lunes, 23 de junio de 2008

GITANOS EN EUROPA

¿Cómo es posible que lo gitano forme parte esencial de Europa -viven
entre 8 y 10 millones, es la principal minoría étnica continental, y
su música y cultura han impregnado a países enteros- y todavía
inspire repulsa y temor?

Se buscaron respuestas en Calcuta (India) en la mitad de la década
pasada. Una reunión en la ciudad inabarcable sirvió para cotejar
conclusiones de la llamada Conferencia Internacional sobre Minorías
de Origen Indio. En ella, entre otros, estuvieron presentes el
investigador autóctono S. S. Shashi y el gitano europeo Vania de Gila
Kochanovski, bien conocido entonces por sus adelantos en lingüística
y conocimientos étnicos. Los medios de comunicación del país hablaban
de un congreso sobre "hermanos del pueblo perdido", pero Shashi
recordaba que la India era para los gitanos "la tierra madre", no "la
tierra prometida". O sea, que el subcontinente hiperpoblado no
tendría que soportar la llegada de unos 12 millones más de individuos
venidos desde todas las partes del globo. Kochanowski certificaría
como definitivo el origen indio del pueblo rom -su nombre, en su
idioma propio-, que tantas veces se había confundido con egipcio. Los
roma habrían pertenecido a la segunda casta india -la de los
guerreros- y provenían del noroeste. Emigraron entre los siglos IX y
XIII para huir de respectivas derrotas frente al islam y los
mongoles. Se diseminaron, a través de diversas rutas, sobre lo que
hoy es Europa. Shashi, no obstante, consideró en su
intervención "algo reduccionistas" estas tesis, y defendió "una
migración desde toda la India no sólo de miembros de casta noble,
sino de tribus como los banjara, que han practicado oficios como los
de herreros o comerciantes de animales". De hecho, los roma iban a
extender trabajos de esta índole en su progresivo asiento global.

Su presencia documentada en Europa comienza en los siglos XIV y XV,
siendo en este último cuando llegan a España. "Al principio",
compartió Kochanowski en Calcuta, "despertaban sorpresa con sus ropas
orientales y sus artes adivinatorias" . Sin embargo, a medida que
crecían las monarquías absolutas se buscó una población
homogeneizada. "Los gitanos no encajaron y no se dejaban encajar",
explicaba Vania. "Empezaron las persecuciones, sobre todo con la
hegemonía de la Iglesia católica: los gitanos representaban la
exaltación de lo profano".

Lo gracioso se convirtió en bufonesco. Su exotismo, en algo macabro.
Y sus intentos de sobrevivir, en algo criminal. Su lengua, neoindia,
derivada del sánscrito, fue perseguida en España. En opinión del
lingüista francés de referencia Marcel Courthiade, "el idioma se
entendió como propio de diablos, de engaño para el cristiano". Así,
en España quedó reducido hasta hoy a una serie de palabras casi
marginales. Pragmáticas y redadas intentaron reducirlos y apartarlos,
y, hasta la democracia, sufrieron la ley de vagos y maleantes. Pero
todo palideció frente a Europa, donde llegó el porraimos -la
devoración, en lengua romaní-, que es como los rom refieren su
holocausto nazi. El hecho de que no se sepa realmente cuántos gitanos
fueron asesinados -se estima que 500.000, aunque otras fuentes hablan
de 250.000 y hasta de 600.000- demuestra cuán enormemente perdido de
sí mismo puede llegar a mantenerse aún el pueblo rom.

LOS JUDÍOS RESULTARON mucho más asimilados que los gitanos en todas
las sociedades europeas tras el Holocausto, y participaron de la
educación, en casa y fuera de ella. Los gitanos rechazaron la primera
y, en consecuencia, se quedaron sin la segunda. Erigieron lo que la
escritora Isabel Fonseca, que conoció bien a los gitanos del Este,
denomina con acierto "un seto". Una especie de muro de protección
endogámica con el que, al mantenerles supuestamente puros, podían
permanecer vivos, aunque apartados; aferrados a una nostalgia de un
alma colectiva gitana que pocos sabrían definir hoy, y que tantas
veces se ha entrelazado con tradiciones antiguas de cada país (caso
de la virginidad femenina).

En Rusia, Finlandia, Polonia, Hungría, Eslovaquia, Bulgaria, Grecia,
Inglaterra, Alemania o Francia, los roma se han dedicado a vivir con
desigual fortuna, pero quizá en ningún territorio se les ha marcado
como en Rumania. Allí, pese a que el Gobierno dice otra cosa, se
calcula que el 10% de la población es gitana (más de dos millones de
personas). Los libros y películas en donde aparecen como esclavos del
Drácula transilvano no engañan: lo fueron hasta la segunda parte del
siglo XIX, convirtiendo su seto en impenetrable. En la época
comunista se forzó la asimilación. "Al menos dio trabajo en fábricas,
dio la costumbre de un horario, situó a los rom en el sistema". El
gitano rumano Dani evoca así la historia de su familia.

De este modo llegó la sedentarizació n, como sucedería en toda Europa,
pese a que aún hoy se les considere nómadas. Isabel Fonseca insiste,
en su libro Enterradme de pie, en que durante el comunismo podían
llegar a timar y a robar "los gitanos y los no gitanos". "Pero la
policía sólo aceptaba sobornos de los primeros". La razón: en caso de
inspección, ¿quién iba a creer a un gitano?

Muchos roma se prepararon mejor que los no gitanos para la propiedad
privada, supieron comerciar y se situaron para regentar
establecimientos. Pero 1989 trajo la revolución y su fracaso. Recoge
Fonseca que el poder de la mayoría decidió que no se quería a los
roma. Y lo expresó a las bravas. Se les consideró tutelados por los
comunistas. "Los gitanos no son personas", le dijo una señora rumana
a Fonseca durante la década de los noventa, en medio de los restos de
un poblado humeante de gitanos recién incendiado. La escritora recoge
que, según el Ministerio del Interior, no más del 11% de los delitos
en Rumania -casi siempre menores- estaba relacionado con los roma.
Pero el problema fue otro: "Los gitanos no son personas".

"No es racismo, es un hecho. Dan mala imagen de Rumania, y su idioma
puede llegar a ser confundido con el rumano", afirma una periodista
del Este. Paradójicamente, la música gitana, como sucede en España,
se identifica para bien con ese país, y hasta el mal estado actual de
la población que la genera -el 41% de ella es jornalera, el 33% no
posee oficio, casi el 40% es analfabeta- puede servir para conseguir
fondos europeos. Con su ingreso en la Unión Europea desde 2007, y con
un supuesto cumplimiento de los derechos humanos, existen programas
de trabajo para que regresen al país. "Cada franja de población tiene
su programa", explica Arkos Derszi, secretario de Estado del
Ministerio de Trabajo del Gobierno rumano. "En el caso rom se
contempla su vuelta a sus oficios tradicionales" . Pero los gitanos no
saben ya a qué faenas se refiere el secretario de Estado.

UN INFORME EUROPEO de la Fundación Ceimigra indica que algunos
grandes traslados de roma hacia Europa Occidental han tenido lugar
entre los años 2001 y 2006. Sobre todo, hacia la ribera mediterránea,
donde saben que existen bolsas endémicas de economía sumergida.

Inundaciones en regiones rumanas como Constanza empujaron a más gente
hacia España. Y quizá el desastre italiano vuelva a tentar hacia el
desvío ibérico. Su presencia en España se estima en unas 50.000
personas, a las que se les ha relacionado con las más variadas
iniquidades. Los primeros flujos, más dedicados a la mendicidad, o
incluso al delito, se han reducido mucho. Los gitanos rumanos mejor
establecidos llaman ploskané a los grupos más ligados a la miseria.
En los más fundamentalistas se acostumbra a concebir la compra de la
novia a la familia o el arreglo de matrimonios entre menores.

Por suerte abundan más ejemplos como el de Florenza, una madre de 27
años que creía que en España había dinero y todos vivían bien. Lo
veía por televisión, se lo habían dicho. "Creía que iba a encontrar
sanidad, escuela para mi hijo, trabajo, una nómina y una casa para
alquilar". Unas pretensiones que suenan hoy increíblemente raras o
inocentes.

Sin embargo, desde el Este, los gitanos de aquí constituyen para
muchos una referencia. En Albania, hasta se habla de España
como "paraíso de gitanos". Con una población cifrada en 650.000
individuos; con una clase media mayoritaria que se gana la vida con
la venta, artistas musicales de renombre, líderes públicos
reconocidos, escolarizació n, activistas que hasta defienden la
homosexualidad y con una asunción institucional de los gitanos como
españoles de pleno derecho, nuestro país se muestra como un avance
máximo. Pero hay un trasfondo sombrío en esa luz. Una encuesta de
2006 del Centro de Investigaciones Sociológicas admitía que el 40% de
ciudadanos no querría tener a un gitano como vecino. Tampoco faltan
voces que intentan desvincular el flamenco de la esencia musical
gitana. Los barrios-gueto poblados de miembros de esta etnia
permanecen presentes en nuestra geografía, y el asociacionismo
subvencionado ha devenido no pocas veces en cosa de familias que
heredan cargos. La mafia que ofrece protección en las obras, los
traficantes y los tópicos se imponen como una muralla construida con
ladrillos de falsas leyes atávicas y pintorescos patriarcas.

Esa percepción refuerza el seto endogámico de defensa creado
ancestralmente por la propia comunidad. Sólo el 1% de gitanos
españoles accede a la universidad, y el abandono durante la ESO es
brutal. El victimismo, el paternalismo y la falta de rigor suelen ser
discursos usuales empleados en torno al pueblo gitano que a veces
hasta emanan del mismo. Como el propio racismo, han generado
angustias y alienación en el colectivo. Aunque también sucede lo
contrario: que lo malo, a veces, sirve como reto para dar ímpetu a un
colectivo que en España ha avanzado a saltos en los últimos veinte
años. Es fácil comprobar aún cómo, en la televisión, la imagen
dolida, serena y pausada del padre de la niña asesinada Mari Luz no
se asume como un reflejo gitano, y que en cambio se sigue vendiendo
como tal cualquier oscura pelea, común a cualquier subcultura
callejera. Pero esa constatación, y la de que muchos gitanos se
quejen, es una nueva parte esperanzadora en un viejo camino de mil
años que, con la nueva llegada mediterránea de los roma más doloridos
de Europa, está lejos de concluir.


Tags: globalismo, etnias, racismo

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