sábado, 24 de mayo de 2008

ABORTO y Consumismo, Escribe el Dr. Carlos E. Borro

                                          El final del camino
Pareciera que en los últimos tiempos prevalece la idea de que no es tan importante
mejorar lo existente como reemplazarlo por algo más moderno. Esto nos lleva a pensar
en dos conceptos diferentes de lo que es el progreso. Mejorar lo existente implica un
reconocimiento de lo trabajado anteriormente sobre el tema por otros seres humanos,
que quizás invirtieron gran parte de su vida en crear algo que no obstante es pasible —
afortunadamente— de ser superado. Casi toda la creación humana es construida ladrillo
a ladrillo con el esfuerzo de generaciones enteras, y esto implica un triunfo. La idea de
reemplazar lo obsoleto por un algo más moderno trae el peligro de negar los pasos
anteriores, arriesgando pasar por encima de conocimientos que no se adquieren, y llegar
al éxito por un atajo fortuito. El éxito es tan espectacular y explosivo como los fuegos
artificiales; el triunfo un proceso laborioso y lento como las velas que alumbran noche a
noche nuestras logias.
No es necesario decir que llevado esto a la producción de elementos más sofisticados
como lavarropas, autos o computadoras, por dar sólo ejemplos simples, su reemplazo
por unidades de última generación no contradice —pero tampoco sintetiza— la noción
de progreso.
Pero el panorama cambia totalmente cuando hablamos de seres humanos. La idea de que
éstos pueden —nosotros podemos— ser cambiados por unidades de última generación,
para peor con implantes de ignorancia e ingenuidad y espíritu crítico en mentes no
evolucionadas, formando seres que sean más aptos para efectivizar nuevos programas de
producción en cadena de todo aquello que sea vendible y haga diferencia. Esto parece
definir una política que marcha viento en popa. Después de todo se implantan cabellos,
senos, nalgas, perfiles, prestigios de siliconas u otros materiales... que andan.
Para eso no parece importante desmantelar el sistema educativo y descuidar al extremo
de genocidio aquellas vidas plenas de "conocimientos obsoletos" que algunos, tildados
de melancólicos fracasados, llaman experiencia. Por ello se aconseja a los ancianos
abstenerse, se les dice que ya cumplieron su ciclo y ahora interfieren al ocupar un lugar
que necesita tecnología de punta. Reservorios de dudosos recuerdos de un pasado más
humanizado, sus antiestéticas arrugas, su caminar lento y torcido y su terca tendencia a
recordarnos la finitud de nuestras vidas, resultan serios obstáculos en la producción de
“La Exitosa Felicidad”.
Por eso viene bien desmantelar la salud pública, y transformar sus centros asistenciales
en máquinas emparchadoras de la moral del poder, o en cementerios de chatarra. Como
son los geriátricos. Como eran los leprosarios de la Edad Media, convertidos después en
"hospitales" que en su inicio fueron depósitos de sifilíticos, locos, criminales o
prostitutas retiradas con magros ahorros.
Hoy depositamos en ellos a nuestros jubilados, leprosos de esta modernidad que
privilegia la velocidad industriosa sobre el cansino tiempo de los artesanos y los
sentimientos amables.
Sabios nuestros progresistas políticos cuando recomiendan no tomar en cuenta las
anémicas jubilaciones —necesitan y rinden tan poco... —ni el aumento del suicidio entre
los viejos —los pobres, claro, o sea los fracasados—, porque cabe dentro de los niveles
estadísticos del Primer Mundo. Sabios también cuando les recomiendan tratamientos
psiquiátricos, sin entender que las quejas contra lo injusto y lo indigno no son síntoma de
locura, sino de conexión con una dolorosa realidad. Exactamente lo opuesto a la peste
de poder, que padece la élite de los entes superiores.
Los comienzos
En el otro extremo de la vida, como vidriera rutilante de la inmediatez: la penalización
del aborto en todos los casos. Si cotejamos el curso vital de los niños no deseados por su
madre; —o por su padre, o por una desinteligencia entre ambos— con el de aquellos
más afortunados hijos del amor y la decisión conjunta, podemos comprender mejor al
"mal parido" de la sabiduría popular. Este tiene enormes posibilidades de ser malo,
tonto, loco, adicto, barrabrava o algo así. Para éstos hay soluciones inteligentes que
van desde la reclusión en la cárcel o un manicomio, hasta la pena de muerte. Pero ésta
debe ser aplicada a aquellos que tuvieron su oportunidad y gozaron de las bondades de
un sistema que ofrece igualdad de oportunidades a todos, y deja así a su libre elección el
destino final de sus vidas. Los "Capitanes de la Arena" brasileños y nuestros chicos de
la calle, son seres no deseados, ni queridos, ni cuidados, que pueden terminar siendo
víctimas de escuadrones de la muerte. Otro destino de los "mal paridos" es formar parte
de esos Escuadrones de la Muerte como victimarios. Lo cual conforma un sabio
equilibrio ecológico.

Consumismo humano
En la cadena de la producción, sin desgaste no hay reposición. Para esa cadena es útil la
baja calidad de los productos, pues se logra, a través de una maníaca renovación, la
ilusión de una infinita y próspera continuidad social. En desmedro del buen desarrollo de
esa madura individualidad necesaria para mejorar, desde las bases la sociedad humana
que, como los buenos edificios, debería construirse con materiales de calidad. Todos los
países que tienen en serio algo de Primer Mundo, independientemente de su poder
económico, cuidan a las personas que —saben— constituyen su esencia, su más valioso
capital, con los mejores servicios en Salud y en Educación. Estatales y sin fines de
lucro. Porque es sabido que en manos de empresas que buscan ganancias, se privilegia la
salud de los números antes que la de los individuos a cuidar o educar. Particularmente
en un país que pretende estar progresando. Por eso la reposición consumista del tercer
mundo desemboca en el “No al aborto’’. Porque reposa en el desprecio a la vida y no en
lo que contraria e hipócritamente enuncia. Se habla de mejorar la salud pública —
mientras se la destruye— de invertir en educación —mientras se caen a pedazos las
escuelas públicas— y sin embargo son esas actividades —prometidas y negadas— las
que darían vitalidad real a las personas. Hay una inmensa fisura entre el adentro de un
"idolizado" útero y la desprotegida tierra de nadie de lo externo a él. Cuando una madre
no puede o no quiere cuidar de su hijo, —sin prejuicios: una mala madre— éste, como
el personaje de El perfume, de Patrick Süskind, queda socialmente a la deriva. Porque
cuidar la vida dentro del útero parece ser más importante que cuidarla fuera de él, como
el correlato "cristiano" —o musulmán, o judío, o europeo, o anglosajón...— que consiste
en proteger los intereses de la grey obediente y descuidar o atacar lo que se encuentra
fuera de ella. Y muy cercano a esto asistimos con horror a la inmolación de vidas
cercenadas por el odio racial o religioso, que se nutre de las desigualdades injustas que
nuestra "progresista" sociedad impone. El espanto generado por la destrucción de las
Torres Gemelas de Nueva York, símbolo de un poder mundial que dice llevar al mundo
por el camino de un progreso que desprecia los derechos humanos y las dignidades de
países como Hungría, Afganistán, Panamá, Grenada, Vietnam, Irak-Kuwait, más la
desocupación, pobreza, deudas externas. Semejante escenario termina bus-cando un
equilibrio esquizofrénico, pero aparentemente complementario, en la terrorífica visión
de la devastada capital mercantil de Occidente.

El camino
Volviendo a nuestro tema puntual, enfocar estos graves problemas desde la opción “a
favor del aborto o a favor de la vida”, es una falsedad y una maniobra de distracción.
Porque nadie, salvo un profundo perturbado mental —psicótico, psicópata o perverso—
puede estar a favor del aborto porque le guste abortar. Salvo los que lo practican
profesionalmente, quienes precisamente están a favor del No al aborto porque la
legalización terminaría con el pan de ellos de cada día. No es sino a través de la
educación encarada seriamente y sin dogmatismos ni prejuicios, donde se afianzará la
buena madera de los seres humanos que, a la larga, en el curso de generaciones
venideras darán lugar a la formación de seres, no a escala industrial y consumista, sino
artesanal y cualitativamente mejor. ¿No es eso acaso hacia lo que tendemos los
masones? Después de todo pareciera que estamos de acuerdo en que el hombre debiera
ser la Obra cumbre de Dios, sea cual fuere la concepción religiosa que defina aquello
superior que se encuentra en los principios de toda Creación. Nuestra idea de un Gran
Arquitecto que culmina su obra creando a un mamífero evolucionado al punto que
necesita de la más prolongada atención personal —el bebé humano necesita de años para
aprender a subsistir por sus medios—, impone pensar que si la naturaleza marca eso, lo
artesanal es inherente a la creación humana. Si además al ser humano se le otorga el don
del pensamiento, la posibilidad de abstraer, la percepción —aunque sea nebulosa— de
un mundo suprasensible, el sentimiento del amor inseparable de la concepción de nuevos
seres, resulta imposible dejar librados a la región de lo instintivo la procreación y
preservar la actividad creadora casi únicamente con los decretos penales del no al aborto,
en lugar de seguir el largo camino emprendido para conseguir que la mayoría de la
humanidad encuentre la luz para la cual sus ojos fueron creados.



La enseñanza masónica
El camino iniciático masónico puede tomarse como alegoría de una deontología de la
vida. Decimos que la iniciación es una puerta de entrada y un recomienzo vital que,
dejando atrás lo que convenimos en llamar profanidad, nos lleva hacia una posible
superación de nuestro propio ser. Y ansiamos y trabajamos para que este logro se
extienda beneficiosamente en el resto del mundo para su bien. Nada más doloroso que
equivocarnos al aceptar el ingreso de un profano que dé pruebas de poseer un mal
material para colaborar en la tarea masónica. Nada más doloroso, una vez comprobado
el error, que la decisión de separarlo de la Orden por su inconducta manifiesta y
comprobada... pero no queda otro remedio, porque es verdad aquí aquello de la mala
manzana que pudre al resto del cajón. La logia madre se compromete a enseñarle,
guiarlo, apoyarlo, contenerlo... hasta que formado pueda a su vez completar la cadena
bienhechora. Si la logia no puede ocuparse seriamente no debe pretender ningún
ingreso, pues sería una mala madre. De ser así, como lo dijimos, debemos abortar al
falso Hermano. Y es doloroso, y no debería haber sucedido, pero es el último recurso
para salvar del daño potencial futuro al grupo fraterno.
De la misma manera, la futura madre biológica en primer lugar, la pareja en su conjunto,
y las condiciones que rodearán al embarazo serán las determinantes de aceptar o no la
concepción del vástago. Sin educación sexual, sin planificación familiar, sin guías
expertos y sensibles que aconsejen sin dogmatismos, los embarazos corren el riesgo de
entrar en una zona gobernada por el azar, más que por los sentimientos y el saber
mínimo necesario para formar a un ser humano. Porque de eso se trata, nada menos,
cuando de procrear humanos se habla.

Conclusiones
Quizás si planificáramos con modestia la única vida visible que tenemos sobre el único
planeta habitable que tenemos, y educáramos a los hombres en este sentido.
Quizás si pensáramos que no tenemos necesariamente que poblar el planeta con nuestra
propia prole porque lo manda el Señor, o el mandato familiar, o social, o la "naturaleza
femenina", etc., y educáramos a los más humildes en este sentido.
Porque si no nos sentimos capacitados para amarlos, cuidarlos y posibilitarles una vida
acorde con lo más elemental de lo que significa ser humano, corremos el riesgo de sacar
a nuestros potenciales hijos de una nada real para depositarlos en una nada virtual. Una
sintética vida de lavarropas de última generación, fabricados bajo licencia de la Víctor
Frankenstein Corporation. &

23-11-2001
Escribe el Dr. Carlos E. Borro

ENLACES:


RICARDO DE LA CIERVA
YEAH WAREZ
El Diálogo Cristiano-Masónico en el siglo XX

Tags: globalismo, política, masoneria, sionismo, alta finanza, conspiración, contra-natalidad

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