Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de la
Constitución Americana previno a sus colegas de que si
no excluían a los judíos de América, sus descendientes
trabajarían para ellos dos siglos después. Washington,
Hamilton, Rutledge y los demás, siendo, como eran, unos
ideólogos imbuídos de fraseología sobre la "Igualdad", la
"Fraternidad" y el "Humanitarismo" -lo que no les
impedía ser propietarios de esclavos- desoyeron el
consejo de Franklin. Consejo que se revelaría juicioso,
con la única salvedad de que las previsiones que se
deducían de su inobservancia resultarían excesivamente
optimistas, pues para que América trabajara para los
judíos no debieron pasar dos siglos: con uno y medio
bastó.

Cada Pueblo, cada grupo étnico tiene, biológicamente,
ciertas peculiaridades muy definidas, como un sello que
les imprime carácter. Biológicamente hablando, el Pueblo
Judío es un parásito. No tomamos esa palabra en un
sentido peyorativo, sino en su acepción cultural. Un
parásito es, simplemente, una forma vital que vive en el
cuerpo de otra, a expensas de ésta, de manera que
orienta una parte de la energía del anfitrión en una
dirección contraria a sus intereses. Como dice Yockey: "si
la fuerza de un organismo es gastada en algo que no
redunde en su propio desarrollo, está siendo mal-
gastada" (1). El parasitismo es inevitablemente nocivo al
anfitrión, y el daño está en relación directamente
proporcional al crecimiento y propagación del parásito.
Cualquier grupo que, viviendo físicamente en el interior
de una comunidad nacional, no toma parte en las
inquietudes espirituales, morales y políticas, ni siquiera
-a largo plazo- materiales de dicha comunidad, es,
culturalmente hablando, políticamente hablando, un
parásito. Y el judío que, según el testimonio
prácticamente unánime de sus pastores espirituales y
políticos, es "súbdito" de una nación peculiar,
incondicionalmente, cualquiera que sean su residencia,
su oficio y su fe’’ (2), pensará en su patria oficial, la del
pasaporte, sólo en función del interés del Judaísmo y de
su encarnación política en Palestina: el Estado de Israel.
Sobre esto se han escrito numerosos tratados, por lo que
consideramos inútil epilogar sobre el particular. En
ocasión de la llamada Guerra de los Seis Días, entre
árabes y judíos, la reacción de éstos últimos, a lo largo y
ancho de todo el mundo, en Nueva York como en
Pretoria, en Moscú como en Londres, fue unánime: el
dinero que el Capitalismo Financiero exprime a los
pueblos corrió a toda prisa a Tel-Aviv, vulnerando de
manera flagrante las reglamentaciones sobre evasión de
divisas, que tan estrictamente aplican los gobiernos de
todos los signos políticos a sus súbditos no judíos.
Naturalmente, el fenómeno de esta doble nacionalidad -
una oficial y otra real- que ostentan los judíos de la
Diáspora, se manifiesta con diversos grados de
intensidad en los diferentes países. Pero si en muchos de
ellos -y en todos los de alguna importancia política- tal
fenómeno adopta formas de una influencia más o menos
velada en los asuntos públicos, en los
Estados Unidos de América la influencia judía es tan
enorme, tan fundamental, tan desproporcionada con
relación a la población total de aquél poderoso estado,
que puede decirse, sin hipérbole, que es determinante.
Políticamente hablando -y, a partir de ahí, en su vertiente
militar el Judaísmo determina la política exterior, y a
mayor abundamiento la interior, de los Estados Unidos. Y
ello en función de los intereses, para ellos superiores, del
propio Judaísmo, en su proyección mundialista, y de su
encarnación geográfica, el Estado-gángster de Israel.
Esta influencia -y, más que influencia- ese predominio de
los judíos en Norteamérica, que era ya notorio en 1917,
cuando, utilizando a su monigote, el Presidente Wilson,
metieron a los Estados Unidos en la Primera Guerra
Mundial, llegaría al dominio absoluto en 1933, cuando el
hombre de los judíos, Franklin Delano Roosevelt, alcanzó
el poder. Una riada de oro de los bancos judíos propulsó,
hizo elegir y reelegir, hasta cuatro veces, al infausto
paralítico, de siniestra memoria. Luego, éste nombraría a
su "Trust de los Cerebros", areópago de tarados
ultraizquierdistas, tres cuartas partes de cuyos
miembros, como mínimo, eran judíos.
Bernard Mannes Baruch, el apodado "Procónsul de Judá
en América" sería el permanente "consejero" de
Roosevelt, como lo sería de su sucesor, Truman, y de
Eisenhower, durante una parte de su mandato. A Baruch
le sucedería Sidney Weinberg que, igual que aquél,
nunca ostentaría cargo oficial alguno, a pesar de su
enorme influencia. Tras Weinberg, el "Establishment"
coloca en la Casa Blanca a un hombre con cargo oficial,
aunque -oh, paradojas de la democracia americana!-
tampoco él habrá sido nunca elegido por el Pueblo
Soberano. Así aparece, en escena, junto al Presidente
Nixon, Henry Kissinger. El poderío que llegará a encarnar
este hombre -aunque sea un poderío que ostenta por
delegación del Establishment - será de un grado tan
absoluto como jamás el más tiránico de los autócratas
pudo llegar a imaginar. Incluso para el hombre de la
calle, ese producto de las concentraciones industriales,
resultará evidente que quien toma las decisiones, incluso
por encima del Presidente y de un fantasmal Senado, es
Kissinger. Y cuando el Establishment, por razones que
nos están vedadas a los simples mortales, decide
decapitar políticamente a Nixon (tal vez por no haber
ayudado éste masivamente, como se esperaba, a Israel
en la Guerra del Yom Kippour) todos los inmediatos
colaboradores del Presidente se ven salpicados por el tan
artificial como exagerado escándalo, al deducirse,
correctamente, que "algo debían forzosamente saber del
caso Watergate". Todos van cayendo, uno tras otro,
excepto Kissinger. El que era llamado "el hombre que
todo lo sabe", no sabía nada de Watergate... Y Kissinger
continuo prodigando sus consejos -y más que consejos- a
Ford, el sucesor de Nixon.
El clima necesario para hacer tragar la inmensa píldora
de la ejecución política de un Presidente que había osado
desobedecer -oh, sí, muy, ligeramente- a sus amos del
Establishment, financiadores, de su campaña electoral,
fue artificialmente creado por la Prensa, la Radio y la
Televisión americanas. Si bien es cierto que los
iniciadores de la campaña de descrédito contra Nixon
fueron dos periodistas, uno judío, Bernstein, y el otro
anglosajón,
Woodward, aunque empleado en el ultra-sionista "New
York Times del judío Sulzberger, no es menos veraz que
los inmensos medios de comunicación, los llamados
mass media, fueron la ensordecedora caja de resonancia
que posibilitó el lavado de cerebro a escala americana
primero, y mundial después, que olbigó al domesticado
"libre ciudadano" a exigir la muerte política del
Presidente.
Glosar la influencia de los judíos en los mass media
norteamericanos sería tarea que requeriría docenas de
folios. Pero más significativo, tal vez, que una larga lista
de judíos ocupando puestos clave en prensa, radio y
televisión americanas son, a nuestro parecer, las
palabras del ex-Vice Presidente de los Estados Unidos,
Spiro Agnew, reproducidas por el periódico "Washington
Star":
"Las personas que poseen y dirigen los medios de
comunicación nacionales, son judías, y, con la ayuda de
otros judíos influyentes, contribuyeron a crear una
desastrosa política americana en el Medio Oriente. Todo
lo que debe hacerse es contar someramente los
periodistas y propietarios de periódicos, y luego
comparar la cifra resultante con los judíos que uno se
encuentra regularmente en la calle. Enseguida se verá
que el número de judíos en la prensa es
desproporcionalmente exagerado".
Mister Agnew continuó refiriéndose a publicaciones
netamente judías. tales como el "New York Times", el
"Washington Post", el "International Herald Tribune", las
revistas "Time" y "Newsweek", y otras muchas. El
Vicepresidente citó luego, como "amos de los medios de
comunicación americanos" a Leonard Goldenson, director
de la cadena televisiva ABC, a William Paley, alias
Palinski, de la cadena CBS, a Julian Goodman, de la NBC,
así como a la Señora Katharine Graham, propietaria del
periódico "Washington Post" y al Señor Sulzberger, del
"New York Times", todos ellos judíos.
Agnew terminaba sus declaraciones al "Washington
Star", con las siguientes frases: "No nos detengamos en
los altos niveles de propiedad y dirección. Si
continuamos descendiendo por los puestos secundarios e
incluso subalternos, continuaremos encontrando a judíos
que, mediante su agresividad e inventiva dominan,
actualmente, los medios de comunicación... Y no sólo los
medios de comunicación, pues también son prepotentes
en las comunidades académicas, en las fundaciones
benéficas exentas del pago de impuestos, en toda clase
de servicios públicos altamente cualificados e
influyentes, en los que dejar oír su tremenda voz...
Nuestra política en el Medio oriente, a mi juicio, es
desastrosa para los intereses del pueblo americano. No
veo otra razón para que casi la mitad del dinero que este
país destina a la ayuda exterior deba ir a Israel, más que
la influencia del grupo de presión sionista".
.La publicista judía Barbara Walters criticó acerbamente
al Vice-Presidente Agnew, acusándole de antisemitismo.
Agnew consiguió que, al menos una parte de su
respuesta llegara al público, insistiendo en que "... siento
verdaderamente que es cierto que las influencias
sionistas hacen que examinemos los problemas del
Medio Oriente de una manera deslavazada... Por otra
parte, no existe para mí la menor duda de que un cierto
imperialismo israelita se ha ido desarrollando en este
mundo. Creo que los árabes saudíes, por ejemplo, han
sido nuestros amigos leales por un período de casi
sesenta años, e incluso les consideramos, a ellos y al
Señor Sadat, de Egipto, como buenos amigos aún, a
pesar de todo... pero han sido sistemáticamente
calumniados por nuestros medios de comunicación...
Creo, en fin, que dichos medios están en las manos de
muy pocas personas, y lo que estas personas abogan y
promocionan no es el interés del pueblo americano, sino
de la comunidad judía y del Estado de Israel" (3).
Naturalmente, el Vicepresidente Agnew, pronto dejó de
ser Vicepresidente debiendo retirarse a la vida privada.
Nada más reintegrarse al anonimato civil, recibió la visita
de unos inspectores del Fisco que, sin duda, debieron
convencerle de las excelencias de la virtud de la
prudencia.
Es evidente que si el Establishment -compuesto de una
mayoría de judíos y de unos cuantos no-judíos ligados a
intereses judíos- no podía tolerar la libre expresión de
todo un Vicepresidente de los Estados Unidos, aún
menos iba a poder soportar la "desobediencia" -por
mínima que ésta fuera- del Presidente, dada la
significación inherente al cargo de la primera
magistratura del país económicamente. más poderoso
del mundo. Y así, aún cuando la vida política de Nixon
estuviera esmaltada de favores al Judaísmo y, más
específicamente, al Sionismo, bastó que en un momento
determinado no ayudara suficientemente al Gobierno de
Tel-Aviv, para que inmediatamente se montara el
grotesco tinglado de Watergate que le forzó a dimitir. Y
todo, explotando el pretexto de que el Presidente había
mentido al negar su conocimiento de que unos
empleados estatales espiaban lo que se decía en las
reuniones pre-electorales de la oposición demócrata. El
Presidente debía dimitir porque ¡había mentido!. Esto es
sencillamente grotesco, por cuanto la historia de los
Estados Unidos presenta una variadísimo mosaico de
presidentes embusteros. Embustero Roosevelt, cuando
para hacerse reelegir, en 1941, prometía solemnemente
a las madres y esposas americanas, que sus hijos y
maridos no serían enviados a luchar en guerras
extranjeras, mientras que, simultaneamente,
multiplicaba las provocaciones contra Alemania y el
Japón hasta obligar a éste a descargar el mazazo de
Pearl Harbour; mazazo que la Administración Roosevelt
pudo haber evitado y no lo hizo, para lograr así la soñada
excusa para la declaración de guerra (4). Embustero
Truman cuando negó que el Gobierno Japonés había
hecho, antes de Hiroshima y Nagasaki, dos peticiones de
paz, mientras media docena de personalidades
americanas y neutrales, implicadas en tales
negociaciones, lo afirmaban sin ser desmentidas. Estos
embustes -el de Roosevelt y el de Truman- costaron
millones de litros de sangre, pero por ellos no se
desencadenó ningún Watergate. Claro que la sangre de
americanos, europeos o japoneses derramada por culpa
de aquéllos mentirosos debía tener un peso específico
inferior a la de los soldados del Estado de Israel, que no
recibieron de Nixon el apoyo que Johnson les diera en la
Guerra de los Seis Días.
Verdaderamente, cuando uno examina de cerca los
entresijos de la política americana -o, más exactamente,
judeo-americana- de estos últimos cuarenta años más se
asombra de la insólita resonancia dada al artificioso e
hinchado asunto de Watergate. Infinitamente más
graves, tanto para la moral como para la seguridad
nacional, fueron las mentiras de Roosevelt y Truman, ya
mencionadas, o la extrañísima muerte de la seducida
secretaria del Senador Edward Kennedy, o las aún más
extrañas y oportunas muertes del Senador McCarthy, del
embajador Earle, del Secretario de Marina Forrestal, o del
propio Presidente John Fitzgerald Kermedy. Sin embargo,
sobre estos casos de un sensacionalismo a medida
americana, apenas si hablaron algunas publicaciones
más o menos independientes, mientras la Gran Prensa
guardaba un silencio atronador. Si acaso, hablaron del
asesinato del Presidente Kennedy, pero de manera muy
circunstancial y sin querer profundizar demasiado en las
causas del magnicidio. En cambio, porque el Presidente
Nixon dijo no saber nada de un asunto de espionaje
electoral interno y ello resultó no ser auténtico,
enseguida los fariseos de la muy venal prensa radicada
en los Estados Unidos -nos resistirnos a llamarla
americana- se rasgaron las vestiduras, como si nunca
hubieran existido, a escala presidencial, docenas de
casos infinitamente más calificados, atentatorios a los
intereses, no de un simple partido político, sino de la
nación.
Los casos de las ejecuciones políticas de Spiro Agnew y
Richard Nixon, a manos de una pandilla de politicastros
sionistas utilizando como patíbulo la prensa, hablada o
escrita, pueden explicarse si se tienen en cuenta las
palabras del gran periodista John Swinton, antiguo
director del "New York Times" que, en el banquete que
con motivo de su jubilación le ofrecieron sus colegas,
dijo: "No existe una prensa independiente; tal vez sólo
podría existir en una pequeña población rural. Lo sabéis
vosotros y lo se yo. Ninguno de vosotros osaría jamás
escribir su honrada opinión sobre un asunto importante,
y si lo hiciera, vosotros y yo sabemos que tal escrito
nunca sería impreso. A mí me han venido pagando 150
dólares semanales para que no publique mi sincera y
honrada opinión en el periódico en el que yo he
trabajado. Todos vosotros percibís un salario parecido por
una misión igual... y si uno sólo de entre vosotros fuera lo
bastante loco para publicar su opinión, ya sabéis que no
lograría publicarlo y, además, le echarían a la calle. El
trabajo de un periodista en Nueva York, en toda América,
es destruir la verdad, mentir abiertamente, envilecerse,
rampar a los pies del dios del Oro, y vender su raza y su
patria a cambio de su pitanza cotidiana. Vosotros lo
sabéis y yo lo se... ¡Qué locura, que pretendamos ahora
beber a la salud de una prensa independiente! ... No
somos más que unas simples herramientas. Somos los
mayordomos de hombres ricos y poderosos que se
mueven detrás del escenario. Somos unos polichinelas.
Ellos tiran de los hilos y nosotros danzamos. Nuestros
talentos, nuestras posibilidades, nuestras ilusiones y
nuestras vidas son propiedad de otros hombres. No
somos más que unos prostitutos intelectuales." (5).
Si lo anterior era cierto en 1963, cuando el honrado
periodista Swinton se expresaba de este modo, en el
momento de su retirada como profesional, en la
actualidad es tan absolutamente cierto que si un nuevo
Swinton tuviera un parecido acceso de sinceridad
probablemente a las pocas horas tendría un mortal
accidente de tráfico. Los accidentes de tráfico y los
"suicidios" oportunísimos son moneda corriente en la
Gran Democracia Americana. Esto lo saben muy bien los
testaferros anglosajones que sirven como auxiliares de la
política sionista que, con el marchamo de americana,
hacen los políticos de Washington, lacayos de Wall
Street.
Esta sumisión de los intereses específicamente
americanos al Sionismo se puso especialmente de
manifiesto con motivo de la campaña electoral que en
octubre y noviembre de 1976 se llevó a cabo en los
Estados de la Unión. Un periódico como "El País", de
Madrid, que ciertamente nadie osaría calificar de
"fascista", "antisemita" o cualquier otro adjetivo
infamante en boga en nuestra prensa actual publicó que
"... Ford, en los años que lleva en la Casa Blanca ha
proporcionado a Israel una ayuda cifrada en 4.300
millones de dólares, lo que supone el 40 por ciento de la
ayuda total concedida por Norteamérica al Estado de
Israel desde que éste se creó, en 1948" (6). El mismo
periódico insiste en que esto es un claro ejemplo de
"como se sacrifica el interés de la seguridad nacional por
razones políticas internas".
Ciertamente en las últimas elecciones americanas los
halagos a la comunidad judía fueron desproporcionados
a su importancia electoral. Al fin y al cabo, hay, en
América, el doble de inmigrantes de origen italiano, o
irlandés, que judío, y la prensa no registró ninguna
promesa específicamente destinada a esas
comunidades. Los halagos a la comunidad judía pues,
estaban menos justificados por la importancia electoral,
numérica, de esa comunidad, que por la
desproporcionadísima significación política del
"Establishment" de Nueva York, y concretamente de Wall
Street, pero con ramificaciones en todo el país.
Los tahures del Sionismo jugaron ambas cartas, la de
Carter y la de Ford, pues sabedores del desinterés
general de los electores, que intuyen se trata de una
gigantesca farsa y registran un porcentaje de
abstenciones cada vez más elevado, los sondeos de
opinión y las manipulaciones propagandísticas son
susceptibles, cada vez más, de incurrir en error, razón
por la cual se influye en el "criterio" de ambos
candidatos, condicionándolo de manera que, suceda lo
que suceda, gane quien gane, el vencedor final está
infeudado, sometido, a los designios del "Establisliment".
Y así, a pesar de que el podre Gerald Ford prometió todo
lo que era posible prometer, en favor de Israel, de los
judíos de América y de todo el mundo, la victoria, por un
ligero margen, se decantó del lado de Carter, que
inmediatamente dio cumplimiento a sus promesas
electorales -que sólo se cumplen, con creces, cuando se
refieren a los judíos- y así asistimos al insólito
espectáculo`de un copo de puestos de gran
responsabilidad en la Administración norteamericana,
por individuos de filiación sionista. Así, por ejemplo, para
el vital cargo de Secretario de Defensa fue nombrado
Harold Brown, alias Braunstein, antiguo miembro de la
radical "Liga Anti-Difamación Judía. Michael Blumenthal
fue nombrado Secretario del Tesoro. Este sionista es un
apóstol del comercio con los países comunistas. Como
jefe supremo de la todopoderosa C.I.A. fue nombrado
Theodore Sorensen, que si durante las guerras de Corea
y del Viet-Nam fue un pacifista notorio, en cambio en
relación al Medio Oriente es un belicista más furioso que
Moshe Dayan. James Schlesinger fue nombrado Jefe del
Departamento de Investigación Atómica. Este sionista ya
había sido Secretario de Defensa con Nixon. Si para el
cargo de Secretario de Estado se prescindió de Kissinger,
ocupando su plaza el anglosajón, ultra-izquierdista y
millonario, Vance, a su lado ha quedado, como
"consejero especial", el judío, de orígen polaco,
Brzezinski, mientras el siniestro y misterioso Kissinger
aparece, de vez en cuando, dando, también sus consejos.
Otro judío, aunque no específicamente sionista, según se
cree, un tal Stuart Eizenstadt, es Secretario del Interior.
Según el semanario judeo-americano "Jewish Tribune" (7)
"el nuevo Gabinete Carter tiene más ministros de origen
judío que el anterior. Además, una cosa es cierta: el
mejor amigo de que dispondrá Israel en ese Gobierno
será un negro, Andrew Young, que acaba de ser
nombrado embajador de los Estados Unidos en las
Naciones Unidas."
Precisa el aludido semanario que el tesorero de la
campaña electoral de Carter fue el judío Robert
Lipschutz, antiguo presidente de la Sinagoga de Atlanta
(Georgia). Finalmente, en el círculo íntimo de consejeros
especiales del Presidente, con una influencia
incalculable, en muchos casos muy superior a la de
muchos ministros, se encuentran los judíos Irving
Shapiro, Presidente del mastodóntico trust Du Pont de
Nemours; Arthur Okum, antiguo y funesto consejero del
Presidente Johnson; A. W. Clausen, Presidente del Bank of
America; el economista Lawrence Klein; Bert Lance,
Presidente del Bank of Georgia, y Robert Roosa, alto
empleado de la banca Harriman (8).
Pero la influencia del Judaísmo en América no se deduce
de la importancia y significación de los cargos
detentados por determinados judíos en un momento
dado, sino, sobre todo, del respaldo del "Establishment",
es decir, del llamado "Money Power", el Poder del Dinero
que, al controlar absolutamente los medios de
comunicación, manipula la mal llamada Opinión Pública,
la cual exigirá a sus gobernantes lo que en su lavado
cerebro le ha sido dictado, machaconamente, por la
palabra y por la imagen.
Al controlar el Dinero y su emisión, los judíos controlan a
los políticos profesionales y a la.Prensa, hablada y
escrita. Su dominio en Norteamérica es total... por ahora.
Porque, en caso de producirse una auténtica Revolución
Nacional en aquél poderoso país de ilimitadas
posibilidades, los "progroms" zaristas, o los abusos
atribuidos por los propios judíos al III Reich serían
mínimos comparados con lo que desde Nueva York hasta
California sucedería.
Esperemos que, por el bien de los Estados Unidos, de los
propios judíos y, lo que es más importante, de la justicia
y la paz en el mundo, el verdadero pueblo americano
pueda sacudirse el yugo que lo domina, de la manera
más incruenta posible.
J. Bochaca
NOTAS
(1) Francis Parker Yockey: "Imperium", pág. 377.
(2) Frase de Louis Brandeis, del Tribunal Supremo de los
Estados Unidos. Citado por Heriry Ford, Sr., en "El Judío
Internacional", p. 236.
(3) Estas frases de Spiro Agnew fueron. reproducidas por
el periódico "The Thunderbolt", Junio de 1976.
(4) Véase, a este- respecto, la obra "The Final Secret of
Pearl Harbour", del Almirante Robert A. Theobald,
comandante de la base naval en el momento en que fue
atacada.
(5) Citado por Adrien Arcand: "A bas la haine!”, pag. 4.
(6) El País", Madrid, 14 de octubre de 1976.
(7) Número del 13 de enero de 1977. (8) Ibid.. Id. Citado
por “Lectures Frangaises", febrero de 1977.
JUDIOS EN EL GABINETE CARTER
Los judíos en EEUU no alcanzan el cinco por ciento de la
población, sin embargo entre los altos cargos de la Casa
Blanca la proporción se invierte, el noventa por ciento
son judíos. La situación no varía si el presidente es del
partido demócrata o del republicano, los nombres y los
rostros cambian, pero continuamente la influencia del
judaísmo en Norteamérica es dominante. A continuación
damos cuenta de algunos de los más destacados judíos
en la administración del presidente Carter:
Stuart Eizenstadt, Jefe de Asuntos Internos y Consejero.
Anthony Solomon, Secretario Subalterno para Asuntos
Monetarios.
Alan Dershowitz. Jefe del Departamento de Criminología.
Bertrain Carp, Diputado. Despacho de Administración y
Presupuestos.
Dave Rubenstein, Diputado, Despacho de Administración
y Presupuestos.
Morris Dees, Departamento de Justicia.
Robert Lipschultz, anterior Tesorero, ahora jefe de
Consejo de la Casa. Blanca.
Michael Blumenthal, Secretario del Tesoro.
Harold Brown, Secretario de Defensa.
William Nordhaus, Junta de Consejeros de Economía.
Fred Bergsten, Secretario Asistente de Asuntos
Internos.en el Departamento del Tesoro.
Harold L. Williams, Director de Seguridades y Comisión
de Cambio.
Bob Ginsburg, Consejero de Economía Internacional.
David Aaron, miembro del Consejo de Seguridad
Nacional, antiguo asistente Legislativo del Vicepresidente
Walter Mondale.
Marshall D. Shulman, Consejero Jefe de Cyrus Vance.
James Schiesinger, Jefe del Nuevo Departamento de
Energía. (1)
Jessica Tuchman, Oficial de Asuntos Generales bajo
Bezezinsky. Antigua Coordinadora de Asuntos Exteriores
para el Congresista Morris Udal.
Michael Oxenberg, Consejero de Asuntos Chinos.
William Hyland, Consejero de Asuntos Europeos y antiguo
Consejero de Henry Kissinger.
Robert Hormats, Consejero de Economía Internacional.
Jerrald L. Schecter, Auxiliar de Brztzinsky.
Sol Linowitz, Co-negociador en el trato del Canal de
Panamá.
Michael Partschuk, Presidente de Junta, Comisión de
Comercio General.
Martin Goldstein, Ayudante de Control de Armas del
Pentágono. Robert Strauss, Antiguo Presidente Nacional
Democrático, ahora negociador de Comercio Exterior.
Joel Solomon, Director de la Administración de Servicios
Generales.
Simon Lazarus, Ayudante Presidencial. Bruce
Kirschenbaum, Asociado para Asuntos
Inter-Gubernamentales.
Mark Siegel, Asistente Diputado para Análisis de Política.
Daniel Tate, Asociado de Relación Congresional.
David S. Tatel, Jefe de la División de Derecho Civil,
Departamento de Salud, Educación y Bienestar.
Arthur Fleming, Comisionado de Derecho Civil
Estadounidense.
Joseph Aragon, Asistente de Paul Warnke, Negociador de
Control de Armas.
Alexis M. Herman, Director de la Oficina Femenina en el
Departamento de Trabajo.
Arthur Burns, Presidente, Consejero de Reserva Federal.
Jule M. Sugarman, Comisionado de Servicio Civil Federal.
Marcy Kaptur, Consejero Interno de la Casa Blanca.
James Lowenstein, Oficial de Servicio Exterior para
Luxemburgo. Marvin Weissman,
Embajador para Costa Rica.
Harry Shlaudernan, Oficial de Servicio Exterior para Perú.
Kenneth Axelson Asistente de la Secretaría del Tesoro.
Joe Levin, División de Derecho Civil del Departamento de
Justicia.
Daniel Minchew, Presidente de la Comisión de Comercio
Internacional.
Henry Aaron, Secretario Asistente, Planning H. E. W.
NOTAS:
(1) Como muchos otros judíos situados en puestos clave,
Schlessinger ha mantenido su importancia y la tiene
todavía hoy. Se mantuvo con Ford y en el Gabinete
Carter tiene a su cargo el importante Departamento de
Energía. Al igual que ocurrió con Weinberg -que
sobrevivió al Gobierno Eisenhower, continuando con
Johnson- o el famoso Warburg que mantuvo su influencia
en los gabinetes de Roosevelt, Truman y Kennedy, estos
influyentes personajes escapan a toda crisis o cambio,
manteniéndose en la penunbra y persistiendo en su
influencia.
Tags: globalismo, capitalismo, conspracion, finanzas, sionismo