martes, 11 de octubre de 2011

La economía ha cobrado hoy día una importancia poco usual en otras épocas. Mírese cualquier gran urbe y se comprobará que las principales calles y plazas están ocupadas por bancos. Esto no es sino una consecuencia de la visión economicista del mundo que hoy impera en todo el globo. Como ha recordado el politólogo John Gray en el diario La Razón, «tanto el marxismo como el neoliberalismo son herederos del dogma central del positivismo, que afirma que por medio del crecimiento del conocimiento científico la humanidad podrá liberarse de los inmemoriales males de la guerra y la escasez y alcanzar un mundo sin conflicto. Naturalmente, el primero pretende alcanzar este estadio mediante la planificación económica y el segundo por el mercado libre, pero ambos coinciden en su determinismo tecnológico, en su desprecio de valores como la religión o la nación, que no consideran significativos, en su perspectiva dominadora de la naturaleza...»(1).


A este respecto, la caída del muro de Berlín ha conseguido subsumir en un mismo proyecto ambivalente las ideas fuerza del proyecto marxista y del proyecto neoliberal de los que habla Gray. El supuesto previo es que el hombre, como criatura enteramente material tiene necesidades exclusivamente materiales. En consecuencia, la satisfacción de esas necesidades materiales pasa por la conquista de la naturaleza y su sometimiento al hombre. Ésta es la base del actual proyecto político e ideológico de Occidente. Así, mientras que el bienestar material es irrenunciable, la dimensión espiritual o es negada tajantemente o se relega a una mera función de los condicionantes materiales del momento. A lo sumo, queda en una mera apreciación subjetiva, sólo reivindicable en la esfera de lo privado que, precisamente por ello, pierde todo prestigio a la hora de intentar influir en la sociedad. La visión materialista, por el contrario, es considerada como tácitamente «evidente» en todo el ámbito político y social.

Es necesario recalcar que no todos los modelos económicos son posibles bajo cualquier paradigma antropológico y cultural; más bien, el modelo económico actual es consistente con una cierta visión del mundo. Sentado este supuesto, hoy sería impensable, por ejemplo, un modelo que implicara vivir más modestamente para no incurrir en el dogma del crecimiento ilimitado o para que la gente fuera menos dependiente de la posesión de bienes materiales. Muy al contrario, la «emancipación» ilustrada, libre de los condicionantes de la trascendencia y del orden cultural, histórico e incluso nacional, concibe un individuo al que nada está vedado. La libertad sin restricciones de un individuo es determinable sólo por el grado de bienestar material, e implica que, en primer lugar, cualquier estrategia dentro de la ley –no de la moral- es legítima para alcanzar ese bienestar y, en segundo lugar, que es necesario que todos los hombres se integren en esta doble perspectiva de libertad sin restricciones y progreso económico.

Ahora bien, surgen algunas preguntas inevitables: en primer lugar ¿cómo funciona el aparato económico del proyecto occidental?; en segundo lugar, ¿cuáles son sus consecuencias?, y por último ¿cuáles son sus alternativas si es que realmente las hay? Estas son las cuestiones que vamos a intentar dilucidar en las páginas siguientes.

La doble naturaleza del dinero.

Hasta casi principios del siglo XX, la humanidad vivió dependiente de las riquezas naturales –concretamente del oro- como medio único de prosperidad. El oro era el respaldo natural de la moneda y ésta era lo que hacía la riqueza de un país. A principios de los años 30, por razones que escapan a este artículo, desaparece el patrón oro y se inicia una de las mayores revoluciones de todos los tiempos. La idea misma de «dinero» había de cambiar profundamente. A partir de entonces, la doble naturaleza del dinero sería un concepto fundamental sobre el que se edifica toda la construcción del aparato técnico de la economía moderna: el dinero como dato y el dinero como variable. Como dato, el dinero sirve a la mayoría de la gente que gana un sueldo. Cuanto más gane en relación a una unidad de trabajo mejor le irá. Cuando el dinero se comporta como variable la situación es otra: un billete de cinco euros que sale de la Unión Europea y viaja a Tokio vale diferente que si el viaje es, por ejemplo, a la República Sudafricana. Pese a que el euro es una moneda fuerte apreciada en todo el mundo, en algunas partes del mundo es más apreciada que en otros y, por lo tanto, en los sitios donde es más apreciada su valor es mayor. Como explica el economista Manuel Funes Robert, uno de los pocos heterodoxos en la nomenclatura monolítica de la economía actual, «hasta los años 30, la moneda era una cantidad de oro con un nombre dado, acuñada en cada país, y con convertibilidad asegurada por la naturaleza de esa cosa, de cuya naturaleza derivaba una aceptabilidad sin coacción. Hoy, como moneda papel, vale esta definición: ‘Denominación que se incorpora a un documento que se fabrica por decreto, y que contiene una orden de pago con cargo al producto social’. No es cosa, y menos valiosa: si la esencia es la orden de pago, a nadie se le ocurrirá poner condiciones al papel o materia en la que se redacta una orden. Lo esencial para que el documento ‘valga’ es que la orden se cumpla. El cumplimento se asegura por el orden coactivo del Estado que impone el curso a la aceptabilidad forzosa de esas órdenes (del Estado... no de los demás estados). Vista la moneda como orden, el respaldo carece de sentido. Pero la orden plantea el tema del alcance de la misma: de la frontera no puede pasar esa validez, al menos en términos literales. Lo que desde el interior se ve como orden, desde el exterior, por no ser obligatorio cumplir con la misma, se verá como cosa. En el orden internacional se refugia y reaparece –es idea fuerza de este libro- el dinero como cosa, con un valor nacido del que tiene allí donde la orden puede ser efectiva. Un valor... variable: éste es el gran problema»(2).

Esta doble naturaleza del dinero implicaba en su origen, al menos en potencia, que un pueblo no se vería condenado a la pobreza por el hecho de no disponer de reservas de oro. Bastaba con que su gobierno, a través de su Banco Central emisor, manejara hábilmente la capacidad de imprimir el dinero que la comunidad necesitaba para efectuar sus intercambios. Si el respaldo en oro carece de sentido desde los años 30 y queda a la capacidad discrecional de los Estados el controlar la masa monetaria en circulación, es evidente que la actividad económica no puede darse si dicha masa monetaria no es suficientemente abundante. Del mismo modo, una masa monetaria abundante es capaz de solucionar los problemas de escasez y pobreza que secularmente afligían al género humano. Desgraciadamente, esta disyuntiva iba a resolverse por el camino equivocado. Sin embargo tuvo un efecto cierto: dividió el mundo entre dos colectivos irreconciliables, los que viven del dinero como objeto de comercio –para tener y mover dinero- y los que viven del dinero como medio de cambio por bienes y servicios en la economía real. Los que viven de las monedas –cuantas más mejor- y los que viven de la moneda en abstracto, es decir, los que necesitan que el dinero sea caro y escaso para que el que ellos tienen valga más.

El primer grupo, francamente minoritario, han comenzado desde entonces una lucha por la hegemonía planetaria.

La batalla de las ideas.

Con la caída del patrón oro la clave de la economía iba a ser la lucha por la política monetaria. Los Estados modernos podían adoptar dos estrategias diferentes: bien proporcionar suficiente financiación para garantizar el crecimiento económico general y que todos los miembros de la comunidad se incorporasen a la producción económica, o bien convertir el dinero en un factor escaso y caro. Tras la Segunda Guerra Mundial, la reconstrucción europea se pudo llevar a cabo merced a un programa de abundante oferta monetaria, bajos tipos de interés y fuertes inversiones del Estado, que proporcionaban financiación abundante en sectores estratégicos del crecimiento económico. A partir de 1973 y de la crisis del petróleo, por motivos estrictamente políticos e ideológicos, fue adueñándose de los centros económicos un discurso que hoy no admite fisuras. Este discurso, de apariencia económica pero poco discutido en sus planteamientos económicos reales, descansa en unas cuantas afirmaciones no cuestionadas. Así, la razón de ser de la política económica consiste en controlar la estabilidad de los precios, como declara hoy abiertamente, por ejemplo, el propio Banco Central Europeo. El mal fundamental que produce inestabilidad en los precios es la inflación. Por eso el Estado debe de abstenerse de inyectar dinero en el sistema, dado que, si bien no puede restringir la libertad económica de bancos, cajas y agentes financieros, el dinero del Estado es la principal causa de inflación. Así las cosas, la financiación debe venir exclusivamente del ahorro o de la inversión extranjera. No hay alternativas. Por lo tanto, es necesario que el Estado no gaste más de lo que recibe y, por si sufriera la tentación de cambiar de idea a este respecto, es necesario que el Banco Central, esto es, la propia soberanía monetaria, quede en manos «independientes». Bajo este nuevo escenario, cuando el Estado pide dinero a su Banco Central ya no se lo está pidiendo a sí mismo –de manera que el concepto de «deuda» carezca de sentido- sino que se lo pide a un órgano al margen del control político –y en realidad democrático- que pase lo que pase vela por el mantenimiento de la estabilidad de los precios y, en consecuencia, vela también por un déficit público igual a cero y por la ausencia de inflación. Para mantener este escenario es necesario que el dinero sea escaso y caro y en consecuencia, es necesario que la masa monetaria se restrinja a todo trance, bien mediante instrumentos como alzas de los tipos de interés, de los impuestos o bien sencillamente no emitiendo dinero.

Por último, la «flexibilización» del mercado de trabajo vendría a juzgarse imprescindible para lograr el pleno empleo, de manera que «estabilidad de los precios», «déficits presupuestarios nulos» y «flexibilidad laboral» constituyen la trilogía irrenunciable del fundamentalismo liberal hoy.

Pero en este planteamiento no hay una sola idea acertada. En primer lugar la inflación –medida a través del IPC- no es siempre negativa pese a que nuestros economistas consideran que debe ser combatida permanentemente. El IPC mide el poder adquisitivo de las monedas cuando lo que interesa es el de las personas, capacidades que no sólo se mueven paralelamente sino que lo hacen en sentido contrario: hace 30 años la mayor parte de la población tenía un único coche que valía mucho menos que hoy día, cuando la mayor parte de las familias tienen dos y hasta tres coches. Envileciéndose secularmente la capacidad de las monedas, crece secularmente la capacidad de compra de las personas. Además, la restricción monetaria por medio de la subida de tipos de interés –lo más habitual- o de cualquier otro dinero a fin de «combatir la inflación» y por ende para reestablecer los precios, puede producir exactamente lo contrario de lo previsto. En un escenario expansivo en el que la gente dispone de mucho dinero para adquirir lo que desea, la demanda puede crecer por encima de la oferta real y generar inflación. Únicamente en este escenario, y sólo en éste, una subida de tipos puede efectivamente restringir el gasto de las personas.

Sin embargo, si la situación no es expansiva porque la masa monetaria está restringida, la subida de tipos conseguirá que la gente se vea en apuros para conseguir productos de primera necesidad de manera que bajará la demanda general hasta que los vendedores, para asegurarse beneficios que a lo mejor no llegan y amortizar las inversiones rápidamente, suben los precios uno tras otro. Los que prestan dinero suben así mismo los intereses para reducir los riesgos inherentes a la falta de líquido en manos del público. Los que necesiten dinero para comprar lo realmente necesario seguirán pidiendo préstamos aunque les cuesten más pero repercutirán a su vez ese aumento de los costos en su propia producción o en su propia mano de obra. He aquí un escenario de inflación en el que el alza de tipos de interés y la escasez monetaria contribuyen, no a bajar, sino a disparar la inflación.

Inflación-expansión e inflación-recesión son cosas, como se ve, enteramente distintas y además con una salvedad esencial. La disminución de la masa monetaria en relación a la producción, dentro de un escenario de inflación recesión, acaba generando más inflación tal y como hemos visto pero también la concentración de capital en manos de prestamistas y la derivación del dinero hacia los circuitos especulativos, ya que solo en éstos es posible, en época de carestía del dinero, obtener beneficios.

Respecto a los «déficits» públicos, son combatidos con razones plenamente convergentes con el ideal de hacer el dinero escaso y caro, en beneficio de los que buscan esa escasez y esa carestía. La financiación creciente de la sociedad, en el pasado imposible, es hoy una realidad que ha quedado congelada con argumentos como los que aquí combatimos. Así, la razón de ser de los Institutos Emisores es la de crear dinero de la nada, que es el origen del dinero moderno. Este dinero aparecerá como «déficit» si se adopta la contabilidad privada para algo que es esencialmente sector público. En la contabilidad privada no se pueden crear activos sin contrapartida de manera que la condena de los supuestos «déficits» congela la oferta monetaria e impide la posibilidad de financiar crecientemente la sociedad. La ideología dominante, como ya hemos dicho, se ha cerciorado de que esto sea efectivamente así, concediendo a los bancos centrales la independencia respecto del poder político. Pero nuevamente todo esto es una decisión política, no económico-técnica.

Así mismo, la «flexibilidad» se basa en el mismo fin inconfesable de servir a los que viven del dinero como objeto y no como medio. El argumento liberal es que el empresario no creará puestos de trabajo si no hay flexibilidad y, en el caso de que las cosas vayan mal o el trabajador no responda, no pueda volver sobre sus propios pasos. Así, a más flexibilidad mayor creación de empleo. Sin embargo, en una economía interrelacionada, cada despido es un despido del cliente del de al lado. La congelación salarial que muchos empresarios reclaman produce el mismo efecto, al detraer potencial de compra al cliente del empresario de al lado. La flexibilidad produce una guerra encubierta por quitar clientes a los demás, de manera que sería más útil conseguir que el empresario no tuviese ningún deseo de despedir antes que intentar resolver sus problemas despidiendo a todos. ¿Cómo suprimir ese deseo? Mediante el principio de financiación creciente –financiación barata y abundante- que, como dice el mencionado economista Manuel Funes Robert, es en general condición necesaria y suficiente para la marcha de una economía basada en el consumo. A este respecto, cuando se aduce que en los Estados Unidos se da la mayor flexibilidad y la mayor creación de empleo, no se repara en que la flexibilidad es consecuencia de la creación de empleo y no al revés.

En conclusión, los tres soportes del fundamentalismo liberal convergen en el apoyo a una elite que ha privatizado a nivel mundial la función económica. Hacia esta situación ha evolucionado el escenario de la economía occidental tras la Segunda Guerra Mundial, siempre gracias al discurso económico ortodoxo. Un discurso económico ortodoxo que tiene por función principal asegurar la concentración de capitales en manos de prestamistas y especuladores, entendiendo por «especuladores» no sólo las actividades de trasvase de capitales a través de las fronteras, sino también las actividades de deslocalización de fuerza-trabajo que practican las grandes empresas multinacionales.

El triunfo del capital especulativo.
 

La economía moderna descansa en el supuesto de que los Estados no deben nunca emitir dinero, influyendo así sobre la masa monetaria en circulación o, lo que es lo mismo, en una gigantesca privatización de la emisión de dinero. De este modo, con una masa monetaria artificialmente contenida, puede incluso compatibilizarse un escenario de tipos de interés relativamente bajos, en los que la inflación y la recesión sean de por sí suficientes para bombear capital a manos de prestamistas y especuladores. Ahora bien ¿Qué debe entenderse por «capital especulativo»? ¿Qué relación guarda con el «capital prestamista»?

Por «capital especulativo» se ha entendido tradicionalmente aquel dinero que produce beneficio sin pasar por ningún elemento productivo. Un ejemplo claro de este fenómeno es la célebre expulsión de la libra esterlina del Sistema Monetario Europeo por el multimillonario George Soros. La idea era sencilla: en septiembre de 1992 Soros se percató de la tendencia bajista de la libra esterlina frente al marco y decidió aumentar dicha tendencia al vender libras esterlinas para comprar marcos. Los analistas recogieron una tendencia bajista acrecentada por la maniobra de Soros y el pánico se desató. Cuando la libra había bajado tanto que resultó expulsada del Sistema Monetario Europeo entonces en vigor, Soros vendió sus francos suizos, sus dólares y sus marcos para comprar millones de libras esterlinas. Con ello ganó una fortuna colosal. Soros repitió la acción en la segunda mitad de 2003 pero esta vez contra el dólar estadounidense y con la ayuda de su amigo Warren Buffet, de la sociedad de inversiones Berkshire Hathaway.

Sin embargo, no es ésta la única manera de especular. La naturaleza del capitalismo transnacional ha conseguido hacer del propio trabajo un elemento más del ciclo especulativo. No podía ser de otro modo: una vez considerado el trabajo como una simple mercancía, es lógico querer obtener el máximo de beneficio por su venta. A fecha de hoy, la economía mundial se ha vuelto más dependiente del precio de la mano de obra que del precio del petróleo. Esto lo demuestra el hecho de que el precio del barril de petróleo a 70 dólares no ha disparado la inflación en todo el mundo. Por consiguiente las grandes multinacionales buscan abaratar los costos de la hora de mano de obra así como otros costos relacionados como la seguridad social o las indemnizaciones por despido. La denominada «deslocalización» –en inglés «outsourcing»- implica una exportación de horas de trabajo que, al cruzar la frontera multiplican por cinco o por diez su valor. Esta especulación sobre el trabajo –y más concretamente contra el trabajo de los trabajadores del primer mundo- se instala en nuestras sociedades poco a poco, ejerciendo una verdadera extorsión sobre los asalariados y sobre la propia política social diseñada por el Estado.

Por ejemplo, a finales de noviembre de 2005, la célebre empresa Delphi Corporation, fabricante de componentes para la industria automovilística, planteó a sus trabajadores la reducción de sus salarios en dos terceras partes, consiguiendo así una de las concesiones salariales más radicales que se haya jamás solicitado a trabajadores sindicados. Casi de manera simultánea, los trabajadores de la General Motors aceptaron financiar «provisionalmente» de sus bolsillos miles de dólares relacionados con sus coberturas de salud y los empleados de Ford y Daimler Benz se enfrentaron a similares exigencias. Los recortes vienen acompañados de reducciones en derechos adquiridos. A este respecto, la Kaiser Family Foundation y el Health Research and Educational Trust informaron a finales de 2005 de que en los Estados Unidos solamente un 60% de las empresas ofrecen a sus empleados una cobertura de salud, un retroceso evidente comparado con el 66% del 2003 y el 69% del 2000. Los empleadores requieren mayor productividad de los trabajadores con el mismo salario.

Incluso cosas como el derecho de huelga están quedando cada vez más en entredicho: cuando en el verano de 2005 los mecánicos de la estadounidense Northwest Airlines Corporation hicieron huelga preventiva para bloquear la baja de sus salarios en un 25%, la compañía los reemplazó inmediatamente(3).

La erosión de las políticas sociales –o «flexibilización» en el argot del discurso dominante- equivale en realidad a la destrucción de la esfera competencial del Estado como expresión genuina de su soberanía y de su razón de ser. Esta lucha contra los Estados-nación como valladar esencial contra la agresión del capital global, ha sido puesta de manifiesto por autores que colaboran en publicaciones del máximo nivel. Michael Mandel y Richard S. Dunham escribieron un trascendente artículo en BussinessWeek titulado «¿Quién puede dirigir esta economía?» y lo subtitularon «las fuerzas de la globalización han tomado el control de la economía. Y el gobierno, independientemente del partido, tendrá menos influencia que nunca». Según estos autores, desde enero de 2004 hasta noviembre de 2006, la Reserva Federal de los Estados Unidos ha subido los tipos de interés 17 veces con la esperanza de «cohibir» las compras de inmuebles y disminuir así la burbuja inmobiliaria en aquel país. Pero según Mandel y Dunham, aunque el célebre Fed intentara recortar la disponibilidad de dinero, «el comercio exterior es quién marca la diferencia»(4). El resultado es que los bonos del gobierno a 10 años quedaron, tras las 17 subidas, al 4.6%, exactamente el mismo precio en que estaban en enero de 2004. Y es que «en el mundo feliz de la economía global», ni las enormes reducciones fiscales del presidente Bush, ni la bajada de los tipos de interés, ni siquiera la inversión en investigación y desarrollo –un mantra repetido ad nauseam por la nomenclatura liberal- pueden compensar la progresiva disminución de los salarios que supone la deslocalización de capitales a China e India. En palabras de Robert S. Shapiro, ex asesor económico del presidente Clinton y hoy consejero de una consultora económica de Washington «las políticas tradicionales macro ya no son tan efectivas como solían» y añade: Ya no sabemos cómo asegurar la creación de puestos de trabajo y el aumento de los salarios».

La situación es tan trágica que incluso aparecen liberales sensatos como Jeff Faux, del así mismo liberal Instituto de Política Económica, que nos dice que «la era en que dábamos por supuesto que el aumento en la inversión en I+D generaba automáticamente un crecimiento en la economía doméstica se ha acabado». Mandel y Dunham ponen un buen ejemplo: «A pesar del desembolso norteamericano de 125.000 millones de dólares para investigación médica durante los últimos 5 años, los EEUU mantienen un déficit comercial enorme y creciente en bienes médicos y biotecnológicos avanzados».

Ya ni siquiera el ahorro sirve para asegurar el crecimiento económico doméstico. Según James S. Poterba, un economista del MIT nombrado por el presidente Bush para su comisión de reformas fiscales de 2005, «si Joe en Pittsburg ahorra, no podemos decir que con ello beneficiamos a esta fábrica de Harrisburg. Los empleos que generemos pueden estar en otro lugar». Por ejemplo en el sudeste asiático.

Como se desprende de todo esto, el auge del capital especulativo en todo el globo ha rebasado desde hace tiempo su masa crítica en el sentido de que ya está en condiciones de disputar el poder sobre las decisiones económicas a los Estados-nación. Según afirma el profesor Eduardo García Cuenca, catedrático de economía aplicada de la Universidad de Granada, la globalización del capital financiero, que «ha despertado un flujo constante de capital financiero de carácter especulativo que se mueve de un país a otro en plazos muy cortos, aprovechándose de los cambios constantes del precio de la moneda». Este autor estima que en cuatro días de transferencias bancarias internacionales, resultado de las transacciones de divisas, se manipula más dinero que toda la producción creada por la economía de Estados Unidos en un año o por la economía mundial en un mes(5).

Notas:

1. La Razón, 25 de marzo de 2007, p. 6.

2. Funes Robert M. (1997) La lucha de clases en el siglo XXI. ESIC Editorial, Madrid, p. 65.

3. Streitfel D, «U.S. Labor is in retreat as global forces squeeze pay and benefits», Los Angeles Times, 18.10.2005.

4. Mandel M, Dunham RS, «Can anyone steer this economy?» BussinessWeek, 20.11.2006.

5. García Cuenca E. (2004) Organización Económica Internacional, Pearson D.L., Madrid.

http://nuevaeuropa.mforos.com/1888950/10010108-hacia-donde-nos-lleva-la-economia/


Publicado por cultural-thule @ 16:29
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