Martes, 18 de febrero de 2014

Se analiza de forma somera el concepto de corrupción política en su especificación democrática.

Corrupto ilegal
Luis Bárcenas, corrupto ilegal.

En los últimos meses la nación española asiste con expectación a múltiples casos retransmitidos casi en directo por televisión formal, aunque administrados en convenientes dosis no letales, también por prensa y radio, de lo que los medios de comunicación, los jueces y los políticos llaman «corrupción» política. Nos referimos a casos como el de Miguel Blesa, ex presidente de Caja Madrid, actualmente en prision preventiva o la Infanta Cristina y su marido Iñaki Urdangarín, implicados en el caso Nóos. ¿Cómo olvidar a Luis Bárcenas, ex tesorero del Partido Popular encarcelado para evitar el riesgo de fuga mientras se investiga una trama de financiación ilegal de su partido? Y muy recientemente, Sandro Rosell, ex presidente del Fútbol Club Barcelona dimitía de su cargo por una denuncia admitida por un juez a propósito de cierto presunto fraude contractual. 

El hecho de que sean estos sucesos –sobornos, cohechos, fraudes fiscales, tráfico de influencias, etc.– y no otros que bien pudieran serlo –como el desafío soberanista de Artur Mas o la excarcelación de asesinos etarras o violadores–, los que son constante y exclusivamente calificados como «corruptos» por los medios de comunicación de masas nos indica ya que estos medios están tomando un determinado partido por una concepción concreta de la Idea de corrupción en su especificación político–democrática (ya sea el partido necesario para calificar algo de hediondo, ya sea en la perspectiva del análisis metafísico, teológico, conductual o filosófico; o ya sea tomar partido en una perspectiva puramente ideológica, es decir, diferentes partidos simultáneos aunque todos ellos tengan distinta génesis). Un partido que, por cierto, siempre habrá que tomar cuando del análisis de la idea de corrupción se trate y que el Grupo Promacos toma decididamente, en el caso del análisis, por la perspectiva ontológica materialista expuesta por el filósofo español Gustavo Bueno en su último libro publicado, El fundamentalismo democrático, Temas de Hoy, Madrid, 2010. Y no adoptamos dicha posición materialista tanto poramor –seguidismo o culto a la personalidad del filósofo concreto— como por odio: rechazo de otras posiciones analíticas previas y profundo asco ante la estupidez imprudente de nuestra clase política.

Así, este mes dedicaremos la sección El mundo no es suficiente de la revista El Catoblepas a analizar de forma somera este concepto de corrupción política en su especificación democrática intentando dotar al lector de un mínimo aparato crítico con el que poder analizar y saborear la «papilla democrática», deliberadamente insípida, que se nos administra por las telepantallas locales, nacionales y autonómicas.

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El fundamentalismo democrático es una ideología del presente, activa en el presente, que se autojustifica situando sus orígenes en la Ilustración (ignorando convenientemente el aristocratismo explícito de autores como Montesquieu y Rousseau) además de en la obra de distintos ideólogos del siglo XIX, políticos y abogados sobre todo norteamericanos y franceses, éstos sí plenamente fundamentalistas, implicados en la constitución material misma de ambas naciones tras la demolición del Antiguo Régimen; como ejemplo de estos ideólogos cabe destacar a Tocqueville, por señalar uno de los más citados en los últimos años y al que realmente es un placer leer, poseyendo la ventaja de que conocía casi tan bien los Estados Unidos como Francia. Quizá no esté de más recordar en este contexto que Tocqueville, paladín de la libertad y de la igualdad, estuvo en el gobierno de la Monarquía de julio surgido de la Revolución de 1830, un gobierno, dirigido por el luterano Guizot, que tuvo que introducir sobre la marcha la distinción país legal / país real para justificar el cobro de 300 francos que obligó a abonar a todo francés que desease figurar en el censo electoral para poder votar, es decir, ser legalVive le Egalité!

El mismo defensor de la igualdad que justificaba que el pueblo luchase por ella, pero cuando ese mismo pueblo se alzó en nombre de la igualdad, contra el gobierno del que formaba parte en lo que después se ha llamado la Revolución de 1848, por supuesto que se opuso de forma virulenta (le parecía hecha por andrajosos), sin perjuicio de que él mismo hubiera criticado los «déficits» de la Monarquía de julio como puede verse en su famoso discurso del 30 enero de 1848 donde señala que los gobernantes «por su indiferencia, su egoísmo, por sus vicios (corrupción, mala administración, etcétera) se habían vuelto incapaces e indignos de gobernar» (Tocqueville, Recuerdos de la revolución de 1848, Editora Nacional, Madrid). Bien es verdad que Tocqueville posteriormente trabajó en la elaboración de una Constitución para esa Segunda República Francesa, aunque la democracia incorruptible prefirió racionalmente, libremente, democráticamente al totalitario Luis Napoleón antes que a su democrática Asamblea Constituyente. Todo cual no hace más que colaborar en el diagnóstico de fundamentalismo democrático para el autor francés, pues como buen fundamentalista intentó salvar la democracia, corrompida desde su origen, de la Segunda República frente al totalitarismo del Segundo Imperio (exactamente a como cuando hoy se nos dice que aun con sus déficits, hay que ir a votar para mantener la democracia partitocrática, pues ésta es preferible al totalitarismo de Franco).

Pero decíamos que el auge del fundamentalismo democrático se da sobre todo en la actualidad, en el presente en marcha, porque durante el siglo pasado, mientras existió la URSS (recordemos las críticas que los ideólogos del fundamentalismo recibieron de Marx en La lucha de clases en Francia y el 18 Brumario), y teniendo China un muy distinto «rumbo en el timón» del que tiene ahora, la democracia liberal burguesa era simplemente un modelo de gobierno más frente a otros, pero ahora se nos presenta como única alternativa realmente existente y al notarse sola en el escenario mundial tras el derrumbamiento del socialismo real, nos anuncia el «fin de la Historia» y se declara «incorruptible» por la Gracia de Dios. Como dijo el páterTocqueville:

«No es necesario que Dios hable por sí mismo para describir signos indudables de su voluntad; basta con examinar el curso habitual de la naturaleza y la tendencia continuada de los acontecimientos. Yo sé, sin que el Creador eleve la voz, que los astros siguen en el espacio las curvas trazadas por su dedo. Si prolongadas observaciones y sinceras meditaciones llevaran a los hombres de nuestros días a reconocer que el desarrollo gradual y progresivo de la igualdad es a la vez el pasado y el futuro de su historia, este solo descubrimiento bastaría para dar a dicho desarrollo el carácter sagrado de la voluntad del Soberano Señor. Querer contener a la democracia sería entonces como luchar contra el mismo Dios, y a las naciones no les quedaría más que acomodarse al estado social impuesto por la providencia.» (Alexis de Tocqueville, La Democracia en América, Introduccion, Alianza Editorial, Madrid, 2005.)

Desde este punto de vista fundamentalista, la democracia no se puede corromper, luchar contra ella es «como luchar contra Dios» y en Dios confiamos, lo quiso la Providencia y en algunos sitios, como EEUU o Francia habrá alcanzado su estadio final a través de un histórico camino de salvación hacia la democracia más pura (separación de poderes, etc) que otras naciones con diversos déficits todavía estamos realizando. Así, la democracia en cuanto régimen no es un estrato susceptible de corrupción, se puede, a lo sumo, corromper algún canal, alguna tubería susceptible de ser reparada, alguna persona que «cae en la tentación» y que sufrirá su «castigo» pero en ningún caso lo hará el sistema democrático en su conjunto. Desde el análisis formalista, fundamentalista, si se quiere, idealista o teoreticista, que considera a los individuos libres anteriores al Estado que pueda constituirlos (de la misma manera que el marxismo consideró anterior la lucha de clases), son estos individuos los únicos capaces de corromperse (tal es el caso de Bárcenas o la Infanta Cristina), a veces, incluso, la cantidad de corrupción llegará a niveles tan altos que sin aniquilar a la persona, podría dejarla irrecuperable o dado su puesto de responsabilidad, afectar a toda una institución en su conjunto como el Partido Popular o la Corona de España.{1}

Frente a las concepciones metafísicas y teológicas de la corrupción pero sobre todo frente a la concepción propia del fundamentalismo democrático consideramos a la corrupción, desde nuestra perspectiva materialista, como un análogo de atribución cuyo primer analogado es la putrefacción en sentido más inmediato y perceptible a los sentidos del olfato y la vista enfrentados a los estratos putrefactos, por ejemplo, al enfrentarlos a la comida podrida, concepto éste que se iría ampliando en círculos de mayor o menor radio (y en estas ampliaciones se perderá el significado primitivo para pasar a significar desorganización, descomposición, etc.) ya sea ascendente o descendentemente hasta atravesar, invadir o saltar a otros campos morales, lingüísticos, etc., incluido el campo de las categorías políticas: corrupción de menores, corrupción del latín clásico hacia el latín vulgar, corrupción de la ciudad, etc.

Es decir, que el cuerpo de la sociedad política también puede considerarse un estrato corruptible (por la acción, digamos exógena, de un sustrato contra otro pero también por la dinámica propia, endógena, de las partes del sustrato entre síGui?o y por tanto, cabe hablar de corrupción democrática no ya como hecho delictivo que comete un particular contra la ley vigente sino como de la corrupción. Entendida esta corrupcion como la descomposición que propicia la democracia específicamente por el hecho de ser democracia y que no proviene, como pensará el fundamentalista, y señalamos anteriormente, de determinadas canalizaciones susceptibles de reparación («separar» poderes, como si eso fuera posible en algún sitio más que sobre el papel que todo lo aguanta, o si con ello, si fuese posible, fuera a garantizar la moderación propugnaba Montesquieu claramente inspirado en Cicerón «elegir directamente al representante», como si eso fuese a mejorar la calidad del representante, etc.), ni de individuos «corruptos» (como Bárcenas o Urdangarín) porque lo que no alcanza a ver el fundamentalista democrático es que esos individuos no se diferencian en nada de cualquiera de nosotros mismos, es decir, son/somos producto del círculo dialectico generador de fondo, si se quiere sistático, pero de una sistasis referida a la generación, a la actualización constante de la democracia a través de su producto más específico: la producción de unos individuos de un determinado tipo: individuos libres, adiestrados en el consumo a través de años de telemando y viendo publicidad, expertos en la manera de elegir la mejor mercancía o al mejor político, en el mercado pletórico de bienes, acostumbrados a «maximizar nuestro beneficio», entrenados y preparados para ello, no sería de extrañar que cualquier persona pudiera «corromperse» ante la posibilidad de hacerlo, es decir, ante la posibilidad de «maximizar» su propio beneficio personal.

Decimos, no proviene la corrupción democrática de alguna institución corrupta (el crimen organizado, una banda criminal, que en cualquier caso habrá que juzgar individualmente, cual juicio de Nuremberg, según el principio societas delinquere non potest) o de algún individuo corrupto (Bárcenas), no proviene de ellos y esto sin perjuicio de que ellos también puedan considerarse corruptos o delincuentes, sino que proviene de las propias fuentes de la ideología democrática que ya manan corruptas: las sacrosantas ideas de libertad, igualdad y fraternidad. Es decir, existe una corrupción legal específicamente democrática, aceptada y legal precisamente porque es democrática y discurre por los canales principales de la libertad, igualdad y fraternidad, sin perjuicio de que existan también sujetos responsables de sus propios actos corruptos y corruptibles a los que se considerará, ahora sí, delincuentes, corrupción legal que ésta en muchos casos cumple la función de ocultar la corrupción específicamente democrática y que es mucho más grave pues genera contradicciones internas irresolubles dentro del sistema mientras que la corrupción legal puede ser muchas veces incluso eutáxica: «roba, pero que no se note», como decía cierto gobernante a su ministro. ¿Qué es más corrupto, pagar un sobresueldo ilegal como Bárcenas o publicarlo en la prensa nacional como Pedro J. Ramírez, destapando arcanos quizá necesarios para el poder conjuntivo?

Porque, en efecto, es a través de una concepción fundamentalista democrática de esas ideas puras que ideológicamente fundamentan a la democracia, la manera en que pueden empezar a considerarse «libres, iguales y fraternos» a unos partidos políticos como CiU, ERC, Bildu, PNV, etc. («odio lo que dicen pero moriré por su derecho a defenderlo», repetirá el fundamentalista iluminado) que trabajan no ya por la aniquilación de España –ya que tal aniquilación implicaría la propia destrucción de esos partidos, pues ellos son también España y desaparecerían con ella en el «polvo de caolín» resultante de su rompimiento en partes materiales–, sino por su corrupción, es decir, por su rompimiento en partes formales, en definitiva, por la secesión de una parte formal dada a escala regional, que incluye el robo de parte significativa de la capa basal, de parte del territorio nacional con todas las fuerzas productivas contenidas en él.

En definitiva, por ser fiel a las fuentes ideológicas puras de la democracia el fundamentalismo democrático propicia, a través de canales igualmente democráticos, su propia corrupción (y por ello mismo la secesión es un tipo de corrupción específicamente democrática, es decir, propiamente predicable en su tercera acepción), una degeneración del sustrato tal que no nos permitiría «reproducirnos», en el sentido de la «rotación recurrente» de la economía política, a la misma escala, ritmo y proporción de origen, aunque en principio no tiene por qué aniquilar a España (corrupción en sentido catastrofista que en el límite es contradictoria, pues la idea de corrupción implica la conservación del sustrato del que podemos decir «se ha corrompido»Gui?o pues al ser el co–rompimiento a escala de partes formales, cabe como posibilidad antes o después, la re–constitución del sustrato degenerado.

El más claro ejemplo de cómo la corrupción específicamente democrática circula libremente por los canales de la libertad lo tenemos en España en los casos del auge del secesionismo vasco y catalán. Efectivamente, desde mediados de la pasada década, cuando coincidieron en el tiempo la votación en el Parlamento sobre el plan soberanista conocido como «plan Ibarreche» con la redacción del nuevo Estatuto de Cataluña, ambos envites realizados por gobernantes corruptores y corruptos españoles (corruptos en el sentido de la idea materialista de corrupción, no en el sentido de la corrupción ilegal perpetrada por delincuentes en sentido jurídico) que ponían en tela de juicio a la propia nación española.

En efecto, que nadie se llame a engaño porque lo venimos avisando hace tiempo, el Grupo Promacos ya se hizo eco en su día hace ya seis años, desde las páginas del periódico El Revolucionario{2}, de la publicación de un libro del entonces consejero de la vicepresidencia de la Generalidad de Cataluña, señor Carod Rovira, titulado 2014. Que parli el poble català, editorial Mina, abril de 2008, donde, a través de una apestosa diarrea de 308 páginas, se fija la hoja de ruta del secesionismo a partir de la aprobación del Estatuto catalán, una hoja de ruta que se ha ido cumpliendo más o menos punto por punto y que finaliza este año: Sí, damas y caballeros, en 2014, este año que ahora comienza, coincidiendo con el aniversario–ficción de 1714 y según anunciaron los mismos sediciosos, Cataluña va a dar el paso definitivo hacia su independencia parece ser que con un pronunciamiento desde el Parlamento catalán que según sus propias palabras (las palabras de Carod en su libro) puede incluir o no (vía kosovar) un referéndum consultivo.

Está en la mesa. Tras más de treinta años de corrupción democrática (propiciada por la propia democracia) oxidando, descomponiendo los lazos de hierro (la urdimbre y la trama) que unen a los españoles, mediante el trabajo de años del fascismo pujolista y a través de la imposición del catalán fundamentalmente, se disponen a dar, según dicen ellos mismos, el paso definitivo co–rompiendo a la nación.

Que el primer destello de sol que vean esa mañana sea el que venga reflejado en la punta de la lanza de Atenea Promacos.

Corrupto legal
Arturo Mas, corrupto legal.

Notas

{1} «La parte más difícil del caso Nóos para la Casa del Rey es la imposible gestión de la inocencia social de Cristina de Borbón. Su comportamiento «éticamente reprochable» la ha inutilizado para la Corona, según fuentes cercanas a la institución, aunque mantenga unos derechos dinásticos –la séptima en la sucesión al trono– que tienen poco de efectivo y mucho de simbólico.» Ana Romero, La Infanta, irrecuperable, en El Mundo, 30 de enero de 2014. http://www.elmundo.es/espana/2014/01/26/52e412adca474195618b4582.html

{2} Grupo Promacos, «2014»: la historia–ficción catalanista, El Revolucionario, 7 de mayo de 2008. http://www.elrevolucionario.org/rev.php?articulo660

 


Publicado por NataliaEsVedra @ 17:37
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