La religión de los hombres libres
(Extraído de ''religiosidad indoeuropea'')
Hans F.K. Günther
Tomemos
en primer lugar algunos ejemplos al contrario para enseñar cómo no se
expresa nunca la religiosidad indoeuropea, con objeto de poder
reconocer ulteriormente cómo se expresa específicamente ella, de la
manera más pura y más indeterminada. Intentaré, dentro de lo posible,
hacer abstraccion del contenido de la religión de cada pueblo
indoeuropeo tomado en particular y describir sólo los sentimientos
característicos comunes que presiden al encuentro cara-a-cara del homo
indo-europeanus con la divinidad, cualquiera que sea la forma en la que
imagina esta divinidad. Si fuera necesario describir eso por las
palabras, diría que no es tanto la religión o las religiones de los
indoeuropeos lo que me interesa, sino su religiosidad; ésta es la que
me esforzaré en delimitar.
Antes que nada, es conveniente saber que
la religiosidad de los indoeuropeos no deriva de ninguna especie de
miedo, que sea el miedo de la divinidad o el miedo de la muerte. Las
palabras de un poeta romano del Bajo-imperio, señalando que
antiguamente el miedo fue la matriz de los dioses Statius, Thebais III,
661 : primus in orbe fecit deos timor), no revelan de modo alguno la
sensibilidad religiosa indoeuropea. El "miedo del Señor", (cf.
Proverbios, Salomón, IX, 10; Salmo, 111, 30), no han constituido nunca
el comienzo de la sabiduría o de la fe, en los países donde se ha
desplegado libremente la religiosidad indoeuropea.
Tal miedo,
generatriz de religiosidad, no podía sobrevenir en los indoeuropeos
pues éstos no se percibían como las "criaturas" de una divinidad y no
concebían el mundo como una "creación", como la obra de un dios
creador, empezada en un comienzo hipotético de los tiempos. Para el
indoeuropeo, el mundo es más un "orden intemporal" en que tanto los
dioses como los hombres tienen su lugar, su tiempo y su función. La
idea de creación es oriental, principalmente babilonia, tal como la
idea de un "fin del mundo", llegada de Irán, claro que no del espíritu
indo-iraní, con un "juicio" que inaugura un Reino de Dios, al curso del
cual todo será transformado de arriba abajo. Los indoeuropeos creían,
adivinando así por adelantado los conocimientos y los presupuestos de
la física y de la astronomía modernas, en una sucesión sin comienzo ni
fin de nacimientos y de decadencias de mundos, de crepúsculos de dioses
seguidos de renovaciones de mundos y de panteones; el Edda y el Völuspa
describen este sentimiento de manera particularmente punzante. Los
indoeuropeos creían pues en los sucesivos cataclismos, (tal como los
denominaban los Helenos), que serían seguidos por nuevos dioses y
nuevos mundos. En Irán, bajo la influencia de las creencias
cercano-orientales, nació, desde la idea de sucesión de nacimientos y
de decadencias de mundos, la representación de un único fin del mundo a
venir; de un fin del mundo que sería precedido por la llegada de un
"Salvador" (Saoshyant) y acompañada de un "juicio." Venida de Irán,
esta visión religiosa se habría implantado en el mundo judaico en
decadencia. En las esferas de las civilizaciones donde el hombre no
percibe al mundo como una creación, (es el caso en los indoeuropeos), y
no concibe a Dios como un creador, el sentimiento de ser una criatura,
atada y determinada por la voluntad de un creador, no podría marcar de
ningún modo la religiosidad e impregnar esencialmente la piedad.
Por
esto, no podía manifestarse aquí ninguna religiosidad que habría
percibido al hombre como un esclavo sumiso a un Dios absoluto. La
sumisión servil del hombre a Dios es una característica de los pueblos
de lenguas semíticas. Los nombres de Baal, Adon, Melech (Moloch),
Rabbat y otros designan los avatares de un Dios absoluto delante del
que debian prosternarse, la frente pegada al suelo, los
hombre-esclavos: sus criaturas. Para el indoeuropeo por contra, honrar
a Dios, rezar a una divinidad, es alentar y cultivar todos los impulsos
nobles del hombre: el romano utilizará el verbo cólera, y el griego el
verbo therapeuein. En las lenguas semíticas, el término "rezar" deriva
de la raíz abad que significa "ser esclavo." Hanna (1. Samuel, 1, 11),
ora a Yahvé, a la sazón dios de la tribu de los Hebreos, para ofrecerle
a un hijo, de ella, como su esclavo; David se define a si mismo (2.
Samuel), 7, 18, como un siervo de su Dios, igual que Salomón (2. Reyes,
3, 6). Es el miedo, el terror, lo que constituye la esencia de Yahvé,
(cf. 2. Moisés, 23, 27; Isaías, 8, 13). Los indoeuropeos no han
percibido nunca sus dioses de este modo. Los Himnos a Zeus del estoico
Cléanthe de Assos (331-233), del que Pablo de Tarso se ha inspirado
para adaptarse a la mentalidad helénica, contradicen radicalmente la
religiosidad expresada especialmente en el Salmo 90.
En el
cristianismo igualmente, la actitud del creyente delante de Dios es
designada muy a menudo por el adjetivo humilis, mostrando con ello que
la humildad, el sentimiento de servilismo constituye el núcleo último
de esta religiosidad. Tal actitud no es en nada indoeuropea; deriva de
una religiosidad oriental. Puesto que no es un "siervo" o "esclavo" de
un Dios celoso y absoluto, el indoeuropeo generalmente no reza de
rodillas o doblado en dirección de la tierra, sino de pie con la mirada
tornada hacia lo alto, los brazos tensos hacia el cielo.
Como un
hombre total, con el honor intacto, el indoeuropeo honrado (honestus):
hombre de rectitud en latín, se sostiene de pie delante de su Dios o
sus dioses. Todas las religiosidades que querrían quitar alguna cosa al
hombre, para disminuirlo respecto a una divinidad vuelta todopoderosa y
opresiva, son no-indo-europeas. Toda religiosidad que considera una u
otra parte del mundo o del hombre como desprovista de valor, como
inferior o "terrenal", toda religiosidad que trata de "rescatar" al
hombre y a prepararlo para los valores "supra-terrenales" o
"supra-humanos" no es auténticamente indoeuropea. Cada vez que "este
mundo" se ve desacralizado al provecho de "Otro Mundo", que
supuestamente contiene lo "Verdaderamente eterno", dejamos el dominio
de la religiosidad indoeuropea. La religiosidad indoeuropea es en
consecuencia una religiosidad "en este mundo" de la inmanencia. Todas
las formas en que se expresa la atestiguan.
Éste es el por qué
nos es muy difícil comprender correctamente el tamaño de la
religiosidad indoeuropea, pues estamos acostumbrados a medir toda
religiosidad respecto a los valores y formas de expresion de
religiosidades esencialmente no-indo-europeas. La mayoría de los
criterios por los cuales juzgamos las religiosidades proceden de
universos mentales extranjeros al indo-europeo, generalmente
orientales; es sobre todo el cristianismo primitivo y medieval quien
preside nuestras aproximaciones a las otras religiosidades. Nuestra
evaluación de la religiosidad indoeuropea sufre ipso facto de ello; es
en efecto como si intentásemos explicar la estructura lingüística de
las lenguas indoeuropeas por medio los mismos elementos que se han
revelado aplicables para explicar las estructuras lingüísticas de las
lenguas semíticas. Así estamos acostumbrados a no ver verdadera
religiosidad mas que en una religiosidad del 'más allá' y a considerar
toda religiosidad del más-acá, (de la inmanencia), como algo incompleto
o subdesarrollado o de ver alli sólo una etapa en dirección de alguna
cosa más acabada.
Las representaciones de esencia
judeocristiana, impuestas a nuestros pueblos, nos impiden
consecuentemente poder reconocer el tamaño y la nobleza de la
religiosidad indoeuropea. Este handicap es tan pronunciado que incluso
en los trabajos científicos que tienen por objeto comparar las
religiones, las concepciones religiosas indoeuropeas son consideradas
como inferiores en importancia porque el autor, generalmente, utiliza
criterios de comparación calcados de los valores orientales. Esta
observación vale particularmente para un texto de Rudolf Otto, Das
Heilige. El tamaño y la plenitud del mundo espiritual indoeuropeo
quedan pues ampliamente desconocidas. Quienquiera trate de medir
cualquier religiosidad respecto al grado de disminución que se inflige
al hombre delante de la divinidad; quienquiera que desee valorar una
religiosidad cualquiera en la manera que juzga cuán problemático "este
mundo" debe aparecer para el hombre, [un mundo] desprovisto de valor o
"manchado" frente al "otro mundo"; quienquiera tienda a juzgar una
religiosidad cualquiera por el modo en que ella pone esencialmente al
hombre como "dividido" entre un cuerpo perecedero y un alma
indestructible, entre la carne (sarx), y el espíritu (pneuma),
encontrará en efecto que la religiosidad de los indoeuropeos es pobre y
elemental.
Los dioses por un lado, y los hombres por otra parte,
no son, en los indoeuropeos, seres incomparables, alejados unos de los
otros. Y ciertamente no en los Helenos. Los dioses aparecen alli como
hombres inmortales, de "grandes almas", (cf. Aristóteles, Metafísica,
III, 2, 997b), y los hombres, si son descendientes nacidos de tribus
nobles e ilustres, poseen en ellos algo de divino y pueden pretender
representar, con su familia y tribu, una parte de la divinidad:
"Agamenón, parecido a los dioses". En la naturaleza misma del hombre -
la divinidad asi lo quiere - residen las potencialidades que le
permiten a veces aparecer como diogenes, es decir nacido de los dioses.
Éste es el por qué todos los pueblos indoeuropeos han intentado,
literalmente, de encarnar los valores aristocráticos y populares en sus
familias; es lo que los griegos llamaban el kalokagathia.
La
religiosidad indoeuropea no es para nada servidumbre; no implica para
nada los llantos del esclavo abatido a los pies delante de su amo
inaccesible y despiadado, sino mas bien el logro en la confianza de una
comunidad real que engloba a los dioses y los hombres. Platón habla en
su Banquete (188c) de una "comunidad (philia) recíproca entre los
hombres y los dioses". El germano, sabía que una amistad lo ligaba a su
dios, su fulltrui, (aquel en que él tenía plena confianza). En los
griegos de la odisea (24, 514), se encuentra también la confiada
certidumbre en la expresion theoi philoi (dios-amigo). En el
Baghavad-Gita de los indios (IV, 3, el dios Krishna llama al hombre
Arjuna su amigo. La más alta divinidad es homenajeada, como Zeus, en
tanto que "padre de los dioses y de los hombres", como padre según la
imagen del dueño de casa en las grandes granjas; tal es Zeus Herkeios.
Nada semejante, pues, a un Dios único, celoso y absoluto. El mismo
nombre del dios expresa este estado: en los indios es Dyaus-pitar
["Padre de los Cielos"], y en los romanos es Júpiter.
Este
texto constituye el Capítulo II del libro de Hans F.K. Günther,
Frömmigkeit nordischer Artung, 1934 (traducción francesa),:
Religiosidad indoeuropea, Pardès 1987. El título de este texto es
editorial.
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