LA RELIGIÓN DE LOS FUERTES "Hénokia, Cité monstreuse des Mâles, Antre des Violents, Citadelle des Forts,
Qui ne connus jamais la peur ni le remords..."
Leconte de Lisle, Qaïn; Poèmes Barbares
Si tuviera que elegir un lema, sería este: “Puro, duro,
seguro”, —en otras palabras: inalterable. Este sería el ideal de los
fuertes, a quien nadie abate, nada corrompe, nada hace cambiar;
de los que se puede esperar la unión con lo eterno, porque su
vida es orden y fidelidad.
¡Oh, tú que exaltas la lucha sin fin, aunque sea sin
esperanza, únete a lo que es eterno! Lo único que existe es lo
eterno; lo demás no es más que sombra y humo. Ningún
individuo, hombre o bestia, ningún grupo de individuos, ningún
pueblo merece que te inquietes por él en sí; cada uno de ellos, por
el contrario, en tanto que reflejen lo eterno, merecen que te
consagres a ellos hasta el límite de tu capacidad. Todos los seres y
grupos naturales de seres reflejan lo eterno más o menos. Lo
reflejan en la medida que se aproximen, en todos los planos, al
arquetipo de su especie; en la medida en que lo representen de
una manera viva. Quienes no representan más que sí mismos,
aunque sean de los que hacen o deshacen la historia y cuyos
nombres relumbran a lo lejos, no son más que sombra y humo.
Tú que exaltas la imagen del peñasco solitario expuesto a
todos los asaltos del océano —batido por los vientos, batido por
las olas, golpeado por el rayo y las tempestades, siempre cubierto
de furiosa espuma, pero siempre enhiesto, milenio tras milenio—;
tú que querrías poder identificarte con los hermanos en la fe, con
el símbolo tangible de los fuertes, hasta el punto de exclamar:
“¡Somos nosotros! ¡Soy yo!”, libérate de estas dos mortales
supersticiones: de la búsqueda del “bienestar” y de la inquietud
por la “humanidad” -o guárdate de caer en ellas si los dioses te
han dado el privilegio de ser desde tu niñez puro y libre.
El bienestar -que, para ellos consiste en su expansión
natural, sin obstáculos; en no tener hambre, ni sed, ni frío, ni
demasiado calor; en poder vivir libremente la vida para la que han
sido hechos; y en ocasiones, para algunos de entre ellos, también
en ser amados-, debería ser otorgado a los seres vivos que no
poseen el don de la palabra, padre del pensamiento. Es una
compensación que les es debida. Contribuye con todo tu poder a
asegurársela. Ayuda a la bestia y al árbol, -y defiéndelos contra el
hombre egoísta y cobarde.
Da una brazada de hierba al caballo o al asno extenuado,
un balde de agua al búfalo que se muere de sed, uncido como está
desde el despertar del día a la pesada carreta, bajo el cielo ardiente
de los trópicos; da una caricia amistosa a la bestia de carga,
cualquiera que sea, a la que su amo trata como si fuera una cosa;
alimenta al perro o al gato abandonado que vagabundea en la
ciudad hostil o indiferente, no encontrando jamás un amo; coloca
para él un plato de leche en el borde del camino, y acaríciale con
la mano si te lo permite. Lleva la verde rama, arrancada y arrojada
a la polvareda, a tu casa, a fin de que nadie la aplaste, y ponla en
un vaso de agua; está viva y también tiene derecho a tus cuidados.
No tiene otra cosa que la vida silenciosa.
Ayúdales a gozar de la vida. Vivir es para todos los seres a
los que la palabra no ha sido dada, la forma de estar en armonía
con lo eterno. Y vivir, para estas criaturas, es la felicidad.
Pero los que poseen el don de la palabra, padre del
pensamiento, y, entre ellos, los fuertes sobre todo, tienen otra
cosa que hacer que buscar ser “felices”. Su tarea suprema consiste
en reencontrar esta armonía, ese acuerdo con lo eterno del cual la
palabra parece haberles privado; consiste en ocupar su lugar en el
concierto universal de los seres vivientes con todo el
enriquecimiento, con todo el conocimiento que la palabra puede
aportarles o ayudarles a adquirir; consiste en vivir, como los seres
que no hablan, según las leyes santas que rigen la existencia de las
razas, pero, en su caso, consciente y voluntariamente. El placer o
el desagrado, la felicidad o la inquietud del individuo no cuentan.
El bienestar —más allá del minimum que necesita cada uno para
cumplir su tarea—, no cuenta. Sólo cuenta una tarea: la búsqueda
de lo esencial, de lo eterno, a través de la vida y del pensamiento.
Únete a lo esencial, a lo eterno. Y no te preocupes jamás
de la felicidad (ni de la tuya ni de la de los demás); cumple tu
tarea, y ayuda a los otros a cumplir la suya, siempre que la de ellos
no contradiga a la tuya.

Aquel que posee el don de la palabra, padre del
pensamiento, y que, lejos de ponerla al servicio de lo esencial, la
derrocha en satisfacciones personales; el que posee la técnica,
fruto del pensamiento, y la utiliza sobre todo para acrecentar su
bienestar y el de otros hombres, antes que para la tarea mayor, es
indigno de estos privilegios. Él no vale lo que los seres bellos y
silenciosos, el animal, el árbol, los cuales sí siguen su vía. Quien se
sirve de los poderes que le confiere la palabra y el pensamiento
para matar y para hacer sufrir a los bellos seres que no hablan,
por su propio bienestar o el de otros hombres; quien se sirve de
los privilegios de ser hombre contra la naturaleza viviente, peca
contra la madre universal —contra la vida— y contra el orden,
que exige el principio de “nobleza, obliga”. Quien así actúa no es
uno de los fuertes; no es un aristócrata en el sentido profundo del
término, sino un mezquino, un egoísta y un cobarde que repugna
a la elite natural.
Toda sociedad, toda “civilización” que obra con la misma
aspiración hacia el bienestar humano ante todo, al bienestar o a la
“felicidad” humana no importa a qué precio, está marcada por el
sello de las potencias inferiores, enemigas del orden cósmico en el
juego sin fin de las fuerzas. Es una civilización de la Edad Oscura.
Si estás obligado a sufrirla, súfrela oponiéndote sin cesar,
denunciándola, combatiéndola en cada instante de tu vida.
Hónrate apresurando su final —o al menos coopera con tu poder
de acción natural de las fuerzas que la conducen a su final.
Porque ella está maldita. Es la fealdad y la cobardía organizadas.
Rechaza no solamente la superstición de la “felicidad”, si
alguna vez te ha seducido, sino también opónte a la superstición
del “hombre”. Guárdate de la actitud, tan vana como necia, de
tratar de “amar a todos los hombres” simplemente porque sean
hombres. Y si esta actitud jamás ha sido la tuya, si desde la
infancia, has sido inmune a la propaganda de los devotos de “la
humanidad”, da gracias a los dioses inmortales a los cuales debes
esta sabiduría innata. Nada te prohibe, ciertamente, tender la
mano a un hombre que necesita socorro, aunque él esté
desprovisto de todo valor. Los fuertes son generosos. Pero en tal
caso, ayúdale por ser carne viviente, no por ser hombre. Y si se
trata de elegir entre este hombre sin valor y una criatura privada
del don de hablar, pero más cerca del arquetipo de su especie que
dicho hombre respecto del hombre ideal, es decir, del hombre
superior, da tu preferencia y tu solicitud a la criatura, pues es, más
que dicho hombre sin valía, una obra de arte del eterno artista.
Porque “el hombre”, del que tanto caso se hace, no es
más que una construcción del intelecto a partir de elementos
vivientes de una desconcertante variedad. Sin duda toda “especie”
es una construcción del intelecto: su nombre corresponde a una
idea general. Pero hay una diferencia enorme: estas realidades
vivientes, que son los individuos de cada especie, se parecen. La
especie existe en cada uno de ellos. Todos los especímenes de una
misma especie reflejan lo eterno en el mismo grado, o poco más
o menos. Los individuos de una misma raza, de los que no
poseen el don de la palabra, son casi intercambiables entre sí. Sus
posibilidades son precisas. Se sabe lo que gana el mundo de los
vivos cada vez que nace un gato; se sabe lo que pierde cada vez
que muere un gato, joven o viejo. Pero no se sabe lo que gana o
pierde - cada vez que nace un hombre. Porque, ¿qué es un
hombre?
El más perfecto espécimen de hombre nórdico, de alma
noble y juicio firme y recto, y cuyos trazos y porte son como los
de las estatuas griegas de la más bella época, es “un hombre”. Un
hotentote, un pigmeo, un papúa, un judío, un levantino
mestizado de judío, son “hombres”. “El hombre” no existe. No
existen más que muy diversas variedades de primates que se han
convenido en llamar “humanos”, porque tienen en común la
posición erguida y el don de la palabra: y este último don en
grados muy desiguales. Dentro de una misma raza -mejor aún,
dentro de un mismo pueblo- cuán innumerables divergencias,
tanto psíquicas como físicas; divergencias que se querría poder
atribuir, aunque la morbidez las explica en parte, a lejanos
mestizajes; tan distante es la separación entre individuos de la
misma sangre, que parece contra-natura. Es sorprendente
constatar, tan a menudo, las oposiciones ideológicas (o religiosas)
tan violentas, entre hermanos de raza. Bien es sabido que,
mientras que San Vicente de Paul era francés, existen
torturadores de niños que también lo son; sabemos que la bella y
virtuosa Laure de Noves, condesa de Sade, tuvo, cuatro siglos
después de su muerte, entre sus descendientes, al marqués de
triste memoria que lleva el mismo nombre.
Lo repito pues: no se sabe, no se puede saber, lo que el
mundo de los vivos gana o pierde, cada vez que nace un joven
ser, llamado humano. Cuanto menos pura es la raza, es decir,
cuanto menores son las posibilidades de cada hombre, al
comienzo de su vida, y en general, menor es la probabilidad de
adivinar lo que el mundo gana o pierde con el nacimiento o
muerte de un niño. Así, cuanto menos pura es la raza, menor es la
tendencia de la sociedad a fundir a los individuos de un mismo
grupo en un mismo molde, es decir, menor es la tendencia de la
sociedad a estimular siempre el desarrollo de posibilidades
homogéneas, dicho sea esto en general. Y, entonces, la excepción
—el individuo inclasificable— será frecuente en el seno de un
grupo (humano) determinado con un mismo nombre, pero este
nombre no corresponderá a ninguna realidad. Será relativamente
posible, e igualmente fácil, prever, en circunstancias precisas, las
reacciones de un ario (sea alemán o no) que es al mismo tiempo
un hitleriano ortodoxo. Será más difícil de prever las reacciones
de cualquier europeo occidental no-comprometido o alineado.
También es verdad que, más allá de un cierto grado de
mezcolanza de razas y de ambientes, y de condicionamientos en
vasta escala, debido a todos los medios modernos de difusión, las
gentes terminan por parecerse extrañamente, psíquica si no
físicamente; tienden a parecerse en su nulidad. Ellos creen dar
prueba de independencia y originalidad, y, de hecho, sus
reacciones frente a circunstancias semejantes son tan idénticas
como pueden serlo las de los individuos de la misma tribu de
negros o de pieles rojas, o... las de gentes de la misma raza y
unidas por una misma fe. Los extremos se tocan. El caos étnico que
representan las masas de una metrópoli o gran ciudad, en la
vanguardia de todas las técnicas, tiende a adquirir una
uniformidad grisácea, una suerte de homogeneidad ficticia —
querida por quienes controlan a estas masas—, siniestra caricatura
de la relativa unidad natural de las gentes de una misma sangre,
unidas por una escala de valores y unas prácticas comunes; se
trata de una uniformidad que, lejos de revelar un “alma
colectiva”, en cualquier grado de despertar que sea, descubre la
delicuescencia de una sociedad que, definitivamente, ha vuelto la
espalda a lo eterno —en otros términos: una sociedad condenada.
Pero se puede, sin embargo, encontrar a veces un
individuo excepcional en el seno de una sociedad enferma; se
puede hallar un individuo que desprecia el caos étnico que ve a su
alrededor y del cual quizás él mismo es un producto, y que, para
salir de tal caos se adhiere a cualquier doctrina que lleve a la
extinción de la especie, o bien, se entrega por entero al servicio de
una verdadera raza, con todo el renunciamiento que esto
comporta para él. El mecanismo de la herencia (biológica) es tan
complejo, y el juego de las influencias exteriores está tan
sometido al azar, que no es posible prever quién, entre los niños
de una sociedad decadente, devendrá o será un individuo
excepcional —como tampoco es previsible saber qué miembro
recién nacido de una tribu aspirará un día a otra cosa que a los
valores e ideas recibidas, o, cuál niño, educado en una fe
determinada, se apresurará a abandonarla en cuanto pueda.
La excepción es algunas veces probable y siempre posible
en un grupo humano, por homogéneo que sea —lo que no
significa que, en la práctica, se pueda o incluso se la deba tener en
cuenta: esto complicaría hasta el infinito las relaciones entre
grupos. Además, la excepción, si representa algo más que a sí
misma, cambia de grupo, cada vez que se puede. Si existió un
azteca al que escandalizaban los sacrificios ofrecidos a los dioses
de su pueblo, es presumible que este hombre fuera de los
primeros que adoptaron la religión de los conquistadores
españoles; y, si un ario europeo, en nuestra época, no muestra
más que desprecio los valores “cristianos y democráticos” de
Occidente, y añora una sociedad inspirada en la Esparta antigua,
es de prever que, si es de espíritu combativo, sea adicto a la fe
hitleriana.

***
Resulta de estas observaciones que el concepto de
“humanidad” no corresponde a ninguna realidad concreta,
separable del conjunto de la de los seres vivientes. El don de la
palabra y la posición erguida, los únicos trazos comunes a todos
los hombres, no son suficientes para convertir en “hermanos” a
todos los hombres, sin tener en cuenta que algunos de ellos son
más semejantes a seres de otra especie y sin tener en
consideración las diferencias que separan a los hombres entre sí.
No existe, pues, ninguna obligación moral de amar a todos los
hombres, a menos que se postule la obligación de amar a todos
los seres vivientes, incluyendo los insectos más dañinos, porque
un hombre (o un grupo de hombres) que, por naturaleza o por
opción, expande fealdad, mentira y sufrimiento, es más dañino
que cualquier insecto maligno. Sería absurdo combatir a uno,
menos potente, y por tanto menos peligroso, mientras se tolera
—y a fortiori, se ama— al otro.
Ama, pues, al hombre superior, al ario digno de este
nombre: bello, bueno y bravo; responsable; capaz de todos los
sacrificios a fin de cumplir con su tarea; ama pues al ario sano y
fuerte. Es tu hermano y tu compañero de armas en la lucha de tu
raza contra las fuerzas de la desintegración; sus hijos continuarán
esta lucha sagrada al lado de los tuyos, cuando tu cuerpo haya
retornado a sus elementos.
Respeta al hombre de raza noble, distinta que la tuya, que
lleva, en un marco diferente, un combate paralelo al tuyo —al
nuestro. Es tu aliado. Es nuestro aliado, aunque esté en el otro
extremo del mundo.
Ama a todos los seres vivientes, cuya humilde tarea no se
oponga de ninguna manera a la tuya, a la nuestra: —los hombres
de corazón sencillo, honestos, sin vanidad y sin malicia, y a todas
las bestias, porque ellas son bellas, sin excepción, y sin excepción
indiferentes a cualquier “idea”. Ama a los animales y sentirás lo
eterno en la mirada de sus ojos de azabache, de ámbar o de
esmeralda. Ama también a los árboles, las plantas, el agua que
corre en la yerba y va al mar; ama la montaña, el desierto, la selva,
el cielo inmenso, pleno de luz o de nubes; porque todo esto
sobrepasa al hombre y te revela lo eterno.
Pero desprecia a la masa humana de corazón vacío, de
espíritu superficial; a la masa egoísta, cobarde y pretenciosa, que
no vive más que para su propio bienestar, y para lo que el dinero
puede comprar. Despréciala, a la vez que te sirves de ella siempre
que puedas. Si esa masa humana es de nuestra raza, y
suficientemente pura, de ella pueden nacer niños que, educados
por nosotros cuando llegue la época en que podamos expresarnos
nuevamente, valdrán infinitamente más que sus padres. Este es el
mejor servicio, si no el único que dicha masa humana puede
rendir. Cada vez que un hombre de buena raza, alegremente
integrado el la “sociedad de consumo” te decepcione, piensa que
no cuenta como individuo consciente; sabe que sólo su sangre
cuenta. Ved en él lo que únicamente considera un ganadero en la
crianza de caballos o perros de raza: su pédigree. Y déjale hablar:
—lo que diga, lo que crea pensar, no tienen ninguna importancia.
En cuanto al enemigo de los valores inmutables, el
enemigo de la naturaleza y de la vida —el que querría sacrificar el
más bello al menos bello o al francamente feo; el fuerte al débil; el
sano al sufriente, al enfermo y al deficiente—; en cuanto a aquel
que se erige, solo o en grupo, contra lo eterno, combátele con todo
el ardor de tu corazón, toda la fuerza de tu brazo, toda la
eficiencia de tu inteligencia. No es necesario odiarle. Él sigue a su
naturaleza y cumple su destino oponiéndose a los valores eternos.
Él juega su papel en esta danza cósmica sin comienzo ni fin. Pero
—precisamente por esta razón— es necesario e incluso urgente
combatirle, por todos los medios, sin tregua ni debilidad. Porque
él es un contrario absoluto —nuestro contrario y,
consecuentemente nuestro enemigo natural— en el implacable
juego de las fuerzas.
Combátele con desapego y con todo tu poder: los fuertes
conservan un equilibrio sereno incluso en el fanatismo más
exaltante. Combátele mediante la violencia, combátele sin
violencia, según los casos. Combátele pensando día y noche en la
oposición que existe entre tu misión y la suya.
***
No subestimes nunca los ritos. En todas partes donde
existen reina un cierto orden. Y todo orden implica sumisión de
la voluntad individual, disciplina, renunciamiento; —preparación
en la búsqueda de lo eterno.
Toda religión verdadera es una vía abierta para quienes,
conscientemente o no, tienden hacia lo eterno. No hay verdadera
religión sin ritos. Habiendo ritos, por simples que sean, hay ya un
esbozo de religión. Digo “esbozo”, porque si el rito es necesario,
esencial incluso, para toda verdadera religión, es insuficiente para
crearla. Es necesario que al rito se añada una doctrina que sea una
expresión de la Tradición, es decir que ayude al fiel a vivir en las
verdades eternas. Es obvio decir —salta a la vista— que, entre las
gentes que se reclaman nominalmente de una religión
determinada, cada uno la vive más o menos, y la gran mayoría (al
menos en las épocas de decadencia, tales como la actual) no la
vive en absoluto. Casi se podría definir que una época de
decadencia es una época en la que las doctrinas tradicionales, es
decir las que elevan a sus fieles a la contemplación de lo eterno,
cesan de interesar a los hombres, con excepción de una ínfima
minoría.
En los siglos en que la degeneración se afirma y se
acentúa, las doctrinas propiamente políticas toman, en el espíritu
de la mayor parte de las gentes, la delantera sobre las doctrinas
tradicionales, generalmente llamadas “religiosas”, y —lo que,
quizás, es peor— los hombres se sirven del hombre de diferentes
religiones para llevar a cabo combates que no tienen, como fin,
más que sus ventajas personales y materiales.
Las doctrinas propiamente políticas están, contrariamente
a las que derivan de la Tradición, centradas sobre preocupaciones
inmediatas y consideraciones, todo lo más, “históricas”, es decir,
temporales; sobre lo que no se reproduce nunca —lo que no se
verá dos veces. Una doctrina que ayuda a sus adherentes a
resolver problemas inmediatos de orden político, económico,
enseñándoles verdades que trascienden a esos problemas
inmediatos, e inculcándoles una escala de valores
correspondiente, no es una doctrina política. Es una
Weltanschauung, una “visión del universo”. Bastaría añadirle ritos
para hacer de tal doctrina la base de una religión. Y, los
adherentes que tienen el sentido del rito, la necesidad del rito —
que expresan como pueden marcando los días fastos o nefastos,
los aniversarios gozosos o dolorosos, ligados a la historia de su
comunidad; visitando, en ciertos días, los lugares ricos en
significación, para ellos— son ya fieles.
Pero, repito: para que una Weltanschauung, una visión del
universo, una “filosofía”, pueda, una vez penetrada de la magia
del rito, devenir la base de una verdadera religión, es necesario no
solamente que no contenga ninguna contradicción interna, sino
también que sus proposiciones fundamentales sean verdaderas, no
relativamente, sino absolutamente; verdaderas en todo tiempo y
lugar; verdaderas en el tiempo y fuera del tiempo; eternamente.
Es necesario, en otras palabras, que repose sobre nada menos que
las leyes del cosmos; sobre las leyes de la vida sin comienzo ni fin;
sobre leyes que se aplican al hombre, pero que sobrepasan al
hombre lo mismo que a todos los seres finitos. Es necesario, en
una palabra, que se trate de una filosofía cósmica capaz de
integrarse en la eterna Tradición.
Extremadamente raras son las doctrinas que pretenden
ser “liberadoras”, y más raras aún las doctrinas políticas (aún
teniendo base “filosófica&rdquo

que cumplen con la condición de
poder integrarse en la Tradición. Si alguna de las doctrinas que no
cumplen dicha condición, bajo la presión del alma humana, una
presión tan vieja como el hombre, se deja asociar a unos ritos, esa
doctrina dará lugar al nacimiento de una falsa religión —al
nacimiento de una organización sacrílega, en otras palabras, a una
contra-Tradición. Este es, en nuestra época, el caso del marxismo,
en la medida en que un simulacro de vida ritual se le ha
introducido. El humilde y sincero campesino eslavo que, entre
muchos otros, espera, ante el mausoleo de Lenin, el momento en
que al fin le sea permitido recogerse en presencia del cuerpo,
artificialmente incorrupto, del hombre que hizo de las ideas del
judío Marx la base de una revolución mundial, es un fiel. Ese
campesino ha ido más allá, en peregrinación, para alimentar su
alma devota, del mismo modo que sus padres iban, en otro
tiempo, a postrarse de rodillas ante un icono milagroso, en alguna
iglesia célebre. El alimento del alma es, para él, más importante
que el del estómago. El permanecería, si fuere necesario, dos días
sin comer ni beber, para vivir el instante de pasar en silencio ante
el cadáver momificado de Lenin. Pero el alma vive de la verdad;
del contacto con lo que es, en todas partes y siempre. Las
contraverdades en las que el alma cree la desvían de ese contacto
y la dejan, temprano o tarde, con su hambre de lo absoluto, sin
saciar. Ahora bien, toda la filosofía de Marx, adoptada por Lenin
como fundamento del Estado proletario, está basada sobre
contraverdades flagrantes; sobre la aserción de que el hombre no
es otra cosa que lo que su medio económico hace de él; sobre la
negación del papel de la herencia, y por tanto de la raza; sobre la
negación del papel de las personalidades (y de las razas)
superiores en el desenvolvimiento de la historia. El hombre
sincero, religiosamente entregado a los maestros que han erigido
el error en principio, y desarrollado a partir de ese error una
revolución mundial, sirve sin saberlo a las fuerzas de la
desintegración; a las fuerzas que, en la terminología más o menos
dualista de más de una enseñanza tradicional, son llamadas “las
potencias del abismo”.
Entre las doctrinas llamadas políticas del siglo veinte, no
conozco más que una que, siendo, de hecho, infinitamente más
que “política”, cumple la condición sine qua non, sin la cual no es
posible que una Weltanschuung, incluso con la ayuda del rito,
sirva de base a una verdadera religión, a saber, que repose sobre
verdades eternas, sobrepasando de lejos al hombre y a sus
problemas inmediatos, sin hablar ya del pueblo particular al que
fue (dicha doctrina) primeramente predicada, y de los problemas
propios de este pueblo. Una sola doctrina, he dicho: el verdadero
racismo ario, en otros términos, el Hitlerismo.
En un pasaje de su novela “Les Sept Coleurs”, Robert
Brasillach describe la ceremonia de consagración de las nuevas
banderas del Reich, en una de las grandes reuniones anuales de
Nuremberg, la cual él presenció. Después del grandioso desfile de
todas las organizaciones vinculadas al Partido Nacionalsocialista,
el Führer avanzaba solemnemente ante quinientos mil
espectadores que abarrotaban las gradas del inmenso estadio en
medio de un silencio absoluto. Alzando uno tras otro los
pendones nuevos, los ponía en contacto con la “Bandera de la
Sangre”, el estandarte que habían portado sus camaradas de la
primera hora, con ocasión del Putsch del 9 de Noviembre de
1923, y al cual, la sangre de los dieciséis caídos aquel día, había
conferido un carácter sagrado. A través de la “Bandera de la
Sangre” cada nueva bandera se hacía semejante a ésta;
“cargándose” del fluido místico al participar del sacrificio de los
caídos. El escritor Robert Brasillach señala, muy justamente, a
este propósito, que el hombre al cual escapa el sentido religioso
de este gesto, “no comprende nada del Hitlerismo”. Subraya, en
otras palabras, que este gesto es un rito.
Mas este rito, junto a otros muchos, no habría sido
suficiente para dar al Hitlerismo el carácter de una religión, si no
hubiera sido ya una doctrina metapolítica: una Weltanschauung. Y
sobre todo, el rito no habría podido hacer del Hitlerismo una
verdadera religión, si en la base de esta Weltanschauung no hubiera
habido verdades eternas, y toda una actitud que no era (y no es),
en último análisis, más que la búsqueda misma de lo eterno —la
actitud tradicional por excelencia.
Estas palabras pueden parecer extrañas en 1969, más de
veinticuatro años después de la derrota militar de la Alemania
hitleriana, y del hundimiento de su estructura política. Estas
palabras pueden parecer extrañas, ahora cuando se busca en vano,
en todo el espacio geográfico que cubría el Tercer Reich, un signo
visible del resurgimiento del nacionalsocialismo tal como lo
concebía el Führer, y cuando la mayor parte de las organizaciones
que, fuera de las antiguas fronteras del Tercer Reich, pretenden
evocar al movimiento condenado, no son más que pálidas
imitaciones sin alma, o lamentables caricaturas, tal vez al servicio
de fines ajenos al nacionalsocialismo. Pero el valor de una
doctrina —su verdad—, nada tiene que ver con el éxito o derrota
de sus adictos en el plano material. Este triunfo o esta derrota
dependen del acuerdo o desacuerdo de la doctrina con las
aspiraciones de las gentes, en un momento dado de la historia;
dependen también del hecho de que sus adherentes sean o no
capaces —desde el punto de vista militar, diplomático y de la
propaganda— de imponerse y consiguientemente, de imponer la
doctrina a sus adversarios. El hecho de que la doctrina sea o no
una expresión de la verdad cósmica no tiene que tenerse en
cuenta aquí. Pero ese hecho hará —a la larga— recta o errónea
una doctrina; porque una sociedad que rehusa aceptar una
enseñanza que está en armonía con las leyes eternas, y prefiere las
contra-verdades, trabaja para su propia desintegración; en otras
palabras, se condena a sí misma.
Es verdad que en 1945 los hitlerianos fueron vencidos en
todos los frentes; es cierto que el Tercer Reich fue desmembrado;
que el Partido Nacionalsocialista ya no existe; que ya no hay, ni en
Alemania ni en ningún otro sitio, ni banderas con la cruz gamada
en las ventanas, ni calles que lleven el nombre del Führer, ni
publicaciones de ninguna clase que exalten su recuerdo. Es exacto
que muchos millones de alemanes se han apresurado a despreciar
o a desterrar a quien sus padres habían aclamado, y que no se
interesan por él ni por su enseñanza, tal como si nunca hubiera
existido. Pero no es menos verdad que la esencia de la doctrina
hitleriana es la expresión misma de leyes eternas; de leyes que
rigen no solamente al hombre, sino a la vida; no es menos cierto
que esa esencia representa, como he escrito en un libro en lengua
alemana, “la sabiduría del espacio estrellado” -1- y que la opción
"Die Weisheit des sternhellen Weltraumes", en "Hart wie Kruppstahl",
-1-
acabado en 1963 (Capítulo III).que se presenta ante el mundo es, en consecuencia, la misma
antes o después de 1945. La aceptación de esta sabiduría
sobrehumana, el acuerdo con el espíritu de la naturaleza, es lo que
probó la alternativa: el Hitlerismo o... la desintegración, el caos
étnico, la delicuescencia del hombre; la desvinculación con el
alma del cosmos; la condenación. Es —y la frase es también mía—
“Hitler o... el infierno” 1.
Las gentes de nuestro planeta parecen haber elegido el
infierno. Esto es lo que hace una humanidad decadente
invariablemente. Es el signo mismo de que estamos de lleno en lo
que la tradición hindú llama el Kali Yuga: la Edad Oscura.
Pero las edades pasan, se suceden. Las leyes que las
regulan permanecen.
Es igualmente exacto que numerosos actos de violencia
fueron realizados en nombre del Hitlerismo, y que esto es lo que
le reprochan tan obstinadamente el rebaño de gentes
bienpensantes, de “honestas gentes”, profundamente vinculadas
(en teoría al menos) a los valores humanitarios.
Hay, en todo caso, dos suertes de actos de violencia —o
de actos que conducen a la violencia—, “realizados en nombre de
una doctrina”. Están los actos que, en el espíritu de la doctrina, son
necesarios o, al menos justificables, en las circunstancias en las
cuales dichos actos tienen lugar. Hay, también, actos innecesarios
e injustificables, cuyos autores, lejos de ser verdaderos fieles de la
doctrina, de la cual ellos exhiben sus símbolos externos, sólo se
representan a sí mismos, y se sirven del prestigio de la doctrina y de
la autoridad que ese prestigio les confiere, para promover sus
propios intereses, para saciar sus venganzas personales, o
simplemente para dar libre curso a sus pasiones. En el Tercer
Reich se dio el caso del hombre que denunciaba a un judío
porque, muy sinceramente, él lo consideraba un peligro para el
régimen que representaba la salvación de su pueblo. Había
también el hombre que denunciaba a un judío —aprovechándose
"Hitler or Hell", en "Gold in the furnace"; escrito entre 1948-49.
de la oportunidad que el régimen le daba para denunciarlo— ...
porque él codiciaba poseer su apartamento. Había el soldado —o
el funcionario— que obedecía órdenes. Y había también el
hombre que, cubierto por la autoridad que le daba su uniforme,
cometía, o hacía cometer, bajo el influjo de la cólera, de la
envidia, o simplemente por su brutalidad natural —persiguiendo
un malsano placer— actos inútiles de violencia, incluso de
crueldad, sin haber recibido órdenes. Siempre ha habido, entre los
adherentes nominales de toda doctrina, y con más razón si se
trata de una doctrina que no repudia, en principio, la violencia,
combatientes sinceros y oportunistas; gentes que sirven a la causa
a la cual se han entregado en cuerpo y alma, y gentes que fingen
entregarse a una causa para servirse de ella. (Digo bien de “la
causa”, y no de “la doctrina”. Porque uno puede servir a una
causa, es decir la aplicación de una doctrina, la materialización de
un sueño en el tiempo, ya sea en el sentido —o dirección— de
los tiempos, o contra-corriente. Una doctrina, en sí, nada tiene
que ver con el “servicio”. Una doctrina es verdadera o falsa; está
de acuerdo con las leyes del cosmos, o en desacuerdo. Toda la
devoción del mundo, unida al sacrificio de millones de mártires,
no conseguiría volverla verdadera, si ella es falsa. Y la negación
resonante de sus proposiciones básicas por todos los “sabios” y
todos los sacerdotes del mundo, unida al odio de todos los
pueblos, en todos los tiempos, no conseguiría volverla falsa, si
ella es verdadera.)
Los actos violentos e injustificados cometidos, bajo la
cobertura de la “razón de Estado”, por oportunistas disfrazados
de hitlerianos, no afectan para nada a la causa del Reich: —la
aplicación del Hitlerismo a los problemas de Alemania, en una
época dada; causa que, por otra parte, ellos perjudicaban en lugar
de servirla. Esos actos de violencia ejecutados en el espíritu del
Hitlerismo —según su lógica profunda— lejos de poner en
cuestión la verdad del Hitlerismo, la potencian, por el contrario.
Porque la aplicación de una doctrina verdadera —es decir que
expresa las mismas leyes de la vida— en una sociedad, aunque sea
privilegiada, dentro de la Edad Oscura —en otras palabras, en
una sociedad que, como toda la humanidad, está, a pesar de sus
progresos en el plano técnico, y quizá a causa de éstos, en
regresión desde el punto de vista de la Naturaleza— no puede
hacerse más que “contra el tiempo”; contra la corriente universal
de decadencia que caracteriza a la Edad Oscura. Y esto es
materialmente imposible sin violencia.
Entre las religiones internacionales proselitistas, según mi
conocimiento, apenas solamente el budismo se ha expandido
prácticamente sin violencia. Y es de notar que el budismo es la
religión del renunciamiento, la religión de “la extinción” por
excelencia; la que, aplicada, absolutamente, debía, exaltando el
estado monástico —como el jainismo, su contemporáneo,
confinado en las Indias, y como el catarismo, siglos más tarde—,
incitar al hombre a abandonar la vida terrenal.
El cristianismo, centrado sobre el amor al hombre, único
ser viviente creado (según él) “a imagen de Dios”, se ha
propagado ampliamente por la prédica o por la violencia, bajo el
patrocinio de reyes o de emperadores que han creído servir a su
propio interés proclamándolo religión del Estado, e
imponiéndolo a los pueblos conquistados. Innumerables
crímenes contra el hombre —y, en general, contra el hombre
superior— han marcado la expansión del cristianismo, desde la
matanza, en el año 782, por orden de Carlomagno, en Verdún sur
l’Aller, de cuatro mil quinientos jefes germanos, fieles a los dioses
de sus padres, hasta las hogueras de la Santa Inquisición —
crímenes que no impiden que permanezca inquebrantable todo lo
que el cristianismo ha podido retener en la eterna Tradición. Y se
trata aquí, de una religión cuyo fundador declaró que su reino “no
es de este mundo”; de una religión para la cual la violencia es
extraña, en principio. Si es verdad que los actos de violencia de
los cristianos no disminuían en nada el valor de su religión, con
más razón los actos de violencia de los fieles de una doctrina,
centrada, no sobre el hombre, considerado como un ser “aparte”,
sino centrada sobre la vida y la lucha sin fin que la vida implica —
de una doctrina como el Hitlerismo, cuyo espíritu y aplicación en
este mundo no puede ir más que contra la corriente de nuestra
época—, no alteran de ninguna manera la excelencia de la
doctrina, en tanto que es expresión de leyes inmutables.
Una doctrina estrictamente política se juzga por su éxito.
Una doctrina susceptible de recibir la consagración del rito —o
habiéndolo ya recibido— se juzga a tenor de la eternidad,
cualesquiera que hayan podido ser las consecuencias felices o
desgraciadas de los esfuerzos realizados para aplicarla en el plano
político.
El 28 de Octubre de 1953, ante algunos camaradas
reunidos en Holzminden an der Weser, el hiteriano Felix F. me
dijo: “Hasta 1945, nosotros éramos un partido; después de 1945,
somos el núcleo de una gran fe internacional”. Él creía sin duda
que, incluso en una época de delicuescencia universal, tal como la
nuestra, los fuertes de sangre aria eran aún bastante numerosos y
bastante conscientes como para unirse en una “gran fe
internacional”, en torno a la única doctrina digna de ellos.
Sólo el porvenir dirá si él tenía razón o no. Pero yo afirmo
desde ahora que, si incluso, desprovisto de todo lo que pueda
tener de contingente —de temporal—, en su primera expresión,
en tanto que doctrina política, el Hitlerismo no llegara nunca a
imponerse en la elite aria, en todas partes donde esta elite exista,
el Hitlerismo no dejaría de ser la vía de los fuertes, abierta hacia
lo eterno; la ascesis de los fuertes, y esto, en todas las épocas de
decadencia acelerada; en todos los “finales de ciclo”.
***
Todas las verdaderas religiones, todas las que pueden
integrarse en la Tradición, conducen a lo eterno, ciertamente.
Pero esas religiones no se dirigen a las mismas gentes. Las
religiones que yo he llamado “de extinción” —tales como el
budismo, el jainismo, y más tarde el catarismo— se dirigen a los
desesperados para quienes la ausencia de esperanza es su
sufrimiento; se dirigen a gentes que la lucha sin fin ha rechazado
o ha quebrado, y que aspiran a “salir”. Las doctrinas que predican
la acción en el desprendimiento y el entusiasmo sin esperanza, se
dirigen a los fuertes; a los que la lucha, incluso “inútil”, no fatiga
nunca; y que no tienen necesidad ni de la visión anticipada de un
paraíso después de la muerte, ni de la visión de un “mundo
mejor” para sus hijos y nietos, para actuar con celo y hasta el
final, según lo que es, para ellos —los fuertes— el deber.
El Varnashramdharma de los hindúes —religión basada
sobre la jerarquía natural de las castas (y por lo tanto de las razas,
ya que la casta hindú era hereditaria y no tenía nada que ver con
los bienes materiales que se pueden poseer) y sobre la sucesión
natural de los deberes en el curso de una misma vida del
hombre— es una religión de los fuertes. El Varnashramdharma
está dominado por la enseñanza de la acción desinteresada, tal
como nos ha llegado en el Bhagavad-Gîta. Fue concebido como
base de una sociedad tradicional, ya decadente, sin duda —la
flexión comienza, en cada ciclo temporal, desde el final de la
primera Edad, llamada la Edad de la verdad, Satya Yuga , o Edad
de Oro—, pero sin parangón como nuestra sociedad actual e
infinitamente más cerca del orden ideal o divino.
El Hitlerismo considerado en su esencia, es decir
despojado de todo lo que lo une a las contingencias políticas y
económicas de una época, es la religión de los fuertes de la raza
aria, frente a un mundo en delicuescencia, un mundo de caos
étnico, de menosprecio de la naturaleza viviente, de necia
exaltación del “hombre” en todo lo que tiene de débil, de
malsano, de caprichosamente “individual”, de diferente de los
otros seres; frente a un mundo de egoísmo humano (individual y
colectivo), de fealdad y de cobardía. Esta es la reacción de
algunos fuertes de esta raza, noble desde su origen, ante un tal
mundo. Esta es la reacción que los fuertes ponen a todos sus
hermanos de raza.
Hay, paralelamente al Hitlerismo, religiones que exaltan
las mismas virtudes, la misma ascesis de desprendimiento;
religiones que reposan sobre la misma glorificación del combate
permanente y sobre el mismo culto a la sangre y al suelo, pero
que se dirigen a otras razas —religiones tal vez muy viejas, pero
continuamente rejuvenecidas, repensadas, gracias a la vitalidad de
sus fieles. El shintoismo, basado sobre la deificación de los
héroes, de los ancestros, del sol, e incluso del suelo mismo de
Japón, es una de esas religiones. Un japonés me decía en 1940:
“Vuestro nacionalsocialismo es, a nuestros ojos, un shintoismo de
Occidente; es nuestra propia filosofía del mundo, pensada por
arios, y predicada a los arios.” En Gamagori, no lejos de
Hiroshima, los japoneses han elevado un templo a Tojo y a los
que los vencedores —en la guerra— mataron en 1945 como
“criminales de guerra”. ¿Cuándo se verán en Alemania
monumentos si no “templos” dedicados a la gloria de todos los
alemanes ahorcados el 16 de Octubre de 1946 y después, hasta el
7 de Junio de 1951, por haber sido fieles a su fe —fe que también
es la nuestra—, por haber cumplido con su deber?
Pero esto es otra cuestión.
Retornemos a lo que es eterno en el Hitlerismo, es decir
al carácter no solamente metapolítico sino sobrehumano —
cósmico— de sus verdades de base, en particular a las verdades
que conciernen a la raza, realidad biológica, y al pueblo, realidad
histórica y social.
El Führer dijo dirigiéndose a sus compatriotas y, por
extensión, a cada uno de sus hermanos de raza europea, de buena
raza: “Tú no eres nada; tu pueblo lo es todo”. Además, fue
indicado en el punto 4 de los famosos 25 puntos que constituyen
el programa del NSDAP, lo que es esencial en el concepto de
“pueblo”. “No puede ser miembro del pueblo (alemán) más que
el que es de sangre germánica. De aquí se deduce que ningún
judío puede ser ciudadano del Estado (alemán)”.
Esto es el retorno puro y simple a la concepción antigua
de pueblo: a la de los germanos, ciertamente, mas también a la de
los griegos, a la de los romanos antes del Imperio; a la de casi
todas las naciones. Es la negación de la actitud romana de los
siglos de decadencia, que admitía que todo habitante del imperio,
todo súbdito del emperador, podía devenir “ciudadano romano”,
aunque fuera judío, como Pablo de Tarso, o Flavio Josefo, o
árabe, como el emperador Filipo —y, más tarde, bastaba para ser
“ciudadano” de Bizancio el hecho de ser “cristiano”, y de
pertenecer a la misma iglesia que el emperador. Y ser
“ciudadano” bizantino daba derecho a ocupar los más altos
cargos, como ocurrió con León “el Armenio”, que accedió al
trono de Bizancio. La concepción antigua de pueblo es también la
negación de la idea de “pueblo” y de “ciudadano” tal como la
presentó la Revolución Francesa, desde el momento en que, bajo
la sugestión del abad Grégoire y de otros más, la Asamblea
Constituyente proclama “francés” a todos los judíos que vivan en
Francia y hablen el idioma francés.
En otras palabras, si un pueblo es una realidad histórica y
social, si los recuerdos comunes, gloriosos y dolorosos,
costumbres comunes y, en general una lengua común, son
factores de cohesión entre sus miembros, esto es porque ese
pueblo pertenece a una raza. Puede ser un pueblo ario o
mongólico, australoide, negro o semítico. Sin dejar de ser un
verdadero pueblo, éste puede contener una proporción más o
menos grande de sub-razas diferentes, puesto que estas sub-razas
forman parte de la gran raza a la cual este pueblo pertenece (El
Führer mismo era, físicamente, tan “alpino” o más que nórdico.
El brillante y fiel Goebbels era mediterráneo casi puro. Y estos
no son los únicos grandes alemanes ni los únicos personajes de
primera fila del Tercer Reich que no eran nórdicos en un cien por
cien).
Es la raza en el sentido amplio del concepto lo que da al
pueblo su homogeneidad en el tiempo; lo que hace que el pueblo
permanezca, pese a los trastornos políticos y económicos, siendo
el mismo pueblo, y es, también la raza lo que hace que el
individuo, renunciando a sí mismo para ponerse totalmente a su
servicio, se vincule a lo eterno.
Sin duda, se podría decir que ni el pueblo ni la raza ni el
hombre —ni incluso la vida sobre un planeta dado— duran
siempre. Además, la “duración”, que es “tiempo”, no tiene nada
que ver con la eternidad intemporal. No es la sucesión indefinida
de generaciones, física y moralmente más o menos parecidas las
unas a las otras, sino el arquetipo ideal del cual estas generaciones
hacen referencia en cierta medida; es éste el tipo perfecto de la
raza, hacia el cual cada espécimen de esta raza tiende más o
menos, lo que nosotros consideramos cuando hablamos de la
“eternidad de la raza”. El pueblo que, solo en medio del caos
étnico que se extiende más y más, en todas partes, sobre la Tierra,
“consagra toda su energía” en salvarse del mestizaje y “en
promover sus mejores elementos raciales”, escribe el Führer,
“está seguro de llegar tarde o temprano al dominio del mundo”
1-Adolf Hitler: "Mi Lucha"
(siempre que, naturalmente, se trate de un pueblo dinámico y
creador). En efecto, un pueblo dinámico y creador vivirá;
permanecerá siendo un verdadero pueblo, mientras que los
pueblos rivales serán invadidos, sumergidos por elementos
heterogéneos, y cesarán de ser un pueblo —y por eso mismo,
cesarán de merecer (y de suscitar) el sacrificio de los individuos de
valor.
El hombre sincero que, en acuerdo con el espíritu del
racismo ario, es decir con el Hitlerismo, o de acuerdo con otro
racismo noble, se anula ante un verdadero pueblo que es el suyo;
el hombre sincero que, a fin de servir a su pueblo, ante todo,
supera el interés personal, el dinero, el placer, la gloria de su
propio nombre, se aproxima a lo eterno. Su civismo es devoción
y ascesis.
Pero es necesario, para que esto ocurra, que sea un
verdadero pueblo al que sirva. Porque si se consagra a un
“pueblo” mestizado —o dicho de otra manera, a una colectividad
humana sin raza y sin caracteres definidos, que no tiene de
“pueblo” más que el nombre— pierde su tiempo inútilmente. Su
dedicación hacia un “pueblo” mestizado es una actitud un poco
más chocante que la de las gentes que se consagran al servicio de
los disminuidos o impedidos, de los retardados, de los deficientes,
de los desechos humanos de toda clase, porque el mestizo, si es
sano de cuerpo, es a pesar de todo utilizable. Más valdría para el
individuo de valor, surgido excepcionalmente de un “pueblo” que
no lo es, que se dedique con toda humildad a un verdadero
pueblo de raza superior, o bien, que se contente con servir a la
vida inocente, a la bella vida no humana; que él defienda a la
bestia y al árbol de los ataques del hombre, o, si puede, que
combine las dos actividades. Quizás, entonces —si la creencia
expandida en las Indias corresponde a la realidad desconocida—,
él renacerá algún día en una comunidad humana digna de él... a
condición de que no actúe con vistas a tal honor; que no lo desee
jamás.
No hay que olvidar que la raza —el arquetipo racial hacia
el cual tienden (con más o menos éxito) todas las generaciones de
la misma sangre— es, en alguna suerte, la eternidad visible y
tangible, concreta; es la única eternidad que está al alcance de
todos los seres vivientes como resultado de vivir simplemente —
continuando fiel e inmutablemente (también inconscientemente)
su especie— y por medio de la cual los seres vivientes escapan del
tiempo, a través del renunciamiento individual.
Es curioso que, cuanto los seres son más extraños al don
de la palabra y al pensamiento, más inquebrantablemente fieles
son a su raza.
Si se admite, como yo lo haría de buena gana, que “lo
divino duerme en la piedra, se despierta en la planta, siente en el
animal y piensa en el hombre” (al menos en ciertos hombres) se
admitirá desde luego, que entre todos los cuerpos de una misma
familia química, es decir de una estructura atómica análoga, existe
un acuerdo perfecto con el “tipo” que representan y que no
pueden negar, acuerdo que nosotros llamamos su función común.
Se admitirá también, y no menos, la fidelidad de los vegetales —
de la encina, del cedro (...)-, cada uno a su raza. No hay aquí
posibilidad de mestizajes espontáneos. Tampoco se da esa
posibilidad entre los animales en tanto que permanecen “en el
estado natural”, es decir fuera del contacto con el hombre, ni
tampoco entre los llamados hombres más “primitivos” —lo que
están o van camino de descender (con la pobreza de su lenguaje y
la creciente ausencia del pensamiento) al nivel de los primates
carentes de lenguaje articulado, o a un nivel más bajo aún. El
mestizaje ha comenzado con el maldito orgullo nacido del hecho
de poseer el don de la palabra; orgullo que ha empujado al
hombre a creerse un ser aparte (distinto a la naturaleza) y a
rebelarse contra las leyes que le atan a la tierra y a la vida; orgullo
que le ha hecho cavar un foso imaginario entre él mismo y el
resto de los seres vivientes; que le ha incitado a encaramar a toda
la especie humana sobre un pedestal; que le ha abocado a
menospreciar, en nombre de la falsa fraternidad de los seres
parlantes, las flagrantes desigualdades raciales que existen
evidentemente, y que le ha llevado a pensar que él podría
impunemente burlar la prohibición de unir lo que la naturaleza ha
separado; que le ha conducido a creerse que él era el ser
“superior”, por encima de esta prohibición, por encima de las
leyes divinas.
El Hitlerismo representa, en pleno caos étnico, en plena
época de decadencia física y moral del mundo, el supremo
esfuerzo tendiente a volver a llevar al ario consciente a respetar el
orden cósmico tal cual ese orden se afirma en las leyes del
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desarrollo, de la conservación y de la desintegración de las razas;
el supremo esfuerzo para volver a conducir al ario consciente a su
pleno grado en la sumisión a la naturaleza, nuestra madre, y,
también, el supremo esfuerzo para llevar, de grado o por la
fuerza, al ario no consciente —pero al menos precioso en sus
posibilidades de su descendencia— hacia la misma armonía con la
naturaleza. El culto del “pueblo” —el culto a la sangre y al suelo,
a la vez— lleva al culto de la raza común de los pueblos de la
misma sangre, y al culto de las leyes eternas que rigen la
conservación de la raza.
Extraido de :RECUERDOS Y REFLEXIONES DE UNA ARIA.
Tags: espiritualidad