LAS FINANZAS Y EL PODER, Joaquim Bochaca.
El simbolismo del dólar es claramente visible. Obsérvese la estrella formada a su vez
por estrellas que se halla sobre el escudo de los Estados Unidos, así como el simbolismo de la
izquierda, pirámide y triángulo con la sugerente inscripción “Nuevo Orden de los Siglos”
Trascripción de la 5a edición.
***
“Permitidme fabricar y controlar el dinero de una nación, y ya no me importa quienes
sean sus gobernantes”. Rothschild
“Me temo que al hombre de la calle no le gustará saber que los bancos pueden crear y
de hecho crean dinero. El volumen de dinero en existencia varía solamente con la acción de los
bancos aumentando y reduciendo sus préstamos. Cada préstamo o cuenta en descubierto crea
dinero. Y los que controlan el crédito de una nación, dirigen la política de su gobierno y tienen
en sus manos el destino del pueblo”. Reginald McKenna, miembro de la Cámara de los
Comunes; discurso en el Midland Bank, enero 1924.
“Poder inmenso y despótica dominación económica están concentrados en manos de
unos pocos. Este poder deviene particularmente irresistible cuando es ejercido por los que,
controlando el dinero, gobiernan el crédito y determinan su concesión. Ellos suministran, por
así decirlo, la sangre de todo el cuerpo económico, y la retiran cuando les conviene: como si
estuviera en sus manos el alma de la producción de manera que nadie ose respirar contra su
voluntad” S.S. Pío XI, “Quadragesimo Anno”.
En el mundo civilizado hay suficientes primeras materias, trabajo, maquinaria, mano de
obra especializada, conocimientos científicos y tecnológicos y, en general, riqueza suficiente
para alimentar –más aún sobrealimentar- a sus habitantes. No obstante, en ese mundo civilizado
se producen, regularmente, cíclicamente, crisis “económicas”, paro obrero y su corolario: el
hambre. La ciencia económica ortodoxa explica este fenómeno de los ciclos de prosperidad y
crisis hablándonos de prosperidad ficticia y de exceso de producción, y llega a la insólita
conclusión de que es lógico y natural que las gentes se mueran de hambre y miseria al lado de
stocks desbordantes. Particularmente he llegado a la conclusión, de que la llamada ciencia
económica moderna representa un fenómeno similar al de la pintura que los barbudos
intelectuales “hippies” llaman ultramoderna y los arqueólogos antiquísima. Es decir, que es un
gigantesco “bluff” que casi nadie osa denunciar por temor a pasar por indocumentado,
retrógrado, etc., ante la masa conformista reverenciadora de las ideas establecidas.
Por que, dígase lo que se quiera, no es natural –luego no es posible- que la gente se
muera de hambre y miseria por haber producido demasiados bienes de consumo.
El Código Penal Español –y, con él, todos los códigos penales del mundo- castigan con
penas que pueden llegar hasta la reclusión a perpetuidad a los falsificadores de moneda. Osamos
suponer que tan drástica sanción no la imponen los legisladores para castigar al falsario que al
introducir sus falsos billetes en el mercado obtiene por ellos bienes y servicios, sin trabajar;
sino, sobre todo, por que al aumentar artificiosamente la masa de dinero circulante, roba,
indirectamente, a todos y cada uno de sus compatriotas. La razón es simple: cuanto más dinero
existe, en una situación dada, menos valor tiene. Si una organización de falsificadores en gran
escala consiguiera, por ejemplo, llegar a imprimir tantos billetes falsos como billetes legales
existieran en el mercado, cada persona se encontraría con que su dinero valía, exactamente la
mitad de lo que valía antes de que la organización falsaria en cuestión iniciara sus actividades.
Los falsificadores son auténticos ladrones, puesto que al lanzar moneda nueva, que se
supone legal, al mercado, toman para sí una parte del valor del dinero de sus compatriotas, los
cuales deben pagar forzosamente por las mercancías y servicios que dichos falsificadores
compran.
En realidad, cualquier lanzamiento de dinero nuevo al mercado –hágalo quién lo haga-
disminuye el valor del dinero en circulación. Los propietarios del dinero en circulación antes del
lanzamiento o emisión de dinero nuevo sufren una pérdida evidente; y se aperciben de tal
pérdida al comprobar que los precios han subido y que, por vía de consecuencia, su dinero vale
menos.
¿Cuándo se produce un lanzamiento de dinero nuevo? En otros tiempos el dinero era
emitido exclusivamente por los Estados, y su creación se producía a medida que las necesidades
se hacían sentir; como la función del dinero no es otra que la de facilitar el pago o intercambio
de bienes y servicios, la masa de dinero circulante era relativamente estable en una situación
económica dada. A veces, el Estado hacía una emisión de dinero, que se utilizaba para el pago
de trabajos y servicios públicos, la instrucción popular, las instituciones sanitarias estatales, la
higiene pública, el Ejército y la Policía, el funcionariado, etc. Con la creación de este dinero
nuevo por el estado, el público –los poseedores del dinero- sufría una pérdida en el valor del
mismo (recordemos que cuanto más dinero hay en el mercado, menos valor tiene y más suben
los precios), pero esa pérdida quedaba compensada, por lo menos en gran parte, por los
beneficios directa o indirectamente reportados a la comunidad por los servicios y trabajos
públicos efectuados por el Estado.
Esto era en otros tiempos...por que, en la actualidad, prácticamente todos los estados
han abdicado su facultad soberana de crear o emitir dinero, en favor de individuos o
instituciones privadas que son las que emiten “legalmente” la inmensa mayoría de la masa
circulante de dinero, hasta el extremo de poderse afirmar, sin hipérbole, que no menos de las
nueve décimas partes del dinero hoy en circulación en cualquier estado, es dinero falso. Si el
calificativo choca demasiado, podemos decir, que es dinero “abstracto”. Con dos agravantes: los
falsificadores chapados a la antigua debían ser unos imitadores con categorías de artistas, y
corrían grandes riesgos personales; los modernos falsificadores, crean dinero de un simple
plumazo, con un asiento en un libro contable, cargan un interés sobre tal “dinero”, y todo ello
sin riesgo alguno; más aún, con el respeto y la consideración distinguida del rebaño de
ciudadanos destinados a ser aniquilados.
Los banqueros operaban ya en Europa a principios del siglo XVII, antes de que existiera
lo que se llama, con eufemismo, el “sistema bancario”. Los poseedores de oro y plata, lo
entregaban para su custodia, a un banquero que los guardaba en una caja fuerte. El banquero no
era más que el guardián de los ahorros de sus convecinos, y, a cambio de la seguridad que
ofrecía como custodio del oro y plata ajenos, cargaba un pequeño interés. El banquero,
naturalmente, entregaba a sus clientes, un recibo por su dinero. Si un señor depositaba mil reales
de oro en una caja fuerte del banco, el banquero le entregaba un recibo de mil reales. Si el
impositor, más tarde, iba a buscar su dinero al banco, éste se lo devolvía (previa deducción del
interés legal de la época como guardián del oro) y el recibo era destruido. Dicho recibo –
documento intachable sobre el que se iba a edificar el mayor timo que los siglos han visto y
verán, no era, en realidad, más que una promesa de pagar, firmada por el propietario de una caja
fuerte. Dichas “promesas de pagar” eran transferibles y se convirtieron, de hecho en dinero.
Esto era perfectamente lógico y conveniente, toda vez que era mucho más cómodo y
factible usar un pedazo de papel, que llevar continuamente encima de sí bolsas de oro y plata.
Dichos pedazos de papel, dichas “promesas de pagar” se usaban, de hecho, como dinero,
partiendo del supuesto de que dinero es cualquier cosa por la cual entreguen mercancías, se
rindan servicios o se paguen deudas.
La experiencia diaria enseñó a los banqueros un hecho curioso. Se apercibieron de que
muy raramente sus impositores les devolvían sus recibos (sus “promesas de pagar” pidiendo a
cambio su oro. Por regla general –que ha permanecido invariable hasta nuestros días- los
impositores retiraban, como promedio, un diez por ciento del montante total de sus
imposiciones. Un señor que depositaba por ejemplo, en un banco, mil reales de oro u otro
cualquier metal de curso monetario legal, como la plata, retiraba, como promedio, cien reales
para su manutención y sus gastos ordinarios, y dejaba los otros novecientos en el banco. En
otras palabras, si un banquero que guardaba depósitos por valor de un millón de reales, perdía,
le robaban o se gastaba novecientos mil, todavía le quedaban los cien mil que le eran necesarios
para hacer frente a las demandas normales de sus impositores.
En consecuencia, los banqueros empezaron a poner en circulación, decuplicándolos,
más recibos, más “promesas de pagar” oro que el que realmente poseían; es decir, prestaron esas
“promesas” cobrando por ello un interés. No se debe olvidar, ni por un momento, que los
banqueros prestaban, y continúan prestando, algo que ellos no tienen, ni en calidad de
propietarios, ni en la de poseedores; o, como máximo, en esa segunda calidad, en un diez por
ciento del total por ellos “prestado”. Más aún, como garantía de la buena fe de los propietarios
los banqueros exigieron, contra sus préstamos, los títulos de propiedad de casas, fábricas, fincas,
cosechas, de aquellos; de manera que si un préstamo (aumentado por sus intereses acumulados)
no era devuelto en un determinado plazo, el banquero entraría en posesión de las mismas.
Aquí un inciso. Llamamos la atención sobre el hecho de que el banquero no prestaba, ni
presta, dinero, sino simplemente, una promesa de pagarlo. El hecho de que, por tales promesas
se dieran bienes y servicios, es decir, se utilizaran como dinero, no alteraba en absoluto el hecho
de que no era dinero, sino, simplemente, una promesa de pagar dinero y nada más que eso; con
el agravante de que tales promesas carecían de respaldo legal en oro y plata. Promesas creadas
“ex nihilo” (Nota del editor: de la nada) y dejando un suculento interés.
Se ha definido el préstamo como un intercambio de deudas. El prestador –el banquero-
toma la garantía (títulos de propiedad de una casa o fábrica, por ejemplo) y se la debe al
prestatario. Este, a su vez, toma las “promesas de pagar”, o el crédito, como se llama, y le debe
esa suma de dinero, más sus intereses, al prestador. En realidad lo que ha ocurrido es un
intercambio de promesas. La promesa del banquero de pagarle a su cliente, contra la promesa de
éste de devolver el dinero con sus intereses. El cliente da, como garantía, los títulos de
propiedad de su casa o fábrica. El banquero no da nada. Se objetará que el banquero presta
dinero y que éste es su propia garantía. Esto no es cierto. El banquero no presta dinero, ha
puesto en circulación “promesas de pagar dinero” –que es lo que en realidad ha prestado-,
representando die z veces más dinero que el que tiene, y el que tiene diez no puede, ni podrá
jamás, prestar cien. En otras palabras, mientras los bancos disponen contra la comunidad de
garantías representando una riqueza real, tal como son casas, fábricas, fincas, cosechas, etc., la
comunidad no dispone, contra los bancos, de ninguna garantía. la menor tentativa hecha por los
acreedores de un banco para ejercitar sus “garantías” contra éste, ponen de manifiesto que éstos,
de hecho, no tienen sustancia alguna. Si tales acreedores le “aprietan demasiado las clavijas” al
banco, son castigados perdiendo todos sus ahorros. El banco cierra sus puertas poniendo de
manifiesto que sus “promesas de pagar” son falsas promesas...a menos que el Gobierno no
acuda en su ayuda con una moratoria...moratoria cuyas consecuencias, representarán, al fin y a
la postre, que la comunidad en bloque deberá pagar para cubrir las falsas promesas del
banquero.
Pero esto es adelantarnos a los acontecimientos. Volvamos al período durante el cual
banquero está prestando su crédito (“promesas de pagar&rdquo
a sus conciudadanos. Supongamos
que sus impositores han depositado en su banco cien millones de pesetas. El banquero ha
abierto créditos por mil millones, entregando talonarios de cheques a sus clientes. Estos
cheques, que serán utilizados para las futuras transacciones representan un dinero creado, de un
simple plumazo, en los libros del banco; hacen exactamente el mismo papel que la moneda
falsa, pues aumentan el poder de compra y, por vía de consecuencia, hacen subir los precios y
devalúan el dinero que existía antes de que el banquero iniciara sus operaciones. En otros
términos: al crear dinero nuevo, el banquero, igual que un vulgar falsificador, ha robado un poco
a cada uno de sus conciudadanos y ha obtenido interés sobre el “dinero” robado.
De momento el sistema parece dar resultado. La euforia general disimula el robo
colectivo que se ha producido. Los prestatarios han podido desarrollar nueva riqueza, el
comercio está en su apogeo y se ha llegado al pleno empleo. Cada vez que un préstamo es
devuelto –con sus intereses acumulados- el banco se apresura a prestarlo de nuevo. Los mil
millones de “dinero” arrojado al mercado han ocasionado el clásico “boom”. Los precios suben
en vertical, mientras toda clase de productos se ofrecen a la venta. Pero esta subida de precios
continúa sólo en caso de que continúen los préstamos. cada vez que el banquero deja de hacer
préstamos – es decir, de crear “dinero”- los precios dejan de subir. Y al dejar de subir los
precios los negocios se hunden. La posibilidad de continuar haciendo más y mayores beneficios
en un mercado alcista, ha desparecido, por que ahora el banquero empieza a verse en
dificultades. En efecto, él ha prestado sus “promesas de pagar” –o, si se quiere, ha abierto
créditos- por mil millones de pesetas. Con el dinero efectivo, líquido, que tiene en caja, le queda
justo para atender a las demandas normales de sus clientes. Cualquier demanda extraordinaria
de fondos puede dejarle en descubierto. Cada crédito que él ha abierto, representado por
cheques, así como cada recibo que él ha extendido a sus impositores, representan promesas de
pagar oro y plata (hoy en día papel moneda ténder del estado). En consecuencia tanto sus
impositores como sus prestatarios –deudores y acreedores- pueden exigir oro y plata (o billetes
de banco), por sus recibos. Todos están persuadidos de que lo que el banquero les “presta” es
oro y plata (o billetes emitidos por el Estado) y que sólo se utilizan los talonarios de cheques por
razones de comodidad y agilidad. Pero el banquero sabe, mejor que nadie, que esto no es así. Él
sabe perfectamente, que ha prestado algo que no tiene, y que su curioso negocio depende de la
confianza que sus clientes tienen en él; es decir, la confianza en la aparente inter-cambiabilidad
del metal y el papel (hoy día, de un cheque y el dinero por él representado). Su negocio se basa,
pues, en un abuso de confianza, en una ficción que debe ser mantenida a toda costa.
En la presente situación, habiendo creado el banquero todas las “promesas de pagar”
que sus reservas –es decir, diez veces del total de éstas-, debe rehusar nuevos préstamos. El
mercado se resiste a ello. Los que han comprado mercancías con la esperanza de revenderlas
más caras, o los que han producido bienes para venderlos a precios elevados empiezan a su vez,
a encontrarse en una situación incómoda. Un nuevo fenómeno se agrega a la difícil situación
que se va creando: mientras el banquero “inventaba” más y más dinero –insistamos en que el
dinero es todo aquello que sirve como medio de pago- y, por consiguiente, los precios iban
subiendo, el dinero cambiaba de manos con facilidad. tanto el dinero auténtico (los billetes o
monedas) como, sobre todo, las célebres “promesas de pagar” del banquero (los cheques) pasan
rápidamente del comprador al vendedor, y de éste al banco, de dónde una parte se ha retirado
de nuevo para pagar salarios, facturas, etc. Supongamos que el Banco X abre un crédito de diez
millones de pesetas al Sr. Pérez, el cual se apresura a emplearlo en un montaje de una fábrica, y
empieza a lanzar productos a un mercado alcista. El Sr. Pérez paga, con cheques, al constructor,
al herrero, al calderero y al carpintero que le han montado su fábrica. Estos especialistas tienen,
a su vez, una cuenta corriente abierta en el Banco X, en la que ingresan los cheques en cuestión.
Una parte del valor representado por esos cheques ha sido retirada para pagar salarios de
los obreros del constructor, del carpintero, del calderero, etc. Dicho dinero ha sido gastado en
los comercios locales: en el supermercado, la carnicería, la tienda de confecciones, etc. y estos
detallistas se ha apresurado a ingresarlos en sus cuentas del Banco X, en las cuales permanece
hasta que es retirado más tarde para pagar a sus acreedores (sus proveedores): granjeros,
molineros, fabricantes textiles, etc. Todas estas personas van abriendo cuentas corrientes en el
banco X y todas estas cuentas no significan, en realidad, más que una simple declaración del
valor de los cheques en posesión del titular. la dirección del Banco X sabe perfectamente que
los cheques por valor de diez millones que se han prestado al Sr. Pérez, los ha gastado este
señor en pagar al constructor, al calderero, al carpintero y al herrero. Las cuentas de estos
caballeros arrojan unos saldos favorables, pero lo que ellos en realidad poseen son los cheques
del propio Banco X, que éste había prestado al Sr. Pérez.
Imaginémonos, ahora, que la baja general de precios alarma a estos señores, que se
presentan un buen día ante la ventanilla de Pagos y exigen que se les pague en dinero...pero en
dinero auténtico, de verdad, en billetes oficiales, emitidos por el Estado. Y supongamos que la
alarma cunde, y tal como ha ocurrido miles de veces en el transcurso de la aventura bancaria, un
ejército de clientes se presenta en el banco con idénticas pretensiones...
Al hacerse estas tan sencillas como inevitables consideraciones, el banquero se apercibe
de que no le basta con dejar de prestar; debe empezar a presionar a sus prestatarios para que
éstos se vayan poniendo al día. La dirección del banco X llama al Sr. Pérez y le invita a que
devuelva todo, o una parte sustancial, del préstamo que recibió. El Sr. Pérez, presionando a sus
deudores –o mal vendiendo su stock-, logra obtener el dinero necesario para devolver el
préstamo bancario. Sus deudores (clientes, detallistas, almacenistas, etc.) se presentan en el
banco y retiran su dinero –en forma de cheques- y con ellos pagan al Sr. Pérez quién devuelve
su préstamo al banco X, el cual hace desaparecer sus “promesas de pagar” de un simple
plumazo en sus libros. Mr Frederick Soddy, economista inglés, ganador del premio Nobel en
1921, escribió, en su obra “Citadel of Caos”:
“El rasgo más siniestro y anti-social del dinero escriptural es que no tiene existencia.
Los bancos deben al público una cantidad total de dinero que no existe. Comprando y
vendiendo por medio de cheques, solo se produce un cambio en el particular a quién el dinero
es debido por el Banco. Mientras la cuenta de un cliente es debilitada, la de otro cliente es
acreditada, y los bancos pueden continuar debiendo dicha cantidad indefinidamente.
El beneficio de la emisión de dinero ha procurado el capital del gran negocio bancario
según existe hoy. Habiendo empezado sin nada propio, los banqueros han puesto a todo el
mundo en deuda con ellos, irremisiblemente, mediante una trampa.
Este dinero nace cada vez que los bancos “prestan” y desaparece cada vez que el
préstamo les es devuelto. De manera que si la industria trata de pagar, el dinero de la nación
desaparece. Esto es lo que hace tan peligrosa a la prosperidad, ya que destruye el dinero
justamente cuando más necesario es, y precipita la crisis”.
Es evidente que, cuando el banquero empezó a esparcir sus préstamos y, en
consecuencia, hizo subir los precios, cada comprador se vio forzado, de hecho, a pagarle una
especie de tributo, pero que cuando contrajo de nuevo sus préstamos, provocando así la baja de
precios, fueron los vendedores los que tuvieron que pagarle tributo. Es un caso típico de “si sale
cara, yo gano; si sale cruz, tu pierdes”. (1). Un caso, además, de flagrante inmoralidad,
derivada del hecho de que un señor que inició sus actividades con el dinero de los demás, se
convirtió, con el manejo de “dinero abstracto”, en el mayor propietario de fincas, fábricas,
terrenos y dinero... pero dinero concreto, auténtico, de toda la ciudad y, a la larga, de todo el
país. Con el actual sistema bancario, los banqueros pueden con sus cheques, proporcionar
“poder de compra” a sus conciudadanos, y luego quitárselo, en el momento en que más
necesidad tienen de él. La súbita inundación de un mercado con dinero “abstracto” –una
auténtica inflación- hace subir los precios y despierta el interés general en aumentar la
producción. Los mercados quedan abarrotados de toda clase de productos y, en consecuencia,
hace falta muchísimo dinero para distribuirlos. (Es importantísimo tener presente que la única
función del dinero es ésta: distribuir bienes y servicios). La repentina retirada del dinero, en
tales circunstancias, provoca, necesariamente, una caída general de precios y, al mismo tiempo,
una riada de bancarrotas... y, además, el desempleo y el hambre.
Este sistema, que constituirá la irrisión de las generaciones venideras, le da al banquero
el control del nivel de precios y, como lógica consecuencia, de los salarios. El banquero tiene,
prácticamente, un poder absoluto, sobre sus conciudadanos; un poder como nunca pudo
imaginar el más tiránico autócrata. El poder de someter a sus exigencias a cualquiera que ose
oponérseles, mediante la latente amenaza de la ruina. El moderno banquero o, más exactamente,
el sistema financiero, está en disposición de arruinar a sus deudores y arrebatarles “legalmente”
su propiedad. A. N. Field pone el siguiente ejemplo:
“Supongamos que soy un banquero y que presto mil dólares a John Smith, con la
garantía de su fábrica. A continuación retiro una parte de mis otros préstamos, disminuyendo
así el poder de compra en la región donde John Smith lleva su negocio. A consecuencia de esa
contracción del poder de compra, de “demanda”, los precios bajarán y John Smith dejará de
ganar dinero. Como él debe pagarme a mí el interés de mi préstamo, empieza a reducir
personal y a instalar maquinaria que le ahorre mano de obra. Pero yo continuo reduciendo mis
préstamos. Los precios continúan bajando, y, al final, John Smith se queda sin recursos. Me
dice que no puede continuar pagándome los intereses. Entonces le embargo la fábrica y la
pongo en venta. la mejor oferta son ochocientos dólares, de manera que me la guardo en pago
de mi préstamo. Un poco más tarde empiezo a prestar de nuevo, y los precios vuelven a subir.
La fábrica de John Smith tiene ahora mucho valor, pues he vuelto a aumentar –proporcionando
poder de compra- la llamada “demanda” de lo que él fabricaba. De manera que vendo su
negocio por cinco mil dólares y me embolso, “con toda legalidad”, cuatro mil” (2).
Este ejemplo podrá tildarse de exagerado. En realidad, todo ejemplo, para ser
aleccionador, debe ser una caricatura; pensar es exagerar, decía Goethe. Pero ilustra un hecho
que se ha dado muchas veces en la práctica. Así, en 1930, los estados Unidos de América tenían
sus stocks repletos, pero les faltaba la cantidad adecuada de dinero para poder desarrollar el
comercio, es decir, para hacer llegar esos productos a los consumidores. Los banqueros habían
retirado deliberadamente de la circulación dieciocho mil millones de dólares, al rehusar
préstamos a agricultores, comerciantes e industriales prósperos, y cancelar los ya existentes en
su mayor parte. Se produjo el famoso “crack” del “Black Friday”, miles de empresas quebraron,
y el treinta por ciento de los obreros se quedaron sin trabajo (3). Las mercancías sobraban, los
graneros estaban llenos a rebosar –incluso debían quemarse cosechas-, la mano de obra –tanto la
especializada como el peonaje - estaba disponible para el trabajo, pero faltaba “dinero”. Los
bancos entraron en posesión de decenas de millares de industrias, negocios y explotaciones
agrícolas. Faltaba dinero... faltaba algo que, si bien es difícil de ganar, es, en cambio, lo más
fácil de “hacer”... basta la imprenta del Estado, que respalda y controla la cantidad emitida, de
manera que esté en proporción con la riqueza REAL producida...No obstante, el gobierno
americano no imprimió el dinero necesario. ¿Por qué?...Por que no podía, legalmente, hacerlo.
Ya que diecisiete años atrás, en 1913, el gobierno de entonces había permitido que, por
un fraude parlamentario, se le arrebatara el poder de emitir la moneda del país. No ya la moneda
crédito, sino la moneda ténder.
La constitución de los EEUU ponía en las manos del Congreso el derecho a crear y
controlar la moneda del país. Pero, en diciembre de 1913, con la mayoría de los miembros del
Congreso pasando las vacaciones de Navidad en sus hogares, se hizo votar, de manera casi
subrepticia, una ley conocida con el nombre de “Federal Reserve Act”. Grosso modo, esta ley
autorizaba el establecimiento de una Corporación de la reserva Federal, con un Consejo de
Directores (El “Federal Rederve Board&rdquo
. Esta ley le arrebataba al Congreso el derecho de la
creación y el control del dinero, y se lo concedía al “Federal Reserve Corporation”... El pretexto
que se dio para la aprobación de esta ley insólita fue “separar la Política y el Dinero”. La
realidad fue que –en una gran Democracia que se suele presentar como el prototipo ideal de esa
forma de gobierno- el poder de crear y controlar el dinero les fue arrebatado a los llamados
“representantes” del Pueblo para concedérselo a “UNA EMPRESA PRIVADA”. Y no creemos
incurrir en el pecado de juicio temerario si decimos que una empresa privada tenderá, por
definición, a buscar su propio provecho, coincida éste o no con el interés general de la nación.
Lo más grave, jurídicamente hablando, de este “Federal Reserve Act”, de 1913, es que
el acuerdo se tomó por una minoría de diputados, según todas las trazas presionados o
sobornados; no existía el quórum necesario...de manera que ni siquiera desde el punto de vista
más estrictamente democrático podía justificarse aquella ley...pero el caso es que fue aprobada,
y que desde entonces, una empresa privada emite el dinero del país más “democrático” –y
poderoso- del planeta. Desde aquellas navidades de 1913, un número comparativamente
pequeño de personas –unas ocho mil- controla, emite, crea y destruye a su conveniencia el
dinero del país que se supone abanderado de Occidente. Esas personas, en su inmensa mayoría
no son ni siquiera americanas de origen. El “deus ex machina” de esta nefasta “Act” fue un
banquero de Hamburgo, llamado Paul M. Warburg (4)
El “Federal Reserve Board” emite el dinero del país, y luego lo presta al gobierno
“legal” de los Estados Unidos, a interés. Si, por ejemplo, el gobierno de Washington necesita
mil millones de dólares para financiar obras públicas, renovar el armamento o lo que fuere, debe
dirigirse al “Board” y pedirle ese dinero. Entonces el omnipotente “Board” da su acuerdo a
condición de que el Gobierno le pague un interés. De manera que el Congreso autoriza al
Departamento del Tesoro para que imprima mil millones de dólares en bonos que son
entregados al “Federal Reserve Board”. El “Federal Reserve Board” paga los gastos de imprenta
(que supone unos quinientos dólares) y hace el cambio. Entonces el Gobierno ya puede disponer
del dinero para cubrir sus necesidades (5).
¿Cuáles son los resultados de esta inverosímil transacción? Pues, simplemente, que el
Gobierno de los estados Unidos ha puesto a sus ciudadanos en deuda con el “Federal Reserve
Board” por mil m illones de dólares, más intereses, hasta que se paguen. El resultado de esta
demencial política financiera (¿
es que, en menos de sesenta años –desde 1913 hasta hoy- el
pueblo de estados Unidos está endeudado con los banqueros del “Federal Reserve Board” por
un total de 350 millones de dólares, con un interés de un billón y medio cada mes, sin ninguna
esperanza de poder pagar jamás ni el principal de la deuda, ni siquiera sus intereses, pues ambos
aumentan continuamente. Ciento noventa y cinco millones de americanos están
irremisiblemente endeudados con otros ocho mil, más o menos americanos; y el montante de
esa deuda es superior al valor total de todas las riquezas del país (6).
Todavía hay más: Con este sistema de “dinero-deuda” los Bonos a que nos hemos
referido más arriba se convierten en valores bancarios, amparándose en los cuales pueden los
bancos hacer préstamos a clientes privados. Como quiera que las leyes bancarias de los Estados
Unidos requieren solamente una reserva del 20 por ciento, los bancos del “Federal Reserve
Board” pueden hacer préstamos hasta un total de cinco veces el valor de los Bonos que poseen
(7). Es decir, que volviendo a la transacción de mil millones de dólares que tomamos como
ejemplo, el derecho al interés de seis mil millones... POR UN COSTO ORIGINAL DE 500 en
gastos de imprenta (8). Y como el Congreso abdicó –en tal excelsa Democracia - el derecho de
emitir dinero, la única manera que les queda a los industriales, explotadores agrícolas y
comerciantes de los estados Unidos de obtener dinero para desarrollar las riquezas del país, es
tomarlo “prestado” del Consorcio Bancario del Federal Reserve, y ponerse en sus manos.
Saltan a la vista las terribles consecuencias de este loco “sistema”. Siendo omnipotentes
–luego irresponsable s- los bancos pueden disponer del poder de vida o muerte sobre cualquier
empresa, por fuerte que ésta sea. La degeneración financiera que esto supone lleva a los graves
extremos de que subsiguientemente a la denegación de un préstamo, en un momento dado, una
empresa, por fuerte que sea, se puede ver obligada a vender sus stocks a cualquier precio –
incluso a pura pérdida- para hacer frente a sus vencimientos y obligaciones urgentes. Tras
despreciar la mercancía, los agentes de la oligarquía bancaria compran grandes cantidades del
stock despreciado; después de esto, se aprueba el préstamo, el stock sube de valor, y es vendido
posteriormente con beneficios fantásticos. Esta práctica de robo legal ha llegado a un tal grado
de refinamiento hoy día, que al “Federal Reserve Board” le basta con anunciar en los periódicos
una alza o una baja en su tasa de descuento, para hacer subir o bajar el valor de los stocks según
su deseo (9).
Con estos métodos, los miembros del “Federal Reserve” y sus satélites bancarios han
conseguido el control de prácticamente todas las grandes industrias americanas... y, a partir de
ellas, han iniciado su “coca-colonización” del resto del mundo.
Para resumir, diremos que el llamado Crédito consiste en la falsa promesa de los
banqueros de pagar diez veces más dinero del que tienen, procedente de sus impositores. El
crédito no es dinero auténtico, legal, pero como hace las veces del mismo –sirve para pagar
bienes y servicios y cancelar deudas-, es, de hecho, imposible de distinguirlo del dinero legal
ténder. Estas “promesas de pagar”, emitidas por el banquero mediante un talonario de cheques,
nacen como “préstamos”, que deben ser devueltos con interés. Los banqueros se reservan el
“derecho” de retirar sus “promesas” –su crédito- pudiendo así, a su albedrío, retirar el noventa
por ciento del poder de compra –la “demanda”- de un país. De hecho, según McNair (10), se
contentan con fluctuaciones mucho más pequeñas, porque “aun muy pequeñas fluctuaciones son
suficientes para alterar el nivel de precios en un sentido u otro”... alteraciones de las que ellos
viven.
Nada menos que Sir Josiah Stamp, entonces la segunda fortuna de Inglaterra, y
presidente de los ferrocarriles Británicos, se dirigió en los siguientes términos a 150 profesores
de la Universidad de Texas: “El sistema bancario fue concebido en la iniquidad y nació en el
pecado. Los banqueros internacionales poseen la tierra. Quitadles todo lo que tienen, pero
dejadles el poder de crear depósitos (11), y con unos cuantos plumazos crearán los suficientes
depósitos para recuperarlo todo otra vez. Pero si les quitáis el poder de crear dinero, todas las
grandes fortunas desaparecerán, incluyendo la mía, y éste será un mundo mucho más feliz.
Pero si queréis continuar siendo esclavos de los bancos y pagar los costos de vuestra propia
esclavitud, dejadles continuar creando depósitos” (12).
Lo increíblemente chusco de esta clarísima declaración, es que el que la formuló, Sir
Josiah Stamp, unía a su condición de presidente de las “Bristish Railways”, la de... Presidente
del banco de Inglaterra, entidad que, pese a su empaque oficial, es, igual que el “Federal
Reserve Board”, una empresa privada que, desde su fundación, ha sido casi siempre dirigida por
individuos del mismo origen que los que han dirigido y dirigen el “Federal Reserve”.
Queda, pues, bien claro, que las pretendidas crisis económicas son, en realidad, crisis
financieras, muchas veces deliberadamente originadas (13). Thomas Jefferson dijo, en cierta
ocasión: “Creo que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades, que
los ejércitos enemigos. Ya han conseguido erigir una aristocracia del dinero que desafía al
Gobierno. El poder de emitir moneda debiera serles arrebatado (Jefferson se refería, claro es, a
la moneda crédito) y devuelto al pueblo a quien realmente le pertenece”.
En realidad, el poder de crear dinero –tanto dinero-ténder como dinero-crédito- debiera
quedar reservado al estado, quien lo iría poniendo en circulación a medida que las necesidades
lo exigieran. Es preciso terminar de una vez con el ciclo aparentemente inevitable,
“prosperidad-crisis” o “inflación-deflación”, o “boom-slump”, o como quiera llamarse. Este
fatídico ciclo tiene, para la economía de una país, los mismos efectos que una transfusión de
sangre seguida de una sangría cuando el paciente se está empezando a recobrar. El principal
resultado del “ciclo” es la carrera “Precios-salarios”... en la que los primeros siempre ganan.
La circulación de la moneda en un determinado país debiera reflejar exclusivamente su
capacidad de producir riqueza, su capacidad de desarrollo potencial y la necesidad de emplear
mano de obra, Únicamente el Estado –un Estado soberano y libre- cuyos servidores no hayan
debido “comprar” los votos de sus electores con una costosa propaganda que le ha sido
financiada por los que en ellos mandan... porque quien paga manda. Un Estado libre de la
gelatinosa, invisible, omnipresente influencia del Money Power, puede llevar a cabo una
política económica sana, apartada de las cadenas del “dinero-deuda” y de la usura. Los bancos
tienen una función económica y social que cumplir; en retribución a esa función tienen derecho
a unos beneficios justos y normales, pero no se pude permitir que la economía de una nación
dependa de los bancos; los bancos deben servir al país, y no éste a los bancos.
El Estado debe ser no sólo el emisor de la moneda ténder, sino también el dispensador
del crédito. El préstamo sin interés a empresas solventes fue el “deus ex machina” del colosal
salto dado por la economía alemana desde 1933 a 1939; no lo fue, como se ha pretendido
absurdamente, la gran capacidad de trabajo del pueblo alemán. Dicha capacidad de trabajo –
incuestionable - no la inventó el régimen nacionalsocialista, pero su decisión de arrebatar el
poder de “crearlo” a los bancos, sí fue, indudablemente, el motivo esencial. Podrá objetarse que
los estados pueden equivocarse, pueden cometer abusos, sean del color que sean... rojos,
blancos o azules, vayan o no a Misa sus dirigentes... pero lo que no podrá discutir nadie es que
si un Estado PUEDE equivocarse o PUEDE ir contra el bien común en materia financiera, un
banco, o, más aún, un sistema bancario, DEBE forzosamente ir contra dicho bien común. Y ello
por definición: Un Estado es una fundación pública y su función es el bien público; un Banco es
una empresa privada y su función es el bien privado propio, y es natural que así sea. Lo que no
es natural es que, mediante un timo secular, la función pública de facilitar y posibilitar el
intercambio de bienes, como es la emisión de dinero (ténder o crédito) se haya convertido en un
fabuloso e inmoral monopolio privado.
Es incuestionable que si la primera obligación de un Estado es proteger a sus súbditos,
y, en el problema que nos ocupa, protegerlos contra el dinero-deuda y la Usura Financiera, la
primera medida que debe adoptar dicho Estado debe tender a librarse él mismo de la tutela del
comúnmente llamado Money Power. Dice Juan Beneyto (14) que “todo el enorme problema
que ha planteado a la economía estatal el tema de la Deuda Pública, se relaciona con la falsa
construcción de la necesidad de dinero para el Estado. La idea deriva de que el Estado proceda
como un particular. El Estado no debe proceder como un particular. El Estado tiene tres
posibilidades para cubrir sus necesidades financieras: 1. La soberanía sobre los servicios
públicos. 2. La soberanía sobre la moneda. 3. La soberanía sobre las finanzas. Hay que partir
de la distinción entre lo público y lo privado, porque si no... el único camino que queda es ese
endeudamiento del Estado. La curación no cabe más que merced a un Estado, como el
nacional-socialista, que sea señor del dinero. Sólo así tiene viabilidad unas finanzas estatales
fuertes”.
Un Estado libre de deudas no tiene por qué gravar brutalmente a sus súbditos para
pagarlas, como ocurre actualmente en Norteamérica. La Alemania de 1933-1939 fue uno de los
países en que menos presión fiscal existía, y “ objetivo último de nuestro Estado –decía
el
Gottfried Feder- es el establecimiento de un estado sin impuestos” (15), citando como ejemplo
al Estado de Baviera –que no es, precisamente, de los más ricos de Alemania -, cuya hacienda
estatal se construía sin un solo pfenning de impuesto. Lo que Baviera lograba de la explotación
de los bosques y jardines estatales, de los ferrocarriles, servicios de Correos y Telégrafos,
compensaba sus gastos en atenciones culturales y educacionales, servicios públicos y
administración de Justicia. Todo lo recaudado en impuestos se destinaba íntegramente a pagar la
Deuda Bávara, y la parte correspondiente de la Deuda Nacional.
El Estado –sea del color que sea- es, endémicamente, un mal comerciante. De ahí el
fracaso clamoroso del marxismo. la función del Estado no es comerciar, sino –en la vertiente de
su política interior- conservar el orden público, desarrollar la riqueza e impedir abusos.
Particularmente, estamos contra las nacionalizaciones de empresas, y, en consecuencia,
también contra la nacionalización de la banca, “solución” que no solucionaría nada y convertiría
al Estado en un comerciante de dinero cuando –como esperamos haber demostrado ya- el dinero
no es una mercancía, sino un medio de intercambio, y la catástrofe de los “ciclos económicos”
se origina, precisamente con la artificial alteración del valor de algo que debería ser
fundamentalmente estable. Cuando decimos que el Crédito debe ser reservado al Estado,
queremos hacer hincapié –lo repetimos- en que dicho crédito debe ser sin interés. Ya Platón
calificó de “aberración contra Natura” la pretensión de hacerle producir dinero al dinero.
Y para llevar a la práctica la necesaria, imprescindible, reforma financiera –que es la
única alternativa a la catástrofe de los “ciclos”-, lo único que necesitan los Estados es aplicar su
Código Penal, que reprime el delito de la falsificación de moneda, pues eso y no otra cosa son el
“dinero-crédito” y el “dinero-deuda”.
O esto, o la perpetuación indefinida del Robo de los Siglos.
“Hay dos historias: la historia oficial, embustera, que se enseña “ad usum Delphini”; y
la historia secreta, en la que se encuentran las verdaderas causas de los acontecimientos: una
historia vergonzosa”. Honoré de Balzac
“El Capitalismo se parece a la Propiedad como el sofisma se parece a un
razonamiento, como Caín, tal vez, se parecía a Abel”. Edouard Drumont
La Banca, que alcanzó un poder determinante en el siglo XIX, ha llegado, en el actual,
al dominio absoluto de la vida económica, tanto en el Occidente de la “libre empresa” como en
el Oriente “comunista”. Hoy en día, cuando se plantea la puesta en marcha de una empresa
cualquiera, tenga o no finalidad lucrativa, lo primero que se pondera es la probable actitud de la
banca –local o nacional, según la índoles de sus actividades- hacia la empresa en cuestión.
Hogaño, casi nada puede hacerse, y prácticamente nada puede perdurar sin el apoyo de los
bancos. De simples ejecutivos de un servicio que debía facilitar el intercambio de las
mercancías, han pasado los banqueros a ser, sucesivamente, los reguladores; luego, los
controladores, y, en fin, prácticamente los amos de toda la riqueza mundial. Y, apoyándose en
ella, del poder político.
Shylock y sus correligionarios de la edad media eran unos inocentes monaguillos
comparados con los magos de la moderna Finanza. Al fin y al cabo, los usureros de aquella
época cobraban hasta un treinta y un cuarenta por ciento de interés mensual... pero no se debe
olvidar que ese alocado interés, por abusivo que fuera, se cobraba sobre un dinero existente,
real, tangible, y perteneciente al usurero, el cual corría, además, inmensos riesgos personales,
plasmados, a menudo, en penas de presidio, cuando no en “pogroms”, expropiaciones y
expulsiones. Por el contrario, los modernos banqueros practican, grosso modo, la siguiente
operación: toman prestado un dinero, el de sus impositores, por el que pagan un interés del 0 ́5
por ciento. Ese dinero lo prestan a su vez al 9 por ciento, lo cual representa un beneficio del
1800 por ciento; beneficio que no ha dado ni dará jamás negocio alguno. Maravilla el
comprobar cómo ningún Estado, ningún juez, ninguna comisión al estilo de la Fiscalía de Tasas
que existió años ha en España, ha tomado jamás medidas, por beneficios abusivos, contra esos
comerciantes del dinero –y comerciantes monopolistas, no se olvide- cuando por un simple 30
por ciento se han clausurado, a veces, establecimientos, y sus propietarios han ido a parar a la
cárcel. Pero no termina aquí el abuso bancario: los bancos no ganan “solo” un 1800 por ciento,
sino que, como ya henos visto (16), al multiplicar por nueve sus préstamos, creando moneda
escriptural, -moneda falsa, no nos cansaremos de repetirlo-, sus beneficios, al consumarse este
auténtico delito contra el Código Penal y contra la Humanidad, se multiplican igualmente por
nueve. Por cada cien denarios (17) recibidos de sus impositores, el banco paga a estos un interés
anual de medio denario, y cobra, al “prestar” novecientos denarios, un interés del 9 por ciento,
es decir, 81 denarios, lo que equivale a un beneficio del 16.200 por cien (18). ¡Y los cielos no se
hunden! ...Mientras, los fríos monstruos estatales se ensañan con el pequeño y mediano
empresario que disimula sus beneficios para poder sobrevivir. Y los obispos, metro en mano,
aquilatan la longitud de las minifaldas, tras lo cual paren trabajosamente un sabio texto en
latín... y todos los detentadores del Poder –del Poder “oficial”, al menos- guardan atronador
silencio ante secular atropello de lesa Humanidad.
***
En “El Robo de los Siglos” hemos trazado, muy someramente, un esquema de las
actividades del banquero “nacional”; del hombre, o la entidad bancaria, que “inventa” un dinero
inexistente, del que extrae un interés que él hace pagar a sus conciudadanos. Observemos,
ahora, la otra vertiente de las actividades bancarias. El que podríamos llamar banquero
“internacional” presta su dinero (en realidad, como sabemos, ni presta ni es su dinero) a firmas
que se dedican al comercio con países extranjeros. Le interesa primordialmente, a este
banquero, que el volumen del comercio exterior se mantenga a un buen n ivel, con objeto de
preservar la demanda imperiosa de sus “préstamos”. No ha escapado a su percepción que
cuando sus colegas, los banqueros “nacionales”, conceden demasiados créditos, el volumen de
las exportaciones tiende a disminuir, pues las gentes pueden comprar las mercancías que se
producen en el país y sólo exportan lo que les sobra. En ese caso, el banquero “internacional”
tiene interés en que los “nacionales” reduzcan sus préstamos. En realidad, él hace lo mismo que
el “nacional”, concede créditos –por valores que multiplican, aproximadamente, por nueve el
total de los depósitos de sus cuentacorrentistas- a navieros, compañías aseguradoras, sociedades
de transportes internacionales, firmas exportadoras, etc.
Era lógico, se ajustaba a la naturaleza d las cosas, que el banquero “nacional” y el
e
“internacional” llegaran a una cooperación total y absoluta, por cuanto sus operaciones se rigen
por un mismo modus operandi, y, además, se complementan admirablemente. Por consiguiente,
cuando, hablando en el argot bancario, se produce un “boom” en el mercado interior, el
banquero “nacional” recibe el apoyo, el “crédito” de su colega “internacional”. Y cuando a esta
“prosperidad” sucede lo inevitable, la cíclica “crisis”, el banquero “nacional”, que ha cancelado
sus créditos, los abre de nuevo a favor de su colega que financia las exportaciones, muy a
menudo a precios viles, y sostenidos incluso con primas estatales, para dar salida a una
producción que nadie puede comprar en el propio país –porque las gentes se han quedado sin
medios de pago- pero que es imprescindible “colocar” en cualquier parte, aunque sólo sea para
dar trabajo a obreros y empleados y evitar el caos social. De hecho, en fin, banqueros
“nacionales” e “internacionales” han llegado a una identificación total, tanto personal como de
actividades.
***
El intríngulis del negocio bancario radica en la obtención de un nivel móvil de precios,
lo que repercute, lógicamente, en un nivel móvil de salarios. Si un Estado fuera suficientemente
fuerte y suficientemente justo –estos dos atributos deben ser complementarios en política- para
fijar, para imponer, un nivel estable de precios y salarios, los industriales, agricultores,
comerciantes, etc., podrían saber, podrían prever a largo plazo lo que obtendrían con sus
productos. Podrían conducir racionalmente sus negocios, y muy pronto lograrían prescindir de
los “créditos” bancarios, escapando así de las garras de la Deuda. Los banqueros no sabrían qué
hacer con sus “créditos”. Su clásica arma derrotista, consistente en hacer bajar los precios con la
retirada súbita de los créditos, quedaría sin efecto al intervenir el Gobierno, y, mediante la
adecuada creación de nuevo dinero legal ténder, hacer subir nuevamente, y de inmediato, los
precios a su nivel anterior. Y si los bancos se excedían en la creación de créditos, y los precios,
por vía de consecuencia, subían, el Gobierno intervendría de nuevo y, mediante la aplicación,
por ejemplo, de impuestos a bienes y actividades no vitales, o la emisión de bonos estatales para
la financiación de obras públicas, retiraría dinero de los mercados, y los precios se estabilizarían
de nuevo. La estabilidad, la soñada estabilidad que buscan todos los gobiernos actuales sin
lograrla por no saber –o no querer- enfocar el problema de cara, sería conseguida. Los
productores podrían tener confianza en sus mercados, y de lo único que deberían preocuparse
para sobrevivir sería de una noble competencia en calidad y, si acaso, de las variaciones de
gustos y preferencias populares. Todos los productos competentes escaparían así del yugo
bancario, y adquirirían su propio capital. Los banqueros volverían a su primitiva función de
guardianes de los ahorros del público, y, por esa labor de custodia, mas la prestación de otros
servicios – incluyendo la cooperación con el Estado en la financiación de obras de utilidad
pública, pero sin rentabilidad inmediata- cobrarían unos honorarios razonables.
Los seguidores de la ortodoxia liberal siempre han sido enemigos furibundos de la
intervención del Estado en la estabilización de los precios. El argumento que esgrimen con más
fuerza se basa en que la congelación de precios y salarios surte un efecto desastroso en las
exportaciones. El ideal de estos caballeros consiste en que la llamada balanza de pagos sea
favorable, es decir, que las exportaciones superen a las importaciones. Lo curioso es que no
parecen darse cuenta de que esto es imposible que suceda en todos los países a la vez, pues a
cada país con una balanza favorable debe corresponder, en teoría –y en la práctica- otro con
balanza desfavorable. La consecuencia lógica es la guerra económica... y, tras esta, la otra. La
guerra total. Sorprende comprobar como, en el Campo de la Economía y las Finanzas, las
elucubraciones de los trasnochados liberales, generalmente pacifistas, y a veces personas bien
intencionadas, desembocan –como les ocurre en el terreno político- en la guerra.
En realidad, la finalidad de la Economía consiste en cubrir las necesidades del país. La
de la Finanza, en racionalizar el intercambio de mercancías. Si siguiéramos a los liberales en su
argumento de que la moneda pierde valor con relación a las monedas extranjeras, a causa del
déficit de la balanza de pagos, podríamos apoyarnos en su propio razonamiento y decirles que si
un país debe vivir solamente para enviar sus productos al extranjero, su moneda –precisamente
por tener poco valor- debería ayudarle a exportar. Si medio denario en dinero extranjero vale, en
un país determinado, un denario, no cabe la menor duda de que ese país puede vender más
baratos sus productos al extranjero. Pero, en realidad, no nos interesa abrir, a puntapiés, la
puerta franca de los argumentos de la caduca Economía Liberal, porque nos negamos
rotundamente a creer, como afirman los fanáticos de la e xportación a ultranza, que un país
existe exclusivamente para enviar sus productos a mercados extranjeros. Lo que interesa a una
Economía natural y sana, es la consecución de un mercado nacional capaz de comprar los
productos nacionales. Y cuando existe un exceso de producción de determinados artículos, se
vende al extranjero. Este exceso se utiliza para servir de pago de los productos extranjeros que
se precisan. Por supuesto, la aplicación de este sistema, que por cierto siguió Alemania con
singular éxito en la época comprendida entre 1933 y 1939, significa el fin de las originalidades
(19), pero, en cambio, significa también la movilización de todas las actividades productoras del
país a favor de la creación de un mercado nacional poderoso; que los industriales compren a los
agricultores y los agricultores a los industriales. Y significa la restauración de la Agricultura
como la más importante de todas las industrias (20).
***
La falacia básica de la Finanza Internacional podríamos expresarla, parodiando el estilo
generoso y lírico de sus portavoces, de la siguiente manera:
“Debemos considerar el Planeta como una unidad. Todos los hombres somos
hermanos. Las tribus fueron absorbidas por los reinos; los reinos por los imperios. Ahora
tene
por estrellas que se halla sobre el escudo de los Estados Unidos, así como el simbolismo de la
izquierda, pirámide y triángulo con la sugerente inscripción “Nuevo Orden de los Siglos”
Trascripción de la 5a edición.
***
“Permitidme fabricar y controlar el dinero de una nación, y ya no me importa quienes
sean sus gobernantes”. Rothschild
“Me temo que al hombre de la calle no le gustará saber que los bancos pueden crear y
de hecho crean dinero. El volumen de dinero en existencia varía solamente con la acción de los
bancos aumentando y reduciendo sus préstamos. Cada préstamo o cuenta en descubierto crea
dinero. Y los que controlan el crédito de una nación, dirigen la política de su gobierno y tienen
en sus manos el destino del pueblo”. Reginald McKenna, miembro de la Cámara de los
Comunes; discurso en el Midland Bank, enero 1924.
“Poder inmenso y despótica dominación económica están concentrados en manos de
unos pocos. Este poder deviene particularmente irresistible cuando es ejercido por los que,
controlando el dinero, gobiernan el crédito y determinan su concesión. Ellos suministran, por
así decirlo, la sangre de todo el cuerpo económico, y la retiran cuando les conviene: como si
estuviera en sus manos el alma de la producción de manera que nadie ose respirar contra su
voluntad” S.S. Pío XI, “Quadragesimo Anno”.
En el mundo civilizado hay suficientes primeras materias, trabajo, maquinaria, mano de
obra especializada, conocimientos científicos y tecnológicos y, en general, riqueza suficiente
para alimentar –más aún sobrealimentar- a sus habitantes. No obstante, en ese mundo civilizado
se producen, regularmente, cíclicamente, crisis “económicas”, paro obrero y su corolario: el
hambre. La ciencia económica ortodoxa explica este fenómeno de los ciclos de prosperidad y
crisis hablándonos de prosperidad ficticia y de exceso de producción, y llega a la insólita
conclusión de que es lógico y natural que las gentes se mueran de hambre y miseria al lado de
stocks desbordantes. Particularmente he llegado a la conclusión, de que la llamada ciencia
económica moderna representa un fenómeno similar al de la pintura que los barbudos
intelectuales “hippies” llaman ultramoderna y los arqueólogos antiquísima. Es decir, que es un
gigantesco “bluff” que casi nadie osa denunciar por temor a pasar por indocumentado,
retrógrado, etc., ante la masa conformista reverenciadora de las ideas establecidas.
Por que, dígase lo que se quiera, no es natural –luego no es posible- que la gente se
muera de hambre y miseria por haber producido demasiados bienes de consumo.
El Código Penal Español –y, con él, todos los códigos penales del mundo- castigan con
penas que pueden llegar hasta la reclusión a perpetuidad a los falsificadores de moneda. Osamos
suponer que tan drástica sanción no la imponen los legisladores para castigar al falsario que al
introducir sus falsos billetes en el mercado obtiene por ellos bienes y servicios, sin trabajar;
sino, sobre todo, por que al aumentar artificiosamente la masa de dinero circulante, roba,
indirectamente, a todos y cada uno de sus compatriotas. La razón es simple: cuanto más dinero
existe, en una situación dada, menos valor tiene. Si una organización de falsificadores en gran
escala consiguiera, por ejemplo, llegar a imprimir tantos billetes falsos como billetes legales
existieran en el mercado, cada persona se encontraría con que su dinero valía, exactamente la
mitad de lo que valía antes de que la organización falsaria en cuestión iniciara sus actividades.
Los falsificadores son auténticos ladrones, puesto que al lanzar moneda nueva, que se
supone legal, al mercado, toman para sí una parte del valor del dinero de sus compatriotas, los
cuales deben pagar forzosamente por las mercancías y servicios que dichos falsificadores
compran.
En realidad, cualquier lanzamiento de dinero nuevo al mercado –hágalo quién lo haga-
disminuye el valor del dinero en circulación. Los propietarios del dinero en circulación antes del
lanzamiento o emisión de dinero nuevo sufren una pérdida evidente; y se aperciben de tal
pérdida al comprobar que los precios han subido y que, por vía de consecuencia, su dinero vale
menos.
¿Cuándo se produce un lanzamiento de dinero nuevo? En otros tiempos el dinero era
emitido exclusivamente por los Estados, y su creación se producía a medida que las necesidades
se hacían sentir; como la función del dinero no es otra que la de facilitar el pago o intercambio
de bienes y servicios, la masa de dinero circulante era relativamente estable en una situación
económica dada. A veces, el Estado hacía una emisión de dinero, que se utilizaba para el pago
de trabajos y servicios públicos, la instrucción popular, las instituciones sanitarias estatales, la
higiene pública, el Ejército y la Policía, el funcionariado, etc. Con la creación de este dinero
nuevo por el estado, el público –los poseedores del dinero- sufría una pérdida en el valor del
mismo (recordemos que cuanto más dinero hay en el mercado, menos valor tiene y más suben
los precios), pero esa pérdida quedaba compensada, por lo menos en gran parte, por los
beneficios directa o indirectamente reportados a la comunidad por los servicios y trabajos
públicos efectuados por el Estado.
Esto era en otros tiempos...por que, en la actualidad, prácticamente todos los estados
han abdicado su facultad soberana de crear o emitir dinero, en favor de individuos o
instituciones privadas que son las que emiten “legalmente” la inmensa mayoría de la masa
circulante de dinero, hasta el extremo de poderse afirmar, sin hipérbole, que no menos de las
nueve décimas partes del dinero hoy en circulación en cualquier estado, es dinero falso. Si el
calificativo choca demasiado, podemos decir, que es dinero “abstracto”. Con dos agravantes: los
falsificadores chapados a la antigua debían ser unos imitadores con categorías de artistas, y
corrían grandes riesgos personales; los modernos falsificadores, crean dinero de un simple
plumazo, con un asiento en un libro contable, cargan un interés sobre tal “dinero”, y todo ello
sin riesgo alguno; más aún, con el respeto y la consideración distinguida del rebaño de
ciudadanos destinados a ser aniquilados.
Los banqueros operaban ya en Europa a principios del siglo XVII, antes de que existiera
lo que se llama, con eufemismo, el “sistema bancario”. Los poseedores de oro y plata, lo
entregaban para su custodia, a un banquero que los guardaba en una caja fuerte. El banquero no
era más que el guardián de los ahorros de sus convecinos, y, a cambio de la seguridad que
ofrecía como custodio del oro y plata ajenos, cargaba un pequeño interés. El banquero,
naturalmente, entregaba a sus clientes, un recibo por su dinero. Si un señor depositaba mil reales
de oro en una caja fuerte del banco, el banquero le entregaba un recibo de mil reales. Si el
impositor, más tarde, iba a buscar su dinero al banco, éste se lo devolvía (previa deducción del
interés legal de la época como guardián del oro) y el recibo era destruido. Dicho recibo –
documento intachable sobre el que se iba a edificar el mayor timo que los siglos han visto y
verán, no era, en realidad, más que una promesa de pagar, firmada por el propietario de una caja
fuerte. Dichas “promesas de pagar” eran transferibles y se convirtieron, de hecho en dinero.
Esto era perfectamente lógico y conveniente, toda vez que era mucho más cómodo y
factible usar un pedazo de papel, que llevar continuamente encima de sí bolsas de oro y plata.
Dichos pedazos de papel, dichas “promesas de pagar” se usaban, de hecho, como dinero,
partiendo del supuesto de que dinero es cualquier cosa por la cual entreguen mercancías, se
rindan servicios o se paguen deudas.
La experiencia diaria enseñó a los banqueros un hecho curioso. Se apercibieron de que
muy raramente sus impositores les devolvían sus recibos (sus “promesas de pagar” pidiendo a
cambio su oro. Por regla general –que ha permanecido invariable hasta nuestros días- los
impositores retiraban, como promedio, un diez por ciento del montante total de sus
imposiciones. Un señor que depositaba por ejemplo, en un banco, mil reales de oro u otro
cualquier metal de curso monetario legal, como la plata, retiraba, como promedio, cien reales
para su manutención y sus gastos ordinarios, y dejaba los otros novecientos en el banco. En
otras palabras, si un banquero que guardaba depósitos por valor de un millón de reales, perdía,
le robaban o se gastaba novecientos mil, todavía le quedaban los cien mil que le eran necesarios
para hacer frente a las demandas normales de sus impositores.
En consecuencia, los banqueros empezaron a poner en circulación, decuplicándolos,
más recibos, más “promesas de pagar” oro que el que realmente poseían; es decir, prestaron esas
“promesas” cobrando por ello un interés. No se debe olvidar, ni por un momento, que los
banqueros prestaban, y continúan prestando, algo que ellos no tienen, ni en calidad de
propietarios, ni en la de poseedores; o, como máximo, en esa segunda calidad, en un diez por
ciento del total por ellos “prestado”. Más aún, como garantía de la buena fe de los propietarios
los banqueros exigieron, contra sus préstamos, los títulos de propiedad de casas, fábricas, fincas,
cosechas, de aquellos; de manera que si un préstamo (aumentado por sus intereses acumulados)
no era devuelto en un determinado plazo, el banquero entraría en posesión de las mismas.
Aquí un inciso. Llamamos la atención sobre el hecho de que el banquero no prestaba, ni
presta, dinero, sino simplemente, una promesa de pagarlo. El hecho de que, por tales promesas
se dieran bienes y servicios, es decir, se utilizaran como dinero, no alteraba en absoluto el hecho
de que no era dinero, sino, simplemente, una promesa de pagar dinero y nada más que eso; con
el agravante de que tales promesas carecían de respaldo legal en oro y plata. Promesas creadas
“ex nihilo” (Nota del editor: de la nada) y dejando un suculento interés.
Se ha definido el préstamo como un intercambio de deudas. El prestador –el banquero-
toma la garantía (títulos de propiedad de una casa o fábrica, por ejemplo) y se la debe al
prestatario. Este, a su vez, toma las “promesas de pagar”, o el crédito, como se llama, y le debe
esa suma de dinero, más sus intereses, al prestador. En realidad lo que ha ocurrido es un
intercambio de promesas. La promesa del banquero de pagarle a su cliente, contra la promesa de
éste de devolver el dinero con sus intereses. El cliente da, como garantía, los títulos de
propiedad de su casa o fábrica. El banquero no da nada. Se objetará que el banquero presta
dinero y que éste es su propia garantía. Esto no es cierto. El banquero no presta dinero, ha
puesto en circulación “promesas de pagar dinero” –que es lo que en realidad ha prestado-,
representando die z veces más dinero que el que tiene, y el que tiene diez no puede, ni podrá
jamás, prestar cien. En otras palabras, mientras los bancos disponen contra la comunidad de
garantías representando una riqueza real, tal como son casas, fábricas, fincas, cosechas, etc., la
comunidad no dispone, contra los bancos, de ninguna garantía. la menor tentativa hecha por los
acreedores de un banco para ejercitar sus “garantías” contra éste, ponen de manifiesto que éstos,
de hecho, no tienen sustancia alguna. Si tales acreedores le “aprietan demasiado las clavijas” al
banco, son castigados perdiendo todos sus ahorros. El banco cierra sus puertas poniendo de
manifiesto que sus “promesas de pagar” son falsas promesas...a menos que el Gobierno no
acuda en su ayuda con una moratoria...moratoria cuyas consecuencias, representarán, al fin y a
la postre, que la comunidad en bloque deberá pagar para cubrir las falsas promesas del
banquero.
Pero esto es adelantarnos a los acontecimientos. Volvamos al período durante el cual
banquero está prestando su crédito (“promesas de pagar&rdquo
a sus conciudadanos. Supongamosque sus impositores han depositado en su banco cien millones de pesetas. El banquero ha
abierto créditos por mil millones, entregando talonarios de cheques a sus clientes. Estos
cheques, que serán utilizados para las futuras transacciones representan un dinero creado, de un
simple plumazo, en los libros del banco; hacen exactamente el mismo papel que la moneda
falsa, pues aumentan el poder de compra y, por vía de consecuencia, hacen subir los precios y
devalúan el dinero que existía antes de que el banquero iniciara sus operaciones. En otros
términos: al crear dinero nuevo, el banquero, igual que un vulgar falsificador, ha robado un poco
a cada uno de sus conciudadanos y ha obtenido interés sobre el “dinero” robado.
De momento el sistema parece dar resultado. La euforia general disimula el robo
colectivo que se ha producido. Los prestatarios han podido desarrollar nueva riqueza, el
comercio está en su apogeo y se ha llegado al pleno empleo. Cada vez que un préstamo es
devuelto –con sus intereses acumulados- el banco se apresura a prestarlo de nuevo. Los mil
millones de “dinero” arrojado al mercado han ocasionado el clásico “boom”. Los precios suben
en vertical, mientras toda clase de productos se ofrecen a la venta. Pero esta subida de precios
continúa sólo en caso de que continúen los préstamos. cada vez que el banquero deja de hacer
préstamos – es decir, de crear “dinero”- los precios dejan de subir. Y al dejar de subir los
precios los negocios se hunden. La posibilidad de continuar haciendo más y mayores beneficios
en un mercado alcista, ha desparecido, por que ahora el banquero empieza a verse en
dificultades. En efecto, él ha prestado sus “promesas de pagar” –o, si se quiere, ha abierto
créditos- por mil millones de pesetas. Con el dinero efectivo, líquido, que tiene en caja, le queda
justo para atender a las demandas normales de sus clientes. Cualquier demanda extraordinaria
de fondos puede dejarle en descubierto. Cada crédito que él ha abierto, representado por
cheques, así como cada recibo que él ha extendido a sus impositores, representan promesas de
pagar oro y plata (hoy en día papel moneda ténder del estado). En consecuencia tanto sus
impositores como sus prestatarios –deudores y acreedores- pueden exigir oro y plata (o billetes
de banco), por sus recibos. Todos están persuadidos de que lo que el banquero les “presta” es
oro y plata (o billetes emitidos por el Estado) y que sólo se utilizan los talonarios de cheques por
razones de comodidad y agilidad. Pero el banquero sabe, mejor que nadie, que esto no es así. Él
sabe perfectamente, que ha prestado algo que no tiene, y que su curioso negocio depende de la
confianza que sus clientes tienen en él; es decir, la confianza en la aparente inter-cambiabilidad
del metal y el papel (hoy día, de un cheque y el dinero por él representado). Su negocio se basa,
pues, en un abuso de confianza, en una ficción que debe ser mantenida a toda costa.
En la presente situación, habiendo creado el banquero todas las “promesas de pagar”
que sus reservas –es decir, diez veces del total de éstas-, debe rehusar nuevos préstamos. El
mercado se resiste a ello. Los que han comprado mercancías con la esperanza de revenderlas
más caras, o los que han producido bienes para venderlos a precios elevados empiezan a su vez,
a encontrarse en una situación incómoda. Un nuevo fenómeno se agrega a la difícil situación
que se va creando: mientras el banquero “inventaba” más y más dinero –insistamos en que el
dinero es todo aquello que sirve como medio de pago- y, por consiguiente, los precios iban
subiendo, el dinero cambiaba de manos con facilidad. tanto el dinero auténtico (los billetes o
monedas) como, sobre todo, las célebres “promesas de pagar” del banquero (los cheques) pasan
rápidamente del comprador al vendedor, y de éste al banco, de dónde una parte se ha retirado
de nuevo para pagar salarios, facturas, etc. Supongamos que el Banco X abre un crédito de diez
millones de pesetas al Sr. Pérez, el cual se apresura a emplearlo en un montaje de una fábrica, y
empieza a lanzar productos a un mercado alcista. El Sr. Pérez paga, con cheques, al constructor,
al herrero, al calderero y al carpintero que le han montado su fábrica. Estos especialistas tienen,
a su vez, una cuenta corriente abierta en el Banco X, en la que ingresan los cheques en cuestión.
Una parte del valor representado por esos cheques ha sido retirada para pagar salarios de
los obreros del constructor, del carpintero, del calderero, etc. Dicho dinero ha sido gastado en
los comercios locales: en el supermercado, la carnicería, la tienda de confecciones, etc. y estos
detallistas se ha apresurado a ingresarlos en sus cuentas del Banco X, en las cuales permanece
hasta que es retirado más tarde para pagar a sus acreedores (sus proveedores): granjeros,
molineros, fabricantes textiles, etc. Todas estas personas van abriendo cuentas corrientes en el
banco X y todas estas cuentas no significan, en realidad, más que una simple declaración del
valor de los cheques en posesión del titular. la dirección del Banco X sabe perfectamente que
los cheques por valor de diez millones que se han prestado al Sr. Pérez, los ha gastado este
señor en pagar al constructor, al calderero, al carpintero y al herrero. Las cuentas de estos
caballeros arrojan unos saldos favorables, pero lo que ellos en realidad poseen son los cheques
del propio Banco X, que éste había prestado al Sr. Pérez.
Imaginémonos, ahora, que la baja general de precios alarma a estos señores, que se
presentan un buen día ante la ventanilla de Pagos y exigen que se les pague en dinero...pero en
dinero auténtico, de verdad, en billetes oficiales, emitidos por el Estado. Y supongamos que la
alarma cunde, y tal como ha ocurrido miles de veces en el transcurso de la aventura bancaria, un
ejército de clientes se presenta en el banco con idénticas pretensiones...
Al hacerse estas tan sencillas como inevitables consideraciones, el banquero se apercibe
de que no le basta con dejar de prestar; debe empezar a presionar a sus prestatarios para que
éstos se vayan poniendo al día. La dirección del banco X llama al Sr. Pérez y le invita a que
devuelva todo, o una parte sustancial, del préstamo que recibió. El Sr. Pérez, presionando a sus
deudores –o mal vendiendo su stock-, logra obtener el dinero necesario para devolver el
préstamo bancario. Sus deudores (clientes, detallistas, almacenistas, etc.) se presentan en el
banco y retiran su dinero –en forma de cheques- y con ellos pagan al Sr. Pérez quién devuelve
su préstamo al banco X, el cual hace desaparecer sus “promesas de pagar” de un simple
plumazo en sus libros. Mr Frederick Soddy, economista inglés, ganador del premio Nobel en
1921, escribió, en su obra “Citadel of Caos”:
“El rasgo más siniestro y anti-social del dinero escriptural es que no tiene existencia.
Los bancos deben al público una cantidad total de dinero que no existe. Comprando y
vendiendo por medio de cheques, solo se produce un cambio en el particular a quién el dinero
es debido por el Banco. Mientras la cuenta de un cliente es debilitada, la de otro cliente es
acreditada, y los bancos pueden continuar debiendo dicha cantidad indefinidamente.
El beneficio de la emisión de dinero ha procurado el capital del gran negocio bancario
según existe hoy. Habiendo empezado sin nada propio, los banqueros han puesto a todo el
mundo en deuda con ellos, irremisiblemente, mediante una trampa.
Este dinero nace cada vez que los bancos “prestan” y desaparece cada vez que el
préstamo les es devuelto. De manera que si la industria trata de pagar, el dinero de la nación
desaparece. Esto es lo que hace tan peligrosa a la prosperidad, ya que destruye el dinero
justamente cuando más necesario es, y precipita la crisis”.
Es evidente que, cuando el banquero empezó a esparcir sus préstamos y, en
consecuencia, hizo subir los precios, cada comprador se vio forzado, de hecho, a pagarle una
especie de tributo, pero que cuando contrajo de nuevo sus préstamos, provocando así la baja de
precios, fueron los vendedores los que tuvieron que pagarle tributo. Es un caso típico de “si sale
cara, yo gano; si sale cruz, tu pierdes”. (1). Un caso, además, de flagrante inmoralidad,
derivada del hecho de que un señor que inició sus actividades con el dinero de los demás, se
convirtió, con el manejo de “dinero abstracto”, en el mayor propietario de fincas, fábricas,
terrenos y dinero... pero dinero concreto, auténtico, de toda la ciudad y, a la larga, de todo el
país. Con el actual sistema bancario, los banqueros pueden con sus cheques, proporcionar
“poder de compra” a sus conciudadanos, y luego quitárselo, en el momento en que más
necesidad tienen de él. La súbita inundación de un mercado con dinero “abstracto” –una
auténtica inflación- hace subir los precios y despierta el interés general en aumentar la
producción. Los mercados quedan abarrotados de toda clase de productos y, en consecuencia,
hace falta muchísimo dinero para distribuirlos. (Es importantísimo tener presente que la única
función del dinero es ésta: distribuir bienes y servicios). La repentina retirada del dinero, en
tales circunstancias, provoca, necesariamente, una caída general de precios y, al mismo tiempo,
una riada de bancarrotas... y, además, el desempleo y el hambre.
Este sistema, que constituirá la irrisión de las generaciones venideras, le da al banquero
el control del nivel de precios y, como lógica consecuencia, de los salarios. El banquero tiene,
prácticamente, un poder absoluto, sobre sus conciudadanos; un poder como nunca pudo
imaginar el más tiránico autócrata. El poder de someter a sus exigencias a cualquiera que ose
oponérseles, mediante la latente amenaza de la ruina. El moderno banquero o, más exactamente,
el sistema financiero, está en disposición de arruinar a sus deudores y arrebatarles “legalmente”
su propiedad. A. N. Field pone el siguiente ejemplo:
“Supongamos que soy un banquero y que presto mil dólares a John Smith, con la
garantía de su fábrica. A continuación retiro una parte de mis otros préstamos, disminuyendo
así el poder de compra en la región donde John Smith lleva su negocio. A consecuencia de esa
contracción del poder de compra, de “demanda”, los precios bajarán y John Smith dejará de
ganar dinero. Como él debe pagarme a mí el interés de mi préstamo, empieza a reducir
personal y a instalar maquinaria que le ahorre mano de obra. Pero yo continuo reduciendo mis
préstamos. Los precios continúan bajando, y, al final, John Smith se queda sin recursos. Me
dice que no puede continuar pagándome los intereses. Entonces le embargo la fábrica y la
pongo en venta. la mejor oferta son ochocientos dólares, de manera que me la guardo en pago
de mi préstamo. Un poco más tarde empiezo a prestar de nuevo, y los precios vuelven a subir.
La fábrica de John Smith tiene ahora mucho valor, pues he vuelto a aumentar –proporcionando
poder de compra- la llamada “demanda” de lo que él fabricaba. De manera que vendo su
negocio por cinco mil dólares y me embolso, “con toda legalidad”, cuatro mil” (2).
Este ejemplo podrá tildarse de exagerado. En realidad, todo ejemplo, para ser
aleccionador, debe ser una caricatura; pensar es exagerar, decía Goethe. Pero ilustra un hecho
que se ha dado muchas veces en la práctica. Así, en 1930, los estados Unidos de América tenían
sus stocks repletos, pero les faltaba la cantidad adecuada de dinero para poder desarrollar el
comercio, es decir, para hacer llegar esos productos a los consumidores. Los banqueros habían
retirado deliberadamente de la circulación dieciocho mil millones de dólares, al rehusar
préstamos a agricultores, comerciantes e industriales prósperos, y cancelar los ya existentes en
su mayor parte. Se produjo el famoso “crack” del “Black Friday”, miles de empresas quebraron,
y el treinta por ciento de los obreros se quedaron sin trabajo (3). Las mercancías sobraban, los
graneros estaban llenos a rebosar –incluso debían quemarse cosechas-, la mano de obra –tanto la
especializada como el peonaje - estaba disponible para el trabajo, pero faltaba “dinero”. Los
bancos entraron en posesión de decenas de millares de industrias, negocios y explotaciones
agrícolas. Faltaba dinero... faltaba algo que, si bien es difícil de ganar, es, en cambio, lo más
fácil de “hacer”... basta la imprenta del Estado, que respalda y controla la cantidad emitida, de
manera que esté en proporción con la riqueza REAL producida...No obstante, el gobierno
americano no imprimió el dinero necesario. ¿Por qué?...Por que no podía, legalmente, hacerlo.
Ya que diecisiete años atrás, en 1913, el gobierno de entonces había permitido que, por
un fraude parlamentario, se le arrebatara el poder de emitir la moneda del país. No ya la moneda
crédito, sino la moneda ténder.
La constitución de los EEUU ponía en las manos del Congreso el derecho a crear y
controlar la moneda del país. Pero, en diciembre de 1913, con la mayoría de los miembros del
Congreso pasando las vacaciones de Navidad en sus hogares, se hizo votar, de manera casi
subrepticia, una ley conocida con el nombre de “Federal Reserve Act”. Grosso modo, esta ley
autorizaba el establecimiento de una Corporación de la reserva Federal, con un Consejo de
Directores (El “Federal Rederve Board&rdquo
. Esta ley le arrebataba al Congreso el derecho de lacreación y el control del dinero, y se lo concedía al “Federal Reserve Corporation”... El pretexto
que se dio para la aprobación de esta ley insólita fue “separar la Política y el Dinero”. La
realidad fue que –en una gran Democracia que se suele presentar como el prototipo ideal de esa
forma de gobierno- el poder de crear y controlar el dinero les fue arrebatado a los llamados
“representantes” del Pueblo para concedérselo a “UNA EMPRESA PRIVADA”. Y no creemos
incurrir en el pecado de juicio temerario si decimos que una empresa privada tenderá, por
definición, a buscar su propio provecho, coincida éste o no con el interés general de la nación.
Lo más grave, jurídicamente hablando, de este “Federal Reserve Act”, de 1913, es que
el acuerdo se tomó por una minoría de diputados, según todas las trazas presionados o
sobornados; no existía el quórum necesario...de manera que ni siquiera desde el punto de vista
más estrictamente democrático podía justificarse aquella ley...pero el caso es que fue aprobada,
y que desde entonces, una empresa privada emite el dinero del país más “democrático” –y
poderoso- del planeta. Desde aquellas navidades de 1913, un número comparativamente
pequeño de personas –unas ocho mil- controla, emite, crea y destruye a su conveniencia el
dinero del país que se supone abanderado de Occidente. Esas personas, en su inmensa mayoría
no son ni siquiera americanas de origen. El “deus ex machina” de esta nefasta “Act” fue un
banquero de Hamburgo, llamado Paul M. Warburg (4)
El “Federal Reserve Board” emite el dinero del país, y luego lo presta al gobierno
“legal” de los Estados Unidos, a interés. Si, por ejemplo, el gobierno de Washington necesita
mil millones de dólares para financiar obras públicas, renovar el armamento o lo que fuere, debe
dirigirse al “Board” y pedirle ese dinero. Entonces el omnipotente “Board” da su acuerdo a
condición de que el Gobierno le pague un interés. De manera que el Congreso autoriza al
Departamento del Tesoro para que imprima mil millones de dólares en bonos que son
entregados al “Federal Reserve Board”. El “Federal Reserve Board” paga los gastos de imprenta
(que supone unos quinientos dólares) y hace el cambio. Entonces el Gobierno ya puede disponer
del dinero para cubrir sus necesidades (5).
¿Cuáles son los resultados de esta inverosímil transacción? Pues, simplemente, que el
Gobierno de los estados Unidos ha puesto a sus ciudadanos en deuda con el “Federal Reserve
Board” por mil m illones de dólares, más intereses, hasta que se paguen. El resultado de esta
demencial política financiera (¿
es que, en menos de sesenta años –desde 1913 hasta hoy- elpueblo de estados Unidos está endeudado con los banqueros del “Federal Reserve Board” por
un total de 350 millones de dólares, con un interés de un billón y medio cada mes, sin ninguna
esperanza de poder pagar jamás ni el principal de la deuda, ni siquiera sus intereses, pues ambos
aumentan continuamente. Ciento noventa y cinco millones de americanos están
irremisiblemente endeudados con otros ocho mil, más o menos americanos; y el montante de
esa deuda es superior al valor total de todas las riquezas del país (6).
Todavía hay más: Con este sistema de “dinero-deuda” los Bonos a que nos hemos
referido más arriba se convierten en valores bancarios, amparándose en los cuales pueden los
bancos hacer préstamos a clientes privados. Como quiera que las leyes bancarias de los Estados
Unidos requieren solamente una reserva del 20 por ciento, los bancos del “Federal Reserve
Board” pueden hacer préstamos hasta un total de cinco veces el valor de los Bonos que poseen
(7). Es decir, que volviendo a la transacción de mil millones de dólares que tomamos como
ejemplo, el derecho al interés de seis mil millones... POR UN COSTO ORIGINAL DE 500 en
gastos de imprenta (8). Y como el Congreso abdicó –en tal excelsa Democracia - el derecho de
emitir dinero, la única manera que les queda a los industriales, explotadores agrícolas y
comerciantes de los estados Unidos de obtener dinero para desarrollar las riquezas del país, es
tomarlo “prestado” del Consorcio Bancario del Federal Reserve, y ponerse en sus manos.
Saltan a la vista las terribles consecuencias de este loco “sistema”. Siendo omnipotentes
–luego irresponsable s- los bancos pueden disponer del poder de vida o muerte sobre cualquier
empresa, por fuerte que ésta sea. La degeneración financiera que esto supone lleva a los graves
extremos de que subsiguientemente a la denegación de un préstamo, en un momento dado, una
empresa, por fuerte que sea, se puede ver obligada a vender sus stocks a cualquier precio –
incluso a pura pérdida- para hacer frente a sus vencimientos y obligaciones urgentes. Tras
despreciar la mercancía, los agentes de la oligarquía bancaria compran grandes cantidades del
stock despreciado; después de esto, se aprueba el préstamo, el stock sube de valor, y es vendido
posteriormente con beneficios fantásticos. Esta práctica de robo legal ha llegado a un tal grado
de refinamiento hoy día, que al “Federal Reserve Board” le basta con anunciar en los periódicos
una alza o una baja en su tasa de descuento, para hacer subir o bajar el valor de los stocks según
su deseo (9).
Con estos métodos, los miembros del “Federal Reserve” y sus satélites bancarios han
conseguido el control de prácticamente todas las grandes industrias americanas... y, a partir de
ellas, han iniciado su “coca-colonización” del resto del mundo.
Para resumir, diremos que el llamado Crédito consiste en la falsa promesa de los
banqueros de pagar diez veces más dinero del que tienen, procedente de sus impositores. El
crédito no es dinero auténtico, legal, pero como hace las veces del mismo –sirve para pagar
bienes y servicios y cancelar deudas-, es, de hecho, imposible de distinguirlo del dinero legal
ténder. Estas “promesas de pagar”, emitidas por el banquero mediante un talonario de cheques,
nacen como “préstamos”, que deben ser devueltos con interés. Los banqueros se reservan el
“derecho” de retirar sus “promesas” –su crédito- pudiendo así, a su albedrío, retirar el noventa
por ciento del poder de compra –la “demanda”- de un país. De hecho, según McNair (10), se
contentan con fluctuaciones mucho más pequeñas, porque “aun muy pequeñas fluctuaciones son
suficientes para alterar el nivel de precios en un sentido u otro”... alteraciones de las que ellos
viven.
Nada menos que Sir Josiah Stamp, entonces la segunda fortuna de Inglaterra, y
presidente de los ferrocarriles Británicos, se dirigió en los siguientes términos a 150 profesores
de la Universidad de Texas: “El sistema bancario fue concebido en la iniquidad y nació en el
pecado. Los banqueros internacionales poseen la tierra. Quitadles todo lo que tienen, pero
dejadles el poder de crear depósitos (11), y con unos cuantos plumazos crearán los suficientes
depósitos para recuperarlo todo otra vez. Pero si les quitáis el poder de crear dinero, todas las
grandes fortunas desaparecerán, incluyendo la mía, y éste será un mundo mucho más feliz.
Pero si queréis continuar siendo esclavos de los bancos y pagar los costos de vuestra propia
esclavitud, dejadles continuar creando depósitos” (12).
Lo increíblemente chusco de esta clarísima declaración, es que el que la formuló, Sir
Josiah Stamp, unía a su condición de presidente de las “Bristish Railways”, la de... Presidente
del banco de Inglaterra, entidad que, pese a su empaque oficial, es, igual que el “Federal
Reserve Board”, una empresa privada que, desde su fundación, ha sido casi siempre dirigida por
individuos del mismo origen que los que han dirigido y dirigen el “Federal Reserve”.
Queda, pues, bien claro, que las pretendidas crisis económicas son, en realidad, crisis
financieras, muchas veces deliberadamente originadas (13). Thomas Jefferson dijo, en cierta
ocasión: “Creo que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades, que
los ejércitos enemigos. Ya han conseguido erigir una aristocracia del dinero que desafía al
Gobierno. El poder de emitir moneda debiera serles arrebatado (Jefferson se refería, claro es, a
la moneda crédito) y devuelto al pueblo a quien realmente le pertenece”.
En realidad, el poder de crear dinero –tanto dinero-ténder como dinero-crédito- debiera
quedar reservado al estado, quien lo iría poniendo en circulación a medida que las necesidades
lo exigieran. Es preciso terminar de una vez con el ciclo aparentemente inevitable,
“prosperidad-crisis” o “inflación-deflación”, o “boom-slump”, o como quiera llamarse. Este
fatídico ciclo tiene, para la economía de una país, los mismos efectos que una transfusión de
sangre seguida de una sangría cuando el paciente se está empezando a recobrar. El principal
resultado del “ciclo” es la carrera “Precios-salarios”... en la que los primeros siempre ganan.
La circulación de la moneda en un determinado país debiera reflejar exclusivamente su
capacidad de producir riqueza, su capacidad de desarrollo potencial y la necesidad de emplear
mano de obra, Únicamente el Estado –un Estado soberano y libre- cuyos servidores no hayan
debido “comprar” los votos de sus electores con una costosa propaganda que le ha sido
financiada por los que en ellos mandan... porque quien paga manda. Un Estado libre de la
gelatinosa, invisible, omnipresente influencia del Money Power, puede llevar a cabo una
política económica sana, apartada de las cadenas del “dinero-deuda” y de la usura. Los bancos
tienen una función económica y social que cumplir; en retribución a esa función tienen derecho
a unos beneficios justos y normales, pero no se pude permitir que la economía de una nación
dependa de los bancos; los bancos deben servir al país, y no éste a los bancos.
El Estado debe ser no sólo el emisor de la moneda ténder, sino también el dispensador
del crédito. El préstamo sin interés a empresas solventes fue el “deus ex machina” del colosal
salto dado por la economía alemana desde 1933 a 1939; no lo fue, como se ha pretendido
absurdamente, la gran capacidad de trabajo del pueblo alemán. Dicha capacidad de trabajo –
incuestionable - no la inventó el régimen nacionalsocialista, pero su decisión de arrebatar el
poder de “crearlo” a los bancos, sí fue, indudablemente, el motivo esencial. Podrá objetarse que
los estados pueden equivocarse, pueden cometer abusos, sean del color que sean... rojos,
blancos o azules, vayan o no a Misa sus dirigentes... pero lo que no podrá discutir nadie es que
si un Estado PUEDE equivocarse o PUEDE ir contra el bien común en materia financiera, un
banco, o, más aún, un sistema bancario, DEBE forzosamente ir contra dicho bien común. Y ello
por definición: Un Estado es una fundación pública y su función es el bien público; un Banco es
una empresa privada y su función es el bien privado propio, y es natural que así sea. Lo que no
es natural es que, mediante un timo secular, la función pública de facilitar y posibilitar el
intercambio de bienes, como es la emisión de dinero (ténder o crédito) se haya convertido en un
fabuloso e inmoral monopolio privado.
Es incuestionable que si la primera obligación de un Estado es proteger a sus súbditos,
y, en el problema que nos ocupa, protegerlos contra el dinero-deuda y la Usura Financiera, la
primera medida que debe adoptar dicho Estado debe tender a librarse él mismo de la tutela del
comúnmente llamado Money Power. Dice Juan Beneyto (14) que “todo el enorme problema
que ha planteado a la economía estatal el tema de la Deuda Pública, se relaciona con la falsa
construcción de la necesidad de dinero para el Estado. La idea deriva de que el Estado proceda
como un particular. El Estado no debe proceder como un particular. El Estado tiene tres
posibilidades para cubrir sus necesidades financieras: 1. La soberanía sobre los servicios
públicos. 2. La soberanía sobre la moneda. 3. La soberanía sobre las finanzas. Hay que partir
de la distinción entre lo público y lo privado, porque si no... el único camino que queda es ese
endeudamiento del Estado. La curación no cabe más que merced a un Estado, como el
nacional-socialista, que sea señor del dinero. Sólo así tiene viabilidad unas finanzas estatales
fuertes”.
Un Estado libre de deudas no tiene por qué gravar brutalmente a sus súbditos para
pagarlas, como ocurre actualmente en Norteamérica. La Alemania de 1933-1939 fue uno de los
países en que menos presión fiscal existía, y “ objetivo último de nuestro Estado –decía
el
Gottfried Feder- es el establecimiento de un estado sin impuestos” (15), citando como ejemplo
al Estado de Baviera –que no es, precisamente, de los más ricos de Alemania -, cuya hacienda
estatal se construía sin un solo pfenning de impuesto. Lo que Baviera lograba de la explotación
de los bosques y jardines estatales, de los ferrocarriles, servicios de Correos y Telégrafos,
compensaba sus gastos en atenciones culturales y educacionales, servicios públicos y
administración de Justicia. Todo lo recaudado en impuestos se destinaba íntegramente a pagar la
Deuda Bávara, y la parte correspondiente de la Deuda Nacional.
El Estado –sea del color que sea- es, endémicamente, un mal comerciante. De ahí el
fracaso clamoroso del marxismo. la función del Estado no es comerciar, sino –en la vertiente de
su política interior- conservar el orden público, desarrollar la riqueza e impedir abusos.
Particularmente, estamos contra las nacionalizaciones de empresas, y, en consecuencia,
también contra la nacionalización de la banca, “solución” que no solucionaría nada y convertiría
al Estado en un comerciante de dinero cuando –como esperamos haber demostrado ya- el dinero
no es una mercancía, sino un medio de intercambio, y la catástrofe de los “ciclos económicos”
se origina, precisamente con la artificial alteración del valor de algo que debería ser
fundamentalmente estable. Cuando decimos que el Crédito debe ser reservado al Estado,
queremos hacer hincapié –lo repetimos- en que dicho crédito debe ser sin interés. Ya Platón
calificó de “aberración contra Natura” la pretensión de hacerle producir dinero al dinero.
Y para llevar a la práctica la necesaria, imprescindible, reforma financiera –que es la
única alternativa a la catástrofe de los “ciclos”-, lo único que necesitan los Estados es aplicar su
Código Penal, que reprime el delito de la falsificación de moneda, pues eso y no otra cosa son el
“dinero-crédito” y el “dinero-deuda”.
O esto, o la perpetuación indefinida del Robo de los Siglos.
“Hay dos historias: la historia oficial, embustera, que se enseña “ad usum Delphini”; y
la historia secreta, en la que se encuentran las verdaderas causas de los acontecimientos: una
historia vergonzosa”. Honoré de Balzac
“El Capitalismo se parece a la Propiedad como el sofisma se parece a un
razonamiento, como Caín, tal vez, se parecía a Abel”. Edouard Drumont
La Banca, que alcanzó un poder determinante en el siglo XIX, ha llegado, en el actual,
al dominio absoluto de la vida económica, tanto en el Occidente de la “libre empresa” como en
el Oriente “comunista”. Hoy en día, cuando se plantea la puesta en marcha de una empresa
cualquiera, tenga o no finalidad lucrativa, lo primero que se pondera es la probable actitud de la
banca –local o nacional, según la índoles de sus actividades- hacia la empresa en cuestión.
Hogaño, casi nada puede hacerse, y prácticamente nada puede perdurar sin el apoyo de los
bancos. De simples ejecutivos de un servicio que debía facilitar el intercambio de las
mercancías, han pasado los banqueros a ser, sucesivamente, los reguladores; luego, los
controladores, y, en fin, prácticamente los amos de toda la riqueza mundial. Y, apoyándose en
ella, del poder político.
Shylock y sus correligionarios de la edad media eran unos inocentes monaguillos
comparados con los magos de la moderna Finanza. Al fin y al cabo, los usureros de aquella
época cobraban hasta un treinta y un cuarenta por ciento de interés mensual... pero no se debe
olvidar que ese alocado interés, por abusivo que fuera, se cobraba sobre un dinero existente,
real, tangible, y perteneciente al usurero, el cual corría, además, inmensos riesgos personales,
plasmados, a menudo, en penas de presidio, cuando no en “pogroms”, expropiaciones y
expulsiones. Por el contrario, los modernos banqueros practican, grosso modo, la siguiente
operación: toman prestado un dinero, el de sus impositores, por el que pagan un interés del 0 ́5
por ciento. Ese dinero lo prestan a su vez al 9 por ciento, lo cual representa un beneficio del
1800 por ciento; beneficio que no ha dado ni dará jamás negocio alguno. Maravilla el
comprobar cómo ningún Estado, ningún juez, ninguna comisión al estilo de la Fiscalía de Tasas
que existió años ha en España, ha tomado jamás medidas, por beneficios abusivos, contra esos
comerciantes del dinero –y comerciantes monopolistas, no se olvide- cuando por un simple 30
por ciento se han clausurado, a veces, establecimientos, y sus propietarios han ido a parar a la
cárcel. Pero no termina aquí el abuso bancario: los bancos no ganan “solo” un 1800 por ciento,
sino que, como ya henos visto (16), al multiplicar por nueve sus préstamos, creando moneda
escriptural, -moneda falsa, no nos cansaremos de repetirlo-, sus beneficios, al consumarse este
auténtico delito contra el Código Penal y contra la Humanidad, se multiplican igualmente por
nueve. Por cada cien denarios (17) recibidos de sus impositores, el banco paga a estos un interés
anual de medio denario, y cobra, al “prestar” novecientos denarios, un interés del 9 por ciento,
es decir, 81 denarios, lo que equivale a un beneficio del 16.200 por cien (18). ¡Y los cielos no se
hunden! ...Mientras, los fríos monstruos estatales se ensañan con el pequeño y mediano
empresario que disimula sus beneficios para poder sobrevivir. Y los obispos, metro en mano,
aquilatan la longitud de las minifaldas, tras lo cual paren trabajosamente un sabio texto en
latín... y todos los detentadores del Poder –del Poder “oficial”, al menos- guardan atronador
silencio ante secular atropello de lesa Humanidad.
***
En “El Robo de los Siglos” hemos trazado, muy someramente, un esquema de las
actividades del banquero “nacional”; del hombre, o la entidad bancaria, que “inventa” un dinero
inexistente, del que extrae un interés que él hace pagar a sus conciudadanos. Observemos,
ahora, la otra vertiente de las actividades bancarias. El que podríamos llamar banquero
“internacional” presta su dinero (en realidad, como sabemos, ni presta ni es su dinero) a firmas
que se dedican al comercio con países extranjeros. Le interesa primordialmente, a este
banquero, que el volumen del comercio exterior se mantenga a un buen n ivel, con objeto de
preservar la demanda imperiosa de sus “préstamos”. No ha escapado a su percepción que
cuando sus colegas, los banqueros “nacionales”, conceden demasiados créditos, el volumen de
las exportaciones tiende a disminuir, pues las gentes pueden comprar las mercancías que se
producen en el país y sólo exportan lo que les sobra. En ese caso, el banquero “internacional”
tiene interés en que los “nacionales” reduzcan sus préstamos. En realidad, él hace lo mismo que
el “nacional”, concede créditos –por valores que multiplican, aproximadamente, por nueve el
total de los depósitos de sus cuentacorrentistas- a navieros, compañías aseguradoras, sociedades
de transportes internacionales, firmas exportadoras, etc.
Era lógico, se ajustaba a la naturaleza d las cosas, que el banquero “nacional” y el
e
“internacional” llegaran a una cooperación total y absoluta, por cuanto sus operaciones se rigen
por un mismo modus operandi, y, además, se complementan admirablemente. Por consiguiente,
cuando, hablando en el argot bancario, se produce un “boom” en el mercado interior, el
banquero “nacional” recibe el apoyo, el “crédito” de su colega “internacional”. Y cuando a esta
“prosperidad” sucede lo inevitable, la cíclica “crisis”, el banquero “nacional”, que ha cancelado
sus créditos, los abre de nuevo a favor de su colega que financia las exportaciones, muy a
menudo a precios viles, y sostenidos incluso con primas estatales, para dar salida a una
producción que nadie puede comprar en el propio país –porque las gentes se han quedado sin
medios de pago- pero que es imprescindible “colocar” en cualquier parte, aunque sólo sea para
dar trabajo a obreros y empleados y evitar el caos social. De hecho, en fin, banqueros
“nacionales” e “internacionales” han llegado a una identificación total, tanto personal como de
actividades.
***
El intríngulis del negocio bancario radica en la obtención de un nivel móvil de precios,
lo que repercute, lógicamente, en un nivel móvil de salarios. Si un Estado fuera suficientemente
fuerte y suficientemente justo –estos dos atributos deben ser complementarios en política- para
fijar, para imponer, un nivel estable de precios y salarios, los industriales, agricultores,
comerciantes, etc., podrían saber, podrían prever a largo plazo lo que obtendrían con sus
productos. Podrían conducir racionalmente sus negocios, y muy pronto lograrían prescindir de
los “créditos” bancarios, escapando así de las garras de la Deuda. Los banqueros no sabrían qué
hacer con sus “créditos”. Su clásica arma derrotista, consistente en hacer bajar los precios con la
retirada súbita de los créditos, quedaría sin efecto al intervenir el Gobierno, y, mediante la
adecuada creación de nuevo dinero legal ténder, hacer subir nuevamente, y de inmediato, los
precios a su nivel anterior. Y si los bancos se excedían en la creación de créditos, y los precios,
por vía de consecuencia, subían, el Gobierno intervendría de nuevo y, mediante la aplicación,
por ejemplo, de impuestos a bienes y actividades no vitales, o la emisión de bonos estatales para
la financiación de obras públicas, retiraría dinero de los mercados, y los precios se estabilizarían
de nuevo. La estabilidad, la soñada estabilidad que buscan todos los gobiernos actuales sin
lograrla por no saber –o no querer- enfocar el problema de cara, sería conseguida. Los
productores podrían tener confianza en sus mercados, y de lo único que deberían preocuparse
para sobrevivir sería de una noble competencia en calidad y, si acaso, de las variaciones de
gustos y preferencias populares. Todos los productos competentes escaparían así del yugo
bancario, y adquirirían su propio capital. Los banqueros volverían a su primitiva función de
guardianes de los ahorros del público, y, por esa labor de custodia, mas la prestación de otros
servicios – incluyendo la cooperación con el Estado en la financiación de obras de utilidad
pública, pero sin rentabilidad inmediata- cobrarían unos honorarios razonables.
Los seguidores de la ortodoxia liberal siempre han sido enemigos furibundos de la
intervención del Estado en la estabilización de los precios. El argumento que esgrimen con más
fuerza se basa en que la congelación de precios y salarios surte un efecto desastroso en las
exportaciones. El ideal de estos caballeros consiste en que la llamada balanza de pagos sea
favorable, es decir, que las exportaciones superen a las importaciones. Lo curioso es que no
parecen darse cuenta de que esto es imposible que suceda en todos los países a la vez, pues a
cada país con una balanza favorable debe corresponder, en teoría –y en la práctica- otro con
balanza desfavorable. La consecuencia lógica es la guerra económica... y, tras esta, la otra. La
guerra total. Sorprende comprobar como, en el Campo de la Economía y las Finanzas, las
elucubraciones de los trasnochados liberales, generalmente pacifistas, y a veces personas bien
intencionadas, desembocan –como les ocurre en el terreno político- en la guerra.
En realidad, la finalidad de la Economía consiste en cubrir las necesidades del país. La
de la Finanza, en racionalizar el intercambio de mercancías. Si siguiéramos a los liberales en su
argumento de que la moneda pierde valor con relación a las monedas extranjeras, a causa del
déficit de la balanza de pagos, podríamos apoyarnos en su propio razonamiento y decirles que si
un país debe vivir solamente para enviar sus productos al extranjero, su moneda –precisamente
por tener poco valor- debería ayudarle a exportar. Si medio denario en dinero extranjero vale, en
un país determinado, un denario, no cabe la menor duda de que ese país puede vender más
baratos sus productos al extranjero. Pero, en realidad, no nos interesa abrir, a puntapiés, la
puerta franca de los argumentos de la caduca Economía Liberal, porque nos negamos
rotundamente a creer, como afirman los fanáticos de la e xportación a ultranza, que un país
existe exclusivamente para enviar sus productos a mercados extranjeros. Lo que interesa a una
Economía natural y sana, es la consecución de un mercado nacional capaz de comprar los
productos nacionales. Y cuando existe un exceso de producción de determinados artículos, se
vende al extranjero. Este exceso se utiliza para servir de pago de los productos extranjeros que
se precisan. Por supuesto, la aplicación de este sistema, que por cierto siguió Alemania con
singular éxito en la época comprendida entre 1933 y 1939, significa el fin de las originalidades
(19), pero, en cambio, significa también la movilización de todas las actividades productoras del
país a favor de la creación de un mercado nacional poderoso; que los industriales compren a los
agricultores y los agricultores a los industriales. Y significa la restauración de la Agricultura
como la más importante de todas las industrias (20).
***
La falacia básica de la Finanza Internacional podríamos expresarla, parodiando el estilo
generoso y lírico de sus portavoces, de la siguiente manera:
“Debemos considerar el Planeta como una unidad. Todos los hombres somos
hermanos. Las tribus fueron absorbidas por los reinos; los reinos por los imperios. Ahora
tene
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