   regímenes
     democráticos; después de la de 1982 cayeron en desgracia los antidemocráticos. El fenómeno es
     observable también a escala mundial: la primer crisis petrolera de 1973/1974 arrastró consigo los
     gobiernos de Portugal, Grecia, España, Filipinas, Brasil, Uruguay y Chile; la segunda crisis de
     1979 también afectó a varios regímenes.
Deuda externa: La recesión de 1981 disparó, adicionalmente, el agravamiento de las deudas
     externas. Cuando los EE.UU. decidieron implementar políticas anti­inflacionarias e hicieron subir
     las tasas de interés, los países endeudados quedaron prácticamente a merced de sus acreedores.
     Esto significó el descrédito político en los gobiernos que habían contraído las deudas; provocó el
     descontento generalizado de vastos sectores sociales, incluyendo a las clases medias; descolocó a
     los   políticos   diletantes,   civiles   y   militares,  cuyos   discursos   se   agotaban  en   frases  hechas   y
     promesas demagógicas, sin proyectos políticos concretos y viables; y, finalmente, expuso en toda
     su crudeza la magnitud de los problemas políticos de fondo para los cuales la izquierda utópica se
     quedó sin respuestas convincentes. Esto generó una degradación del discurso político llevándolo
     al terreno de lo material, lo inmediato y lo pedestre. En la Argentina basta con recordar cómo en
     1983   Raul   Alfonsín   ganó   una   elección   reiterando   hasta   el   cansancio   aquello   de   "con   la 
     democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se vive" para darse cuenta de
     hasta qué nivel de cuestiones elementales llegó a caer la discusión política.
Globalización: El efecto general que este proceso tuvo sobre los Estados ya ha sido indicado en
     capítulos anteriores. Baste con señalar aquí que la soberanía política se convirtió en ahuyentadora
     de inversiones. En un entorno internacional fuertemente endeudado y con capitales que podían
     elegir libremente su destino, resultó obvio que los grandes inversores elegirían regímenes que no
     tuvieran el estricto control del capital en sus agendas. Este requisito fue fuertemente apoyado — y
     hasta exigido — por poderosas instituciones financieras tales como el Banco Mundial, el Fondo
     Monetario Internacional y la Agencia para el Desarrollo Internacional de los EE.UU.
El nuevo Imperio
Pero las fuerzas que impulsaron la oleada liberal no se agotaron en lo económico. Durante los últimos
30 o 40 años, toda una serie de tendencias estratégicas, geopolíticas e ideológicas ha estado apuntando
en  forma  sistemática  hacia un  universalismo progresivo, vagamente  indicado por  los  neologismo
genéricos de "unmundismo" y "globalización". Durante la segunda mitad del Siglo XX todos los
mayores   actores   de   la   política   internacional   evolucionaron   —   bien   que   quizás   con   diferentes
motivaciones — hacia este objetivo. Tanto los Estados Unidos como Europa, la Unión Soviética y
hasta el Vaticano coincidieron en aceptar en principio alguna u otra forma de "globalización". Dentro
de este esquema, el sistema democrático resultó ser — por lejos — el más flexible, el más moldeable
y, en una palabra, el más viable a escala universal. Debido a que era — también por lejos — el mejor
financiado  y   el   militarmente   mejor   equipado,   el   proceso   desembocó   por   último   en   el   nuevo
"imperium" de la democracia liberal como régimen político universal, requerido y exigido por la
voluntad hegemónica norteamericana.
Hay varias causas concurrentes que justifican esta interpretación:
"Occidentoxicación": Es innegable que la oleada democrática afectó primero y principalmente
     a los países más cercanos a lo que en forma genérica se ha dado en llamar "Mundo Occidental".
     La democratización ha tenido bastante menos éxito e intensidad en Asia, África y Medio Oriente
     que  en  el  resto  del  mundo   en  dónde  —   principalmente  en  los  países  islámicos  —   hay  una
     resistencia mucho mayor a dejar que se "intoxiquen" con prácticas occidentales ciertos valores de
     una cultura tradicional de contenidos fuertemente diferentes. En estos países ha sido posible cierto
     grado   de   occidentalización   alrededor   de   productos   de   consumo   masivo   como   Coca   Cola,
     McDonald's, el rock and roll y hasta la CNN. Pero la democracia liberal no figura en el Corán, ni
     en los ritos tradicionales africanos, ni en la interpretación china del socialismo y su influencia es
     percibida   en   muchos   lugares   más   como   una   "occidentoxicación"   que   como   una   propuesta
     aceptable y viable. El radio de influencia de los principios jurídicos y filosóficos de la democracia
     liberal ha quedado, pues, bastante limitado al ámbito de influencia norteamericano y de sus socios
     europeos lo cual indica que su centro de irradiación debe buscarse en esta zona.
Política exterior norteamericana: Efectivamente, EE.UU. mandó señales muy concretas de
     que la política exterior norteamericana post­guerra fría se orientaba a la democratización en forma
     irreversible. En realidad, seamos sinceros: nunca hubo golpes de Estado de real envergadura en
     América Latina que no contaran con el "placet" del Departamento de Estado y lo que la política
     exterior   norteamericana   estaba   diciendo   ahora   es   que   los   días   del   apoyo   a   gobiernos   no
     democráticos, en aras de su anticomunismo, había pasado para siempre. El comunismo había
     fenecido como enemigo y Washington se encargó de hacerlo saber de múltiples maneras: a través
     de sus embajadas y anuncios oficiales; mediante la promoción de los intelectuales comprometidos
     ideológicamente con la democracia y la economía de mercado; mediante la canalización de sus
     programas de asistencia y ayuda exclusivamente a entidades alineadas con la nueva tendencia;
     mediante ayuda técnica directa proveniente de la National Foundation for Democracy establecida
     en   1984;   por   medio   de   financiaciones  ofrecidas  por   el   Center   for   Electoral   Promotion   and
     Assistance el cual, operando desde Costa Rica, contribuyó por ejemplo a perfeccionar el registro
     de votantes para las elecciones de 1988 en Chile; a través de comités enviados expresamente para
     supervisar y controlar las elecciones en diferentes países como sucedió en Perú; mediante el envío
     de consultores experimentados para diseñar, campañas políticas, como los tuvo más de un político
     argentino;   mediante   presiones   económicas,   amenazas   de   retirar   ayuda   militar   y   hasta
     intervenciones militares directas como, por ejemplo, las de Granada, Panamá y Haití
Derechos humanos: Los EE.UU. decidieron utilizar este instrumento en su arsenal de política
     exterior ya bajo la administración de Jimmy Carter. En 1977, un año después de que Carter fue
     elegido presidente, el Departamento de Estado comenzó a publicar la evaluación norteamericana
     de la situación de los Derechos Humanos en los distintos países del mundo y a los funcionarios
     del gobierno americano se les dio la instrucción de tomar dicho informe en cuenta a la hora de
     definir las políticas de ayuda militar. Durante algún tiempo Ronald Reagan se apartó de esta
     política pero se vio obligado a retomarla, en parte para darle un justificativo ideológico a sus
     intervenciones en Centroamérica,  pero  fundamentalmente  porque  los factores  de  Poder en  su
     propio frente interno se lo demandaban impulsando un acuerdo entre Demócratas y Republicanos
     en torno al uso de esta doctrina como política de Estado en materia de relaciones exteriores.
     Consecuentemente, ni Bush (p), ni Clinton pudieron ya dejar de "alinearse" con lo que se les
     exigía.
El colapso soviético: la desaparición de la URSS significó el ocaso de un importante punto de
     referencia   y   soporte   para   la   izquierda   revolucionaria   y,   también,   el   desvanecimiento   del
     archienemigo tradicional de los EE.UU. Pero, además de eso, el proceso de democratización
     implicó para el marxismo sobreviviente en América Latina la desaparición de su también clásico
     archienemigo encarnado en los diferentes gobiernos militares. En muy poco tiempo, no solamente
     los norteamericanos se quedaron sin enemigo; también sus otrora enemigos se quedaron sin sus
     antagonistas locales más conspicuos. El modelo marxista cubano, reducido a sus propias fuerzas,
     perdió  credibilidad.  Esto   dejó   a   los  partidos   comunistas,   marxistas,   trotzquistas   o   socialistas
     dogmáticos locales sin un proyecto estratégicamente viable y, como consecuencia de ello, liberó a
     los EE.UU. de sus compromisos con gobiernos cuya misión principal había sido mantener bajo
     control a un socialismo cuya presencia en el "back yard" (3) norteamericano no entraba dentro de
     la estrategia prevista para el continente. Consecuentemente, los EE.UU. optaron por promover
     gobiernos democráticos, ideológicamente más afines y económicamente más comprometidos con
     el proyecto globalizador.
Todos estos factores en conjunto, apoyándose entre si y complementados por otros de menor peso, han
terminado constituyendo el mosaico de las democracias actuales. En último análisis, queda bastante
claro   que   la   actual   democracia   no   es   sino   un   régimen   de   gobierno   exigido   por   el   Imperio
Norteamericano para garantizar la gobernabilidad y el control de su área de influencia.
 
Causas ideológicas
Pero   los   factores   económicos   e   imperiales   no   agotan   las   causas  de   la   rápida   expansión   de   la
democracia como régimen uniforme para Occidente. Como cabe esperar en todo proceso político,
también en éste se puede detectar un importante andamiaje filosófico, doctrinario e ideológico ya que,
como indicaba Gramsci, la revolución cultural generalmente precede a la revolución política.
Liberalismo   Los ejemplos de Ronald Reagan en EE.UU. y Margaret Thatcher en Gran Bretaña
                        :
     ejercieron una poderosa influencia sobre América Latina; especialmente después de la Guerra de
     Malvinas de 1982 en dónde quedó meridianamente claro que el Imperio no toleraría ninguna
     desviación importante de las pautas fijadas para sus integrantes menores. Paralelamente a esa
     demostración de fuerza, todos los medios de difusión occidentales fueron instrumentales para una
     gran ofensiva intelectual orientada a difundir la doctrina neoliberal apoyada en su mayor parte
     sobre   los   dos   grandes  pilares  de   democracia   y   economía  de   mercado.  La   derecha   burguesa
     latinoamericana, liberada del fantasma del comunismo, aceptó rápidamente la idea. La izquierda
     partidocrática,   desprovista   de   otras   alternativas   viables,   la   aceptó   también.   Ya   sea   porque
     Malvinas había demostrado que toda resistencia sería inútil; ya sea porque se vio que se podía
     aprovechar la oportunidad para deshacerse de las Fuerzas Armadas como factor de Poder; ya sea
     porque se creía sinceramente en los postulados del liberalismo clásico; el hecho es que apareció de
     pronto todo un conjunto de políticos latinoamericanos dispuestos a aceptar las nuevas reglas de
     juego: León Febres Cordero en Ecuador; Fernando Collor de Melo en Brasil; Alfredo Cristiani en
     El Salvador; Mario Vargas Llosa en el Perú; Raúl Alfonsin y Carlos Menem en la Argentina; para
     citar sólo a algunos. Por supuesto, pueden observarse matices y hasta evoluciones políticas que no
     dejan de ser curiosas. En la Argentina, por ejemplo, Raul Alfonsin — viniendo de un partido de
     fuerte  composición de clase  media —   se inclinó más hacia una versión  socialdemócrata  del
     liberalismo mientras que Carlos Menem — perteneciente a un partido de fuertes raíces proletarias
     — terminó optando por la economía de mercado y la privatización del Estado. Pero, ya sea que se
     tratase del liberalismo político clásico enfocado en la democracia, o del neoliberalismo económico
     enfocado en los mercados internacionales, el hecho concreto es que todo el espectro político
     quedó determinado y delimitado por los postulados liberales adoptados en las centrales del Poder
     internacional y difundidos luego como la doctrina oficial del Imperio.
Universalización jurídica:  La imposición de la doctrina de los  Derechos Humanos como
     patrón para medir la conducta de los Estados ha significado, en realidad, la posibilidad de hacer
     judiciable  ante  instancias  transnacionales las  decisiones políticas de  un  Estado­nación.  Se  ha
     conseguido   así   instrumentar   la   intención   manifiesta   de   impedir   que   actos   considerados
     inaceptables por la ideología vigente puedan ampararse en el principio de la soberanía nacional.
     Los gobiernos no alineados con el liberalismo imperial han quedado bajo el escrutinio, bajo la
     acusación y hasta bajo la posibilidad de ser investigados y castigados por parte de organismos
     internacionales. Esta tendencia, haciendo palanca en valores éticos y morales que ciertamente
     cuentan con un gran consenso universal (4), ha desviado, sin embargo, la cuestión al terreno
     estrictamente  político  en  dónde  lo  que  realmente  está   en  juego  no  es   tanto  la   humanidad  o
     inhumanidad de un régimen sino su grado de adecuación a una serie de postulados que, bien
     mirados,   son   mucho   más   políticos   y   económicos   que   morales.   Sujetar   compulsivamente   la
     administración de la Justicia a una serie de procedimientos que tienen mucho que ver con el
     individualismo   liberal   y   con   la   clásica   división   de   Poderes   propuesta   por   el   modelo   de
     Montesquieu, pero que tienen bastante escasa relación con la verdadera calidad de la justicia
     suministrada, no es más que utilizar argumentos éticos válidos para lograr objetivos políticos que
     siempre son, como mínimo, opinables. De hecho, en muchos países, la terca y a veces hasta
     obcecada adhesión a doctrinas cerradamente individualistas — que conciben al individuo como
     más importante que la sociedad y elevan, así, a la parte por encima del todo — ha llevado a un
     "garantismo"   jurídico   que   protege   más   a   los   delincuentes   que   a   las   personas   honradas.
     Paralelamente, en el plano internacional, la imposición de estos criterios políticos ha permitido al
     Poder imperial central juzgar los actos de gobierno de las periferias y mantener las estructuras
     judiciales dentro de un margen de parámetros preestablecidos. Es sorprendente constatar como
     muy pocos parecen haberse dado cuenta todavía de que el hiper­individualismo judicial exagera la
     importancia no sólo de las personas físicas sino, también, la de las personas jurídicas; es decir: las
     empresas.
 Religión:  forzando  muy  poco  los  argumentos   se   podría   construir  bastante  fácilmente  una
     batería de argumentos para sustentar la tesis de que la democracia actual no es, en realidad, sino
     un artículo de exportación del Occidente cristiano. De hecho, el proceso de liberalización dentro
     de la Iglesia Católica ha sido marcado y visible — al menos desde el Concilio Vaticano II de
    1963/1965 — el cual, durante al menos un tiempo, produjo hasta un marcado desplazamiento
    hacia  la   izquierda   de  gran  parte   del   clero  latinoamericano,  sobre  todo  después  del  Segundo
    Congreso de Obispos Latinoamericanos en Medellín que tuvo lugar tres años más tarde, en 1968.
    Por otra parte, está históricamente demostrado el compromiso ideológico del protestantismo en
    general con el individualismo, el capitalismo y el liberalismo. Sería, con todo, exagerado sostener
    una filiación demasiado estrecha y directa entre cristianismo y democracia liberal. Pero, muchas
    veces  en  política  lo   que  interesa  no   es   tanto   lo   que  objetivamente  revela   el   análisis   sino  la
    interpretación que las personas de carne y hueso hacen — correcta o incorrectamente — de lo que
    perciben. Desde la óptica del mundo islámico, desde la visión del animismo africano, desde una
    postura budista o brahmánica, la conclusión ha sido muchas veces muy diferente. Lo cual suscita
    la   cuestión,   que   bien   valdría   la   pena   investigar   a   fondo,   de   hasta   qué   punto   la   actual
    ecumenización política ha sido tan rápida, entre otras cosas también porque se condice bastante
    bien con una vocación igualmente ecuménica de las Iglesias cristianas.
La ponderación conjunta de los factores señalados debería bastar para probar la tesis de que no es
posible considerar a la generalización de la democracia como un fenómeno concurrente que se ha
producido de manera espontánea en los diferentes países afectados. Que la democracia ha sido, de
pronto, aceptada en todo el mundo por ser "un mal sistema pero el menos malo de todos los sistemas"
es básicamente sólo retórica. Los datos demuestran que no es el producto de una convergencia de la
voluntad  soberana de los  pueblos. En último análisis este sistema de gobierno se sostiene en  la
actualidad fundamentalmente por dos razones: (A) porque es exigido como norma de aceptación por
parte   del   Poder   hegemónico   imperante  y   (B)   porque   este   mismo   Poder   desacredita,   en   forma
sistemática y con un poderoso arsenal de medios, cualquier otra orientación política, en cualquier otra
parte del  mundo, produciendo así — por la falta de una respuesta con propuestas prácticamente
viables — una claudicación intelectual que lleva a las personas a aceptarlo como inevitable. En otras
palabras: no es que sea el menos malo de todos los sistemas; es — dado el tremendo Poder que lo
avala e impone — el único sistema prácticamente posible para la enorme mayoría de los políticos.
 
La plutocracia detrás de la democracia
Para completar el análisis es preciso responder a la pregunta de por qué hay tanto Poder en el mundo
promoviendo la imposición de un determinado régimen de gobierno. Poniendo la cuestión en otras
palabras: ¿qué relación hay realmente entre los fenómenos de la globalización, las privatizaciones y la
democracia?  ¿Qué  denominador  común,   explica   a   la   democracia   liberal  como  una   herramienta
política de la globalización? La respuesta que se desprende de los datos concretos disponibles es tan
simple como directa: el dinero.
La democracia liberal es un sistema muy caro. En 1996, la Comisión Electoral de Australia calculó
que las elecciones federales le habían costado 4,75 dólares australianos a cada uno de los 11.655.190
votantes lo cual, con una multiplicación muy simple, nos arroja una cifra superior a los 55 millones.
En entornos reducidos la proporción por habitante parece ser aún más onerosa: en las elecciones de
Dominica del año anterior, la elección en la que intervinieron 37.187 votantes costó cerca de U$S
376.000; o sea: un promedio general de aproximadamente U$S 10,11 por votante (5). En general,
costos   directos   de  entre  4   a   10  dólares  por  votante,   pueden  considerarse  normales  en  cualquier
régimen democrático. Para la Argentina, con un padrón electoral de aproximadamente 20 millones de
personas y estimando solamente $7 por votante, se llega con facilidad a los 140 millones por elección.
Quien tiene ese dinero, participa; quien no lo tiene, queda afuera del sistema.
El  hecho   es  que los propios partidarios del régimen reconocen abiertamente su dependencia  del
dinero y el hecho ya ha suscitado varios y enconados debates acerca de la mejor forma de dominar
esta  situación. Varios países están buscando implementar alguna ley de financiación política que
permita,   de   algún   modo,   regular   los   importantes   flujos   de   fondos   que   van   de   las   grandes
corporaciones a las arcas de los partidos políticos (6).En el imaginario popular, muchas veces las
falencias del régimen se atribuyen solamente a los países recientemente democratizados. Se cree
popularmente que los escandaletes y las corruptelas del ámbito político son poropios de los países
atrasados y, ante las constantes crisis del sistema en el ámbito local, un sinnúmero de personas se
pregunta: ¿pero, por qué el sistema funciona en los Estados Unidos? La pura verdad es que el sistema
político no funciona ni siquiera en los Estados Unidos y ya sería hora de terminar con ese mito.
En la propia cuna del Imperio — desde hace ya varios años — se vienen escuchando voces cada vez
más insistentes denunciando el carácter plutocrático de la democracia liberal. Por ejemplo, Marty
Jezer, quien en los EE.UU. es miembro fundador del Working Group on Electoral Democracy y que
ha estado promoviendo enérgicamente una intensa campaña al respecto, lo dice con todas las letras:
"El dinero es el mayor determinante de la influencia y del éxito político. El dinero determina qué 
candidatos estarán en condiciones de impulsar campañas efectivas e influencia cuales candidatos 
ganarán los puestos electivos. El dinero también determina los parámetros del debate público: qué 
cuestiones se pondrán sobre el tapete, en qué marco aparecerán, y cómo se diseñará la legislación. 
El dinero permite que ricos y poderosos grupos de interés influencien las elecciones y dominen el 
proceso legislativo." (7)
En la financiación de la partidocracia de los EE.UU. hay una distinción relativamente importante en
cuanto al tipo de dinero utilizado. En la jerga política norteamericana se habla de "hard money"
(dinero   duro)   y   de   "soft   money"   (dinero   blando).   Por   dinero   "duro"   se   entienden   los   fondos
provenientes   de   contribuciones  reguladas  por   la   Ley   Federal  de   Campañas  Electorales  (Federal
Election Campaign Act) que establece límites a las contribuciones que pueden hacer los individuos,
los partidos políticos y los Comités de Acción Política (Political Action Comitees o PACs), que son
organizaciones  formadas   específicamente  para   recaudar  fondos   destinados   a   las   campañas.   Las
corporaciones y los sindicatos no pueden hacer contribuciones directas a los candidatos pero pueden
constituir Comités que recaudan contribuciones de sus empleados o asociados. Si bien lo que un
Comité de Acción Política puede darle a un candidato de un modo directo está limitado a U$S 5.000
por elección, estos Comités pueden gastar una cantidad ilimitada de dinero en aportes que no van
directamente al candidato pero se invierten en campañas que abogan en pro — o en contra — de
determinados candidatos.
Por   otro   lado,   el   "dinero   blando"   proviene   de   contribuciones   que   no   están   reguladas   por   la
mencionada ley. No hay límite para las contribuciones que cualquier institución puede hacer al Comité
Nacional de un partido político. Si bien, teóricamente, este dinero no puede ser empleado para inducir
a la ciudadanía a votar en favor de — o en contra de — determinado candidato, los partidos políticos
eluden   de   un   modo   muy   sencillo   esta   restricción   con   promociones   publicitarias   que   evitan
cuidadosamente palabras tales como "vote a..." o "no vote por...".
Finalmente, hay una categoría adicional de dinero político masivo que es aportado por instituciones
tales  como,  por ejemplo,  la  Cámara de  Comercio,  o la AFL­CIO, y que  se  gasta  en  publicidad
específica   sobre   temas   puntuales.  Se   incurre   en   la   ficción   de   suponer   que   estas   campañas  no
promueven directamente una determinada candidatura pero es obvio que cualquier político, con tan
sólo   posicionar   su   discurso   en   línea   con   el   tema   publicitado,   se   beneficia   directamente  de   la
promoción.
En general, se sostiene que el "dinero duro" es el dinero "bueno" mientras que el "blando" es el dinero
"malo" pero esta distinción es poco menos que bizantina. Lo único cierto es que los aportes en dinero
"duro" superan ampliamente a los efectuados en dinero "blando". En la campaña electoral de 1996, el
83.20% de los fondos de campaña se constituyó con dinero "duro" mientras que en la del 2000 la
proporción se mantuvo casi en el mimo nivel con un 81.20% (8). Además, las mojigaterías juridicistas,
que pretenden calificar los aportes en "buenos" y en "malos" según su categorización legal, pierden
todo sustento posible cuando se comprueba que ambas clases de dinero provienen, en realidad, de las
mismas fuentes.
El punto crítico es que las elecciones norteamericanas son progresivamente más caras. Mientras el
ciclo  electoral  de 1996 le costó a los políticos norteamericanos entre 1.500 a 2.200 millones  de
dólares, se estima que el ciclo del 2000 insumió unos 3.000 millones por todo concepto. Hacia fines
de Junio del 2000, entre los candidatos presidenciales, los del senado, los de la cámara baja y los
comités partidarios nacionales ya se habían recolectado más de U$S 1.600 millones, es decir: unos
400 millones más de los que, para la misma época del calendario electoral, se habían acumulado en
1966.
Para la fecha arriba mencionada, el Senado norteamericano ya disponía de unos 366,6 millones de
dólares. Los candidatos al Senado de los EE.UU. habían juntado U$S 259.7 millones; el Comité
Senatorial Republicano y el Comité Senatorial Demócrata habían conseguido unos U$S 55.5 millones
adicionales y a todo ello hay que agregar los U$S 51.4 millones aportados en dinero "blando" por los
comités partidarios del Senado. La Cámara Baja, a su vez, disponía de más dinero aún: 393 millones
de  dólares  recaudados por los propios candidatos, 80.5 millones provenientes de los Comités de
Campaña del Congreso y 62.9 millones de dinero "blando" de los comités partidarios; es decir: 536.4
millones en total.
La gran pregunta es: ¿de dónde sale todo este dinero?
El sistema plutocrático norteamericano
Para entender cómo funciona la plutocracia norteamericana hay que prestar atención a un dato que
aparece en forma consistente y reiterada en todos los análisis: el número de norteamericanos que
espontáneamente contribuye al financiamiento de las campañas es muy reducido. Una investigación
realizada a propósito de las elecciones legislativas de 1992 arrojó como resultado que menos del 1%
de la población provee el 77% del dinero que usan los candidatos. En 1994, solamente el 20% del
dinero   recaudado   por   los   candidatos   al   Congreso   norteamericano   provino   de   personas   que,
individualmente, aportaron menos de U$S 200 cada uno. Durante el ciclo electoral del 2000 tanto
George   Bush  (h)  como  Al  Gore  recibieron  la   mayoría  sustancial  de  los   aportes  individuales  de
personas cuyos ingresos superaban los U$S 100.000 anuales. Los datos disponibles revelan que el
80% de los donantes que aportaron U$S 200, o más, tenía ese nivel de ingresos (9). Sólo el 5% tenía
ingresos anuales de U$S 50.000 o menos. Nueve de cada diez eran blancos . Para tener un parámetro
de referencia, debe saberse que en los EE.UU. sólo el 12% de las familias tiene un ingreso igual o
mayor de U$S 100.000 al año, mientras que un 60% percibe U$S 50,000 o menos, siendo que las
personas de color representan el 29% de la población (10) .
El grueso de la financiación política norteamericana proviene de las grandes "donaciones" y de los
Comités de Acción Política. Si se analiza la procedencia del dinero invertido en campañas electorales
por los 535 diputados y senadores norteamericanos, se llega a la conclusión de que un 37% proviene
de grandes donaciones; otro 32% es aportado por los citados comités, un 20% proviene de pequeños
aportes, un 5% es dinero invertido por los propios candidatos y el 6% restante es indeterminable. Si se
suman los porcentajes, queda claro que entre grandes donantes, dinero recolectado por los comités y
dinero invertido por los mismos candidatos, se llega al 74% del costo de una campaña — con lo que el
aporte del pequeño ciudadano no llega a ser determinante de ningún modo.
Esta   conclusión   se   confirma,   además,  analizando   la   procedencia  geográfica   del   dinero.   En   las
campañas de 1994, alrededor del 50% de las contribuciones aportadas por los Comités de Acción
Política provino de Washington DC dónde los lobbies y las cámaras de comercio tienen sus oficinas.
El dinero que normalmente se recauda en esta zona representa unas diez veces la cantidad que se
colecta en las 19 principales ciudades norteamericanas, incluyendo Nueva York, Chicago, Atlanta y
Los Ángeles.
Si se analiza la composición y las relaciones de los comités, también se confirma — una vez más —
la importancia determinante de los aportes corporativos. En 1994 los Comités de Acción Política
asociados o cercanos al sindicalismo norteamericano aportaron unos U$S 42,4 millones mientras que
los comités asociados o cercanos a las grandes empresas contribuyeron con U$S 130,2 millones; es
decir: más del triple de dicha cantidad. Todos los demás comités, relacionados con grupos de interés
sobre cuestiones puntuales y con la totalidad del espectro ideológico sólo llegaron a recolectar U$S
16,3   millones.   En   otras   palabras:   las   grandes   empresas   aportan   a   la   política   norteamericana
prácticamente más del doble de dinero que todos los demás juntos. En la elección del 2000, el 68%
del dinero proveniente de los Comités de Acción política respondió a empresas comerciales; el 21%
provino de fuentes sindicales y sólo el 11% de grupos ideológicos y otras fuentes.
Hay, además, otra particularidad interesante en el sistema norteamericano: varios candidatos arriesgan
su propio dinero en la financiación de su campaña. Cerca del 12% del total de dinero "duro" invertido
durante los primeros 18 meses de la campaña del 2000 provino de esta fuente. Quizás el caso más
notorio sea el del demócrata Jon Corzine — ex empleado de la financiera Goldman Sachs — que
apostó nada menos que 42.4 millones de dólares a su propia candidatura a senador por el estado de
New Jersey. Realmente, no hay que ser muy suspicaz para suponer que nadie pondría más de 40
     millones de dólares de su propio bolsillo en una candidatura por puro fervor patriótico y sin esperar
     nada  a   cambio.  Un  aporte  de  esa  magnitud  no es   un  aporte   desinteresado  a   la  política;  es   una
     inversión.
     Y lo es también, no menos obviamente, para las grandes empresas. Es notorio como aquellas que
     tienen intereses especiales en determinadas cuestiones legislativas aportaron gruesas sumas de dinero
     en la campaña. La siguiente tabla refleja los aportes — declarados — de seis grandes ramas de la
     industria norteamericana, según los datos oficiales de Comisión Federal Electoral (Federal Election
     Commission) norteamericana, al 1 de Octubre del 2000. (11)
                 Automotriz      Electrónica       Petroleras       Laboratorios      Financiera TV y
                                                                                      s                   Medios
Contribucion
es               5.499.495       9.959.552         6.903.799        3.272.538         30.199.757          10.285.511
Individuales
Comités   de
Acción           3.622.650       1.553.957         4.740.887        3.799.990         4.099.314           2.561.687
Política
Dinero
                 2.991.732       12.417.372        11.205.140       10.303.283        23.483.360          12.055.901
"blando"
TOTAL            12.113.877      23.930.881        22.849.826       17.375.811        57.782.431          24.903.099
Aportado   a
los              17%             51%               20%              32%               40%                 60%
demócratas
Aportado   a
                 82%             58%               79%              68%               59%                 40%
republicanos
     
     Dinero y chances de éxito

     Todos   estos   datos   permiten   afirmar   con   bastante   fundamento   que   los   puestos   políticos   de   la
     democracia neoliberal no son sino cargos formales que, en última instancia, deben responder y rendir
     cuentas al poder real del dinero que paga los gastos del acceso al Estado y a la política.
     Por supuesto, no es posible caer en la reducción infantil de creer que el dinero de las centrales de
     Poder financieras, industriales y comerciales directamente puede "comprar" los votos de una elección
     (12). Pero hay una relación directa entre dinero invertido y chances de éxito, ya que en una apabullante
     mayoría de casos es posible constatar que los ganadores de una elección han invertido más dinero en
su campaña que los perdedores.
Ya en 1994, en las cuestiones controvertidas de la cámara baja norteamericana, los ganadores habían
gastado U$S 516.000 en promoción y publicidad frente a U$S 238.000 de los perdedores. No es
ningún milagro, pues, que las tan universalmente utilizadas encuestas hayan reflejado luego más el
resultado de esta presión publicitaria que la verdadera opinión independiente de las personas.
Pero, probablemente, el caso más interesante de esta relación casi directa entre dinero recaudado y
chances de éxito lo constituyan las elecciones presidenciales del 2000. Esta elección es interesante
precisamente porque casi salió mal. La lógica del sistema plutocrático establece que debe ganar quien
más dinero maneja. Y, en este sentido, el empate técnico entre Bush y Gore seguramente no entró en
los cálculos del establishment norteamericano. Es muy difícil, a esta temprana altura del desarrollo
histórico,   hacer  un   análisis   serio   y   exhaustivo   de   lo   que   sucedió   en   realidad.   En   una   primera
aproximación, quizás una conclusión posible podría ser que el sistema no está preparado para la
indiferencia y no sabe muy bien como manejar el desinterés de amplias capas de la población. En una
sociedad como la norteamericana del 2000, con una situación económica razonablemente holgada en
términos estadísticos y con un discurso político insulso, aburrido y reiterativo, es muy posible que ya
no se puedan captar votos y voluntades con dinero publicitario, por más sumas que se inyecten en la
campaña. Otra explicación, acaso complementaria y concurrente, podría ser también que — como lo
demuestra el caso soviético — el adoctrinamiento masivo a través de los medios de difusión y de
educación tiene serios límites en el largo plazo. Es muy posible que la tesis básica de George Orwell
contenga,  en el fondo, graves  errores de concepto desde el momento en que —  por un proceso
psicológico  elemental  —  la   saturación  produce  insensibilidad  y  no siempre  lo   implantado  en  el
subconciente actúa con el automatismo esperado. Esto último ha quedado demostrado aun para las
técnicas   de   "lavado   de   cerebro"  practicadas  en   forma   individual,   según   la   experiencia   de   los
prisioneros de guerra norteamericanos en la Guerra de Corea. (13) Sea como fuere, lo concreto es que
en las elecciones del 2000 los norteamericanos votaron más por hábito, interés, adhesión personal o
simpatías irracionales que por las presiones de la maquinaria electoral. El resultado fue un empate
técnico, que  nadie esperaba, y que se contradice con las reglas y previsiones del sistema que le
garantizan la victoria al mejor financiado.
El hecho es que, según estas reglas y previsiones, Bush tenía que ganar. Y tenía que hacerlo por la
sencillísima razón de que los republicanos comprometieron mucho más dinero en su campaña que los
demócratas.   Tanto   Gore   como   Bush   recaudadon   enormes   sumas   de   dinero   ya   desde   antes   del
comienzo de las elecciones primarias. Ambos reclutaron voluntarios (Bush los llamó "pioneros") con
la misión de conseguir por lo menos U$S 100.000 cada uno. Pero ya en esas primarias, con U$S 98
millones  aportados  por  donaciones  individuales y U$S 2.2 millones provenientes de  Comités  de
Acción Política, Bush aventajaba a Gore en una relación de más de 2 a 1.
La tabla de los aportes al 1° de Octubre del 2000, expuesta más arriba, aun cuando refleja solamente
un aspecto parcial del total real, revela bastante bien las ventajas financieras de Bush sobre Gore. Si se
promedian los porcentajes, se observará que el 64% del dinero corporativo fue a las arcas de Bush y
sólo el 36% restante a las de Gore. Con la sola excepción de la TV y los medios masivos de difusión,
que apoyaron más a Gore, tanto las empresas de la industria automotriz, como las electrónicas, las
petroleras, los laboratorios y hasta las financieras apostaron su dinero a la candidatura de Bush y los
republicanos. Con un apoyo así, Bush sencillamente no pod

Tags: economía, conspiraciones, globalismo, esclavitud

Publicado por cultural-thule @ 9:32
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