Historia de la usura, por AbdelHaqq Bewley.
darás a interés tu dinero ni le darás tus víveres a usura." (Levítico 25:36)
"No prestarás a interés... ya se trate de réditos de dinero, o de víveres, o de cualquier cosa que
produzca interés." (Deuteronomio 23:20)
"...[quien] no presta con usura ni cobra intereses..., un hombre así es justo." (Ezequiel 18:89)

Estas tres citas del Antiguo Testamento, representativas de bastantes más, muestran que la
prohibición de la usura se remonta a las raices legales y éticas de la civilización europea.
La prohibición fue confirmada y aún reforzada por los primeros cristianos. "San" Agustín, por
ejemplo, que define como usura toda transacción en la que una persona espera recibir más de lo
que ha dado, consideraba la usura tan prohibida, que cualquier beneficio obtenido de ella ni
siquiera podía darse como limosna. "Santo" Tomás de Aquino seguía manteniendo esta posición,
con claridad y vigor, en el siglo XIV.
En la tradición clásica, encontramos que Aristóteles rechaza la usura categóricamente. Decía que
de todas las formas de comercio, la usura es la más depravada y la más odiosa. La usura no sólo se
propone un objetivo antinatural, sino que hace un uso erróneo del dinero en sí, pues el dinero fue
creado para el intercambio, no para ser incrementado con la usura.
La usura es la reproducción antinatural de dinero con dinero. Cuando a esto añadimos la condena
de Platón, que afirmaba que la usura enfrenta inevitablemente a una clase contra otra y es, por lo
tanto, destructiva para el estado, y la de los filósofos romanos Cicerón, Catón y Séneca, vemos que
tanto la tradición judéocristiana como la grecoromana, que juntas constituyen la principal fuente
de la civilización europea, eran unánimes a este respecto.
La tradición religiosa y la secular hablaban aquí con una sola voz.
Puede verse así que la práctica de la usura ha estado sometida a prohibición desde los tiempos
antiguos. Achacar esto al primitivismo, la ingenuidad y la falta de comprensión de la realidad
económica algo que muchos detractores han hecho y siguen haciendo es tan sólo arrogancia, y un
modo de eludir las cuestiones intelectuales que subyacen en este problema.
La base de la prohibición era ética y teológica y por consiguiente tenía en cuenta cuestiones más
profundas que la conveniencia económica y el comercio internacional: a saber, la comprensión
intrínseca en la prohibición de la usura de que la esencia de la transacción usuraria que garantiza a
alguien la obtención de algo por nada constituye una violación de la ley natural y está, por lo tanto,
abocada a producir desequilibrio y desintegración.
Así pues, cualquier inconveniencia que se produjera a nivel de las transacciones comerciales era
sacrificada en aras del bien público general, que era considerado siempre como de mayor
importancia.

Esto no quiere decir que no existieran transacciones usurarias. Ciertamente, existían. En una época
temprana, los antiguos judíos declararon poseer una licencia escriptural que les permitía practicar
la usura, pero son las condiciones, bajo las cuales decían ellos les estaba permitido practicarla, las
que nos proporcionan una clave profunda acerca de la naturaleza real de la transacción usuraria.
En Deuteronomio, capítulo 23, versículo 21, se afirma: "Al extranjero podrás prestarle a interés,
pero a tu hermano no le prestarás a interés."
La palabra "extranjero" en este texto es interpretada por lo general como "enemigo" y, armados con
este texto, los judíos emplearon la usura como un arma, hallando en ella un medio de obtener
poder sobre sus enemigos: mediante la usura, la necesidad de otra gente podía transformarse en
sometimiento.
Las actividades prestamistas de los judíos se realizaron desde los guetos de las grandes ciudades de
la cristiandad durante toda la Edad Media.
Se les permitió esta práctica bajo un severo control, y eran tolerados por las autoridades siempre y
cuando se considerara que prestaban un servicio util. Sin embargo, aun dentro de una situación tan
opresiva era posible para el prestamista acumular enormes ganancias mediante la práctica de la
usura.
En un período de la historia de Inglaterra, durante el siglo XIII, casi la mitad de los impuestos del
país eran recolectados de la comunidad judía, que en sí representaba menos del 5% de la
población. Sin embargo, no les fue posible convertir su riqueza en poder, al verse frecuentemente
sometidos a terribles purgas populares, que llevaron a su expulsión de ese país en el siglo XIV, y al
que no regresarían sino pasados 350 años.
Los préstamos de dinero continuaron en pequeña escala durante la Edad Media. Algunos
mercaderes locales carentes de escrúpulos se aprovechaban de las gentes humildes que estaban en
dificultades por una mala cosecha o por una mala administración, o desgracias similares y que se
veían obligados a buscar un préstamo para satisfacer sus necesidades cotidianas.
En estos casos, se intentaba ocultar la naturaleza usuraria del préstamo y si se descubría, el usurero
era objeto de severos castigos y en adelante era marginado por la sociedad.
Otra esfera en la que se daba la usura era en el extremo opuesto de la escala social. Los reyes y los
príncipes se veían a veces obligados a pedir préstamos enormes a interés, en la mayoría de los
casos para financiar sus campañas militares. Normalmente, estos préstamos que se obtenían de
fuentes extranjeras, a menudo italianas, se pagaban de los impuestos y eludían, por su tamaño, la
prohibición general.
Sin embargo, a efectos prácticos, la usura estaba excluida por completo de todas las transacciones
normales, tanto las comerciales como las socia les.
Era, como la prostitución, un hecho innegable, pero era condenada y despreciada universalmente,
como lo eran quienes la practicaban.
En semejante clima era imposible que enraizara y floreciera.
Mientras la situación en Europa siguiera sin cambios, esta actitud era la tónica dominante.
Sin embargo, con el Renacimiento italiano las cosas empezaron a cambiar gradualmente,
socavando el orden tradicional, hasta que alcanzaron su punto crítico el 31 de Octubre de 1717,
cuando Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia en Wittenberg y se inició la
Reforma.

Las repercusiones de este desafío a la autoridad de Roma, excedieron con mucho su intención
aparente de reformar una institución corrompida. Con esta acción suya, Lutero, consiguió más de
lo que ningun ejército invasor había logrado: destruyó la unidad de la cristiandad occidental.
Su intención había sido eliminar las barreras que se interponían entre el individuo y Dios; pero el
resultado fue que se abrieron las puertas a una ilimitada libertad individual de acción.
Al romper con Roma, dejó a la gente a la deriva, libres del ancla de aquella moralidad tradicional
que había sido mantenida por la Ley Canónica de la Iglesia, y de la cual formaba parte, por
supuesto, la prohibición total de la usura.
La Iglesia Católica, a pesar de todas sus desviaciones y de su corrupción, representaba sin embargo
una tradición continuada que se remontaba a las enseñanzas de Jesús y, antes de él, a Moisés.
Al quebrarse su autoridad con la Reforma, era inevitable que, en el clima más libre del
Protestantismo, las antiguas restricciones a la usura fueran abandonadas.
Curiosamente, esto habría de producirse, aunque parezca dificil de creer, de la mano de Calvino, el
estricto moralista puritano. Mientras que anteriormente todo el asunto de la usura estaba sujeto a
un cuerpo de doctrina consagrado por la tradición, él trató la ética de los préstamos como otro caso
más, entre los diversos problemas a que se enfrentaba la sociedad humana que debían ser resueltos
de acuerdo con las circunstancias.
En otras palabras, se tomó la ley en sus manos. Desechó, con absoluta arrogancia, aquellos pasajes
del Antiguo Testamento que tratan de la usura y también los precedentes judiciales del pasado, por
considerarlos inaplicables a las circunstancias de su época, y al dar su aprobación al argumento de
que cobrar interés sobre el capital es tan razonable como cobrar renta por la tierra, abrió las
compuertas a una inundación que desde entonces ha arrasado la tierra.
Se encargó personalmente de la legalización de los préstamos de dinero con interés, dando así
confirmación legal a una práctica que había sido considerada ilegal desde los tiempos más
remotos. El hecho de que permitiera sólo intereses moderados y de que matizara esta licencia suya
con condiciones estrictas, no vino a alterar nada.
El comerciante tenía ahora un precedente basado en la opinión de alguien que hablaba con
autoridad religiosa.
Para Calvino, la ley moral había cambiado y por lo tanto ya no era inmoral cobrar intereses. Desde
ese momento, la polémica en el seno de la comunidad mercantil no era ya si debería permitirse el
interés, sino cual era la tasa admisible.
Pasamos ahora de la atmósfera puritana de Ginebra en tiempos de Calvino a los más saludables
acontecimientos que se estaban produciendo en la corte de Enrique VIII en Londres. Enrique,
sumamente apegado a una de las doncellas de su esposa, una tal Ana Bolena, había decidido
casarse con ella.
El Papa se negó a anular su primer matrimonio, por temor a contrariar al poderoso emperador
Carlos I de España, cuya hija menor, Catalina, era la esposa de Enrique, y según la Ley Canónica
no existía ninguna otra fórmula para disolver el matrimonio.
Así que Enrique, que en su juventud idealista se había ganado la aprobación papal y el título de
"Defensor de la Fe" por su condena de Martin Lutero, se dispuso a seguir el ejemplo de éste
rompiendo con Roma y erigiéndose él mismo en cabeza de la Iglesia de Inglaterra.

Al no, en absoluto, tan escrupuloso como aquellos cuyos pasos seguía, no vaciló en aprovecharse
al máximo de la nueva situación. La licencia que siguió otorgándose en asuntos de matrimonio es
notoria.
Lo que es menos conocido, si bien infinitamente más importante en términos históricos, es que una
de sus primeras acciones, siguiendo el precedente de Calvino, fue conseguir de los comerciantes de
la City un préstamo al diez por ciento anual índice que fue fijado como el límite del interés
moderado poniendo así el sello de la aprobación real y religiosa a la usura en Inglaterra.
No obstante, no debe pensarse que la antigua prohibición fue abandonada sin que se alzaran voces
de protesta.
Durante más de un siglo se sostuvo un enfurecido debate sobre esta cuestión. Se publicaron
numerosos tratados y panfletos y se pronunciaron infinidad de sermones y de discursos.Un
eclesiástico, en tono irónico, dijo sobre el tema: "Este ha sido el criterio unánime de la Iglesia
durante más de mil quinientos años, sin oposición, en este punto. ¡Pobre tonta Iglesia de Cristo que
nunca pudo encontrar un usurero legal antes de esta edad dorada en la que vivimos!"
El francés Bodin, cuya autoridad en materia económica era incuestionable y que carecía de
intereses eclesiásticos que defender, reafirmó sin rodeos la posición tradicional al decir,
refiriendose a Calvino: "Quienes mantienen, al amparo de la religión, que la usura moderada de un
cuatro o un cinco por ciento es justa porque el que recibe el préstamo gana tanto como el
prestamista, van en contra de la Ley de Dios, que prohibe por completo la usura y no puede ser
revocada."
Pero nada de esto pudo alterar realmente el curso que los acontecimientos estaban tomando
inexorablemente.
La situación era en cierto sentido comparable al debate nuclear en nuestros tiempos. Ninguno de
los apasionados puntos de vista debatidos públicamente a favor o en contra del desarme nuclear
tiene el menor efecto real sobre el que las armas nucleares sean fabricadas y desplegadas, por la
sencilla razón de que las decisiones que afectan a este tipo de cosas se toman en una esfera
totalmente distinta y en ella la opinión pública no cuenta para nada, en uno u otro sentido.
Así ocurrió también con la introducción de la usura. La fuente del poder político había cambiado y
los guardianes de la moralidad no tenían ya acceso real a ella.
Con el tiempo, por supuesto, los propios eclesiásticos capitularon y llegaron a un acuerdo para no
aparecer ridículos la Iglesia de Inglaterra ha sido siempre propensa a la filosofía de "si no puedes
vencerles, únete a ellos".
Oficialmente, redefinieron la usura para ajustarla a la práctica comercial en uso, de forma que
ahora era usura sólo imponer tasas de interés excesivas, pero, qué constituía una tasa de interés
excesiva, quedó sin definir claramente: de esta forma, a efectos prácticos, los comerciantes tenían
rienda suelta.
Mientras que antes la práctica comercial estaba sujeta a la ley moral, ahora la ley moral podía ser
alterada por la práctica comercial.
La tendencia general al ultrapragmatismo en la Inglaterra de los Tudor, se vio interrumpida
brevemente aunque a la larga resultó favorecida por la accesión al trono de Mary, la hija mayor de
Enrique VIII. Mary que era hija de Catalina, la hija del emperador católico Carlos I, se casó con su
primo, el fanático Felipe II, rey de España, y estaba horrorizada por todo lo que su padre había
hecho.
Reaccionó con extrema brutalidad, estableciendo una inquisición y quemando vivos a muchos de
los que habían jugado un papel destacado en la ruptura con Roma.
Al finalizar su relativamente breve reinado, se produjo una contrareacción que permitió a los
elementos pragmátistas y mercantalistas incrementar considerablemente su influencia con el
retorno del Protestantismo durante el reinado de su hermanastra Elisabeth.
Quisiera en este punto hacer un paréntesis en el desarrollo histórico para echar un vistazo breve a
un aspecto de la vida en Inglaterra que se estaba viendo afectado drásticamente por la relajación de
las leyes de la usura y por la disponibilidad de crédito que esa había traído consigo.
En Inglaterra, desde tiempos remotos, la mayor parte del pueblo había vivido en y de la tierra.
Aunque muchos de los aspectos más rigurosos del sistema feudal instituido por los normandos ya
no se imponían, la situación seguía siendo la misma que en siglos pasados.
Estaban las grandes familias terratenientes que poseían enormes latifundios, por lo general
divididos en haciendas y fincas, y subyacente a todo esto discurría el proceso normal de la vida
rural.
La tierra era cultivada en parcelas dentro de un sistema de campo abierto, o sea, sin cercados.
Había pequeños terratenientes que eran dueños de sus parcelas o que las arrendaban al
terrateniente local a perpetuidad, pero la mayoría de los campesinos eran aparceros (copy holders),
lo que significaba que tenían un derecho tradicional a ciertas parcelas, a cambio de realizar un
cierto trabajo y entregar al propietario una cierta cantidad del producto recogido.
Además de esta tierra cultivada, existía un area de tierra comunal en la que todos tenían derecho a
apacentar sus propios ganados.
Durante el reinado de los Tudor, empezaron a producirse ciertos cambios en esta situación
tradicional. Enrique VII quiso centralizar el poder y extender su control directo a todas las partes
del país.
Una de las formas en que emprendió esto fue elevar a la clase mercantil, asentada en las grandes
ciudades, y animarles a que se convirtieran en terratenientes, para así dividir los grandes
latifundios de las grandes familias aristocráticas.
Este proceso continuó bajo Enrique VIII, y recibió un impulso aún mayor al expropiar y vender
éste las tierras de la Iglesia al clausurarse los monasterios, siendo su mayor beneficiario esta nueva
clase de terratenientes.
Al mismo tiempo, se alentó a los nobles para que salieran de sus haciendas y pasaran más tiempo
en la Corte de Londres.
El mantenimiento de grandes palacios en Londres y en el campo, junto con la extravagancia y el
gasto que traía consigo la vida en la corte, llevaron a muchos cortesanos a experimentar serios
problemas de liquidez. Dado que ahora se había hecho mas facil, a la vista de los acontecimientos
ya mencionados, conseguir préstamos con interés, el cortesano en apuros podía acudir a ciertos
comerciantes que por lo general estaban encantados de complacerle, tomando como garantía de la
deuda los títulos de una o dos fincas de sus propiedades.
De este modo muchas propiedades empezaron a verse cargadas de deuda y cuando el noble
incumplía en el pago, la finca que garantizaba la hipoteca pasaba a manos del comerciante
prestamista.
Hasta aquí, la riqueza y el poder habían ido aparejados al simple hecho de la posesión de la tierra.
Los nuevos propietarios, tanto si habían adquirido sus tierras mediante compra, donación, o
impago, no estaban interesados en los derechos y responsabilidades feudales, sino sólo en los
ingresos, y por consiguiente, incrementaron la producción; y así mismo, a causa de sus deudas, los
antiguos propietarios tenían ahora que incrementar la producción de sus haciendas si querían evitar
que pasaran a manos de sus acreedores.
El sistema tradicional de campo abierto no era un sistema agrícola que favoreciera la explotación
intensiva que ahora se exigía y obedeciendo a los intereses de una mayor eficiencia económica se
introdujo el "cercado".
La introducción del cercado de los campos tuvo probablemente mayor efecto, para una inmensa
mayoría de gente, en términos del modo en que vivían día a día, que ninguna otra cosa anterior o
posterior. Los campos abiertos en los que cada uno había cultivado sus parcelas de acuerdo con sus
derechos de arrendamiento o de aparcería, fueron divididos y cercados con setos, muros y vallas, y
las tierras comunales, en la mayoría de los lugares, corrieron la misma suerte.
Para los aparceros, el sector más pobre y también el más numeroso de la sociedad, el resultado fue
catastrófico. Hasta ese momento habían sido en gran medida autosuficientes: cultivaban sus
parcelas y apacentaban sus animales en las tierras comunales; pero esto había sido siempre por
consentimiento común, por lo que, llegado el momento, no pudieron demostrar derecho legal
alguno a la tierra que utilizaban.
Como consecuencia de esto, un gran número de ellos se vieron obligados a abandonar sus pueblos
para buscarse el sustento en las ciudades, convirtiendose así en una fuerza laboral que fue captada
por la incipiente revolución industrial.

Así también, muchos pequeños propietarios fueron obligados a abandonar sus tierras por no contar
con los medios necesarios para realizar ese cercado de la tierra.
Otros, quedaron ahora convertidos en arrendatarios de las mismas tierras que antes les pertenecían.
Dado que los gastos que suponían las operaciones necesarias para el cercado de las propiedades,
entre las que se incluían la creación de setos, taludes, zanjas, drenajes; la reubicación de edificios y
caminos y muchas otras cosas, eran considerables, muy pocos terratenientes fueron capaces de
hacerles frente con sus propios recursos. Y de nuevo entra en escena el usurero, dispuesto
naturalmente a prestar dinero con interés para esos planes de mejora de la tierra.
Vemos así como los prestamistas, y la accesibilidad de los préstamos, no sólo provocaron este
cambio drástico en el uso de la tierra que alteró por completo la vida y el aspecto del campo inglés
sino que siguieron beneficiándose de sus resultados, obteniendo, sin riesgo, enormes riquezas a
costa de arrebatar su medio de vida a un sector considerable de la población.
Me he adentrado en esto con cierto detalle, porque ilustra claramente lo que sucede cuando la
usura se extiende en cualquier situación.
En primer lugar, se producen cambios económicos y sociales de gran alcance que son, además,
irreversibles.
En segundo lugar, los beneficios de la situación van a parar a una elíte a costa de los pobres y
débiles, cuya situación empeora y alcanza nuevas cotas de privación y de dificultad.
Dejamos nuestra narrativa histórica con la Buena Reina Bess (Elizabeth I), y buena ciertamente
debió parecerles a los Comerciantes Emprendedores y a los financieros, que tanta influencia
adquirieron durante el período Tudor; pero, no tan buena, para los aparceros desposeidos de sus
tierras por los cercados.
Seguramente, el efecto más significativo del reinado de los Tudor, en términos históricos, fue el
desplazamiento que se produjo en el equilibrio de poder, que fue alejándose de la estructura
tradicional de poder de la nobleza terrateniente en favor de una nueva elíte formada por miembros
de la clase mercantil, cuyo poder era la riqueza financiera, una riqueza que ahora se estaba
incrementando exponencialmente debido a la utilización de técnicas financieras que antes habían
estado prohibidas.
Elizabeth fue sucedida en el trono por su primo segundo James Stuart, rey de Escocia. James y su
hijo Charles después de él, aun sin ser católicos, representaban sin duda al viejo orden.
La doctrina del Derecho Divino, por la que son famosos, no era como se suele describir una mera
asunción arrogante del poder, sino que traía implícita la responsabilidad por parte del monarca de
mantener el orden moral tradicional consagrado por la Ley Canónica. Esto iba, por supuesto, en
contra del nuevo espíritu de mercantilismo que tendía a identificarse con esa libertad respecto de la
autoridad que se asocia con las formas más extremas del Protestantismo.
La clase mercantil estaba representada fuertemente en el Parlamento y la enemistad latente entre la
monarquía, ansiosa por restaurar el status quo, y el Parlamento, que sentía amenazado su
recientemente adquirido poder, estalló finalmente en la Guerra Civil.
Se había demostrado cierta la observación de Platón acerca de la usura: la sociedad se había
dividido contra sí misma.
La ejecución de Charles I fue un golpe decisivo. Fue un hito histórico. El poder había cambiado de
manos. El viejo orden había dado paso al nuevo.
Irónicamente, había sido la revolución puritana la que rompió el mecanismo mediante el cual los
valores religiosos podían hacerse sentir en términos políticos y legales, y dió entrada al estado
secular. La ciencia de la ética quedó divorciada de sus raices en los textos revelados y se convirtió
en algo que era decidido por los filósofos y los legisladores de acuerdo con las modas y los
imperativos del momento, mientras que el mercantilismo y las finanzas adoptaron con rapidez
papeles cada día más importantes en el gobierno.
Cromwell se había visto obligado a recurrir a los financieron holandeses, además de los locales,
para pagar sus aventuras militares, que incluyeron, además de la propia Guerra Civil y de la famosa
expedición irlandesa, una guerra contra Holanda.
Esta guerra, llamada la primera Guerra Holandesa, fue la primera guerra disputada por razones
puramente comerciales, y muestra como el comercio empezaba a adquirir protagonismo en
términos políticos. Demostró así mismo, en forma cínica, que los financieros se benefician con la
guerra sin importar de que lado estén.
A la luz de todo esto, es significativo, aunque no del todo sorprendente, que fuera durante este
período cuando la banca, que era de hecho la institucionalización de la usura y la vía por la que
consiguió su total respetabilidad, empezase a adoptar la forma que ha conservado hasta hoy.
El conde de Clarendon escribía pocos años después: "Los banqueros fueron una tribu que surgió y
creció en la época de Cromwell, y de la que nunca se había oido hablar antes de los últimos
problemas, hasta entonces todo el comercio del dinero había pasado por las manos de los
notarios: eran en su mayoría orfebres."
Las transacciones financieras que fueron agrupadas bajo el término de "banca", se habían realizado
antes, de una u otra forma, durante mucho tiempo, y dada la importancia central que esto tiene para
el tema que estamos tratando, pienso que sería util en este punto echar una ojeada breve a cómo
nació la banca.
Los tres elementos principales que participan en su formación son transacciones que implican
usura: el cambio de moneda extranjera, la negociación de préstamos, y los depósitos bancarios, a
los que va asociada la creación de dinero.
El comercio internacional había existido durante muchos siglos y, gradualmente, los comerciantes
fueron creando una forma de pago por mercancias, en el extranjero, que evitaba necesidad de
transportar grandes cantidades de oro y plata de un país a otro.
Esto se consiguió por medio de las llamadas "letras de cambio". En su forma más simple consistía
en una carta, que el comprador de las mercancías daba al vendedor, en la que autorizaba a un
agente del comprador en el país de origen del vendedor, a pagar por las mercancías que había
comprado, de forma que el vendedor pudiera cobrar el dinero que se le debía en su propio país y en
su propia moneda.
Estas letras llevaban fecha diferida, para dar tiempo a que se vendieran las mercancías y a que el
dinero fuera transferido, y lo que empezó a ocurrir fue que los comerciantes, a quienes interesaba
tener su dinero rápidamente, vendían la letra de cambio a otro comerciante, que se la pagaba al
contado, por un precio inferior al nominal.
Este segundo comerciante cobraba luego la letra, una vez cumplida su fecha, y obtenía un buen
beneficio sin haber tenido que hacer nada en absoluto. A esto se llamaba "descontar".
El negocio con estas letras se volvió cada vez más sofisticado y pronto apareció una clase de
comerciantes a los que resultaba más provechoso comerciar en letras de cambio que en mercancias
reales. Su comercio era usura pura. Esta fue una de las transacciones en las que se especializó el
banquero.
El tercer elemento era el depósito bancario, y de él se ocupaban principalmente los orfebres.
Dada la naturaleza de su comercio en metales preciosos y en lingotes, los orfebres contaban por lo
general con camaras de seguridad y durante siglos la gente les había confiado sus excedentes de
oro y plata y otros objetos de valor para su custodia, recibiendo a cambio un recibo de lo que
habían depositado.
Pasado un tiempo, algunas gentes empezaron a usar estos recibos en lugar de dinero, poniéndolo a
nombre de otro al amortizar una deuda grande.
Otra práctica común consistía en escribir al orfebre autorizándole a pagar al portador de la carta
una cierta cantidad de lo que tenían en depósito, anticipándose así lo que llegaría a ser el cheque
moderno.
El orfebre cobraba un tanto por almacenamiento y por servicios de esa índole que realizase.
De esta forma, empezaron a circular billetes expedidos por particulares que se utilizaban como
moneda de cambio, si bien estaban aún ligados a depósitos en moneda real y su volumen era muy
pequeño en comparación con las transacciones que se realizaban al contado.
Pasado un tiempo, sin embargo, los orfebres, viendo que los depósitos que almacenaban por cuenta
de otra gente se mantenían más o menos al mismo nivel, empezaron a expedir recibos en exceso de
los que ya habían dado, tanto para pagar artículos para ellos mismos y, cada vez más, según lo
permitieran las circunstancias, en forma de préstamos con interés.
Lo más importante en esto es comprender que este papel era totalmente ficticio porque no estaba
respaldado por moneda real.
Este dinero estaba siendo materializado por arte de magia. Esta transacción, que no era sólo
usuraria sino también francamente fraudulenta, entró asimismo a formar parte de la nueva banca.
De esta forma, estas tres transacciones, que en un principio estaban conectadas al comercio real,
fueron reunidas en su forma usuraria bajo el término de banca y divorciadas por entero de su
contexto original. Se creó así un tipo de negocio que trataba sólo con el dinero en sí. Los buitres
que Calvino había soltado habían dado con la carroña.
Habíamos dejado a Cromwell luchando contra los holandeses. Por supuesto ganó, como casi
siempre que batallaba.
Si hubiera sido como político tan exitoso como fue de general, la historia de Inglaterra habría sido
bien distinta, pero de hecho la gente se alegró de que les dejara en paz, y no cabían en sí de gozo al
dar la bienvenida al hijo del rey ejecutado, que regresó al trono de Inglaterra con el nombre de
Carlos II.
Este acontecimiento fue denominado, falazmente, la Restauración: digo falazmente porque en
realidad no se restauró nada. La situación había cambiado por completo. Cierto que de nuevo había
un rey, pero sólo de nombre. No era ya en modo alguno un gobernante, sino sólo una figura.
El control ejecutivo estaba ahora firmemente en manos del Parlamento y el poder real servía a las
necesidades de los intereses mercantiles y a los financieros que los respaldaban. Una de las
condiciones que el Parlamento impuso al rey fue que debía renunciar a los antiguos tributos
feudales, sobre los que se había apoyado el poder real de la monarquía, a cambio de lo que, a fin de
cuentas, era un salario extraído de los impuestos. Carlos II fue en realidad un empleado asalariado
del Parlamento. Su impotencia política queda reflejada en su frívolo estilo de vida y en la negación
de sus esfuerzos encubiertos por restaurar el poder de la monarquía.
Cuando su hermano James, que accedió al trono después de él, realizó un esfuerzo más decidido
por restaurar el viejo orden, la respuesta inmediata del Parlamento fue invitar a William, el
Príncipe de Orange que estaba casado con Mary, la hija de James a venir de Holanda para hacerse
cargo del trono.

Los términos bajo los que debía acceder fueron dictados por el Parlamento y mediante ellos fueron
eliminados los últimos vestigios de poder político con que contaba la monarquía. William era,
literalmente, el hombre que los banqueros estaban buscando. Se trajo consigo a un banquero
personal de Amsterdam y detrás de él vinieron muchos otros financieros de esa ciudad, que en esa
época era el centro financiero de Europa.
Desde ese momento, sin embargo, Amsterdam entró en decadencia y Londres se convirtió en el
nuevo centro de las finanzas mundiales. Esta fue la "Gloriosa Revolución".
El reinado de William dejó basicamente tres cosas a la posteridad.
La primera fueron los problemas de Irlanda, de los cuales aún tenemos cada semana sangrientos
recordatorios.
La segunda fue la Ley de la Tolerancia Religiosa, con la cual se conseguía de una vez por todas
que el estado no se viera ya ligado a ningun tipo de restricciones religiosas, ya que ahora todos los
puntos de vista religiosos tenían la misma validez ante la ley.
Con esta eliminación definitiva de la influencia religiosa directa en el gobierno, la idea del
"gobierno de la justicia" que siempre había estado al menos implícita, fue "sustituida por la
conveniencia económica como árbitro del sistema y como criterio de la conducta política."
Mediante esta ley, todos los obstáculos de base religiosa que se interponían aún en el camino de los
financieros fueron eliminados.
La tercera cosa, derivada de esto y que consagraba el triunfo final de los prestamistas, fue la
creación del Banco de Inglaterra.
Los usureros habían ganado la batalla. El nuevo Banco tenía licencia del gobierno para descontar
letras de cambio e imprimir todo el dinero que quisiera. Para rematar la obra, se estableció la
Deuda Nacional.
El Gobierno encontró en el Banco una enorme fuente de poder adquisitivo, a cambio de la promesa
de pagar interés a largo plazo. Una porción específica de los impuestos recolectados fue asignada
descabellados sueños de los prestamistas se habían hecho realidad. De ahí en adelante, las
transacciones usurarias fueron tomando un papel cada vez más importante en los asuntos
económicos hasta llegar a nuestros días, en los que han permeado de tal modo la existencia
cotidiana, que la vida sin ellas casi nos parece inconcebible.
Tal como afirmaba recientemente un banquero, con toda seriedad: "El interés hace que el mundo
gire".
Me ha sido claramente imposible, al presentar esta panorámica histórica, cubrir con detalle los
cerca de doscientos años que abarca, por lo que me he visto obligado a tomar una línea concreta,
que he ido siguiendo a través del entramado de la historia.
No obstante, una vez encajados en su lugar todos los detalles, podrá comprobarse que las
conclusiones que he extraído siguen siendo ciertas y válidas.
Mi propósito ha sido mostrar como, en un período de menos de dos siglos, la usura pasó de ser un
delito condenado absolutamente desde los tiempos más antiguos, castigado severamente por la ley
y despreciado por todo el mundo, a ser considerada como una forma reconocida y honorable de
hacer negocios, cuyos practicantes recibían los más altos honores que un estado puede otorgar.
La legitimidad de la posición de nuestros más lejanos antepasados en esta cuestión se vuelve cada
día más clara, a medida que los efectos insidiosos de la usura se van haciendo sentir cada vez más
en el medio ambiente y en nuestras vidas. Espero con este artículo poder contribuir a poner de
manifiesto el carácter dañino y destructivo de la usura ¡que tan profundamente ha llegado a invadir
la vida moderna! y a conseguir que sea percibida como una cuestión de gran importancia política.
Nuestros antepasados demostraron que la vida es posible sin ella y bien pudiera ser que la cura de
la que, de ignorarse, será la enfermedad terminal de la sociedad en que vivimos, esté en la vuelta a
la antigua prohibición de la usura con la que se iniciaba este artículo.
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"la usura, comúnmente hablando, significa la obtención de un interés excesivo en razón del préstamo de un capital. Científicamente hablando, todo interés de esta naturaleza es usura, aunque la tasa sea legal, moderada o inmoderada. Estas distinciones, por importantes que sean desde el punto de vista del jurisconsulto o del moralista, no pueden alterar el carácter intrínseco de la operación, en virtud del cual el préstamo deja de ser gratuito, como lo exige su esencia".
La Tour Du Pin 1889
Hacia un Orden Social Cristiano

ENLACES RELACIONADOS :
www.ianca.com.ar/libusura.htm
http://www.libreria-argentina.com.ar/libros/feder_manifiesto_contra_usura.html
http://urioste.wordpress.com/2007/09/01/contra-la-usura-el-verso-y-la-voz-ezra-pound/
Tags: capitalismo, conspracion, finanzas, usura

