Domingo, 20 de septiembre de 2009
Desde muy temprana edad, el género humano se ha caracterizado por vivir en sociedad, y por ende, por desarrollar determinadas tareas rutinarias que hoy denominamos obligaciones. Estas ocupaciones habituales, en la actualidad, han perdido su verdadero carácter, de tal manera que el hombre ya no cultiva la tierra en favor de su familia o su comunidad, sino que realiza estas tareas para beneficio ajeno.
El hecho es que en la antigüedad, todo seguía un orden natural, de manera que cada ciudadano hacía aquello para lo que estaba dotado, tal como ocurre en la naturaleza con el resto de animales. 
Así pues, cabe aclarar que el problema no está en el trabajo, sino en la pérdida de su verdadero sentido. Han desaparecido las vocaciones; ya nadie se siente realizado en su trabajo, solamente importa el prestigio que se adquiere a través de él, prestigio que a su vez viene estrechamente ligado con el tamaño del salario y no con la elevación de la tarea realizada. La voluntad creadora, el ingenio, el esfuerzo y el sacrificio, son las características del verdadero trabajo, aquél que se realiza a favor de la comunidad a la que se pertenece, y no el que se destina a acrecentar el Egoísmo que corroe cada vez más la sociedad actual. 
En un Estado justo, es decir, en aquel donde cada individuo hace aquello para lo que está capacitado por su naturaleza -aquel donde se desarrolla el trabajo en su verdadero sentido-, podemos asegurar por ende, que el  pueblo que lo forma es ante todo un pueblo sano, honrado y justo. Así pues, las opciones que se abren para el tiempo libre del trabajador, están destinadas a la elevación espiritual del mismo, y éste lo acepta plácidamente. Pongamos como ejemplo la organización de los años treinta “Kraft durch freude” que describe este hecho con estas acertadas palabras: “El trabajo consume energías físicas y nervios. Una sensación de frio y de vacío se produce sin que sea posible conjurarla simplemente con echar a las personas sobre lechos de reposo con la mirada clavada en el techo (hoy diríamos televisión); espíritu y cuerpo necesitan nuevos alimentos. Ya que el tiempo de trabajo exige de los trabajadores el máximo esfuerzo, hay que ofrecer al obrero durante el tiempo libre lo mejor de lo mejor como alimento del alma, del cuerpo y del espíritu. Con objeto de proporcionarle un descanso absoluto y devolverle el gusto por la vida y el trabajo”.
Pero en el momento en que desaparece la justicia del Estado -tal como ocurre en la actualidad, donde cada individuo no hace aquello que le corresponde por naturaleza, de forma que la situación se torna cada vez más tensa-, aquellos que se encuentran con la soga anudada en nuestros cuellos bien agarrada entre sus manos, se ven obligados a ofrecernos todo tipo de distracciones banales que imposibiliten un despertar o una pequeña intuición de algo realmente elevado en los ofuscados espíritus de la población.
Así ocurría en Roma con el famoso panem et circenses, y así lo hacen en nuestra época, aunque de forma menos sutil y más deliberada.
Muchos creen, una vez alcanzado este precepto, que la culpa de nuestra situación la tiene el sistema, y por lo tanto, se dedican simplemente a combatir a éste. Mas la solución no está ahí, sino que consiste en, como dijo Ghandi: “Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo."
De tal manera que la situación sería que en vez de emplear -quizás aquí, la acepción correcta debería ser perder- nuestro tiempo libre en cualquiera  de las opciones que el abanico del poder nos muestra, deberíamos emplearlo -y aquí es más certero decir aprovechar- en elevar a la condición de precepto aquella bella cita de Juvenal: “Mens sana in corpore sano”, es decir, la necesidad de mantener un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado, no en el sentido literal que hoy día se le da de manera equivocada. Cabe destacar, de toda manera, que de la misma forma que no existe igualdad en la naturaleza, no podemos esperar que toda la población que ha sido educada en nuestro tiempo, abra los ojos, rechace los atractivos placeres y gustosas actividades que el sistema les ha propuesto y escojan un modus vivendi altruista y elevado. Precisamente, el hecho de que ello no ocurra, representa un claro ejemplo de las desigualdades naturales, y refuerza nuestra posición en tal aspecto. 
Así pues, como no todos los hombres nacen con las mismas facultades, debe estar en manos del Estado proporcionar diferentes alternativas para las horas de ocio del pueblo, es el Estado el encargado de filtrar –como decía el texto de la organización alemana anteriormente citada- el alimento del cuerpo, el alma y el espíritu. Puesto que como decía Zaratustra: “Se le dan órdenes a quien no sabe obedecerse a sí mismo.” 
Cuando nos situamos cronológicamente en nuestra época, nos damos cuenta que existen determinadas personas que se dedican -según dicen- a “combatir” de alguna manera contra la decadencia del sistema en el que vivimos. Más bien diríamos que se dedican a criticar el estado actual de las cosas, es decir, se sitúan frente al sistema -aunque este hecho también podríamos discutirlo- y critican todo lo que éste conlleva; pero se olvidan de lo más importante, que es la encarnizada lucha interior que se debe realizar para librarse de esa decadencia que encarna el sistema que dicen combatir. 
Y es que desde aquí nos preguntamos: ¿Es posible combatir al sistema formando parte del mismo? ¿Cómo se puede luchar contra lo podrido estando uno mismo podrido? Se trata de luchar contra uno mismo, de combatir cada uno sus limitaciones, su desidia, su ociosidad, su apatía, su pereza, su egoísmo, etc.
Así, pues, entendemos que existe una distinción clara entre quienes destruyen (los llamados Anti-Sistema) y quienes crean. Nos situamos entre los segundos y afirmamos que, nacionalsocialismo no es destrucción de lo podrido, sino belleza en sí. Está claro que lo segundo comporta lo primero, pero lo primero no necesariamente debe comportar lo segundo; se puede acabar con el sistema decadente actual y crear otro peor, o simplemente no crear ninguno y vivir en la más primitiva anarquía. 
Decía Séneca, el filósofo Romano, que: “Estar en ocio muy prolongado, no es reposo, sino pereza.” No podría haberlo expresado mejor, y de alguna manera nos expone una sentencia que no podemos apartar de nuestro pensamiento en ninguna situación. 
A unos, la sentencia citada les producirá un estado irremediable de cólera, pues las palabras del filósofo recaen con todo su peso sobre sus hombros.        A otros, en cambio, les situará en un estado de alerta continua que tendrá como objeto no convertir la sentencia en la esencia de su propio ser. Éstos últimos -la élite natural- son quienes lograrán la armonía que Juvenal transmitía con sus hermosas palabras. Los primeros, en cambio, son quienes deben obedecer a otros por no saberse obedecer a sí mismos como decía el maestro Zaratustra. 
¿Y usted, simpático lector, ha aprendido a obedecerse a sí mismo?
Enric Sánchez
Desde muy temprana edad, el género humano se ha caracterizado por vivir en sociedad, y por ende, por desarrollar determinadas tareas rutinarias que hoy denominamos obligaciones. Estas ocupaciones habituales, en la actualidad, han perdido su verdadero carácter, de tal manera que el hombre ya no cultiva la tierra en favor de su familia o su comunidad, sino que realiza estas tareas para beneficio ajeno.
El hecho es que en la antigüedad, todo seguía un orden natural, de manera que cada ciudadano hacía aquello para lo que estaba dotado, tal como ocurre en la naturaleza con el resto de animales. 
Así pues, cabe aclarar que el problema no está en el trabajo, sino en la pérdida de su verdadero sentido. Han desaparecido las vocaciones; ya nadie se siente realizado en su trabajo, solamente importa el prestigio que se adquiere a través de él, prestigio que a su vez viene estrechamente ligado con el tamaño del salario y no con la elevación de la tarea realizada. La voluntad creadora, el ingenio, el esfuerzo y el sacrificio, son las características del verdadero trabajo, aquél que se realiza a favor de la comunidad a la que se pertenece, y no el que se destina a acrecentar el Egoísmo que corroe cada vez más la sociedad actual. 
En un Estado justo, es decir, en aquel donde cada individuo hace aquello para lo que está capacitado por su naturaleza -aquel donde se desarrolla el trabajo en su verdadero sentido-, podemos asegurar por ende, que el  pueblo que lo forma es ante todo un pueblo sano, honrado y justo. Así pues, las opciones que se abren para el tiempo libre del trabajador, están destinadas a la elevación espiritual del mismo, y éste lo acepta plácidamente. Pongamos como ejemplo la organización de los años treinta “Kraft durch freude” que describe este hecho con estas acertadas palabras: “El trabajo consume energías físicas y nervios. Una sensación de frio y de vacío se produce sin que sea posible conjurarla simplemente con echar a las personas sobre lechos de reposo con la mirada clavada en el techo (hoy diríamos televisión); espíritu y cuerpo necesitan nuevos alimentos. Ya que el tiempo de trabajo exige de los trabajadores el máximo esfuerzo, hay que ofrecer al obrero durante el tiempo libre lo mejor de lo mejor como alimento del alma, del cuerpo y del espíritu. Con objeto de proporcionarle un descanso absoluto y devolverle el gusto por la vida y el trabajo”.
Pero en el momento en que desaparece la justicia del Estado -tal como ocurre en la actualidad, donde cada individuo no hace aquello que le corresponde por naturaleza, de forma que la situación se torna cada vez más tensa-, aquellos que se encuentran con la soga anudada en nuestros cuellos bien agarrada entre sus manos, se ven obligados a ofrecernos todo tipo de distracciones banales que imposibiliten un despertar o una pequeña intuición de algo realmente elevado en los ofuscados espíritus de la población.
Así ocurría en Roma con el famoso panem et circenses, y así lo hacen en nuestra época, aunque de forma menos sutil y más deliberada.
Muchos creen, una vez alcanzado este precepto, que la culpa de nuestra situación la tiene el sistema, y por lo tanto, se dedican simplemente a combatir a éste. Mas la solución no está ahí, sino que consiste en, como dijo Ghandi: “Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo."
De tal manera que la situación sería que en vez de emplear -quizás aquí, la acepción correcta debería ser perder- nuestro tiempo libre en cualquiera  de las opciones que el abanico del poder nos muestra, deberíamos emplearlo -y aquí es más certero decir aprovechar- en elevar a la condición de precepto aquella bella cita de Juvenal: “Mens sana in corpore sano”, es decir, la necesidad de mantener un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado, no en el sentido literal que hoy día se le da de manera equivocada. Cabe destacar, de toda manera, que de la misma forma que no existe igualdad en la naturaleza, no podemos esperar que toda la población que ha sido educada en nuestro tiempo, abra los ojos, rechace los atractivos placeres y gustosas actividades que el sistema les ha propuesto y escojan un modus vivendi altruista y elevado. Precisamente, el hecho de que ello no ocurra, representa un claro ejemplo de las desigualdades naturales, y refuerza nuestra posición en tal aspecto. 
Así pues, como no todos los hombres nacen con las mismas facultades, debe estar en manos del Estado proporcionar diferentes alternativas para las horas de ocio del pueblo, es el Estado el encargado de filtrar –como decía el texto de la organización alemana anteriormente citada- el alimento del cuerpo, el alma y el espíritu. Puesto que como decía Zaratustra: “Se le dan órdenes a quien no sabe obedecerse a sí mismo.” 
Cuando nos situamos cronológicamente en nuestra época, nos damos cuenta que existen determinadas personas que se dedican -según dicen- a “combatir” de alguna manera contra la decadencia del sistema en el que vivimos. Más bien diríamos que se dedican a criticar el estado actual de las cosas, es decir, se sitúan frente al sistema -aunque este hecho también podríamos discutirlo- y critican todo lo que éste conlleva; pero se olvidan de lo más importante, que es la encarnizada lucha interior que se debe realizar para librarse de esa decadencia que encarna el sistema que dicen combatir. 
Y es que desde aquí nos preguntamos: ¿Es posible combatir al sistema formando parte del mismo? ¿Cómo se puede luchar contra lo podrido estando uno mismo podrido? Se trata de luchar contra uno mismo, de combatir cada uno sus limitaciones, su desidia, su ociosidad, su apatía, su pereza, su egoísmo, etc.
Así, pues, entendemos que existe una distinción clara entre quienes destruyen (los llamados Anti-Sistema) y quienes crean. Nos situamos entre los segundos y afirmamos que, nacionalsocialismo no es destrucción de lo podrido, sino belleza en sí. Está claro que lo segundo comporta lo primero, pero lo primero no necesariamente debe comportar lo segundo; se puede acabar con el sistema decadente actual y crear otro peor, o simplemente no crear ninguno y vivir en la más primitiva anarquía. 
Decía Séneca, el filósofo Romano, que: “Estar en ocio muy prolongado, no es reposo, sino pereza.” No podría haberlo expresado mejor, y de alguna manera nos expone una sentencia que no podemos apartar de nuestro pensamiento en ninguna situación. 
A unos, la sentencia citada les producirá un estado irremediable de cólera, pues las palabras del filósofo recaen con todo su peso sobre sus hombros.        A otros, en cambio, les situará en un estado de alerta continua que tendrá como objeto no convertir la sentencia en la esencia de su propio ser. Éstos últimos -la élite natural- son quienes lograrán la armonía que Juvenal transmitía con sus hermosas palabras. Los primeros, en cambio, son quienes deben obedecer a otros por no saberse obedecer a sí mismos como decía el maestro Zaratustra. 
¿Y usted, simpático lector, ha aprendido a obedecerse a sí mismo?
Enric Sánchez

Tags: firmas, espíritus libres

Publicado por cultural-thule @ 17:03
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