El dramaturgo alemán, Johann Wolfgang Goethe en su "Fausto", obra maestra de la literatura universal, comienza la primera parte con un breve "Prólogo en el Cielo", que constituye una suerte de diálogo posible entre el Todopoderoso, los obedientes arcángeles Rafael, Gabriel y Miguel y el insurrecto y maligno Mefistófeles. Mientras los arcángeles cantan alabanzas a las delicias celestiales e himnos a las potencialidades infinitas del alma humana, Mefistófeles - caracterizado por Goethe como una suerte de "Viejo Vizcacha"(3) germánico - se muestra mucho más descreído. Dirigiendo su atención a los asuntos de este mundo, en general, y a los del profesor Fausto en particular, solicita al Todopoderoso le otorgue "permiso para conducirlo por mi camino" y así demostrar cuán fácil resultará desviarlo de la senda del Bien que sus colegas, los arcángeles, pretenden señalarle.
A pesar de las airadas protestas de los ángeles de Luz, el Todopoderoso, en su infinita sabiduría y ecuanimidad, acepta el reto y permite a Mefistófeles trasladarse a la tierra para cruzársele en el camino a Fausto y empezar a hacer de las suyas. Así comienza el gran drama del alma humana caracterizados por la permanente disyuntiva de tener que elegir entre el Bien y el Mal.
En este fin del siglo XX, ocioso sería incursionar en el ríspido ámbito del Bien y el Mal, máxime cuando hace ya tiempo que parecen haber perdido sus significados absolutos para la mayoría de la gente, habiéndoselos sacrificado en el altar del dios moderno democratizador con su relativización de todos los valores. No obstante, si el viejo Mefistófeles aún se encuentra recorriendo este mundo, cosa que muchos creemos resulta altamente probable, entonces no dudamos que en los tiempos que corren él también se habrá "relativizado", pues sería un tonto si se mostrara ante el mundo tal cuál es. Mucho más conveniente le resultará mimetizarse adoptando aquellos valores de banal optimismo, prudente democratismo, estandarización intelectual y decadente laissez-faire que caracterizan la mente colectiva en occidente en este fin de milenio. No dudamos que nos tropezaríamos con un ser liberal, amante de la eficiencia, la productividad y la pseudo-pluralidad de opiniones "políticamente correctas"; un ser que no necesita valores éticos y morales absolutos - en verdad, un ser sin valores de ninguna especie salvo, por cierto, aquél de la sacrosantidad del mercado.
Acatando el consejo del escritor francés Charles Baudelaire(4) quién observaba que "la mayor habilidad del demonio consiste en persuadir a la gente de que no existe", seguramente hoy Mefistófeles lograría que lo tomáramos por un típico hombre posmoderno más: simpático, light, liberal, e infinitamente hipócrita.
Hoy, este "hombre posmoderno" se ha convertido en una suerte de modelo paradigmático, absoluto y estandarizado en sí mismo: adulado por políticos, alabado por los medios de difusión, y cobijado por leyes liberales. Un ser apetecido por fuerzas socio-económicas de la más amplia diversidad, como consumidor insaciable y engranaje fundamental de su estructura de poder. Pero ese hombre posmoderno olvida que sus antepasados de hace unas pocas generaciones atrás fueron carne de cañón y materia prima para construir los Estados-nación modernos, con sus burocracias, sus ejércitos y sus apetencias imperialistas. Que tiene una deuda de sangre con su pasado.
Esos antepasados también debieron convertirse, a palos las más de las veces, a alguna de las modernas ideologías que reemplazaron las viejas religiones (ex-fuero en el que solía pulular Mefistófeles): liberalismo, conservadurismo, marxismo, socialdemocratismo y decenas de otros "ismos" que hoy, ya entrados en la posmodernidad, nos enteramos que - Fukuyama dixit - han sido todos, o casi todos, superados en aras de un supuesto "fin de la historia". Así, empujado por el Estado y arrastrado por las ideologías, hoy llegamos al hombre posmoderno: el homo economicus - autosatisfecho y autosuficiente - que ya no necesita ni del Estado ni de las ideologías para construir su lugar bajo el sol. Le basta con ejercer dos grandes pasiones: un consumismo insaciable como fuerza motivadora y la satisfacción inmediata de todos sus deseos.
Y siendo que ambos - su consumismo y sus deseos - son caracterizados por un alto grado de estandarización, hoy una compacta elite dirigente, representativa de este hombre posmoderno, se encuentra abocada a dar forma a una de las más revolucionarias innovaciones del mundo actual, como es la de crear las nuevas estructuras políticas e instituciones económicas y sociales que regirán al mundo unificado del tercer milenio. Por sí sola, esta elite pretende planificar, direccionar, estructurar y ordenar todas las actividades humanas sobre el planeta, apoyadas en su gigantesco poder económico y financiero. Tan vasto resulta este poder que esta elite ya ni siquiera piensa en términos de el planeta, ya que consideran a todo el globo como su planeta.
En rigor de verdad, para lograr este audaz objetivo, pareciera no requerirse de ningún factor trascendente. Tampoco necesita subordinarse a valor supremo y absoluto alguno, lo que hace que la totalidad de la problemática mundial quede relativizada dentro del marco de un conjunto de mitos político-sociales, fórmulas económicas pseudo-científicas, y estadísticas financieras de dudosa seriedad. En síntesis, se trata de la cuantificación, medición y proyección de los resultados socio-económicos de sus diversos procesos operativos y productivos, lo que conlleva a la cosificación de la vida humana sobre la tierra.
Estamos, entonces, ante una tecnoestructura supranacional (5) que pretende diseñar, planificar y controlar los asuntos del mundo, de manera tal que respondan a las necesidades y deseos del hombre posmoderno, desenraizado y estandarizado. Si en el transcurso de su desarrollo más de la mitad de los hombres y las mujeres que habitan el planeta no clasifican como "posmodernos", ello resulta un tema de relativa inconsecuencia que tenderá a resolverse a través de las futuras generaciones, todo en obediencia a las leyes del mercado. O quizás no se resuelva en absoluto y todo quedará librado a los efectos reguladores de una oportuna y controlada seguidilla de guerras, epidemias y desastres de diverso tipo.
El presente ensayo trata sobre una de las organizaciones creadas por esta elite política mundial a la que nos referimos, propia del hombre de la posmodernidad de fines de milenio la que, a nuestro juicio, conforma en la práctica el verdadero cerebro de esta tecnocracia supranacional. O al menos la parte más vital de la misma: nos referimos al Council on Foreign Relations, Inc., de Nueva York, Estados Unidos - el "Consejo de Relaciones Exteriores" -, también conocido por sus siglas, "CFR", que es la forma en que lo denominaremos a lo largo de estas páginas. Se trata de una usina intelectual – un "banco de cerebros" o think tank – que reúne y coordina a las mas preclaras, seleccionadas e influyentes mentes de los Estados Unidos y que, a su vez, se relaciona con otras naciones e instituciones del mundo desarrollado y en vías de desarrollo, con el objetivo de diseñar y planificar aquellos procesos políticos, económicos, sociales y culturales que inexorablemente han de conducir al planeta hacia esa naciente estructura supra-nacional del anhelado nuevo orden mundial (6). Ese nuevo orden pretende monopolizar el direccionamiento y alineación de la totalidad de las fuerzas políticas, económicas, financieras, sociales y culturales que determinarán las características del mundo de mañana, con la misma certeza con que desde hace décadas vienen dando forma al mundo contemporáneo. Uno de los principales instrumentos de poder utilizado por esta tecnocracia es el control que ejerce sobre gigantescas estructuras económicas, aliado a un manejo casi monopólico sobre el sistema financiero mundial.
Cabe destacar el fundamental y especial rol que le cabe a los Estados Unidos en este proceso mundial, particularmente debido al hecho de que desde hace una década, esa nación se convirtió en la única superpotencia del planeta. Por eso resulta tan importante el hecho de que el CFR ejerza gran influencia y control determinante sobre la vida pública y privada estadounidense. El CFR logra este objetivo de manera tangencial, por cuanto su misión consiste en identificar oportunidades y amenazas, diagnosticar su incidencia, importancia y proyección en los ambitos político, economico y financiero, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos y, finalmente, diseñar las políticas acordes a ser ejecutadas en los ámbitos público y privado, en el corto, mediano y largo plazos.
Otro factor clave se refiere al ámbito de acción del CFR, que se circunscribe exclusivamente al de analizar, diagnosticar, diseñar y recomendar políticas y acciones, pero jamás a ejecutar las mismas. La ejecución de las políticas emanadas del CFR en consonancia con los intereses de la elite globalista en consolidar el nuevo orden mundial, únicamente se realiza desde estructuras de poder visibles y naturales: los gobiernos de los países industrializados, las grandes empresas multinacionales (el mundo "corporativo"), los bancos globales, los medios de difusión masiva, las principales universidades, los gobiernos vasallos en países de segundo orden como la Argentina, y los entes supranacionales bajo el control directo del globalismo, como son las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y otras entidades primarias y secundarias que sirven para legitimar las políticas del globalismo.
No nos corresponde a nosotros evaluar si este naciente nuevo orden hacia el cual se está encaminando – arrastrando, debiéramos decir – a la humanidad entera ha de verse como obra del Bien o si, por el contrario, nos estaríamos internando en territorios oscuros y siniestros más afines a lo mefistofélico. Solo nos proponemos acercarle al lector algunas orientaciones, datos e información que claramente describen una trama y señalan cierta lógica, consistencia y coherencia respecto del camino que todos, nos guste o no, pareciera que debemos transitar. Aunque más no sea por el simple hecho de que el Destino ha querido que habitemos el planeta en la era actual. Y dado que ese camino conduce hacia el futuro, nos pareció oportuno incluir un breve prólogo "a la manera de Goethe", aunque obviamente sin pretensiones literarias de ninguna clase. Si, como corresponde a la filosofía, Goethe situó el diálogo entre Mefistófeles y el Todopoderoso fuera del espacio-tiempo del mundo, a nosotros en cambio - muchísimo más discretos - nos pareció oportuno fijar el escenario de este breve prólogo en un futuro muy cercano y aquí, en la tierra; "mañana y a la vuelta de la esquina", como quién diría....
Y, no por ser el nuestro un tema serio, habremos de olvidar el buen talante con el que conviene abordar toda empresa humana. Por eso, se nos ocurre citar un breve artículo escrito con una buena dósis de humor, que publicara hace algún tiempo la revista estadounidense Fortune, una de las más importantes publicaciones de ese país cuyos lectores suelen ser altos ejecutivos de empresas, encumbrados funcionarios de gobierno y poderosos banqueros: en pocas palabras, los máximos estamentos dirigenciales posmodernos de la gran democracia del norte.
Pedimos entonces al lector unos pocos minutos de paciencia y verá con que fino humor y aguda visión acerca de un futuro plausible - que nosotros creemos es más que probable -, Stephen Bing, un redactor de Fortune, nos brinda una imagen, exagerada por cierto pero muy franca, de ese venidero "nuevo orden mundial". El mismo al que nos referimos en este ensayo y en pos del cuál los integrantes del CFR trabajan sin descanso. Pues también fue Goethe quién alguna vez dijo que a menudo la exageración sirve para describir una realidad aún no totalmente visible y obvia para todos. Por eso, el breve ejercicio de futurismo que nos brinda Fortune tiene algo del sabor del World Government - el nuevo orden del gobierno mundial - que nosotros también avizoramos. Pues, entre toda la caótica mezcolanza del mundo moderno, algo muy puntual y concreto parecería estar cocinándose, en obediencia a intereses y voluntades no inmediatamente visibles.
Cuenta la historia que Sir William Pitt, primer ministro de Su Majestad Británica, Jorge III, al hablar ante la Cámara de los Lores en el Londres de 1770, explicó a sus pares que "existe algo detrás del trono aún mayor que el propio rey". Más de algún noble - ¡y seguramente el propio rey! -, habrán levantado las cejas ante frase tan audaz, que desde entonces integra el léxico de la política para significar la idea de que existe un "poder detrás del trono" (7). Otro inglés y genio de la literatura universal, William Shakespeare, en una de sus grandes tragedias lo empuja a Macbeth - general del ejército del rey escocés, Duncan - a pretender conocer el futuro desenlace de sus criminosas fechorías regicidas, consultando a tres brujas que adivinaban el porvenir de los "hombres modernos"; los de aquella época, se entiende. La visión de ese porvenir se manifestaba como oráculo entre los vapores de una gran olla de inmundicias hirvientes que las tres malvadas contrahechas revolvían una y otra vez. "¡Lo hermoso es feo, y lo feo es hermoso! ¡Revoloteémos por entre la niebla y el aire impuro!" (8) cantaban estas tres profetisas de la relatividad y confusión de aquél incipiente mundo moderno. Con ello nos enseñan que no todo lo que se nos presenta como "bueno", lo es realmente; y viceversa. Y no todo lo que se clasifica como legal resulta necesariamente legítimo. De esta manera, no ha de sorprendernos si terminamos hallando la Verdad oculta en los rincones más insospechados. Como decía Santa Teresa de Ávila, "entre pucheros anda el Señor....".
Bien sabemos que esta descripción futurista de Fortune que brindamos a continuación de ninguna manera describe el porvenir tal cuál será pero, como dice un viejo adagio, "se non è vero è ben trovatto....."
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